viernes, 29 de febrero de 2008

Plagio

Yo no sé por qué los poetas
se entusiasman
con cosas tan pequeñas
como un pétalo
o peor aún
una minúscula gota
del tamaño de una lágrima
lágrima, al fin, hecha neblina.

Tampoco imagino cómo
de un blanco y lejano satélite
sale tanta inspiración
ni cómo se hace
para usar palabras tan gastadas
como flor, noche y estrella
o boca, piel y seda
sin sonar redundante

no sé nada de esto
no siento nada
al ver un amanecer
las sonrisas me resbalan
no me erizan las miradas
y a la luna
la prefiero nueva

no entiendo nada de esto
yo sólo copio
frases muy trilladas
plagio a los sensibles
a los tristes y acongojados
a los enamorados
a los que no duermen

plagio a los poetas
cuando te sueño
plagio a los ausentes
cuando te escribo
pues yo de este oficio
no entiendo nada.


©Mario Bonilla

miércoles, 20 de febrero de 2008

Eclíptica

Aunque los eclipses lunares son mucho más frecuentes que los solares, parece que cada vez que hay un eclipse el asunto se vuelve noticia. A los aficionados a la astronomía nos fascina encontrarnos con excusas para mirar al cielo, sin que sea necesario avistar objetos voladores no identificados para sorprendernos con las dimensiones del universo. Recuerden que viajamos alrededor del sol a unos 100,000 km/hr. Aunque la luna es muchas veces más pequeña que el sol, su distancia de nuestro planeta hace que su tamaño aparente sea casi idéntico al del sol, por lo cual es capaz de eclipsarlo por completo. La luna pasa con fecuencia por la sombra que deja la tierra al ser iluminada por el sol. Cada vez que esto ocurre, se forma un eclipse de luna, como el de esta noche. Si las condiciones lo permiten, no dejen de mirar al cielo para observar un espectáculo celeste gratuito. La luna puede tornarse de un color rojo o cobrizo, en un efecto que se explica por la difracción de la luz por la atmósfera terrestre. Si no tuviéramos atmósfera, la luna se vería completamente negra. Como la tenemos, los rayos que se acercan al espectro más azul de la luz se pierden en la atmósfera, y la luz que vemos reflejada sobre la luna es más rojiza. Las erupciones volcánicas pueden ayudar al efecto, pues el polvo que llega a la atmósfera produce diferentes efectos sobre la luna. En 1992 pude ver el resultado de la erupción del volcán Pinatubo sobre un eclipse total de luna, poéticamente llamado de "linterna japonesa", pues la contaminación atmosférica hizo que la luna se viera roja, como una de esas lámparas japonesas de papel que usan una vela para producir una tenue luz.
De nuevo, es gratis. Esta noche, a partir de las 8:43pm. Para más información científica, visite:
http://www.MrEclipse.com/Special/LEprimer.html

Y el aporte literario, para aprender a quitarle la fantasía a los eclipses, es del maestro del cuento breve, el hondureño Augusto Monterroso, para su disfrute:

El eclipse. Augusto Monterroso.
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

lunes, 18 de febrero de 2008

Busco una palabra

Busco una palabra
que aún no haya sido escrita
que no se encuentre
entre páginas clásicas

que no esté tallada
en la corteza de un árbol
ni en la banca del parque.
Que no aparezca traviesa
en una hoja de cuaderno.

Busco una palabra
que defina al calor
que evoque alegría
y me recuerde tu sonrisa.

Una palabra
parecida a la ternura
que tenga el color de la miel
y el mismo brillo de tus ojos

una palabra
con la que un poeta
nombraría a una estrella
una palabra tan fuerte
como un abrazo nuestro

sólo hay una palabra
dulce como una canción
sólo una que cuando pronuncio
me llena de emoción

esa palabra eres tú.



©Mario Bonilla, 1994.

miércoles, 16 de enero de 2008

Propósitos para un mejor año, siglo, milenio...

Desde hace una semana, se encuentra en las carteleras del Departamento una versión impresa a dos columnas del siguiente texto:

Ahora que comienza un nuevo año, comparto un viejo listado, escrito con ánimo motivador, que desenterré de mi archivo personal. Con la libertad que ofrece la autoría, lo he adaptado ligeramente a nuestra realidad. Pese a que ha transcurrido una década de haberlo concebido, creo que algunos de los puntos pueden seguir vigentes.

Aníbal J. Morillo, MD.
Coordinador Académico
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe de Bogotá
Bogotá, Colombia

Propósitos para un mejor año, siglo, milenio…
Modificado de El Tiempo de Relajación, Vol 5. No1. (Febrero de 1998).


No me olvidaré de cambiar mi dosímetro personal oportunamente.
Identificaré todas y cada una de las películas radiográficas que yo haga y verificaré que el nombre de mi paciente esté bien escrito en ellas.
Seré amable y comprensivo con quienes soliciten mi ayuda.
Daré indicaciones claras a los pacientes para su preparación.
No haré que mis pacientes firmen la hoja de consentimiento informado para un procedimiento invasivo cuando ya estén bajo los efectos del protocolo de sedación.
Colaboraré con los trabajos de investigación de mis compañeros.
Atenderé respetuosamente a quienes soliciten mi ayuda, sin importar su cargo, labor u oficio.
Me enorgulleceré por los logros del Departamento y los consideraré como propios.
Seré amable y comprensivo con mis compañeros de trabajo.
Archivaré adecuadamente todos los estudios.
Respetaré el pudor de mis pacientes.
Atenderé cordialmente las llamadas telefónicas.
Si tengo que entrar a una sala donde se realiza un examen o procedimiento, saludaré cordialmente al paciente que esté siendo atendido.
Respetaré el temor de mis pacientes.
No haré que mis pacientes desfilen semidesnudos por el Departamento.
No haré comentarios discriminativos.
Me interesaré por el trabajo de los demás.
Cuidaré los elementos de trabajo.
Me interesaré por el orden y la limpieza.
Dejaré cada cosa en su lugar.
Apagaré las luces y negatoscopios que no esté utilizando.
Cuidaré los libros y revistas del Departamento.
Escribiré con letra legible.
Seré claro y conciso en mis descripciones.
Cumpliré con mi horario de trabajo.
Refunfuñaré menos.
Reiré más.
Me acordaré de guardar las precauciones mínimas de bioseguridad, y usaré guantes para manipular elementos que hayan estado en contacto con secreciones.
Regañaré menos.
No regañaré en público.
Recordaré con más frecuencia que mis residentes esperan que yo les enseñe.
Recordaré con más frecuencia que mis docentes sí se preocupan por mi formación.
Usaré la radiación en forma racional.
Usaré los elementos de radioprotección en forma racional.
Seré menos irracional.
No usaré más del tiempo asignado para una conferencia.
Trataré de no dormir en las conferencias de mis compañeros.
Trataré de no dormir en las conferencias de mis docentes.
No llegaré tarde a las reuniones académicas.
Seré discreto con la información confidencial.
Reportaré oportunamente los incidentes adversos.
Me identificaré más con el Departamento.
Seré un ejemplo para los demás.
Seré más paciente.
Seré más amable.
Recordaré que la historia clínica es un documento legal, en el que no debo escribir en forma pasional.
Dejaré caer menos chasises.
Golpearé menos los equipos.
Tiraré menos puertas.
Mantendré cerradas las puertas de las salas de examen.
Mantendré cerradas las puertas de las oficinas cuando las deje vacías.
Estudiaré más.
No tildaré las palabras examen ni abdomen.
Revisaré las carteleras con más frecuencia.
Me encargaré de actualizar oportunamente los datos para localizarme cuando me encuentre de turno.
Atenderé los consejos de mis superiores.
Atenderé los conseos de mis subalternos.
Atenderé los consejos de mis pacientes.
Atenderé los consejos de mis compañeros.
Atenderé los consejos de mi jefe.
Pagaré a tiempo mis deudas.
Cuidaré más del archivo docente.
Dejaré el baño como me gustaría encontrarlo.
Gritaré menos.
Atenderé oportunamente los llamados que me hagan durante mi turno.
Maltrataré menos los chalecos de plomo, y los dejaré en su sitio cuando termine de usarlos.
Usaré un protector de tiroides cuando me encuentre expuesto a radiaciones ionizantes.
Gastaré menos agua.
Gastaré menos gel para ecografía.
Gastaré menos tiempo.
Mandaré a repetir menos estudios.
Haré mejor los estudios para que no me toque repetirlos.
Como los teléfonos están temporizados, no tendré que recordar el ser breve en mis llamadas.
Pelearé menos.
Seré menos “sapo”.
Pondré más atención a lo que hago.
Me importará más mi trabajo.
Tendré más cuidado.
Seré más eficiente.
Respetaré a los no fumadores.
Respetaré a los fumadores.
Respetaré los semáforos.
Caminaré más.
Fumaré menos.
Recordaré con más frecuencia que todos somos del mismo equipo.
No culparé a los demás por mis errores.
Etc…


Uno no lo ha perdido todo mientras esté descontento de sí mismo. E.M. Cioran

martes, 4 de diciembre de 2007

Una bala, un presidente herido y un teléfono.

Eran las 9:20 de una mañana de julio de 1881. El presidente norteamericano James A. Garfield se dirigía al Williams College en el estado de Massachussets, de donde era exalumno, para recibir un grado honorífico de su alma mater. Mientras esperaba en la estación del tren en Washington, D.C., un hombre barbado le disparó dos veces.
El Dr. Smith Townsend fue el primero en atender al presidente Garfield. En el mismo sitio del atentado, cortó el traje del presidente e introdujo su dedo índice a través de la herida en su espalda. Dictaminó que la bala había dado un giro a la altura del riñón y se había dirigido a la derecha, para alojarse en la región lumbar. El presidente mantuvo la calma y pidió ser trasladado a la Casa Blanca.
El clima de verano de la capital era malsano; en las siguientes tres semanas, por lo menos cuatro miembros del personal de la Casa Blanca contrajeron malaria. Para alivio del presidente, los ingenieros navales, guiados por Simon Newcomb, en ese entonces director del Observatorio Naval, construyeron un complicado equipo de enfriamiento.
Este precursor de los sistemas de aire acondicionado, con el que lograron disminuir la temperatura ambiental en unos veinte grados, funcionaba forzando aire sobre unas seis toneladas de bloques de hielo que fueron ubicados en el sótano de la Casa Blanca, aire que luego era llevado al dormitorio norte de la casa presidencial.
En contra de las predicciones del Dr. Townsend, el presidente se recuperó y a los pocos días se encontraba en buenas condiciones, tomando champaña helada para refrescarse. Sin embargo, esta recuperación fue breve. La frustración de los médicos era grande: sin conocer la localización de la bala, no se podía tomar la decisión de dejarla o de buscarla para extraerla. Los medios reflejaban las inquietudes del público general: era difícil entender cómo, en la era de grandes inventos como el telégrafo y el teléfono, no existía un método científico para encontrar el proyectil.
«¿Dónde está la bala?», exigían los titulares de la prensa, pero nadie pensaba que fuera posible «ver» la bala, pues faltaba más de una década para el descubrimiento de los rayos X; el común de la gente se imaginaba algún tipo de detector de metales para encontrarla. El precario estado de salud del presidente sólo se podía monitorizar con la tecnología médica más avanzada del momento: estetoscopios y termómetros.
Desde Boston, el escocés Alexander Bell (1847-1922) envió un mensaje a Simon Newcomb, asegurando que podría construir una máquina que combinara la inducción eléctrica con algunas piezas de su invento del teléfono para ayudar a detectar la bala del presidente. Una semana después del atentado, llegó a la capital en compañía de su asistente Sumner Tainter, con quien construyó un aparato capaz de generar un campo eléctrico alrededor del presidente. Usando bobinas de exploración que desplazaría por encima del cuerpo, casi literalmente «recibiría una llamada» del proyectil cuando pasara sobre éste. Antes de probarlo en su paciente, Bell y Tainter hicieron pruebas que resultaron exitosas, empuñando balas u ocultándolas en sus axilas o en sus bocas. Más adelante, Bell dispararía algunos proyectiles a unos trozos de carne de res fresca; la prueba final fue sobre un cadáver abaleado, cuya constitución física era similar a la del presidente. El 26 de julio de 1881, el inventor del teléfono trasladó su equipo a la habitación del presidente Garfield. Bajo la mirada escrutadora del equipo médico, desplazó lentamente la bobina de exploración sobre el cuerpo del presidente, hasta que, ante la incrédula emoción de los presentes, se oyó una tenue señal; sin embargo, pronto se descubrió que ésta provenía de uno de los resortes del colchón de la cama presidencial.
Aunque Bell logró desarrollar un detector de metales, en ese momento, la idea resultó un fracaso: se necesitaron otros treinta años para que alguien pudiera localizar objetos mediante ondas de sonido, aunque este desarrollo tecnológico también se logró con el fin de evitar tragedias después de que fuera demasiado tarde. Por supuesto, estos objetos fueron de tamaño mucho mayor que el de una bala. Para evitar desastres como el del transatlántico Titanic, fue posible detectar icebergs, otra técnica en la que Bell es hoy en día considerado pionero. Faltaban aún cerca de cincuenta años para que se pudieran lograr imágenes del cuerpo humano con ondas de sonido.
El 19 de septiembre de 1881, ochenta días después del atentado, el presidente Garfield falleció. La autopsia confirmó que la bala había hecho un giro, pero diametralmente opuesto al dictaminado por el Dr. Townsend, es decir, hacia la izquierda, alojándose cerca al páncreas. Como puede suponerse, la reputación del equipo médico se fue a pique. Nunca fue posible localizar la bala presidencial mediante las bobinas del inventor del teléfono.
En los años setenta, el grupo de rock británico Sweet logró altas ventas por su canción Alexander Graham Bell, en la que presentan una versión ficticia según la cual el inventor produce el teléfono para comunicarse con su novia. Por supuesto, Alexander Bell, quien adoptó su segundo nombre de Alexander Graham, un amigo de la familia, nunca conocería semejante interpretación de la historia de su invento. A pesar de su fracaso, en su momento, la Corte Suprema le concedió a Alexander Graham Bell la ciudadanía norteamericana, dado su patriótico interés en resolver el caso del presidente James Garfield. Muchos de los presidentes de Estados Unidos han sobrevivido a atentados, como fuera el caso de Roosevelt, Truman, Nixon y Ford. Excepto por Ronald Reagan, todos los presidentes de ese país que sufrieron heridas de proyectil de arma de fuego fallecieron: Lincoln, Garfield, Mc Kinley y Kennedy. El de Garfield fue el último atentado presidencial antes del descubrimiento de los rayos X.

Lecturas recomendadas

1. Aaron BL, Rockoff SD: The attempted assassination of President Reagan. Medical implications and historical perspective. JAMA. 1994 Dec 7; 272(21):1689-93.

2. http://bell.uccb.ns.ca/agbi_docs_frm.asp [Consulta 08.02.2006].

3. http://www.pbs.org/wgbh/amex/telephone/peopleevents/mabell.html [Consulta 08.02.2006].

4. Levy, ML, Sullivan D, Faccio R, Grossman RG: A neuroforensic analysis of the wounds of President John F Kennedy: -part 2: a study of the available evidence, eye witness correlations, analysis, and conclusions. Neurosurgery 2004; 54(6): 1298 - 1312.

5. Kevles BH: Naked to the Bone. Medical Imaging in the Twentieth Century. Helix Books. Addison-Wesley, Reading, 1998.

6. Rockoff SD, Aaron BL: The shooting of President Reagan: a radiologic chronology of his medical care. Radiographics. 1995 Mar;15(2):407-18.

7. Sullivan D, Faccio R, Levy ML, Grossman RG: The assassination of President John F Kennedy: a neuroforensic analysis--part 1: a neurosurgeon's previously undocumented eyewitness account of the events of November 22, 1963. Neurosurgery 2003; 53(5): 1019-25.


Nota histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología, Vol 17, No. 3

martes, 30 de octubre de 2007

Halloween

HALLOWEEN
Aunque ni la palabra Halloween ni su versión castellanizada jalouín han sido incluidas en la última edición del diccionario de la Real Academia Española, cada vez es más conocida en nuestro idioma, y cada año encontramos mayores manifestaciones de esta influencia cultural foránea. Ante la presencia casi inevitable de brujas, calabazas y disfraces, vale la pena conocer algo del origen de esta antiquísima festividad:
Según la creencia, en la Antigüedad, en Bretaña, Escocia e Irlanda, en el último día del calendario celta y anglosajón, el 31 de octubre, las almas de los muertos visitaban sus casas, en compañía de brujas y espíritus. Para ahuyentar a los más malignos espíritus, se encendían grandes hogueras en lo alto de las colinas. El cristianismo dictaminó que el 1º de noviembre fuera el día de Todos los Santos; por supuesto, el 31 de octubre pasó a ser la víspera de todos los santos (All Saints’eve). En inglés antiguo, hallow (que, como el vocablo holy, proviene del germánico khailag) significaba «santo» o «sagrado»; la fiesta se conoció como hallowe’en, que derivó de All Hallow’s eve.
Según la Enciclopedia de las Cosas que Nunca Existieron:
«La multitud de espíritus errantes crea una atmósfera ideal para toda clase de actividades ocultistas. Los gritos y risas de las brujas llenan el aire de la noche, bandadas de ellas vuelan al último Sabbat del año. Las hadas raptan a las esposas jóvenes y se llevan a los niños de de sus cunas; toda clase de fantasmas murmuran y gimen junto a las puertas y ventanas. Manos esqueléticas salen de antiguas tumbas.
Todas estas tensiones sobrenaturales crean un espléndido ambiente para la adivinación y la predicción del futuro. Los lectores de bolas de cristal tienen más trabajo que en cualquier otra época del año. Las mejores predicciones son las que hacen las gitanas en las puertas de las iglesias. Los mortales deben hacer celebraciones muy ruidosas y bailar alrededor de las casas y graneros; deben apedrear las casas de las brujas y dar alimento y bebida abundante a los niños y a los pobres. Para alejar a los acechantes nocturnos, el Hallowe’en debe ser muy estruendoso.»
Las tradiciones de halloween se fueron transformando en juegos infantiles, que llegaron a los Estados Unidos en el siglo XIX a través de los inmigrantes irlandeses. Para algunos, la diseminación de la celebración celta llamada Samhain entre los países hispanohablantes, se agudizó en 1978, gracias a la película Halloween, escrita y dirigida por John Carpenter, y protagonizada por Donald Pleasance y Jamie Lee Curtis.
No hace falta comentar acerca de la calidad de esta película, ni acerca de todas las versiones que le han seguido: Halloween II (1981), dirigida por Rick Rosenthal; Halloween 3 - Temporada de Brujas (1982), dirigida por Tommy Lee Wallace; Halloween 4 - El regreso de Michael Myers (1988), dirigida por Dwight H. Little; Halloween 5 - La Venganza de Michael Myers (1989), dirigida por Dominique Othenin-Girard; Halloween 6 - La maldición de Michael Myers (1995), dirigida por Joe Chappelle; Halloween 7 (H20)- Veinte años después o La venganza de Laurie (1998), dirigida por Steve Miner; Halloween 8 Resurrección (2002), dirigida por Rick Rosenthal, Halloween 9 - Retribución (2006), dirigida por Takahashi Miike. Y como para no perdérsela, la última versión, recientemente estrenada en los Estados Unidos: Halloween – El Destino del Mal (2007), dirigida por Rob Zombie.

Lecturas Recomendadas

Soca R. La fascinante historia de las palabras. Associação Cultural Antonio de Nebrija, Rio de Janeiro, 2004.
Page M, Ingpen R: La Enciclopedia de las Cosas que Nunca Existieron. E.G. Anaya, Madrid, 1988.
Del Hoyo A: Diccionario de palabras y frases extranjeras. 3ª Edición, Santillana Ediciones Generales, S.L., Suma de Letras, S.L., Madrid, 2000.
The internet movie database

miércoles, 3 de octubre de 2007

La radiografía convencional, la radiación dispersa y la teoría de la relatividad: un punto de encuentro poco conocido.

Desde los inicios de la radiología, se encontraron dificultades para el registro fotográfico de las imágenes de rayos X. El paso de los rayos a través del cuerpo producía un «velo» sobre las películas fotográficas, debido a que el choque de los rayos X con las estructuras corporales llevaba a la emisión de nuevos rayos, llamados secundarios.
Una de las maneras más ingeniosas de resolver el problema de la radiación secundaria fue la interposición de unas rejillas metálicas entre el paciente y la película radiográfica, invento presentado en 1913 por el Dr. Gustav Bucky en Berlín. El Dr. Bucky logró así mejorar considerablemente la calidad de las imágenes de radiografía convencional, aunque su método producía unas muy visibles marcas cuadriculadas sobre las imágenes diagnósticas obtenidas con la técnica convencional.
El inventor norteamericano Hollis Potter fue quien hizo la más importante modificación a la rejilla de Bucky, modificación que sigue en uso hasta nuestros días: diseñó un mecanismo que le imprimía movimiento a la rejilla, para hacerla desaparecer de la radiografía, manteniendo la mejora en la calidad fotográfica de las radiografías.
El aporte de Potter fue tanto o más significativo que el de Bucky, hasta el punto de que al mecanismo se le llama «rejilla de Potter-Bucky». Sin embargo, el personal que trabaja en radiología parece haber olvidado la importante contribución de Potter al trabajo radiográfico diario, pues hoy es más común que a este invento se le llame «Rejilla de Bucky», o simplemente «Bucky». También es posible encontrar aún rejillas fijas, que pueden interponerse entre el portaplacas o «chasis», y que constan de un gran número de laminillas muy delgadas, como mecanismo para disminuir los efectos de la radiación secundaria sobre las radiografías. Las laminillas pueden ser paralelas entre sí, en las rejillas «no enfocadas», o estar ligeramente anguladas, desde el centro hacia la periferia, en un patrón simétrico o «enfocado», denominación que simplemente se refiere al hecho de que tiene un estrecho rango de distancia foco-placa para su uso, pues la angulación entre las laminillas metálicas que conforman la rejilla (que por ser fija sería más correctamente denominada solamente «Bucky») está calculada para permitir el paso preferencial de los haces de radiación primaria. Como puede parecer obvio por esta disposición geométrica, las rejillas «enfocadas» tienen un frente y un revés, que no son intercambiables libremente, como sí ocurre en las rejillas Bucky «no enfocadas». Este sencillo invento puede ser muy útil a la hora de hacer radiografías con equipo portátil, especialmente en regiones anatómicas con mayor posibilidad de radiación secundaria, como el abdomen. (Doy fe de un truco que puede resultar útil para mejorar la calidad de las radiografías de abdomen simple portátiles, cuando no se tiene disponibilidad de rejillas, originalmente descrito para los portaplacas o chasis de la marca Kodak®, pero probablemente aplicable en otros casos: use el portaplacas «al revés», es decir, ¡con la tapa amarilla dirigida al tubo de rayos X! Su fabricación en baquelita puede servir para absorber parte de la radiación secundaria, sin mayor impedimento para el paso de la radiación primaria.)
Cuando Gustav Bucky llegó a los Estados Unidos en 1923, las leyes impuestas por ese gobierno en contra de los ciudadanos alemanes le hicieron perder los derechos a su patente. El Dr. Bucky tuvo que enfrentar varios litigios relacionados con sus patentes, para los cuales siempre recibió apoyo de un buen amigo suyo, quien tenía gran experiencia en el tema, pues había trabajado en la oficina de patentes de Suiza: Albert Einstein.
Como amigo y médico personal de Einstein, Gustav Bucky acompañó al creador de la teoría de la relatividad a la hora de su muerte.



Lecturas recomendadas

Kevles BH: Naked to the Bone. Medical Imaging in the Twentieth Century. Helix Books. Addison-Wesley, Reading, 1998.

Cullinan JE, Cullinam AM. Illustrated Guide to X-Ray Technics. 2nd Ed. J.B. Lippincott Co. Philadelphia, 1980.


Nota Histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología, Vol 17 No.2.