viernes, 16 de marzo de 2012

¿Verraco o berraco?


Un buen amigo –y mentor–  me preguntó hace poco cuál era la forma correcta para elogiar algún artículo mío en el que era evidente mi verbofilia: ¿berraquera o verraquera?  Me presentó la situación  como si yo fuera algún erudito del lenguaje, así que no  podía responder acerca de la berraca duda ortográfica sino con suficiente altura y verraquera como para ser coherente con esa que yo llamo mi verbofilia.

Mi primera consulta fue con el diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el cual no registra la versión berraco, pero define verraco, del latín verres como «cerdo padre». El mismo diccionario incluye una segunda acepción de aparente uso en el lenguaje coloquial de Cuba, con el uso de «persona desaseada», también para describir a una persona que, por su mala conducta, resulta despreciable. Otro de los usos exclusivamente cubanos de verraco es el de una persona tonta, a quien se le puede engañar fácilmente. 

El DRAE recoge también verraquera, de verraquear, término que describe como adjetivo femenino que significa el llanto continuo y con rabia de los niños, pero también como un verbo intransitivo coloquial que significa gruñir o dar señales de enfado y enojo.

Mi siguiente consulta fue al Diccionario Panhispánico de Dudas, el cual no recoge ninguna de sus versiones, con b ni con v. De ahí pasé a mi Diccionario de colombianismos de la Academia Colombiana de la Lengua, donde tampoco aparece registrada ninguna de las versiones del término en cuestión. Al consultar en mi Cachacario, el divertido diccionario de cachaquismos recopilado por el muy cachaco Alberto Borda Carranza, encontré sin sorpresa  que éste tampoco incluye versión alguna de verraco, berraquera u otros términos afines.  Esto permite suponer que su origen, por lo menos en Colombia, no es del altiplano cundiboyacense. 

Tengo un ejemplar de un interesante lexicón llamado diccionario de colombiano actual, recopilado por Francisco Celis Albán. Copio algunas acepciones que dan luces:

berraco. Colérico. Furioso.// De gran valor o magnitud.//Que tiene vocación y empeño para un arte o actividad.

berraquera. Cólera. Furia.// Valor. // Obstinación. Terquedad. Que tiene grandes aptitudes para un arte o actividad.// En ciertas expresiones, maravilla. ¡Qué berraquera de partido!

Curiosamente, no aparece  con v, pero si está verraquillo, término que define a una bebida supuestamente afrodisíaca, mezcla de cangrejo, vino, kola granulada, borojó y otros aditivos...

Me llamó la atención que en el Diccionario del Insulto, recopilado por Juan de Dios Luque, Antonio Pamies y Francisco José Manjón, provenientes de la península ibérica, se incluyen dos acepciones del término, escrito con v:

verraco 1. Guarro, cerdo (del lat verres, «cerdo padre»). 2. Hombre de gran potencia sexual, salido.

Dejo para el final la más extensa investigación sobre los términos verraco, berraco y las variantes que nos interesan, que he encontrado en la magnífica obra de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que en 2010 presentó su Diccionario de Americanismos, del cual, como es de suponer, tengo mi propio ejemplar en mi biblioteca de diccionarios.

El término berraco resulta ser bastante diverso en su uso y en su aparición en el continente americano. Puede ser un verbo intransitivo, se usa también como sustantivo o como adjetivo; tiene aplicaciones en el lenguaje popular y en el culto, puede tener uso espontáneo, vulgar o despectivo. Algunas de sus acepciones son rurales.

En Panamá, Cuba, República Dominicana, Colombia y Ecuador, puede usarse para describir a una persona valiente. En Cuba, República Dominicana, y Ecuador, también describe a una persona bravucona o pendenciera.

Una persona o una cosa extraordinaria o magnífica se puede describir con este término en Honduras, Nicaragua, Panamá y Colombia. En estos dos últimos países también se usa en el lenguaje popular para referirse a una persona capaz de desempeñar bien una actividad u oficio.

En Colombia y Ecuador se usa como adjetivo para describir una actividad o un problema complejo, difícil de resolver.
Otra acepción de berraco es el adjetivo con el que se describe a una persona disgustada, muy enfadada, tanto en Nicaragua, como en  Panamá y Colombia.

El diccionario de americanismos también señala su connotación sexual en Colombia y Puerto Rico, donde se puede usar para describir a alguien que está excitado sexualmente. En Cuba tiene un uso despectivo adicional, tanto en el lenguaje culto como en el popular, cuando se refiere a una persona tonta o estúpida, o a una persona considerada inútil.   

En la región central de Panamá también hace alusión a una persona tramposa y embustera. La variante berraquera también tiene alguna variabilidad en el continente americano. El uso popular y vulgar hace referencia, en Puerto Rico y en Colombia, a la excitación sexual. En Panamá y Colombia, se refiere también a la ira o al mal genio. En Colombia sirve para describir la energía y entusiasmo que se aplican para realizar una acción. La berraquera es en Panamá la manera de describir a una persona o cosa excelente, admirable, muy buena.

La interjección  ¡qué berraquera!,  expresa en el lenguaje popular colombiano una emoción intensa de diversos estados de ánimo.

La siguiente variante, en orden alfabético, es berraquería, aparentemente de uso exclusivo en Cuba, donde significa tontería.

Pero la cosa no para allí. Más de mil quinientas páginas después de berraco, encontramos en el mismo diccionario su versión con v: verraco.

La mayoría  de sus acepciones son idénticas a las descritas en los mismos países en los que se usa con b inicial. Algunas variaciones incluyen el uso para referirse a una cosa fuerte, sólida o firme, común en el Oeste de Venezuela.

También en Venezuela, el Sureste de México y en Ecuador, se usa para referirse a un hombre mujeriego. En Cuba y en Perú, verraco también tiene la connotación de una persona grosera, soez.

Las acepciones de verraquera son iguales en las diferentes regiones en las que se escribe berraquera.

Verraquear, en cambio, aparece únicamente  en Cuba como un verbo intransitivo que significa comportarse con ingenuidad o falta de viveza.   

Así, resulta que verraquera o berraquera, como prefiera escribirla el berraco o la verraca que la use.  ¡Qué verraquera de vaina!, ¿No?

Y, como  punto final, ¿cómo traducirlo al inglés? Quizá para hacerse entender, en sus acepciones que hacen referencia a la descripción de las habilidades de una persona, o a las características de una cosa, podrían usarse términos como el informal  hotshot, también con las connotaciones de master, genius, expert, virtuoso, maestro o wonderful, magnificent, skillful, eminent, superb, awesome, fabulous... o quedarse con la versión facilista: ¡berracation!

sábado, 3 de diciembre de 2011

¿Qué leer?



En la página virtual de The New York Review of Books, sobre crítica literaria y otros comentarios tan interesantes como profundos, Tim Parks escribe en la «entrada» blógica del pasado 6 de octubre  «qué anda mal con el premio Nobel de literatura» (Para leer a Tim Parks, en esta misma página, a la izquierda, uno de los vínculos para cibernautas sin rumbo es precisamente el NYRB).

Parks hace una disquisición interesante que comienza con la referencia al premio de este año, entregado al poeta sueco Tomas Tranströmer, que Parks describe como un autor no muy prolífico ni muy conocido por fuera de Suecia. Parks duda de la idoneidad de la Academia Sueca, el grupo de docentes universitarios encargados de cumplir con la tarea de promover la «pureza, fortaleza y sublimidad del idioma sueco», cuyo cargo vitalicio ha demostrado que no siempre logran acertar a la hora de seleccionar al autor que será honrado con tan prestigioso galardón.  Así, Parks (como muchos otros) critican la decisión de haber escogido a Elfriede Jelinek, por ejemplo, y duda que ese jurado haya podido leer obras como Lujuria, que él califica como imposible de digerir.

Parks hace unos interesantes cálculos acerca de la tarea que deben completar los miembros de la Academia Sueca, y sugiere que en muchas oportunidades su decisión ha estado sesgada por cuestiones sociales o políticas, y que el premio ha sido entregado a naciones o movimientos políticos o de derechos humanos antes que a autores. Para Parks, es difícil creer que un grupo de suecos, por muy eruditos que sean, podrá percibir con suficiente claridad las minucias que puede tratar de descibir un autor indonesio o uno camerunés, a quien probablemente hayan leído sólo superficialmente y en una traducción a un idioma diferente al sueco. 

Tim Parks no parece estar en contra de este proceso, pero sugiere que no se tome tan en serio como muchos parecen hacerlo, y cree que la tarea que cumplen los miembros de la academia puede ser imposible de completar, como es la de leer cientos de libros al año, de autores tan diversos como enigmáticos o simplemente impenetrables, para tratar de aproximarse a una decisión sensata y no excluyente. Eso sí, aclara que, aparte de un par de poemas que han circulado en la red, él no ha leído a Tranströmer.  Creo que no hace falta aclarar que yo tampoco sé casi nada del sueco premiado este año con el Nobel de las letras.

Para mí es claro que Parks tiene razón en cuanto se refiere a la dificultad para escoger. No sería la primera vez que el Comité Nobel, en cualquiera de las disciplinas en las que emite sus galardones, cause controversia con sus decisiones. La clave es recordar que el «jurado» está compuesto por mortales, con las mismas tendencias, envidias y sesgos de los demás. Estoy de acuerdo en que no hay que tomárselo tan en serio, aunque el premio pretenda serlo, y, de hecho, siga siendo considerado como un ejemplo de lo serio. Sin duda alguna, los premios Nobel seguirán siendo controvertidos, tanto los de literatura como los de medicina, física o química, por mencionar sólo algunos.

Igual de interesante es el comentario que hace Per Wästberg, presidente del comité Nobel de literatura, también por vía electrónica, en la página Att vara ständig (Ser constante), en una especie de respuesta a Parks o a quienes piensen como él. Wästberg aclara que Tranströmer no sólo es muy bien conocido en Suecia, sino que ha sido traducido a sesenta idiomas (¿hay tantos?), y que en países tan diferentes como China y Eslovenia, hay cafés que llevan el nombre del poeta sueco.  De hecho, cuenta que en el año 2000, Susan Sontag le dijo que Tranströmer debía ser el sueco más conocido en los Estados Unidos. El comité Nobel tiene cinco miembros de la Academia Sueca, y hacia febrero de cada año recibe sugerencias o nominaciones de unos doscientos veinte autores de todo el mundo. Hacia el mes de abril, después de la lectura exhaustiva (en la Academia Sueca hay dominio de trece idiomas) y de consultas con traductores y expertos que actúan bajo juramento como colaboradores del Comité Nobel, la lista se reduce a unos veinte candidatos. A finales de mayo, suelen quedar unos cinco en la lista, autores cuyas obras leerán profusamente estos académcos en los siguientes cuatro meses.  Ningún autor recibe el premio Nobel sin haber estado por lo menos dos años en esta lista.  Wästberg cuenta que es un lector obsesivo desde su infancia, y que su promedio de lectura es de ¡un libro por día!

Wästberg asegura que ellos se fijan en el trabajo de la vida de los individuos, sin importar su nacionalidad, cuestiones de género o de religión. Insiste en que, si lo consideraran necesario, darían el premio a un portugués o a un estadounidense cinco años seguidos, pero que también lo entregarían a ensayistas, historiadores, o a autores de libros infantiles, y que no tienen criterios de derechos humanos, pero que es común que los premios sean interpretados políticamente luego de ser anunciados.

No me hacía falta la explicación, y posiblemente, aparte de resultar interesante, no cambie mi percepción de que estos galardones siempre tendrán el sesgo de ser escogidos por personas que a su vez puedan estar sesgadas, aunque intenten apartar sus decisiones de sus sentimientos.
¿Qué leer? No tengo una respuesta a esa pregunta. Algunos se guían por el éxito (casi siempre en ventas) de un autor. Muchos otros leen a quien haya sido galardonado con el Premio Nobel, o con otros premios de literatura de diferente alcurnia. No parece buena idea guiarse solamente por los elogios que se encuentran en las contraportadas de los libros, esos sí con frecuencia sesgados e incluso aparentemente malintencionados, pues buscan que un libro se venda con palabras que los aclaman sin criterios claros.

Nuestro Club de Lectura ha seguido creciendo, tanto en miembros como en lecturas (también en la columna de la izquierda, en el Archivo del Blog, septiembre de 2010, la reseña del primer año del Club). El dinamismo del grupo incluye pérdidas que quisiéramos considerar temporales, y seguramente seguirá vinculando a nuevos verbófilos, como, de hecho, ha pasado. Por estos días cumplimos el segundo aniversario de viajes por el mundo de las letras. La última entrada de nuestro cuaderno de bitácora literaria había tratado sobre el drama personal de un japonés, profesor de inglés, enfrentado a la llegada al mundo de su primer hijo, quien nace con una grave deformidad.

De manera coherente con la intención de usar las lecturas para darle la vuelta al mundo, el nuevo recorrido volvió al sur del continente americano. Como era de esperar, en los zapatos de los lectores también hay piedras que entorpecen el andar literario. El comienzo del camino fue algo tedioso, pues descubrimos, cuando ya era demasiado tarde, que Monsieur Pain, de Roberto Bolaño, fue considerada por la crítica como su «novela no bien lograda». La verdad, no quedaron muchas ganas de comprobarlo, así que preferimos quedarnos con la duda y evitar a ese autor, por lo menos en este nuevo año de páginas que ya completamos. Sin ínfulas de críticos literarios ni mucho menos de eruditos, sino simplemente con la convicción de que habíamos degustado un plato insípido, de cuyo chef no quisiéramos repetir sus obras.

Por pura coincidencia, y como el año pasado, la siguiente escala representó un cambio de continente, a la vez que un salto prodigioso que incluyó un cambio de estilo. El ensayo Una Habitación Propia, de Virginia Woolf, nos deslumbró por la pulcritud en el uso del idioma y por la profundidad de sus reflexiones. Aunque no la leímos en el idioma original, la belleza del texto habló muy bien de la traducción que se hizo del mismo al español. A pesar de que nuestro grupo es heterogéneo en cuanto a las disciplinas en que cada uno se mueve, desde tan diferentes ángulos coincidimos en el hecho de que habíamos disfrutado de una verdadera pieza literaria.

La siguiente obra en la lista de seleccionadas fue el maravilloso relato Trenes Rigurosamente Vigilados, de Bohumil Hrabal. Otra descripción magistral, en este caso la de los personajes sometidos de una pequeña ciudad checa en la época de la segunda guerra mundial, que tienen una manera particular de resistirse a la ocupación. Una historia muy bien contada acerca de hechos basados en aquellas realidades sufridas por los pueblos que vivieron esa guerra.

Trasladamos nuestra lectura a otras guerras, con Los Ejércitos, de Evelio Rosero, un relato humano del conflicto violento que tantos años se ha vivido en Colombia. A partir de un pequeño escenario, Rosero narra con gran propiedad la experiencia vital de un personaje rodeado por ejércitos regulares e irregulares, que secuestran, torturan y asesinan bajo el pretexto de un poder que sólo sirve para perpetuar ese mismo conflicto que parecería nunca acabar, excepto porque acaba con la vida y con las ganas de vivir a su paso por los pueblos. Una historia narrada con un lenguaje de una belleza impresionante, que hace que el contenido, el de la desgracia sufrida por Ismael al perder a su compañera y perderse él mismo en el abandono, llegue con un profundo mensaje de reflexión acerca de las injusticias que se viven a diario y que algunos terminan por asumir como una costumbre.

Seguimos con una historia de conflicto, Todo se Desmorona, de Chinue Achebe, un bello relato de la estructura social de un mundo ajeno para nosotros, el de una tribu nigeriana. De allí, algunos conocimos otras obras del contiente africano, como la de una admiradora de Achebe, la también nigeriana Chimananda Ngozi Adichie. De ella recomiendo su colección de relatos llamada La cosa alrededor de tu cuello, pero sobre todo su bellísimo, estremecedor e imperdible discurso, «El peligro de la historia única», aporte invaluable de una de nuestras mejores guías y consejeras del grupo: 



El siguiente libro fue una muy grata sorpresa: La Vida Ante Sí, de Emil Ajar, la estremecedora descripción de un mundo de sobrevivientes, narrada desde el punto de vista de un niño huérfano cuya visión resulta cruda y profunda. Momo, el niño musulmán que narra esta historia, vive y sobrevive en un prostíbulo que es dirigido por una judía sobreviviente a Auschwitz. Con esta obra es entendible  el reconocimiento de Ajar, un prolífico autor que se ha dado a conocer a través de por lo menos cinco seudónimos, gracias a los cuales ha obtenido premios que parecía imposible repetir, como el Prix Goncourt.

En contraste, Los Informantes, de Juan Gabriel Vásquez, resultó una decepción para la mayoría de nosotros. Una historia no muy bien contada, que resultó tediosa y poco interesante, a la vez que parece inconclusa. Para lo que pueda servir, y, teniendo en cuenta que no soy crítico literario, nada recomendable.

Almas Grises, de Philippe Claudel, nos volvió a reivindicar con las letras. Una linda historia narrada de manera sorprendente, sobre el asesinato de una bella mujer que llega a un pequeño pueblo francés en cuyas afueras se desarrollan batallas de la Primera Guerra Mundial. Sin tratarse de una novela policíaca, el interés por resolver el caso se convierte en el hilo conductor que ata las vidas de los protagonistas, inmersas en la soledad y en el tono grisáceo que describe sus almas.

Seguimos con La Sombra del Águila, de Arturo Pérez Reverté, un breve y divertido relato de un batallón de combatientes españoles bajo las órdenes de Napoleón, cuyo heroismo consiste en su interés por sobrevivir a una guerra ajena. Un relato que, a pesar de desarrollarse en medio de una batalla sangrienta, acude al humor como recurso para mostrar la naturaleza humana y sus alcances en momentos de exasperación y conflicto.

Volvimos a leer a Philippe Claudel, con su obra breve La Nieta del Señor Linh, un extraordinario relato de otro sobreviviente, esta vez un anciano asiático que termina exiliado en Francia, cuidando de lo único que ha podido salvar de la guerra en su país: su propia identidad.

Seguimos con Nada, de Janne Teller, la descripción de la reacción de un grupo de jóvenes de una sociedad actual a la aparente rebeldía de uno de ellos. Una historia de los alcances de la irresponsabilidad de la inmadurez.  Aunque proviene de Dinamarca, gracias a la globalización, este tipo de reacciones parece reproducible en otras sociedades modernas, que comparten algunos esquemas de ruptura familar y social. Afortunadamente, también parece probable que en muchos otros grupos sociales no sea concebible este tipo de situaciones, donde unos muchachos pueden tomar las riendas de sus vidas, sólo para permitir desbocarse en la irresponsabilidad.

De esta historia de la decepción de que es capaz la humanidad en contra de sí misma, saltamos a un relato no menos apocalíptico, La Carretera, de Cormac Mc Carthy. Una lectura difícil, sobre un mundo autodestruído en el que no parece haber esperanza, y en el cual la idea de un camino, que para algunos debe evitarse, resulta ser, para otros,  el único asidero posible. Una estrecha relación de padre e hijo en unas circunstancias que simplemente no pueden imaginarse, un fin del mundo como lo conocemos en el que se trata de buscar una salida que parece no existir...¿o sí?

Del apocalipsis dimos un salto a la crónica medieval francesa. Difícil acrobacia, que no resultó del todo bien. El Rey del Bosque y Abades, de Pierre Michon, dos ejemplos de narración que no me resultaron especialmente apasionantes, una de las cosas que quisiera encontrar cuando leo. Muy elogiado, precisamente por su narrativa, pero en este par de relatos no logré captar la intención ni la trama, ni siquiera esa supuesta pureza del lenguaje que para algunos permite que algunas de sus obras no sólo puedan leerse sino cantarse. Me imagino, con harto esfuerzo, aquellos cantos gregorianos, pero prefiero, sin dudarlo, la monocromía de esos sonidos a la monotonía de estos relatos. Esta es la fortuna de poder opinar sin la erudición de quienes han considerado a Michon como el «más grande escritor europeo vivo». Otro plato que pude degustar, aunque sin poder saborearlo.

El siguiente ejemplo de narrativa nos transporta a un castillo donde se va a desarrollar un encuentro entre dos viejos amigos, separados durante décadas por las circunstancias de sus propias vidas. La preparación del encuentro, la puesta en escena de la atmósfera donde se llevará a cabo ese encuentro necesario, revelador y predecible, hacen de El último Encuentro, de Sándor Márai, una obra maestra.

El círculo se cierra, para dar comienzo a uno nuevo en un engranaje que nos mantiene disfrutando de mundos diversos en el universo de las palabras. Si mencioné al comienzo que la obra de Elfriede Jelinek (que no me he aventurado a descubrir) ha sido considerada oscura, y, para algunos, inmerecidamente galardonada, puede resultar una coincidencia que ella, como su admirado Thomas Bernhard, haya estudiado música. Precisamente de Bernhard, leímos El malogrado, una obra que, como otras del autor, toma fragmentos de personajes reales para armar una historia oscura, la de la obsesión de unos músicos mediocres ante la aparente evidencia de su imposibilidad de alcanzar el virtuosismo de un pianista que realmente existió: Glenn Gould. En una especie de fuga, el arte de la reiteración que Johann Sebastian Bach logró llevar a su máxima expresión, la narración reiterativa de Bernhard logra crear la atmósfera de la obsesión alrededor de la relación entre los músicos que protagonizan este encuentro, dos compañeros de conservatorio que tienen formas muy diferentes de abordar el piano, la música en general y la vida en particular.

El segundo aniversario de nuestro club de lectura ya pasó, y hemos comenzado un nuevo año, de los que espero sean muchos más, con nuevas incursiones a lecturas sorpendentes. Seguimos leyendo un número de libros que está por encima del promedio, pero no lo hacemos para batir una estadística, sino por el disfrute que representa adentrarse en las páginas de un relato, y por la expectativa de encontrarnos, casi cada mes, alrededor de unos vinos, algo de música, mucha amistad y buena comida, para compartir nuestras impresiones acerca de los viajes que hemos hecho juntos, aunque cada uno haya hecho el recorrido por su cuenta. 

Por ello, la cuestión no es qué leer, lo importante no parece ser una pregunta, sino una acción: ¡a leer!



jueves, 24 de noviembre de 2011

Traición idiomática

No se me ocurre otro nombre para el acto según el cual se le da patente de corso a los ignorantes, mediante la emisión de un decreto real que oficializa el uso errado de un término contra el que hemos luchado los verbófilos de a pie, aquellos que no pertenecemos a la nobleza académica y que tenemos un interés que consideramos genuino por la defensa de nuestro idioma.

Nunca he estado en contra de la evolución del lenguaje, y creo entender la necesidad de considerar la inclusión oficial de nuevos vocablos en el idioma, ésos que dan cuenta de los avances de la ciencia o de los cambios en la cotidianidad. Pero he tratado de luchar por el uso correcto del español y por evitar el uso de vocablos tomados de otras lenguas, el de extranjerismos, o la formación de seudopalabras o calcos, cada vez que exista en nuestro idioma un término que se origina con base en las reglas de la formación de palabras que dicta la etimología.

No conozco los procesos que llevan a que los académicos que se han especializado en nuestra lengua puedan tomar la envidiable decisión acerca de cuáles son las acepciones que logran llegar o quedarse en el listado oficial de palabras que llamamos diccionario. Entiendo que, gracias a la evolución misma del lenguaje y a lo que pueda dictar el uso general del idioma, algunas palabras logran ser aceptadas aunque causen recelo, y otras, con igual controversia, no tienen entrada (aún) en ese códice.

 Lo que se sale de mi capacidad de comprensión es que se decreten amnistías que permiten que los términos que no tienen fundamento en las normas etimológicas sean aceptados como si tuvieran el mismo valor y peso que aquellos cuya evolución ha sido estudiada concienzudamente, o que a términos cuyo origen puede rastrearse fácilmente, no se les invite a hacer parte de la lista de uso aceptado.

Acabo de conseguir mi copia del Diccionario de Términos Médicos (DTM) que, luego de más de un lustro de investigación y trabajo recopilatorio, ha preparado la Real Academia de Medicina, para suplir la necesidad sentida de elaborar un glosario de los términos especializados que son de uso común en profesiones como la medicina, y que no habían sido abarcados por la obra de referencia idiomática elaborada por otro grupo de nobles, la Real Academia de la Lengua.

El hecho de que en Colombia no se consiga (aún) la versión con código de acceso para su revisión en línea, hace imposible dejar de notar que lo monumental de dicha obra no hace referencia sólo a su extensión, sino a su gramaje.

Tras haber aprendido la manera de transformar el étimo imago para adaptarlo a la traducción, quizá innecesaria, de la palabra inglesa imaging, ésa que describe lo que hacemos quienes hemos escogido la radiología como modus vivendi, y, luego de una cruzada personal para la divulgación de imaginología como única opción correcta, a pesar de que el uso prefiere la forma facilista pero equivocada imagenología, me encuentro con una decepcionante entrada en el DTM:

imagenología s.f. disciplina científica, rama de la medicina, que trata del estudio y la utilización de imágenes en medicina.
Sin.: diagnóstico por la imagen, estudios de diagnóstico por la imagen, iconología, iconología diagnóstica, imagen, imagenología diagnóstica, imagenología médica, imaginería, imaginería diagnóstica, pruebas de diagnóstico por la imagen, tecnología de diagnóstico por la imagen.
Obs.: Puede suscitar rechazo por considerarse híbrido etimológico; la forma propia debería ser "iconología", pero es de uso minoritario. Puede verse también imaginología, única forma aceptada por la RAE, pero de uso minoritario entre médicos. No debe confundirse con radiología.

Unas líneas más abajo aparece

imaginología s.f. = imagenología.

Al anotar la definición en la entrada correspondiente al lema imagenología, el mensaje de la Real Academia de Medicina es que éste debe ser el término preferente, al que remiten el resto de los sinónimos desde sus correspondientes entradas como lemas independientes. Como se señala en las páginas introductorias del DTM, la preferencia obedece a criterios lexicográficos, sin que deban interpretarse como incorrectos el resto de los sinónimos. Entonces, ahora los médicos, con fama –justificada– de ser un grupo que maltrata al idioma, sugieren que se debe contradecir a los académicos de la lengua, aunque hayan establecido –ésos si, con criterios lexicográficos– que el término correcto, desde el punto de vista etimológico, es imaginología. De hecho, ahora el término correcto es anotado como un sinónimo «que no debe interpretarse como incorrecto».

¿Qué podemos esperar de esta traición idiomática? No me imagino un escenario en el cual dos monarquías, como lo son estas Academias Reales, lleguen a un acuerdo, cuando una dice usar un criterio científico y la otra uno que parece caprichoso. No espero –ni quiero– que en la siguiente edición del DRAE, el término etimológicamente correcto sea remplazado por el barbarismo.

Por supuesto, no es el único término que me sorprende en la primera hojeada del DTM. Encontré otro decreto real (de la misma Academia de Medicina) que confiere «licencia para matar» al español a quienes prefieren maltratarlo que conservarlo. Seguramente será el deleite de quienes tienen mentes tan estrechas que prefieren adaptar de manera chabacana un término en inglés, que buscar un equivalente correcto.

Pues bien, el horrible randomizar, cruel adaptación de to randomize (o randomise, para los británicos) adquiere ahora la categoría de sinonimia de aleatorizar. Quizá para quienes estén más cerca de la cultura monárquica angloparlante, lo lógico sería que escribieran randomisar... esto me recuerda al gringo que quiso solicitar una porción de papas a la francesa en una hamburguesería bogotana, pero sin tener la más mínima idea de español, por lo que pensó que al decir «uno el french fries» sería suficiente para hacerse entender.

En vez de eliminar por completo el pobre intento de traducción que supone el uso de giro, flaco esfuerzo de adaptación de gyrus como alternativa para circunvolución, el DTM le confiere cierta validez a la ignorancia de aquellos supuestos hispanoparlantes que han transmitido durante décadas el vocablo giro como sinónimo de circunvolución a generaciones enteras de especialistas o estudiosos del cerebro.

Como el DTM incluye algunos epónimos, no me parece extraño que se haga mención al término stent, que seguramente representará otra pequeña victoria para quienes lo prefieran sobre un vocablo en nuestra lengua, como el que yo uso, endoprótesis. Lo que me llama la atención es que ni siquiera se mencione a Carlos (Charles Thomas) el odontólogo inglés cuyo apellido da origen al término anglo, aunque en nada se parezca su aporte al uso actual de estos implantes.

No me he atrevido a buscar la entrada rata, por temor a encontrarla como sinónimo de tasa, aunque he sentido alivio al no encontrar equivalencias entre axial y transversal y al no haber encontrado siquiera mención del tan común como erróneo versus.

El DTM ha llegado para quedarse. Se convertirá en una obra de referencia y en una guía indispensable para los adeptos al lenguaje, o en fuente de inspiración para intentos de apreciación crítica como éste, que tienen más de divertimento que de análisis.

martes, 23 de agosto de 2011

incruenta.

Me pareció oír la otra noche un reportaje acerca de la «incruenta» guerra que se vive en Libia. ¿Incruenta?

Debe ser un error parecido al que se comete cuando se usa «insuceso» para hacer referencia a un suceso infortunado.

Como cualquier suceso puede ser afortunado o desgraciado, es un error (aparentemente de origen periodístico) agregarle la partícula «in» a la palabra «suceso» con la intención de darle una connotación triste o negativa.
No es redundante, simplemente es innecesario.

Si bien es cierto que hay guerras y batallas incruentas, que son aquellas donde no hay derramamiento de sangre, como algunas de las discusiones que se desarrollan en escenarios jurídicos o políticos, estoy seguro de que el periodista al que le oí el comentario tampoco sabía que la partícula «in» no hace más sangrienta una confrontación cruenta, sino todo lo contrario, la hace más pacífica. Quizá para ese periodista sean «insucesos» las muertes de la confrontación civil vigente en ese país.

Así, las noticias actuales de Libia suelen ser ejemplos de combates cruentos, muy cruentos, si se quiere, pero nunca incruentos.

martes, 5 de abril de 2011

Remángate / Arremángate




Una campaña promovida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, a manera de silenciosa protesta contra la macabra idea de sembrar artefactos explosivos con el único objetivo de herir a alguien.

Las miles de víctimas que cobra este invento (hay cálculos que sugieren algo así como veinte mil al año en el mundo) suelen quedar discapacitadas, y resultan en amputaciones, lesiones en diversos órganos o la muerte. Las minas antipersonal son sumamente efectivas y suelen cumplir con la función para la que fueron diseñadas: lesionar a la población civil. Son bastante sensibles y se activan con muy poco peso, razón por la cual muchos de los lesionados son niños.

El 4 de abril se ha establecido como la fecha para tomar conciencia de este flagelo. La manera de protestar es muy sencilla: basta con recoger una de las mangas del pantalón, como recordatorio del principal objetivo de estas minas explosivas, evocado por su terrible nombre de «quiebrapatas».

Creo que las mentes enfermas que siguen con esta práctica de sembrar terror no se conmoverán en lo absoluto con la convocatoria anual a protestar. Tampoco se recuperarán de sus lesiones las víctimas, que se han calculado también como una cada veinte minutos. Pero la forma de protestar resulta tan sencilla, que bien puede uno manifestar su rechazo y dolor con la simple maniobra de remangarse, un solo día al año.

¿Remangar o arremangar? Ambas son correctas y han sido aprobadas por la RAE, se pueden consultar en sus diccionarios, el de la lengua española, el panhispánico de dudas y el de americanismos, con algunas variaciones regionales en sus significados y acepciones. Lo importante es solidarizarse. Si no te remangaste esta vez, recuerda arremangarte el año entrante.

jueves, 23 de septiembre de 2010

colocar

Desde hace algunos años comenzó a diseminarse una costumbre que ha alcanzado niveles pandémicos: relegar al olvido al verbo poner, para remplazarlo por uno mucho menos diverso en su espectro de definiciones y usos, el verbo colocar. El principal argumento para evitar el uso del primero, es que se relaciona con una actividad fisiológica reproductiva propia de las aves.

«Las que ponen son las gallinas» parecen cacarear quienes se «colocan» en ridículo al exagerar el uso de colocar sobre el de poner. Es curiosa esta excepción a la regla; según ella, es correcto que una persona se «coloque a trabajar» o se «coloque a dormir», son usuales «mi hija se colocó enferma» y «se colocó bravísimo» a la vez que para una gallina no es correcto «colocar» huevos.

Antes de que se «coloquen disgustados» los adeptos a esta tendencia de «colocar» colocar en vez de poner, «coloquen» mucha atención al uso específico que indica la RAE para ese verbo que parece haber subido de estrato sin explicación, para reemplazar a uno mucho más amplio en su uso. Como bien lo ha expresado Soledad Moliner,

«colocar es un matiz de poner, así como guisar es una precisión de cocinar. Por eso no son sinónimos, y a menudo es una barbaridad sustituír ‘poner’ por ‘colocar’.»

La primera acepción de colocar es poner a alguien o algo en su debido lugar. Esto implica que colocar no reemplaza siempre a poner, sino a poner donde corresponde. Difícil argumentar que el instinto animal va a sugerirle a una gallina un lugar equivocado para poner sus huevos. El diccionario de la RAE propone cinco acepciones para colocar, mientras que pone más de cuarenta para poner, una de las cuales es precisamente la que saben hacer las gallinas y otros ovíparos: soltar o depositar el huevo, nunca «colocarlo».

Colocar tiene otras acepciones aceptadas, como la de invertir dinero, emplear a una persona o promocionar algún producto comercial. Son sólo cinco sus usos, mientras que poner resulta por lo menos ocho veces más versátil. Se equivocan de manera contundente quienes creen que colocar resulta más correcto o «elegante» que poner. Óscar Gil, columnista del periódico El Tiempo, cita el siguiente diálogo transmitido por el canal Telepacífico, ocurrido durante un consejo comunitario en el municipio de Obando: el gobernador del Departamento del Valle del Cauca le pregunta a una campesina acerca del hijo que ella va a bautizar:

–¿Y cómo lo vas a colocar?, ¡ve…!
–Le voy a poner Javier, señor gobernador.

Al final, como al «nuevo rico», termina por notársele la pobreza. En este caso, por supuesto, la que se nota es la ignorancia del dirigente y su pobreza de lenguaje.

Pero el fenómeno no para allí: en alguna facultad universitaria leí un anuncio según el cual, para cierta fecha, «los estudiantes deben colocarse a paz y salvo». También he oído de una persona que «se colocó a trabajar» en un asunto dado. Puede parecer que escribir acerca de estas minucias del lenguaje sea «colocarse a extraviar el tiempo», lo cual me «coloca a pensar» si alguna vez se van a «colocar en práctica» éstas y otras recomendaciones que reiteradamente hacemos los linguófilos –aficionados o expertos– en diferentes medios.

Un probable origen de esta práctica de colocar en vez de poner puede ser la influencia de las telenovelas, que son vistas y comentadas por personas de todos los estratos sociales. Sus guionistas «colocan a hablar» a sus personajes de maneras muy diferentes al lenguaje común, muchas veces adoptando formas que son incorrectas, pero que, al ser difundidas por medios masivos, son aceptadas como modelos a seguir. Ésta puede ser la misma explicación para el uso preferente –pero igualmente infundado–de cabello sobre pelo, escuchar sobre oír y desear sobre querer. Propongo un diálogo hipotético, que, en el contexto de un salón de belleza, podría ser viable:

–La señora Eufemia se colocó disgustada porque no hay turno para cepillarle el cabello.

–Yo coloqué a hervir agua, ofrézcale un agua aromática.

–¿Doña Eufemia desea un cafecito?

–¿Perdón? Por el ruido de los secadores no le escucho bien…¿me trae por favor un vaso con agua?

Para finalizar, «coloco» una frase encontrada en una bitácora virtual llamada linguanauta:

«No ponga colocar, coloque poner».



Otra columna publicada en la sección Sala de redacción, Rev colomb radiol, 2009; 20(4): 2806-2807.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Club de lectura

El 12 de septiembre de 2009 comenzamos una aventura literaria, que ahora llega a su primer año. Una especie de vuelta al mundo a través de las letras, en la que cada uno aporta su punto de vista, sus impresiones y su lectura. Y es que nuestras lecturas están matizadas por algunas de las lentes que usamos y que tienen que ver con nuestra formación e intereses diversos. Desde la filología, la investigación, la arqueología, el psicoanálisis, la historia, la filosofía y la visión médica, para mencionar sólo algunos de nuestros puntos de vista, intentamos aproximarnos a estas lecturas y logramos después compartir algunas ideas acerca de lo que leemos.

Comenzamos nuestro recorrido en el cono sur, con El Diario de la Guerra del Cerdo, de Adolfo Bioy Casares, quien nos muestra un crudo retrato de una sociedad en crisis, en la que sus «viejos» son discriminados. Bioy Casares nos presenta las desventuras de Isidro Vidal, el más joven de un grupo de amigos que se llaman a sí mismos «muchachos», pero que sufren en carne propia la persecución y el ataque de los miembros de una generación más joven, que llama «cerdos» a los mayores, cuyo único pecado parece haber sido el contraer las «mezquindades propias de la vejez».

Nuestra siguiente escala nos permite viajar en el tiempo y en el espacio: cruzamos el Atlántico y llegamos a la Lisboa de finales de la década de los años treinta. El italiano Antonio Tabucchi nos presenta en Sostiene Pereira a un personaje que se encarga de la sección cultural de un periódico de poca monta, un declarado católico que anda muy preocupado por la suerte del cuerpo después de la muerte (siendo obeso, parece válido su interés en que sea sólo el alma, y no el cuerpo, el que pueda resucitar). Su encargo de obituarios de autores que aún no han fallecido y de reseñas o efemérides relacionadas con la literatura resultan imposibles de publicar. Este bien dibujado personaje plantea el papel ético de la literatura en situaciones históricas como el régimen autoritario del gobierno de Salazar y el surgimiento del fascismo en Portugal.

Para la siguiente escala literaria decidimos quedarnos en Portugal. Nos embarcamos en la magistral descripción de la cotidianidad a través del relato de José, el único personaje con nombre en Todos los Nombres, de José Saramago. A partir de una afición particular por seguir las historias de los personajes famosos que encuentra en los archivos de una oficina de la Conservaduría General del Registro Civil, José incursiona clandestinamente en una selva de papel, donde encuentra por casualidad la ficha de una mujer completamente desconocida a quien decide seguir la pista y quien resulta su único motivo para seguir adelante en medio de su aburrida existencia. En buena hora decidimos quedarnos un rato más con Saramago y leímos a Caín, una interesante aproximación crítica a la religión, en la que plantea la culpabilidad de Dios como autor intelectual del crimen de Abel, aunque éste haya sido perpretado por su propio hermano. Desde su declarado ateísmo, un erudito viaje por el Antiguo Testamento y una muestra más del ingenio de un escritor que falleció poco después de que termináramos de visitarlo en las dos obras que escogimos de su autoría.

De Portugal partimos hacia las montañas de Albania, donde conocimos a un muy prolífico autor, Ismaíl Kadaré, de quien leímos una tormentosa descripción del Kanun, la ley de sangre por la que se rigen los montañeses de su país. En Abril Quebrado, Kadaré narra la historia de una venganza bilateral entre dos familias, que no parece poder terminar, y que ha cobrado cuarenta y cuatro víctimas a través de varias generaciones, a partir de un deber adquirido por una de las familias luego de la visita de un completo desconocido a quien le han dado posada en la antigüedad. Esta historia documental se entrelaza con una historia de un amor imposible y con la narración de un escritor que quiere conocer a fondo la ley de sangre sin saber que le va a resultar imposible hacerlo sin involucrarse en ella.

De las montañas descendimos luego (y retrocedimos en el tiempo hasta el siglo XVI) a Istambul, ciudad que conocimos a través del detallado relato de Ohran Pamuk, Me llamo Rojo. Una lucha entre las costumbres del decadente Imperio Turco y la influencia occidental en la representación artística a través de las miniaturas, estrictamente prohibidas por el Corán. Una historia de misterio que comienza con el relato de un muerto que es asesinado por su participación en un libro ilustrado secreto para el Sultán, y pasa por los puntos de vista de varios personajes, que incluyen objetos inanimados y animales, para describir en detalle los conflictos personales, políticos y religiosos que surgen en una mágica ciudad. Una narración sorprendente, que se expresa en la voz de múltiples testigos a la vez, algunos de los cuales «hablan» a pesar de haber muerto, y que puede resultar original y cautivadora o excesivamente enmarañada y detallista.

Un nuevo salto a través del Atlántico nos devuelve al continente americano, esta vez a un sorprendente mundo íntimo, el de Bartleby, de Herman Melville. Un escribiente o copista que llega a una oficina de abogados en la ciudad de Nueva York, y quien logra trastornar el funcionamiento normal de esa oficina mediante una actitud pasiva en la que el trabajador se sale con la suya sin trabajar, con un argumento incontrovertible que esgrime cada vez que se le asigna una tarea: «preferiría no hacerlo». Aunque parece simple, esa frase resulta contundente y el personaje resulta inamovible. Con esa breve frase como escudo, es imposible hacer que Bartleby entre en razón o que deje de hacer sólo lo que le plazca. Melville acababa de sufir un fracaso rotundo con su publicación de Moby Dick, la que quizá sea su obra más conocida, aunque dicho estatus lo alcanza sólo después de la muerte de su autor. Bartleby parece haber sido una de sus reacciones a este inicial fracaso, una obra corta e intrigante, que muchos consideran de una complejidad superior a su época.

La siguiente escala es a una ciudad que nunca se menciona explícitamente, pero que todos concuerdan que se trata de París. Se trata de El Benefactor, la opera prima de Susan Sontag. Más que una escala a un mundo real, el viaje se hace por el mundo de los sueños de un personaje que para muchos resulta despreciable, aunque su filosofía vital resulte interesante. A manera de cábala, este personaje presenta siete máximas de conducta que supuestamente representan su manera de conducir su propia vida, por lo menos durante un período de reflexión interna que él mismo llama «la investigación de la certeza»:

1. No contentarme con buenas intenciones, mías o ajenas.
2. No desear para los demás aquello que no se deseen para sí mismos.
3. No despreciar el consejo de los demás.
4. No temer la desaprobación, pero observar, en tanto sea aconsejable, las leyes del tacto y la discreción.
5. No valorar las posesiones ni ser distraído por la ambición.
6. No hacer propaganda de mí mismo, ni exigir nada de los demás.
7. No desear una larga vida.

Una novela que resultó icónica por ser presentada desde el punto de vista masculino a pesar de haber sido escrita por una mujer, por lo cual ganó adeptos entre algunos movimientos feministas. Más que una novela feminista, ha sido considerada como una novela existencialista, que parece haber recibido influencias de Camus o de Sartre.

Sin dejar la influencia gala, nos adentramos después con Marguerite Duras en una especie de subcultura francesa trasplantada a una embajada en la India: El vicecónsul. Una narración dentro de una narración, en la que las desdichas de una indigente se entrelazan con el relato del ocio de una sociedad artificial y colonialista. A veces no es clara la veracidad de la historia de la mendiga, pues parece ser el producto de la imaginación de un aristócrata con ínfulas de escritor, aunque en ocasiones Duras la muestra como una presencia real, de la que se oye su canto y cuyos lamentos pueden ser percibidos por los protagonistas, un grupo de occidentales que termina asignado en cargos diplomáticos, pero que nunca parece lograr adaptarse al clima ni a la cultura oriental donde viven, aislados de la lepra y de la mendicidad por rejas y límites que convierten a los colonos en prisioneros.

La siguiente escala representa un verdadero salto cuántico. De la mano de un físico teórico italiano convertido en escritor, llegamos a La Soledad de los Números Primos. Paolo Giordano, un joven que alcanzó la fama literaria con ésta, su primera novela, nos presenta las biografías de dos jóvenes cuyos antecedentes los han marcado y les han dejado huellas indelebles de sufrimiento personal. Una anoréxica y un matemático que cuando niño fue, en parte, responsable de la desaparición de su hermana retrasada mental, se encuentran en la edad escolar y comienzan una amistad tan cercana como tormentosa, que lleva a la analogía del matemático con los números primos: una especie que se relaciona entre sí de una manera particular, cuya cercanía siempre implica que otros números se interpongan entre ellos, lo cual resulta en la imposibilidad para estar juntos y en la certeza de que siempre van a estar solos.

La última escala en nuestro primer año de aventuras nos lleva al undécimo libro de este primer año –de muchos más, espero– que escogimos para disfrutar (¿ o sufrir?): Una Cuestión Personal, de Kenzaburo Oé.
Casi una década después de convertirse en el único país que ha sido atacado por armas nucleares, en medio del ambiente de miedo fundamentado en el poder de una explosión atómica y sus devastadoras consecuencias, Japón resulta el escenario para una historia matizada con tintes autobiográficos. El protagonista, un profesor de inglés, que se siente agobiado por su vida y su matrimonio, comienza a obsesionarse con el sueño de un viaje al África, pero se encuentra con la oportunidad de enfrentar una pesadilla personal: el nacimiento de su primer hijo, quien tiene una deformidad congénita que lo convierte en un monstruo. Su padre se enfrenta a una cuestión personal: «cuando estás solo dentro de una cueva privada, al final llegas a una salida lateral que conduce a una verdad que te concierne a tí y a todo el mundo.» Su narración ha resultado original, pues no explota el folclor ni las tradiciones japonesas como lo suelen hacer los escritores de su país, lo que ha hecho sugerir que Oé pretende mostrar su formación cultural «occidental», al hacer referencias literarias a Kafka o a Mark Twain, con aproximaciones existencialistas que también pueden evocar a Sartre y a Camus. Kenzaburo Oé nos lleva a paso vertiginoso por diversas situaciones angustiosas donde el personaje central al final es liberado.

Once de septiembre, fecha recordada en el mundo por un evento trágico en una ciudad distante, que tuvo consecuencias que para muchos fueron devastadoras. Para los del club, que ha podido crecer al tiempo que cada uno ha crecido con la lectura, esta fecha resulta especial. Hemos superado con creces el promedio local de lectura (Según la Cámara Colombiana del Libro y otras fuentes de veracidad cuestionable, el promedio de libros leídos al año en el país puede estar entre 1.2 y 2.5, aunque encontré números (no primos) que llegan hasta el 6). Conozco personas que creen que el tiempo dedicado a la lectura es tiempo que se le quita a la vida, y que sólo leen lo estrictamente necesario, nada que no esté relacionado con el trabajo. Por supuesto, se trata de personas que nunca ingresarían a nuestro club, ni aunque quisiéramos invitarlos.

Pese a que varios hemos hecho incursiones personales a otros mundos literarios, por gusto, por necesidad o por obligación –para quienes hacen cálculos de promedios de lectura, los libros que se leen por trabajo (textos y otros), no «cuentan» a la hora de hacer estas estadísticas–, lo cierto es que en estos doce meses hemos hecho un primer recorrido por lugares increíbles, hemos conocido personajes intrigantes y hemos descubierto paisajes, facetas, sueños y olores sorprendentes.

Pero lo mejor, sin duda, ha sido consolidar ese vínculo especial que une a los amantes de la lectura y que permite compartir esa experiencia íntima que es la lectura y convertirla en un sentimiento. De hecho, esta reseña no habría sido posible sin los aportes involuntarios de los que hemos compartido este primer año de lecturas. Ya tengo el equipaje listo para seguir en este viaje: un libro, sin importar su formato, ya sea en papel o electrónico, y un par de gafas.

Ya veremos qué otros mundos nos esperan.