domingo, 10 de septiembre de 2017

Tiempo de lecturas


A un año (casi) desde la última reseña de libros leídos en el grupo de tertulianos, una nueva recopilación de los viajes literarios en los que confluimos, y que sirvieron de excusa para reunirnos.
Comenzamos con un viejo conocido, el autor colombiano Evelio Rosero, de quien quisimos leer su primera novela, llamada  Juliana los mira. Se trata de la reedición de un interesante monólogo que parte de la postura de una niña de 10 años y su despertar sexual, enmarcado en un ambiente social que puede equipararse al de varios países latinoamericanos –quizá otros también–  donde hay temas recurrentes como la infidelidad y la corrupción política y moral. En algunos pasajes, la lectura no es muy fácil, pues se describe desde la perspectiva infantil, en una forma creíble de mostrar, a ritmo acelerado,  los vericuetos de la inocencia de la mente de la niña protagonista, que vive en un entorno privilegiado, que no necesariamente representa al de la mayoría de las niñas de su edad en un país como el nuestro.
Seguimos con El ruido del tiempo, de Julian Barnes,  que nos trasladó a la rusia de Stalin. Su presencia en un concierto de Shostakovich intimida al artista, cuya vida es precisamente la protagonista de la obra. Shostakovich es presentado como un personaje pusilánime, dominado por el poder estatal, severamente criticado en la novela. En ocasiones, las descripciones parecen sesgadas hacia el estereotipo de la rusia stalinista de la guerra fría, vista desde su contraparte cultural occidental anticomunista.
Para algunos, el ritmo de la novela imita al de las composiciones de Shostakovich, lo que podría explicar las dificultades que algunos pueden encontrar en su lectura, equiparables, quizá, a las que se puedan tener para seguir la música de este compositor. Según este concepto, es posible que quienes puedan lograr una lectura más fluída de la novela de Barnes sean aquellos que comprenden o disfrutan de la música de Shostakovich. Algunos de los tópicos del libro incluyen el poder y la ironía, así como las posturas, como las de Shostakovich, que no encuentran forma de luchar en contra de ese poder y se vuelven complacientes y pasivas, por lo menos en apariencia («la línea de la cobardía era la única que avanzaba recta y segura en su vida»). Sin embargo, el autor hace explícita su intención de mostrar a Shostakovich como un personaje, sin que necesariamente sus reflexiones estén ceñidas a la precisión histórica. De hecho, Barnes sugiere que, si se quieren conocer los aspectos biográficos del compositor, se lea a otros autores.   
La siguiente lectura fue una recopilación de relatos de una autora anunciada como «redescubierta», Lucia Berlin, nacida en el estado de Alaska, con una vida que la hizo recorrer lugares tan disímiles como México, Chile, los estados de Arizona y Nuevo México y la ciudad de Nueva York, entre otros. Presentada como una figura olvidada de la literatura, en parte como treta mercadotécnica, pero en parte como un hecho cierto, Berlin escribe desde su postura como mujer trabajadora, quien, a lo largo de su vida ejerció oficios variopintos, como enfermera, profesora, operadora telefónica y mujer de la limpieza, entre otros. Precisamente, el título de uno de sus cuentos, y el que se escogió para esta recopilación, es Manual para mujeres de la limpieza. Sus relatos son crudos, considerados de autoficción, por tratarse de eventos que pudieron ser reales o con tinte autobiográfico. Contienen detalles que a veces parecen sobrar, pero que corresponden a las minucias personales que ella considera cruciales, con algunos finales que resultan contundentes y sorpresivos. La autora sufrió de alcoholismo, y sus descripciones de la cotidianidad son lúgubres, de gran potencia narrativa y de hechos extraordinarios que hacen difícil discernir la frontera con la ficción. Se parecen tanto a su realidad, que incluso alguno de sus hijos sugirió que, por momentos, no le resultaba fácil recordar si lo narrado había sucedido o no.
Después leímos una reflexión de Maylis de Kerangal, cuyo título fue traducido al español como Lampedusa, pues hace referencia a las divagaciones de una noche de insomnio alrededor de un hecho trágico, la noticia del naufragio de unos inmigrantes ilegales africanos cerca de esa isla italiana. Pero también es el recuerdo de la obra cinematográfica de Luchino Visconti, la evocación de esa isla en otro contexto político y temporal, y el recuerdo del protagonista de la película, Burt Lancaster, precisamente un inmigrante. Usa estos ingredientes tan distintos para hacer símiles acerca de la escritura y del naufragio personal que representa el hecho de que la narradora también es extranjera en esta isla. El título original de la obra es una frase recurrente: en este punto de la noche, frase que usa para comenzar casi cada capítulo a lo largo del insomnio que le produce la crisis del naufragio de los inmigrantes que aspiraban a un futuro en un viaje que termina en lo menos esperanzador: la muerte.  El dolor de saber que hay más de trescientos anónimos cerca de las playas de la isla a donde ella logró emigrar, lo resalta con la importancia que le da el ponerle nombres, no números, a las cosas y a las personas.
La siguiente novela también ha sido considerada semiautobiográfica, pues el padre del autor, Hisham Matar, un millonario activista en contra del régimen de Muamar al Gadafi en Libia, desapareció en El Cairo y fue apresado, sin que se supiera, por muchos años, si estaba vivo o no. Historia de una desaparición narra una situación similar, de unos exiliados iraquíes en París, que luego se trasladan a Egipto, en una situación política que no es muy clara, pero cuyos detalles no son estrictamente necesarios para la narración. La ausencia es el tema central, contado por un niño cuya madre ha fallecido en medio de una melancolía cuya causa no es descrita claramente, en circunstancias que resultan confusas para el narrador, pero que lo marcan definitivamente. Nuri, el niño, ha sido cuidado fervorosamente por una sirvienta mucho mas cercana a él de lo que alcanza a imaginar. Él describe la sensación de sentirse traicionado, tanto por su padre, como por su nueva esposa, de quien Nuri se había enamorado desde que la vió por primera vez. En un giro inesperado de la historia, Nuri  se entera de la desaparición de su padre, y él y su madrastra descubren que llevaba una vida paralela, y que tenía una amante, con quien estaba en el momento de ser secuestrado en Suiza. La historia de una familia y sus sufrimientos se convierte entonces en una historia con visos detectivescos. Un relato de pérdidas y de desesperanza, así como de ausencias que modelan las vidas de los que quedan. 
La siguiente lectura fue La séptima función del lenguaje de Laurent Binet.  Alrededor del hecho cierto de la muerte del crítico y teórico Roland Barthes, quien fuera atropellado por una camioneta en las calles de París después de un encuentro de matíz político entre él y François Mitterrand, Binet propone una teoría de conspiración, según la cual esa muerte pudo no ser accidental. Se trata de un texto de gran profundidad literaria, que puede parecer  pretencioso, pero cuyo hilo se puede seguir, aún sin conocer los detalles políticos del momento o las profundidades lingüísticas y filosóficas de los personajes involucrados. Se encuentran en el mismo texto diferentes niveles de lectura, que permiten a los conocedores y a los legos disfrutarlo, a pesar de que, por momentos, los recursos retóricos puedan parecer excesivos, como claramente le parecen al detective Bayard, encargado de investigar la posible conspiración. El detective, a quien los lingüistas y filósofos le parecen megalómanos inalcanzables e insoportables, se asocia para esta investigación con un académico, en una trama matizada con humor -cotidiano y elevado- que revela las profundidades de una teoría del lenguaje, según la cual se puede lograr un poder inimaginable a través de las palabras, con las que se puede convencer a las masas «de cualquier cosa en cualquier circunstancia».
De Ignacio Gómez Dávila, leímos Viernes 9, un relato de tinte histórico y costumbrista que describe el ambiente de El Bogotazo, nombre con el que se conoce a la revuelta popular del 9 de abril de 1948, como consecuencia del asesinato del líder político liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán. La historia se teje alrededor de un comerciante pudiente, inconforme con su vida familiar, a la que piensa dejar para huír en compañía de su amante. La circunstancia especial e impredecible es que el día planeado para su escape coincide con el de la violencia surgida a partir de la muerte del político. La historia no está muy bien lograda. El estilo literario es pobre, las dudas filosóficas del protagonista no son convincentes y su cambio de actitud frente a los hechos tampoco parece muy creíble. Los personajes no son bien caracterizados y la historia de amor resulta superflua. Quizá se rescata únicamente lo interesante de la descripción del recorrido por las calles en llamas en medio de una multitud enardecida, aunque incluso en esta narración se encuentren situaciones que parecen inverosímiles.
De la Bogotá de 1948 volvimos al admirado y conocido autor colombiano Evelio Rosero, de quien pudimos conocer el avance del primer capitulo de su última novela, que nos motivó a leer Toño Ciruelo.
Se trata de la historia de un personaje que para muchos lectores puede parecerse a alguien conocido, hasta el punto de que, por momentos, puede corresponder a la descripción de algún criminal reseñado en las noticias locales o tener asidero en hechos reales. La narración es creíble, aunque tiene fragmentos difíciles de seguir, especialmente cuando entra en la mente del sicópata, o en aquellos momentos en los que el amigo es más un enemigo y se entrecruzan los momentos de admiración y repulsión por Toño Ciruelo. El personaje que da el título a la obra es también presentado como una duplicidad, ya que su voz sólo se oye a través de la del narrador, quien también tiene dudas divergentes acerca de sus sentimientos. Contiene algunos apartes que, para algunos, evocan al realismo mágico por su exageración, pero, en general, la narración es intensa y obliga a seguir adelante. Sorprende, eso sí, que un escritor tan prolijo haya dejado errores de puntuación que no aportan al texto, como el hecho de no usar los signos de interrogación de apertura, lo cual además fue permitido por la editorial que los publica.
De otro viejo conocido, el español Arturo Pérez Reverte, leímos El francotirador paciente, una obra que ha sido criticada negativamente y que ha sido considerada superflua y distante de la erudición y profundidad a la que nos ha acostumbrado el autor. Llama la atención su capacidad de cambiar de voz y de estilo, pero también el hecho de presentar una historia interesante, que, como en otras de sus novelas, tiene visos detectivescos y de aventura. Se trata de un relato acerca de la tradición de los grafiteros, que muestra aspectos, probablemente desconocidos para la mayoría de lectores,  acerca de esta manifestación cultural urbana. Sin embargo, la voz femenina de la narradora no es convincente, como tampoco lo es el hecho de que ella parece superdotada y de que logra su cometido a pesar de enfrentarse a antagonistas que, en una versión más realista,  difícilmente habrían sido vencidos, así como otros que, en un mundo veraz, quizá no la hubiesen acogido como lo hicieron. Otro autor que sorprende, pues después de leer obras suyas centradas en la precisión y elegancia del lenguaje, usa un estilo pobre, con anglicismos y giros que no parecen suyos. Algunos de los personajes de esta historia no quedaron bien desarrollados. Aunque  hay momentos en los que la narración es ágil y vertiginosa, algunos de estos momentos corresponden a hechos inverosímiles, de aquellos que sólo parecen funcionar en algunas producciones cinematográficas de héroes poco convincentes. Hay muchos estereotipos que parecen sesgados y el fin último de la periodista que investiga y persigue al grafitero más famoso y escurridizo de Europa tampoco es convincente, tanto por lo sorprendente como por su desenlace.
Por último, cerramos el ciclo con  La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos, un libro sobre libros, en el cual sorprenden gratamente las alusiones a lecturas previas, propias o  del grupo. Es la historia de varios personajes interesantes, que resultan coprotagonistas de una trama en la que se trata de descubrir el verdadero autor de una novela muy exitosa que aparece enterrada en una pequeña biblioteca destinada a contener volúmenes que no merecen ser leídos. Esa biblioteca, ubicada geográficamente en la bretaña francesa, se inspiró en una biblioteca real, que a su vez se basó en una biblioteca ficticia. El escritor norteamericano Richard Brautigan escribió en 1971 una novela en la que hizo referencia a una biblioteca  donde los autores que nunca habían sido publicados podían llevar sus manuscritos y dejarlos en estantes que nunca serían visitados. Unos veinte años después, inspirada en esa historia, sería creada la Biblioteca Brautigan, en el estado de Vermont, en EE.UU., la cual promovía la remisión de manuscritos inéditos, pero,  en este caso, permitía el acceso del público a esos manuscritos. Por cuestiones financieras, la Biblioteca Brautigan fue cerrada en 2005, y los manuscritos fueron almacenados durante cinco años, cuando fue trasladada al estado de Washington, EE.UU., donde aún funciona. Los libros de la Biblioteca Brautigan eran sostenidos en los estantes por frascos de mayonesa  (según se dice, una de las palabras favoritas de Brautigan) y  eran clasificados por temas como Amor, Aventura, Guerra y Paz, Humor, Vida Callejera, Significado de la Vida, Futuro, y otros, en un sistema arbirario de archivo conocido como el Sistema Mayonesa.  
La historia presentada por Foenkinos es original y divertida, en ella se teje un misterio literario que evoca obras que hemos leído y que han sido encumbradas por las tretas del mercadeo…

domingo, 3 de septiembre de 2017

De lo salvaje, silvestre o común y corriente y otros amigos que no lo son tanto.

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La expresión española «común y silvestre» hace referencia a algo común y corriente, algo que no se sale de lo habitual y que, en el caso de describir una enfermedad, se refiere a una presentación clásica de la misma.

Podría equipararse a la expresión inglesa garden variety, que se usa para describir enfermedades que nada tienen que ver con los jardines, ni en su origen ni en su fisiopatología. Una garden variety pneumonia, entonces, no sería una neumonía adquirida en un jardín, ni relacionada de ninguna manera con el polen o con las plantas, ni con la ocupación del enfermo que la adquiere, sino, simplemente, una neumonía clásica, común, o «común y silvestre», aunque esta última expresión sería demasiado coloquial como para anotarla en un informe médico.

Caso similar es el de las formas fenotípicas habituales, que resultan en la manifestación de la expresión de un gen, que se describen en inglés como wild-type, en contraposición a una mutación genética, o a una variación en un gen. Estas expresiones no son «salvajes», sino naturales, sin mutaciones. Así, un wild-type gen sería un gen natural, o un gen sin mutaciones, tal y como existen cepas «naturales» o «de referencia», que no tienen nada de salvaje. 

Es un ejemplo clásico, común y silvestre, de lo que se conoce en traducción como un falso amigo, una expresión en una lengua extranjera que se parece mucho a otra de la lengua propia, pero que no son intercambiables. En esta página he mencionado el ejemplo del francés bizarre, que no se traduce al español como «raro», o el del inglés severe, que también es erróneo traducir como «severo».

Más recientemente, una reseña del «ojo del toro» como una traducción errónea de la diana...

sábado, 8 de octubre de 2016

Lo leído, ¿quién nos lo quita?

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Lo leído, ¿quién nos lo quita?

Lo leído:

Intimidad de Hanif Kureishi
Los Niños de Carolina Sanín
La Carroza de Bolívar de Evelio Rosero
La Pasión Según G.H. de Clarice Lispector
El Libro de las Ilusiones de Paul Auster
La Guerra Perdida del Indio Lorenzo de Rafael Baena
Así Empieza lo Malo de Javier Marías
La Cena de Herman Koch
La Amiga Estupenda de Elena Ferrante
Hombres Buenos de Arturo Pérez Reverte
Homero, Ilíada de Alessandro Baricco
El Viaje de las Botellas Vacías de Kader Abdollah

Lo que no nos pueden quitar:
Comenzamos con una obra de un inglés de ascendencia pakistaní, Hanif Kureishi, titulada Intimidad.  Kureishi nos ofrece ofrece un relato crudo, incorrecto, realista y sin disimulos ni cuidado con lo que se expresa, alrededor de la idea de un abandono. Un personaje inmaduro, escritor y guionista cinematográfico, decide abandonar una relación familiar en busca de un supuesto progreso personal. El relato llega a ser reiterativo, quizá como el reflejo de las vueltas que el personaje le da en su cabeza a la dudosa convicción de que debe abandonar a su esposa e hijos. Comienza de manera intensa, pero a medida que el personaje reflexiona acerca de su impulso, quizá con los matices de la culpa y la inmadurez de su decisión, el narrador comienza a enredarse en detalles innecesarios o irrelevantes para la historia. Como su nombre lo indica, se trata de un relato íntimo cuyo desarrollo es lento, reflejo de la insatisfacción y la rutina agobiante en que supone que se ha convertido su propia vida.

Pasamos a la lectura de Los Niños, de la escritora, columnista y profesora de literatura bogotana, Carolina Sanín. Sanín nos presenta una historia extraña, a la que es difícil seguirle el hilo, quizá porque no lo tiene. Nos muestra la soledad de una mujer mezclada con la soledad de un niño que aparece de manera misteriosa y poco creíble en su vida, con los esfuerzos de ella por imponer una relación sin que parezca tener las herramientas para entablarla. En algunos aspectos parece tener sustento en una investigación superficial acerca de los procesos burocráticos relacionados con la adopción en Colombia, pero en otros aspectos la escritura resulta pobre y sin adecuado desarrollo. Hace una referencia a Moby Dick que parece, a lo sumo, tangencial, pero a la vez parece suponer que sus lectores deben haber estudiado a Melville en profundidad. Sorprenden las reseñas tan elogiosas para un relato que a veces se pierde en sueños o alucinaciones personales que en nada aportan a la historia, y que haya sido comparada con un cuadro de Hopper por su supuesta representación de la contemplación personal. Aunque se espera que todo libro tenga sesgos personales del autor, cuando proliferan los detalles que no parecen necesarios o creíbles, la historia pierde rumbo e interés. El libro puede ser el reflejo de los momentos de lucidez o confusión de la autora. En él se encuentran pasajes de difícil comprensión, mezclados con algunos fragmentos bien contados, pero que resultan en una historia que no satisface ni deja mucho en este lector.


Seguimos con otro bogotano, el reconocido escritor Evelio Rosero, con la obra que fue galardonada con el Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura en el año 2014, La Carroza de Bolívar. Se trata de una arriesgada y profunda investigación que, a través de una elaborada narración, resulta en un paralelismo entre el momento político vigente en el país y algunos apartes no muy conocidos de la historia del paso de Bolívar por Pasto. Una «desmitificación» de Simón Bolívar que causa controversia entre los historiadores y promotores de la imagen del Libertador como héroe. En esta novela también hay un paralelismo entre el ambiente de carnaval y la farsa de la memoria histórica.  Se revela el desengaño con la versión histórica que presenta a Simón Bolívar como un héroe, y la intención de revelar públicamente, en el marco de un carnaval burlesco, los resultados de una investigación acerca del verdadero papel de este personaje en la historia del país. La imagen de ese libertador es defendida desde diferentes perspectivas, tanto la oficial, representada por la alcaldía, como la subversiva, representada por los guerrilleros. En medio del carnaval con que comienza el año, aparecen los disfraces de la estupidez, en forma de asnos que finalmente terminan a patadas con el autor de la carroza de la discordia, con la que se pretendía revelar a Bolívar y a sus actitudes abusivas y poco heroicas con la gente de Pasto. Una muy interesante, poco conocida y bien contada faceta de la historia nacional.

La brasileña de origen ucraniano Clarice Lispector es la autora de La pasión según GH.
Un relato que carece de hilo conductor, quizá demasiado íntimo y probablemente tan personal que no parece haber sido pensado para el público sino como una especie de diario. La advertencia de la autora al comenzar el libro hace suponer que no era de su interés que muchos lo leyeran: «Este libro es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente personas de alma ya formada». A lo cual cabe añadir que es un libro para unos pocos, para los que se atreven a contemplar el abismo de un ser que se encierra en sí mismo para reconocer su propia repugnancia, a través de una serie de reflexiones personales de difícil comprensión.  La referencia de la cucaracha y el líquido blanquecino que se revela al aplastarla le ha dado un matiz kafkiano a este relato que, como la impresión que suele asociarse al insecto, termina en las ganas de no tener nada que ver con él.

Del norteamericano Paul Auster leímos El Libro de las Ilusiones. Una trama de finales de los años ochenta en la que narra la depresión en la que cae un profesor universitario luego de perder a su esposa e hijos en un absurdo accidente. En medio de su tristeza, descubre la película de cine mudo de un desaparecido actor, que además de ser el primer momento de risa luego de varios meses de tristeza y desolación, logra despertar su interés por investigar acerca de su biografía, hasta el punto de convertirse en experto en la vida y obra este actor, un tal Thomas Mann.  Como en otras de sus obras, Auster desarrolla extensamente a un personaje ficticio, y usa personajes que se aíslan del mundo para reaparecer luego de muchos años. Se trata del relato de varias vidas en busca de ilusiones. Cada personaje tiene una dura historia y una historia de la ilusión de una reivindicación consigo mismo. Los personajes principales son ampliamente desarrollados y las descripciones a las que nos ha acostumbrado Auster son muy detalladas. Como el actor de cine cuya biografía es el hilo conductor de la novela, la trama resulta de tinte cinematográfico, para que al final, como las historias dentro de la historia que abundan en la novela, el hilo conductor se entrelace con uno de esperanza o de ilusión.

Rafael Baena fue un escritor, periodista y fotógrafo sincelejano, de quien leímos La guerra perdida del indio Lorenzo. Centrada en el momento histórico de la separación de Panamá de Colombia, la narración comienza con una carta donde se revela el papel de un poco conocido personaje de la historia nacional, Victoriano Lorenzo, un general indígena panameño y su importante participación en la Guerra de los Mil Días. Un relato detallado en la que resalta el excelente uso del lenguaje por parte del autor, además de su profundo conocimiento de la historia del país. Como suele suceder con las reseñas históricas –o con las novelas de tinte histórico- se revela cómo se repiten los errores que han llevado a las guerras y cómo no parece que quede lección alguna de esos conflictos, que resultan en un parecido sorprendente con la actualidad nacional, donde se hace evidente la torpeza de la clase política para dirigir a una nación.

Pasamos a la lectura de Así empieza lo malo, de un viejo conocido de nuestra tertulia, el madrileño Javier Marías, quien ocupa el sillón de la «R» como miembro de número de la Real Academia Española, lo que da cuenta de la prolijidad con la que escribe. Otra historia llena de detalles y de personajes extensamente desarrollados, con historias entrelazadas alrededor del misterio acerca de una relación de pareja que se ha dañado por un secreto mal guardado, o revelado de manera tardía e inoportuna. El título hace referencia a una frase de Shakespeare «Así empieza lo malo y lo peor queda detrás» (Thus bad begins and worse remains behind), que a su vez se refleja en que siempre, a pesar de los malos momentos, hay esperanza de mejorar. Otra historia en la que uno de los personajes centrales tiene que ver con la industria del cine, quizá como analogía del manejo de las ilusiones representadas en el séptimo arte. Este director de cine no puede verlo todo con la claridad que supone su oficio, pues lleva un parche en un ojo que, como mínimo, compromete su visión binocular, sin hablar de los puntos de vista que se ha perdido a lo largo de su vida.  Un relato que está relacionado con la historia de España, en la que hubo momentos en que fue necesario callar para sobrevivir, callar lo que se sabe y vivir una verdad individual e íntima que puede ser muy distinta a la vida que se muestra. En un mismo entorno familiar, las historias personales pueden tener versiones muy distintas según lo vivido por cada cual y según las necesidades de cada uno, con matices y secretos que pueden conocerse, pero de los cuales no se habla. Al final, luego de la aparente necesidad de usar tantas palabras, lo más importante puede ser no usar las palabras, mantener un tácito silencio que hace que no sea necesario revelar lo que se sabe ni explorar cuánto se sabe.

Como en otros años, saltamos de un país a otro con nuestras lecturas, que además nos han llevado a viajar por el tiempo. De Holanda, el autor y actor Herman Koch, con su éxito de ventas La cena, que ha sido traducida a una veintena de idiomas. Una oscura historia de los tiempos modernos, basada en un hecho real ocurrido en España, donde unos muchachos prendieron fuego a una indigente que dormía en un cajero automático. Muestra la sociopatía como una mezcla de factores externos e internos que forjan este tipo de personalidades. Sugiere un factor biológico predominante, casi como una excusa para no asumir la responsabilidad por la violencia de un padre que al principio se muestra preocupado por los actos de su hijo, pero que poco a poco se revela como un personaje violento e intolerante. Ambientada en un restaurante lujoso, que además es criticado severamente por uno de los protagonistas, la novela muestra una reunión de dos hermanos con sus esposas, que discuten acerca del futuro de sus hijos. Es una crítica a la ética de creciente vigencia, a algunos modelos educativos y a la postura que justifica los medios para alcanzar cualquier fin, a la vez que critica al resurgimiento del racismo en Europa. Aunque es poco creíble que se haya escogido un restaurante como escenario para tratar temas privados y de gran trascendencia, es precisamente ese escenario el que permite presentar la idea de una supuesta familia feliz, pero claramente disfuncional, que enmarca la discusión de un asunto de gran importancia en un contexto artificial. Aunque por momentos la narración se pierde entre saltos temporales, es capaz de describir con detalle la frialdad de sus personajes y su postura calculadora, que lleva a una violencia que, a lo largo de la narración, pasa de ser soterrada a convertirse en una manifestación explícita y cotidiana.

Recientemente se reveló que Anita Raja es la supuesta verdadera identidad de Elena Ferrante, de quien leímos la primera de una larga tetralogía de relatos de dudoso interés, aunque de indudable éxito en ventas. La amiga estupenda es una historia inconclusa de costumbrismo napolitano, una muy extensa narración que no se resuelve en este tomo, y muy probablemente tampoco llegue a un cierre en el segundo ni en el tercer volumen de esta larga historia de la amistad entre dos mujeres, que comienza en su niñez. Dos amigas con una aparente relación de dependencia mutua en un ambiente relativamente violento, el del Nápoles de mediados del siglo veinte, pero más precisamente el de uno de los barrios pobres de esa ciudad. La autora es cuidadosa en sus extensas descripciones y «atrapa» con la idea de que una de las protagonistas, ya adulta, ha desaparecido, oportunidad que sirve para que la otra cuente la historia de su amistad y se remonte a la época de su niñez. El extenso relato muestra unos pocos años de la niñez tardía y adolescencia de estas dos amigas, que tienen en común su espíritu competitivo y su ilusión, a veces compartida, de poder salir de su barrio hacia un mundo mejor. Pero la narración también parece una trampa comercial, en la que se obliga al lector a comprar el siguiente volumen si quiere conocer el desenlace de la historia de estas niñas. Tanto es así, que al final del primer tomo, hay un adelanto del siguiente, como en las «sagas» de las películas recientes, que incluso recurren a contar sus historias en desorden, donde la siguiente película pueda ser situada antes de la historia ya revelada, con el único fin de conseguir ingenuos que puedan estar interesados en los hechos que supuestamente  ocurrieron antes, truco conocido como «precuela». No se puede negar que la prosa tiene puntos de interés, pero tampoco que tiene apartes cuyos detalles y extensión resultan agobiantes y probablemente innecesarios. Digo probablemente, pues queda la sospecha de que algunos de ellos sean aprovechados en los siguientes tomos, lo cual no me causa el interés suficiente como para averiguarlo.

Seguimos con otro español, el periodista y novelista Arturo Pérez Reverte, también conocido en nuestro grupo de amigos lectores y reconocido por su prolífica obra y también por el cuidadoso uso del idioma. Otro miembro de la Real Academia Española, que ocupa el sillón de la «T» en esa antigua institución dedicada al cuidado del idioma español, cuyo lema, que da cuenta de su interés por proteger la lengua, reza: «Limpia, fija y da esplendor». Precisamente, Hombres buenos es un relato hábilmente construido para darle verosimilitud a un episodio histórico relacionado con la Real Academia Española. Con detalles que tienen sustento en documentos reales, Pérez Reverte fabrica una historia en la cual sus protagonistas resultan completamente creíbles, dos personajes disímiles a quienes se les asigna la curiosa misión académica de conseguir en París un ejemplar completo de los veintiocho tomos de la Enciclopedia de D’Alembert, obra de la razón considerada prohibida en ese momento. La trama consiste en creer que los personajes realmente existieron y que la novela se basa en hechos y no en la ficción. Con alguna escasa información cierta, el autor crea una obra que parece tener el peso de la documentación –también inventada- que es coherente con el momento histórico en que se desarrolla. Pérez Reverte utiliza con maestría el recurso de recordar al lector que está leyendo una obra de ficción, y acude a la técnica de la metanovela, en la que el autor revela algunos de los detalles de su propio proceso creativo para lograr contar esta historia, donde también inventa obras suyas que no ha escrito, con títulos sugerentes que invitan a buscarlas o a esperarlas, al encontrar que no existen. Esto hace que la novela pueda ejecutar saltos temporales acrobáticos entre el supuesto momento histórico de 1781, y los tiempos modernos, en los cuales el mismo Pérez Reverte (o quienquiera que sea el narrador) cuenta de sus viajes en busca de los caminos españoles y franceses que pudieron recorrer estos supuestos personajes históricos en su misión bibliográfica. La técnica de las historias paralelas evoca a aquella película de 1981, La esposa del teniente francés, que muestra una relación tormentosa de la época victoriana, entremezclada con el drama que surge durante la filmación de esta misma película entre los actores modernos que la protagonizan. Con la habitual pulcritud de su prosa, no sorprende que Pérez Reverte haya logrado una convincente estampa de la época, ni que sus personajes, también académicos de la lengua, se expresen con tanto gusto y con tanto cuidado por el idioma español. En la novela hay varias historias dentro de la historia principal, cada una bellamente elaborada, con las que el autor logra una mezcla balanceada entre ficción y realidad que resulta en una obra muy entretenida.

Alessandro Baricco, el novelista, dramaturgo y periodista italiano que también hemos leído antes, se embarcó en la idea de hacer una lectura pública de La Ilíada de Homero. Pero la épica obra original no fue escrita en un lenguaje sencillo o que sea fácil de comprender para todos. Baricco emprende una tarea titánica y loable, la de llevar esta epopeya griega del siglo séptimo antes de Cristo a una versión moderna, en la que conserva los personajes principales y les da voz propia, con un lenguaje que remplaza la técnica poética del verso hexámetro por una prosa centrada en el histórico conflicto. Homero, Ilíada es una historia necesaria, que muestra lo que ya sabemos: que la historia se repite. Esta narración bélica muestra cómo la violencia hace parte de la naturaleza humana. En un momento en el que se viven en el país diferencias de opinión entre la pertinencia de un proceso de paz y la necesidad de obstaculizarlo, parece oportuna la lectura de esta historia de una larga guerra, de las trampas y engaños que la perpetuaron y de las caprichosas posiciones personales que la alimentaron.

Este ciclo anual de páginas se cierra con la obra de un exiliado político persa en Holanda, el físico y escritor Hossein Ghaemmaghami Farahani, quien adoptó el seudónimo Kader Abdollah, el cual corresponde a los nombres de dos de sus amigos en Irán que fueron ejecutados por oponerse al régimen de los ayatolas.  Su primera novela en idioma holandés, El viaje de las botellas vacías, narra la experiencia de un joven iraní que emigra a Holanda y sufre las mismas dificultades que tuvo el autor al enfrentarse a la cultura occidental y a una lengua muy distinta a la suya, que lucha por aprender para ser entendido en el idioma que ahora es local. Es la historia de un exilio personal, obligado, con su consecuente desubicación. Es un viaje que no tiene sentido ni tiene clara explicación, y que se parece a la colección de botellas del abuelo, que, a pesar de contar con una anotación en su etiqueta que trata de reseñar el motivo para haberlas vaciado, la ocasión para haberlas bebido, después de mucho tiempo de estar almacenadas         –como los recuerdos­– dejan de tener sentido y resulta imposible leer sus etiquetas o reconstruir su importancia.  El joven iraní llegó a una cultura que no logra comprender, y, a la vez que pierde gradualmente su relación con la única persona de su mismo origen en el pequeño pueblo holandés donde vive, que es su esposa, entabla una relación que quiere considerar como una amistad. Cuando cree haber encontrado esa amistad, también la pierde. Los problemas de comunicación no son solo transculturales, como lo ejemplifica el hecho de que otro de sus «amigos» prefiere comunicarse por radio con anónimos distantes que con quien se encuentra en su casa. El exiliado termina por olvidar el origen de su viaje y de su vida, y queda atrapado en un mundo extraño, donde encuentra que hasta la luz del sol es distinta a la de su país natal, con una vida vacía, como las botellas del abuelo.

Este viaje anual de páginas leídas comienza de nuevo, con el ánimo renovado por la curiosidad hacia los mundos nuevos por conocer…



martes, 12 de julio de 2016

El ojo del toro

 
Divagaciones lingüístico-mitológico-astronómico-literario-musicales alrededor de un término descriptivo en inglés (bull’s eye), con frecuencia traducido erróneamente como «ojo de toro».

Aldebarán es uno de los más antiguos nombres de origen árabe usado en occidente para llamar a una estrella, utilizado aproximadamente desde el siglo X.  Al-dabarān, que posiblemente significa  «el perseguidor» (no confundir con el cuento del mismo nombre, escrito por Julio Cortázar, en el que su personaje principal, Johnny Carter, persigue el sentido de su existencia a través de su música, en una clara alusión al insigne saxofonista Charlie Parker), hace referencia a su aparente seguimiento del grupo estelar conocido como Las Híades.
Hay cierta confusión alrededor de los mitos que explican algunos de los personajes que llegaron a ocupar un digno lugar en la esfera celeste. Así, las Híades, hijas de Atlas y Etra, son medio hermanas de las Pléyades, también hijas de Atlas, pero esta vez con Pléyone, y se encuentran todas en la misma región del cielo nocturno, junto con
Aldebarán, que corresponde a la estrella principal de la constelación del toro, y equivale, para algunos, al ojo enrojecido de este furioso animal, el ojo del toro. Este animal logró su lugar en el cielo gracias a que el dios Zeus, en una de sus muchas salidas amorosas, se disfrazó como un toro blanco y manso, con el único fin de acercarse y raptar, con intenciones no muy mansas, a la bella princesa Europa. Otra leyenda cretense hace referencia al monstruo mitad toro y mitad hombre, supuestamente hijo de Minos, el minotauro, a quien Teseo dio muerte.
En dimensiones astronómicas, el que algunas estrellas estén «juntas», no significa que sean vecinas. La estrella Aldebarán está a unos 65 años luz de Las Híades, aunque desde nuestro punto de vista parezca posible que una persiga a las otras.
A propósito, años luz es una medida de distancia, no de tiempo. Se refiere a la distancia que es capaz de recorrer la luz, a sus casi 300,000 km por segundo, en un año. Por ello, referirse a un retraso tecnológico en «años luz» no tiene mucho sentido, pues significaría algo distante (más de unos cientos de miles de millones de kilómetros), no algo para lo que hace falta esperar un tiempo.
Pero volvamos a la región donde se encuentra la constelación Tauro, que es de gran importancia para los astrónomos y de gran belleza para los aficionados. Por su transcurrir aparente a lo largo de la línea conocida como la eclíptica, es común que puedan verse los planetas en este vecindario celeste, el mismo por donde también se mueven las demás constelaciones del bestiario imaginario conocido como zodíaco. En esa región del cielo se encuentra una de mis constelaciones favoritas, la de Orión, el cazador. Por su condición mitológica, también parece carecer de sentido cualquier atribución o supuesta capacidad de influir sobre nosotros que se haga a los gigantescos acúmulos de gases que corresponden a las estrellas que sólo desde nuestro punto de vista adquieren formas diversas.
La historia de las mujeres que escapan de la persecución es común a diferentes culturas. Así, para la tribu indígena norteamericana Kiowa, Las Pléyades (constelación que para los japoneses se llama Subaru, lo que explica el logotipo estrellado de esos automóviles) escapaban de un oso, y fue la Tierra la que ayudó a elevarlas al cielo. Los vestigios de esta leyenda corresponden a una montaña conocida por esos indígenas como Mateo Tepe, que hoy parece corresponder a La Torre del Diablo en el estado de Wyoming. Algunos especulan que los aztecas alinearon su Pirámide del Sol con Las Pléyades. Como podría esperarse, los egipcios también observaron con interés este acúmulo de estrellas.  
Diana, la diosa cazadora de la mitología romana, fue quien ayudó a estas mujeres a escapar de su cazador, Orión, conviertiéndolas en palomas. Al centro de la diana o blanco usado para practicar la puntería, se le conoce en inglés como bull’s eye, mientras que en francés hace referencia a un buey, oeil de boeuf. Se ha relacionado el uso de esta expresión con la arquería, con la supuesta práctica de usar cráneos de vacunos para tratar de dar en el ojo de los mismos, como señal de buena puntería. En inglés se usa también para denominar otros objetos cuya forma  semiesférica podría recordar a la del ojo de ese animal. En inglés parece encontrarse desde el siglo XIX en referencia a piezas de vidrio usadas en lentes y lámparas, así como a algunas claraboyas y ventanas circulares de los barcos, que también conocemos en español como «ojos de buey». 
La expresión bulls’eye o bullseye, escrita como una sola palabra, se usa en inglés para significar que se ha «dado en el blanco», no solamente en forma literal, como en los polígonos de tiro, sino como sinónimo de atinar o como analogía de un objetivo que se logra tal y como se había planeado, cuando se ha resuelto un problema, o con el significado de algo exitoso. Sin embargo, como es obvio, en español nunca se dice «ojo de toro» como alternativa a diana, blanco u objetivo, o como sustituto para la expresión «dar en el blanco» o sus variantes.
En el argot de las imágenes diagnósticas, a veces nos encontramos con lesiones cuya apariencia es la de estructuras concéntricas de diferente tono en una escala de grises, que recuerdan, precisamente, a un tiro al blanco o una diana.
En inglés y en español, se refieren a lo mismo, sólo que no se dicen igual, ni se deben traducir literalmente. Del español blanco, diana o tiro al blanco, podemos decir target o bullseye en inglés; del inglés bullseye no se puede llegar, sino como muestra de ignorancia idiomática, al ojo del toro.


Lecturas recomendadas
Hewitt-White, K: Patterns in the Sky. An introduction to stargazing. New Track Media LLC. Sky Publishing, Cambridge 2006.

Hewitt-White, K. The Pleiades: a star cluster for everyone. Nightsky 2004; 1:30-34.

Flanders, T: The Bull of Heaven. Nightsky 2004; 1:20-22.

Kunitzsch P, Smart T: A Dictionary of Modern Star Names. New Track Media LLC. Sky Publishing, Cambridge 2006.

McDonald M: Tales of the Constellations. The myths and legends of the night sky. Michael Friedman Publishing Group, New York, 1986.


Publicado en el número 43 de Panace@, la Revista de Medicina y Traducción.
 http://www.tremedica.org/panacea/PanaceaActual.htm.

domingo, 24 de abril de 2016

Fe y ciencia



Reflexiones desde una postura agnóstica sobre la relación entre ciencia y creencia.
«Los problemas a los que nos enfrentamos no pueden ser resueltos con el mismo nivel de inteligencia o de imaginación que los crearon». - Albert Einstein.
La fe y la ciencia requieren de niveles de imaginación superior y mutuamente excluyente. No es imaginativo ni original cambiar de idea o convicción; de hecho, para algunos puede parecer ridículo que un creyente de la fe cristiana termine eliminando un concepto mesiánico al convertirse en un convencido de la religión judía. Con el estado de las relaciones entre musulmanes, cristianos y judíos (por mencionar sólo algunos grupos de fe), resulta casi humorístico descubrir miembros de esas creencias que se trasladan impunemente de una fe a la otra, incluso con fervor.
Tampoco es necesariamente contradictorio tomar porciones de distintas creencias para satisfacer una necesidad religiosa o científica. Sin embargo, me resulta sorprendente que existan científicos que sugieren que la fe no excluye la ciencia y que se puede ser científico y religioso a la vez. A pesar de trabajar con base en evidencias reproducibles, hay científicos para quienes las apariciones y milagros tienen la misma validez que las observaciones juiciosas en ambientes que pretenden ser estrictamente controlados, como los de un laboratorio.
Los textos que rigen a las creencias no fueron escritos con fuego ni sobre piedra y fueron creados por personas. Sugerir que no se pueden tomar como analogías, ejemplos o parábolas, puede imprimirles una connotación de inverosimilitud que puede ser contraproducente, al hacer más difícil separar la mitología de la religión. Que un dictamen no se pueda controvertir puede hacer más fácil que se dude de él. Por otra parte, si una prueba resiste la controversia, puede hacerse más fuerte su veracidad. Los textos que fundamentan los hechos tampoco son definitivos, y fueron creados por personas. Sugerir que la ciencia no ha tenido fallas y que sus teorías siempre son incontrovertibles es también inverosímil. ¿Se pueden entonces, tomar principios y creencias para sustentar hechos y convicciones?
La ciencia es prejuicio. No es posible sino lo que se demuestra o se prueba. Ver para creer no siempre aplica, pues hay fenómenos reproducibles que no vemos. El corolario es la demostración teórica, que puede confudirse con la premonición. Hay mentes que han sugerido teorías que en su momento fueron descartadas por extravagantes o imposibles, pero que luego fueron verificadas, cuando la tecnología lo ha permitido. En esos casos, no ha hecho falta recurrir al ilusionismo o a los trucos de magia; el tiempo ha sido el que ha ayudado a determinar que algo sorprendente o inverosímil pueda resultar obvio.
La fe es prejuicio. Ver para creer resulta una necedad. No hay necesidad de argumentos reales, aunque ocasionalmente se presenten posturas teóricas que parezcan abiertas o reflexivas, o instancias donde parecería haber espacio para la duda. Todo es posible.
La ciencia es ciega, la fe reveladora. Un científico no religioso puede estar cerrando sus ojos para evitar ver la luz. No es original, ni parece muy imaginativo.
La fe es ciega; la ciencia reveladora. Un científico religioso es como un voyerista ciego. Tampoco es muy original, pero ciertamente es imaginativo.

lunes, 21 de marzo de 2016

Día de la poesía


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El 21 de marzo es el día mundial de la poesía. Desde tempranas horas, circulan ejemplos de cientos y miles de poemas que dan cuenta de la relevancia de este género literario. De Jaime Sabines:

El Peatón

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas,
alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta.
O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso.
O simplemente, pero realmente, un poeta.

Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla!
¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!

Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido.
Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta
de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella
en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga
de las orejas?

¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar
en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera,
de peatón.

¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.

Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.


Hay poemas para toda ocasión. En el calendario, como en la vida, hay un día para cada cosa. Y, también como en la vida, hay muchas cosas para cada día. En el santoral católico, el 21 de marzo corresponde por lo menos a nueve personajes, cuyas historias pueden encontrarse en la red, para los interesados: San Nicolás de Flüe, San Serapión el Escolástico, San Jacobo el Confesor, San Endeo, San Juan de Valence, San Agustín Zhao Rong, los Beatos Tomás Pilchard y Mateo Flathers, y la Beata Benita Cambiagio Frassinello, según una de muchas fuentes al respecto.
Por ello, algunos días se conmemoran, celebran o recuerdan varios eventos, enfermedades, profesiones o personajes. Algunos son mundiales, otros cambian de país a país. Por ejemplo, en Colombia, se agrupan el 4 de octubre las celebraciones de dos oficios que pueden tener puntos en común o ser diametralmente opuestos, según como se miren: el día del mesero y el del poeta. Se celebran los oficios comunes, como el de la secretaria, el del locutor y el del maestro, pero también otros, quizá olvidados, excepto en su día: el del vendedor, el del cronista deportivo, el del vigilante, el del profesional funerario, el del fotógrafo y el día del negociador internacional.
Los hay para casi todos los diagnósticos, sin importar si son comunes o no, como el cáncer, el glaucoma, la salud prostática, el linfoma, la rabia y la depresión. También hay un día mundial del celíaco, y uno de la retinosis pigmentaria, así como uno de las personas sordas y hasta hay un día mundial del enfermo, que me imagino que acoge a quienes no tengan su propio día, quizá para darle una nueva oportunidad a los sobrevivientes al día de su dolencia para volver a congregarse para celebrar o hacer que los demás tomen conciencia de su enfermedad.
Curiosamente, se escogió la misma fecha para el día de la salud mental y el día contra la pena de muerte…
Cada miembro de la familia, comenzando por la madre, tiene su día: el padre, el niño, la niña, pero también el de la mujer y el del hombre, así como el de la juventud, el del soltero, el del niño africano, y, por supuesto, el día de las familias. Casi no hay profesión u oficio que no celebre su día, aunque muchos tengan visos de comercio y sean sólo una excusa para comprar o repartir regalos. Para los casos de consumismo exagerado, tenemos el día de los derechos del consumidor, así como el día de no comprar nada o Buy Nothing Day –BND, este último en contra de mis principios y creencias…
Tenemos días puramente lúdicos, como el del tango, el de los museos, el de la danza, el de la felicidad y el de la diversión en el trabajo, pero también el día del beso, el día internacional del Jazz, que se celebra el 30 de abril, el de la amistad y el del orgasmo femenino, entre otros.
Hay varios días relacionados con la tecnología de las comunicaciones, como el día de internet, pero también el de internet seguro y el día de la protección de datos. En una categoría de días tecnológicos debe incluirse, sin duda,  el de los vuelos espaciales tripulados.
Algunos días podrían clasificarse en la categoría ecológica, como el día de los océanos, el de las montañas, el del sol, el de las tortugas marinas, el del árbol, el de la Tierra y el día mundial de la nieve. No estoy seguro de cómo clasificar el día del sushi, probablemnte en una categoría gastronómica, junto al día del Chef. Otro día para mí inclasificable es el del orgullo zombie (?).
La palabra tiene varios días dedicados a exaltarla, tanto en el día del idioma, como en el de las lenguas, el de la lengua materna, el de la lengua inglesa, y el de la voz. En el día de la poesía, hoy 21 de marzo, parece conveniente recordar las palabras sobre la palabra:
Palabra
Leyendo el diccionario
he encontrado una palabra nueva:
con gusto, con sarcasmo la pronuncio;
la palpo, la apalabro, la manto, la calco, la pulso,
la digo, la encierro, la amo, la toco con la yema de los dedos,
le tomo el peso, la mojo, la entibio entre las manos,
la acaricio, le cuento cosas, la cerco, la acorralo,
le clavo un alfiler, la lleno de espuma,

después, como a una puta,
la echo de casa.

Cristina Peri Rossi

Busco la palabra

Quiero definirlos en una sola palabra:
¿Cómo son?
Tomo las palabras corrientes, robo de
los diccionarios,
mido, peso e investigo.
Ninguna responde
La más valiente – cobarde,
La más desdeñosa – aún santa
La más cruel – demasiado
misericordiosa,
La más odiosa - poco porfiada.
Esta palabra debe ser como un volcán,
que pegue, arrastre y derribe,
como la temerosa ira de Dios,
como el hervor del odio.
Quiero que ésta una sola palabra
esté impregnada de sangre,
que como los muros del calabozo
encierre en sí cada tumba colectiva.
Que describa precisa y claramente
quienes eran - todo lo que pasó.
Porque lo que oigo,
lo que se escribe,
resulta poco,
siempre poco.
Nuestra habla es endeble,
sus sonidos de pronto - pobres.
Con empeño busco ideas,
busco esta palabra -
y no la encuentro.
No la encuentro.


Wislawa Szymborska

 Las Palabras

"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras."
Pablo Neruda

Hay días que conmemoran hechos violentos o criminales que no deberían repetirse, como el que protesta contra las minas antipersonales,  los dos días de la no violencia y el día contra la falsificación.
En literatura,  existe una modalidad de transferencia de  autoría que he denominado «plagio apócrifo». Lo defino como la falsa atribución de una obra a un autor. La cultura popular, la tradición oral u otros medios, asignan equivocadamente un texto a un autor reconocido, sin que sea necesario que dicho autor parezca haber intervenido en la falsa atribución. Curiosamente, algunos autores apócrifos nunca rectifican la autoría errada. Uno de los más famosos ejemplos lo constituyen las siguientes líneas, atribuídas erróneamente a Bertolt Brecht:

Primero vinieron por los socialistas
Pero callé porque yo no era socialista.

Después vinieron por los sindicalistas
Pero callé porque yo no era sindicalista.

Después vinieron por los judíos
Pero callé porque yo no era judío.

Después vinieron por mí
Y nadie quedaba para defenderme.


Su verdadero autor fue Martin Niemoller. El escrito «Instantes», atribuido a Jorge Luis Borges («…si pudiera vivir nuevamente…trataría de cometer más errores…») fue realmente escrito por la octogenaria Nadine Stair, quien lo publicó en  la  revista Family Circle con el título  If I had to live my life over. 
Hace unos años, se divulgó un poema de despedida titulado «La Marioneta», que se atribuyó erróneamente a Gabriel García Márquez:

Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso pero, en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco y soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen, escucharía mientras los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate...
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón...
Escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...
No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer de que ella es mi favorita y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero dejaría que el solo aprendiese a volar.
A los viejos, a mis viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas les he aprendido a ustedes los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su puño por vez primera el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre.
He aprendido que un hombre únicamente tiene derecho de mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero finalmente de mucho no habrán de servir porque cuando me guarden dentro de esta maleta, infelizmente me estaré muriendo...


En este caso, el Nobel colombiano expresó públicamente sentirse  ofendido por habérsele atribuido dicho poema. Ante esta rectificación, resultó  ofendido su verdadero autor, el ventrílocuo Johnny Welch, quien lo había escrito para su marioneta «El Mofles». Luego de  una breve y cordial reunión, patrocinada por la revista periodística  Cambio, y matizada con una dosis de  «mamagallismo» (término que para algunos ingenuos es una mezcla de movimiento,  filosofía o estilo de vida cuyos orígenes se han atribuído de manera apócrifa al colombiano), los dos acordaron que se podía seguir atribuyendo «La Marioneta» a García Márquez, siempre y  cuando a Welch se le permitiera la autoría de «El amor en los tiempos del coléra».
En el día de la poesía y de la marioneta, busque un verso, regale una palabra. 
En el día lúdico, tecnológico, ecológico o en el que se sienta identificado:
celebre su día.

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En tu mano comí la sal de tu silencio.
Como una dócil bestia dispuesta al sacrificio.

Mi sed durará siglos.

Piedad Bonnet.