sábado, 8 de octubre de 2016
Lo leído, ¿quién nos lo quita?
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Lo leído, ¿quién nos lo quita?
Lo leído:
Intimidad de Hanif Kureishi
Los Niños de Carolina Sanín
La Carroza de Bolívar de Evelio Rosero
La Pasión Según G.H. de Clarice Lispector
El Libro de las Ilusiones de Paul Auster
La Guerra Perdida del Indio Lorenzo de Rafael Baena
Así Empieza lo Malo de Javier Marías
La Cena de Herman Koch
La Amiga Estupenda de Elena Ferrante
Hombres Buenos de Arturo Pérez Reverte
Homero, Ilíada de Alessandro Baricco
El Viaje de las Botellas Vacías de Kader Abdollah
Lo que no nos pueden quitar:
Comenzamos con una obra de un inglés de ascendencia pakistaní, Hanif
Kureishi, titulada Intimidad. Kureishi nos ofrece ofrece un relato crudo,
incorrecto, realista y sin disimulos ni cuidado con lo que se expresa,
alrededor de la idea de un abandono. Un personaje inmaduro, escritor y
guionista cinematográfico, decide abandonar una relación familiar en busca de
un supuesto progreso personal. El relato llega a ser reiterativo, quizá como el
reflejo de las vueltas que el personaje le da en su cabeza a la dudosa convicción
de que debe abandonar a su esposa e hijos. Comienza de manera intensa, pero a
medida que el personaje reflexiona acerca de su impulso, quizá con los matices
de la culpa y la inmadurez de su decisión, el narrador comienza a enredarse en
detalles innecesarios o irrelevantes para la historia. Como su nombre lo
indica, se trata de un relato íntimo cuyo desarrollo es lento, reflejo de la
insatisfacción y la rutina agobiante en que supone que se ha convertido su
propia vida.
Pasamos a la lectura de Los
Niños, de la escritora, columnista y profesora de literatura bogotana, Carolina
Sanín. Sanín nos presenta una historia extraña, a la que es difícil seguirle el
hilo, quizá porque no lo tiene. Nos muestra la soledad de una mujer mezclada
con la soledad de un niño que aparece de manera misteriosa y poco creíble en su
vida, con los esfuerzos de ella por imponer una relación sin que parezca tener
las herramientas para entablarla. En algunos aspectos parece tener sustento en
una investigación superficial acerca de los procesos burocráticos relacionados
con la adopción en Colombia, pero en otros aspectos la escritura resulta pobre
y sin adecuado desarrollo. Hace una referencia a Moby Dick que parece, a lo sumo, tangencial, pero a la vez parece suponer
que sus lectores deben haber estudiado a Melville en profundidad. Sorprenden
las reseñas tan elogiosas para un relato que a veces se pierde en sueños o
alucinaciones personales que en nada aportan a la historia, y que haya sido
comparada con un cuadro de Hopper por su supuesta representación de la
contemplación personal. Aunque se espera que todo libro tenga sesgos personales
del autor, cuando proliferan los detalles que no parecen necesarios o creíbles,
la historia pierde rumbo e interés. El libro puede ser el reflejo de los
momentos de lucidez o confusión de la autora. En él se encuentran pasajes de
difícil comprensión, mezclados con algunos fragmentos bien contados, pero que
resultan en una historia que no satisface ni deja mucho en este lector.
Seguimos con otro bogotano, el reconocido escritor Evelio Rosero, con
la obra que fue galardonada con el Premio Nacional de Novela del Ministerio de
Cultura en el año 2014, La Carroza de
Bolívar. Se trata de una arriesgada y profunda investigación que, a través
de una elaborada narración, resulta en un paralelismo entre el momento político
vigente en el país y algunos apartes no muy conocidos de la historia del paso
de Bolívar por Pasto. Una «desmitificación» de Simón Bolívar que causa
controversia entre los historiadores y promotores de la imagen del Libertador
como héroe. En esta novela también hay un paralelismo entre el ambiente de
carnaval y la farsa de la memoria histórica.
Se revela el desengaño con la versión histórica que presenta a Simón
Bolívar como un héroe, y la intención de revelar públicamente, en el marco de un
carnaval burlesco, los resultados de una investigación acerca del verdadero
papel de este personaje en la historia del país. La imagen de ese libertador es
defendida desde diferentes perspectivas, tanto la oficial, representada por la
alcaldía, como la subversiva, representada por los guerrilleros. En medio del
carnaval con que comienza el año, aparecen los disfraces de la estupidez, en
forma de asnos que finalmente terminan a patadas con el autor de la carroza de
la discordia, con la que se pretendía revelar a Bolívar y a sus actitudes
abusivas y poco heroicas con la gente de Pasto. Una muy interesante, poco
conocida y bien contada faceta de la historia nacional.
La brasileña de origen ucraniano Clarice Lispector es la autora de La pasión según GH.
Un relato que carece de hilo conductor, quizá demasiado íntimo y
probablemente tan personal que no parece haber sido pensado para el público
sino como una especie de diario. La advertencia de la autora al comenzar el
libro hace suponer que no era de su interés que muchos lo leyeran: «Este libro
es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente
personas de alma ya formada». A lo cual cabe añadir que es un libro para unos
pocos, para los que se atreven a contemplar el abismo de un ser que se encierra
en sí mismo para reconocer su propia repugnancia, a través de una serie de
reflexiones personales de difícil comprensión.
La referencia de la cucaracha y el líquido blanquecino que se revela al
aplastarla le ha dado un matiz kafkiano a este relato que, como la impresión que
suele asociarse al insecto, termina en las ganas de no tener nada que ver con
él.
Del norteamericano Paul Auster leímos El Libro de las Ilusiones. Una trama de finales de los años ochenta
en la que narra la depresión en la que cae un profesor universitario luego de
perder a su esposa e hijos en un absurdo accidente. En medio de su tristeza,
descubre la película de cine mudo de un desaparecido actor, que además de ser
el primer momento de risa luego de varios meses de tristeza y desolación, logra
despertar su interés por investigar acerca de su biografía, hasta el punto de
convertirse en experto en la vida y obra este actor, un tal Thomas Mann. Como en otras de sus obras, Auster desarrolla
extensamente a un personaje ficticio, y usa personajes que se aíslan del mundo
para reaparecer luego de muchos años. Se trata del relato de varias vidas en
busca de ilusiones. Cada personaje tiene una dura historia y una historia de la
ilusión de una reivindicación consigo mismo. Los personajes principales son
ampliamente desarrollados y las descripciones a las que nos ha acostumbrado
Auster son muy detalladas. Como el actor de cine cuya biografía es el hilo
conductor de la novela, la trama resulta de tinte cinematográfico, para que al
final, como las historias dentro de la historia que abundan en la novela, el
hilo conductor se entrelace con uno de esperanza o de ilusión.
Rafael Baena fue un escritor, periodista y fotógrafo sincelejano, de
quien leímos La guerra perdida del indio
Lorenzo. Centrada en el momento histórico de la separación de Panamá de
Colombia, la narración comienza con una carta donde se revela el papel de un
poco conocido personaje de la historia nacional, Victoriano Lorenzo, un general
indígena panameño y su importante participación en la Guerra de los Mil Días.
Un relato detallado en la que resalta el excelente uso del lenguaje por parte
del autor, además de su profundo conocimiento de la historia del país. Como
suele suceder con las reseñas históricas –o con las novelas de tinte histórico-
se revela cómo se repiten los errores que han llevado a las guerras y cómo no
parece que quede lección alguna de esos conflictos, que resultan en un parecido
sorprendente con la actualidad nacional, donde se hace evidente la torpeza de
la clase política para dirigir a una nación.
Pasamos a la lectura de Así
empieza lo malo, de un viejo conocido de nuestra tertulia, el madrileño Javier
Marías, quien ocupa el sillón de la «R» como miembro de número de la Real
Academia Española, lo que da cuenta de la prolijidad con la que escribe. Otra
historia llena de detalles y de personajes extensamente desarrollados, con
historias entrelazadas alrededor del misterio acerca de una relación de pareja
que se ha dañado por un secreto mal guardado, o revelado de manera tardía e
inoportuna. El título hace referencia a una frase de Shakespeare «Así empieza
lo malo y lo peor queda detrás» (Thus bad
begins and worse remains behind), que a su vez se refleja en que siempre, a
pesar de los malos momentos, hay esperanza de mejorar. Otra historia en la que
uno de los personajes centrales tiene que ver con la industria del cine, quizá
como analogía del manejo de las ilusiones representadas en el séptimo arte. Este
director de cine no puede verlo todo con la claridad que supone su oficio, pues
lleva un parche en un ojo que, como mínimo, compromete su visión binocular, sin
hablar de los puntos de vista que se ha perdido a lo largo de su vida. Un relato que está relacionado con la historia
de España, en la que hubo momentos en que fue necesario callar para sobrevivir,
callar lo que se sabe y vivir una verdad individual e íntima que puede ser muy
distinta a la vida que se muestra. En un mismo entorno familiar, las historias
personales pueden tener versiones muy distintas según lo vivido por cada cual y
según las necesidades de cada uno, con matices y secretos que pueden conocerse,
pero de los cuales no se habla. Al final, luego de la aparente necesidad de
usar tantas palabras, lo más importante puede ser no usar las palabras,
mantener un tácito silencio que hace que no sea necesario revelar lo que se sabe
ni explorar cuánto se sabe.
Como en otros años, saltamos de un país a otro con nuestras lecturas,
que además nos han llevado a viajar por el tiempo. De Holanda, el autor y actor
Herman Koch, con su éxito de ventas La
cena, que ha sido traducida a una veintena de idiomas. Una oscura historia de
los tiempos modernos, basada en un hecho real ocurrido en España, donde unos
muchachos prendieron fuego a una indigente que dormía en un cajero automático.
Muestra la sociopatía como una mezcla de factores externos e internos que
forjan este tipo de personalidades. Sugiere un factor biológico predominante,
casi como una excusa para no asumir la responsabilidad por la violencia de un
padre que al principio se muestra preocupado por los actos de su hijo, pero que
poco a poco se revela como un personaje violento e intolerante. Ambientada en
un restaurante lujoso, que además es criticado severamente por uno de los protagonistas,
la novela muestra una reunión de dos hermanos con sus esposas, que discuten
acerca del futuro de sus hijos. Es una crítica a la ética de creciente vigencia,
a algunos modelos educativos y a la postura que justifica los medios para
alcanzar cualquier fin, a la vez que critica al resurgimiento del racismo en
Europa. Aunque es poco creíble que se haya escogido un restaurante como
escenario para tratar temas privados y de gran trascendencia, es precisamente
ese escenario el que permite presentar la idea de una supuesta familia feliz,
pero claramente disfuncional, que enmarca la discusión de un asunto de gran importancia
en un contexto artificial. Aunque por momentos la narración se pierde entre
saltos temporales, es capaz de describir con detalle la frialdad de sus
personajes y su postura calculadora, que lleva a una violencia que, a lo largo
de la narración, pasa de ser soterrada a convertirse en una manifestación
explícita y cotidiana.
Recientemente se reveló que Anita Raja es la supuesta verdadera
identidad de Elena Ferrante, de quien leímos la primera de una larga tetralogía
de relatos de dudoso interés, aunque de indudable éxito en ventas. La amiga estupenda es una historia
inconclusa de costumbrismo napolitano, una muy extensa narración que no se
resuelve en este tomo, y muy probablemente tampoco llegue a un cierre en el
segundo ni en el tercer volumen de esta larga historia de la amistad entre dos
mujeres, que comienza en su niñez. Dos amigas con una aparente relación de
dependencia mutua en un ambiente relativamente violento, el del Nápoles de
mediados del siglo veinte, pero más precisamente el de uno de los barrios
pobres de esa ciudad. La autora es cuidadosa en sus extensas descripciones y «atrapa»
con la idea de que una de las protagonistas, ya adulta, ha desaparecido,
oportunidad que sirve para que la otra cuente la historia de su amistad y se
remonte a la época de su niñez. El extenso relato muestra unos pocos años de la
niñez tardía y adolescencia de estas dos amigas, que tienen en común su
espíritu competitivo y su ilusión, a veces compartida, de poder salir de su
barrio hacia un mundo mejor. Pero la narración también parece una trampa
comercial, en la que se obliga al lector a comprar el siguiente volumen si
quiere conocer el desenlace de la historia de estas niñas. Tanto es así, que al
final del primer tomo, hay un adelanto del siguiente, como en las «sagas» de
las películas recientes, que incluso recurren a contar sus historias en
desorden, donde la siguiente película pueda ser situada antes de la historia ya
revelada, con el único fin de conseguir ingenuos que puedan estar interesados
en los hechos que supuestamente
ocurrieron antes, truco conocido como «precuela». No se puede negar que
la prosa tiene puntos de interés, pero tampoco que tiene apartes cuyos detalles
y extensión resultan agobiantes y probablemente innecesarios. Digo
probablemente, pues queda la sospecha de que algunos de ellos sean aprovechados
en los siguientes tomos, lo cual no me causa el interés suficiente como para
averiguarlo.
Seguimos con otro español, el periodista y novelista Arturo Pérez
Reverte, también conocido en nuestro grupo de amigos lectores y reconocido por
su prolífica obra y también por el cuidadoso uso del idioma. Otro miembro de la
Real Academia Española, que ocupa el sillón de la «T» en esa antigua institución
dedicada al cuidado del idioma español, cuyo lema, que da cuenta de su interés por
proteger la lengua, reza: «Limpia, fija y da esplendor». Precisamente, Hombres buenos es un relato hábilmente
construido para darle verosimilitud a un episodio histórico relacionado con la
Real Academia Española. Con detalles que tienen sustento en documentos reales,
Pérez Reverte fabrica una historia en la cual sus protagonistas resultan
completamente creíbles, dos personajes disímiles a quienes se les asigna la curiosa
misión académica de conseguir en París un ejemplar completo de los veintiocho
tomos de la Enciclopedia de D’Alembert, obra de la razón considerada prohibida
en ese momento. La trama consiste en creer que los personajes realmente
existieron y que la novela se basa en hechos y no en la ficción. Con alguna escasa
información cierta, el autor crea una obra que parece tener el peso de la
documentación –también inventada- que es coherente con el momento histórico en
que se desarrolla. Pérez Reverte utiliza con maestría el recurso de recordar al
lector que está leyendo una obra de ficción, y acude a la técnica de la
metanovela, en la que el autor revela algunos de los detalles de su propio
proceso creativo para lograr contar esta historia, donde también inventa obras
suyas que no ha escrito, con títulos sugerentes que invitan a buscarlas o a
esperarlas, al encontrar que no existen. Esto hace que la novela pueda ejecutar
saltos temporales acrobáticos entre el supuesto momento histórico de 1781, y
los tiempos modernos, en los cuales el mismo Pérez Reverte (o quienquiera que
sea el narrador) cuenta de sus viajes en busca de los caminos españoles y
franceses que pudieron recorrer estos supuestos personajes históricos en su
misión bibliográfica. La técnica de las historias paralelas evoca a aquella
película de 1981, La esposa del teniente
francés, que muestra una relación tormentosa de la época victoriana,
entremezclada con el drama que surge durante la filmación de esta misma
película entre los actores modernos que la protagonizan. Con la habitual
pulcritud de su prosa, no sorprende que Pérez Reverte haya logrado una
convincente estampa de la época, ni que sus personajes, también académicos de
la lengua, se expresen con tanto gusto y con tanto cuidado por el idioma español.
En la novela hay varias historias dentro de la historia principal, cada una
bellamente elaborada, con las que el autor logra una mezcla balanceada entre
ficción y realidad que resulta en una obra muy entretenida.
Alessandro Baricco, el novelista, dramaturgo y periodista italiano que
también hemos leído antes, se embarcó en la idea de hacer una lectura pública
de La Ilíada de Homero. Pero la épica
obra original no fue escrita en un lenguaje sencillo o que sea fácil de
comprender para todos. Baricco emprende una tarea titánica y loable, la de
llevar esta epopeya griega del siglo séptimo antes de Cristo a una versión moderna,
en la que conserva los personajes principales y les da voz propia, con un
lenguaje que remplaza la técnica poética del verso hexámetro por una prosa
centrada en el histórico conflicto. Homero,
Ilíada es una historia necesaria, que muestra lo que ya sabemos: que la
historia se repite. Esta narración bélica muestra cómo la violencia hace parte
de la naturaleza humana. En un momento en el que se viven en el país
diferencias de opinión entre la pertinencia de un proceso de paz y la necesidad
de obstaculizarlo, parece oportuna la lectura de esta historia de una larga
guerra, de las trampas y engaños que la perpetuaron y de las caprichosas
posiciones personales que la alimentaron.
Este ciclo anual de páginas se cierra con la obra de un exiliado político
persa en Holanda, el físico y escritor Hossein Ghaemmaghami Farahani, quien
adoptó el seudónimo Kader Abdollah, el cual corresponde a los nombres de dos de
sus amigos en Irán que fueron ejecutados por oponerse al régimen de los
ayatolas. Su primera novela en idioma
holandés, El viaje de las botellas vacías,
narra la experiencia de un joven iraní que emigra a Holanda y sufre las mismas
dificultades que tuvo el autor al enfrentarse a la cultura occidental y a una
lengua muy distinta a la suya, que lucha por aprender para ser entendido en el
idioma que ahora es local. Es la historia de un exilio personal, obligado, con
su consecuente desubicación. Es un viaje que no tiene sentido ni tiene clara
explicación, y que se parece a la colección de botellas del abuelo, que, a
pesar de contar con una anotación en su etiqueta que trata de reseñar el motivo
para haberlas vaciado, la ocasión para haberlas bebido, después de mucho tiempo
de estar almacenadas –como los
recuerdos– dejan de tener sentido y resulta imposible leer sus etiquetas o reconstruir
su importancia. El joven iraní llegó a
una cultura que no logra comprender, y, a la vez que pierde gradualmente su
relación con la única persona de su mismo origen en el pequeño pueblo holandés
donde vive, que es su esposa, entabla una relación que quiere considerar como
una amistad. Cuando cree haber encontrado esa amistad, también la pierde. Los
problemas de comunicación no son solo transculturales, como lo ejemplifica el
hecho de que otro de sus «amigos» prefiere comunicarse por radio con anónimos
distantes que con quien se encuentra en su casa. El exiliado termina por
olvidar el origen de su viaje y de su vida, y queda atrapado en un mundo
extraño, donde encuentra que hasta la luz del sol es distinta a la de su país
natal, con una vida vacía, como las botellas del abuelo.
Este viaje anual de páginas leídas comienza de nuevo, con el ánimo
renovado por la curiosidad hacia los mundos nuevos por conocer…
martes, 12 de julio de 2016
El ojo del toro
Divagaciones lingüístico-mitológico-astronómico-literario-musicales alrededor de un término descriptivo en inglés (bull’s eye), con frecuencia traducido erróneamente como «ojo de toro».
Aldebarán es uno de los más antiguos nombres de origen árabe usado en
occidente para llamar a una estrella, utilizado aproximadamente desde el siglo X. Al-dabarān,
que posiblemente significa «el perseguidor»
(no confundir con el cuento del mismo nombre, escrito por Julio Cortázar, en el
que su personaje principal, Johnny Carter, persigue el sentido de su existencia
a través de su música, en una clara alusión al insigne saxofonista Charlie
Parker), hace referencia a su aparente seguimiento del grupo estelar conocido
como Las Híades.
Hay cierta confusión alrededor de los mitos que explican algunos de
los personajes que llegaron a ocupar un digno lugar en la esfera celeste. Así,
las Híades, hijas de Atlas y Etra, son medio hermanas de las Pléyades, también
hijas de Atlas, pero esta vez con Pléyone, y se encuentran todas en la misma
región del cielo nocturno, junto con
Aldebarán, que corresponde a la estrella principal de la constelación
del toro, y equivale, para algunos, al ojo enrojecido de este furioso animal,
el ojo del toro. Este animal logró su lugar en el cielo gracias a que el dios
Zeus, en una de sus muchas salidas amorosas, se disfrazó como un toro blanco y
manso, con el único fin de acercarse y raptar, con intenciones no muy mansas, a
la bella princesa Europa. Otra leyenda cretense hace referencia al monstruo
mitad toro y mitad hombre, supuestamente hijo de Minos, el minotauro, a quien
Teseo dio muerte.
En dimensiones astronómicas, el que algunas estrellas estén «juntas»,
no significa que sean vecinas. La estrella Aldebarán está a unos 65 años luz de
Las Híades, aunque desde nuestro punto de vista parezca posible que una persiga
a las otras.
A propósito, años luz es una
medida de distancia, no de tiempo. Se refiere a la distancia que es capaz de
recorrer la luz, a sus casi 300,000 km por segundo, en un año. Por ello,
referirse a un retraso tecnológico en «años luz» no tiene mucho sentido, pues
significaría algo distante (más de unos cientos de miles de millones de
kilómetros), no algo para lo que hace falta esperar un tiempo.
Pero volvamos a la región donde se encuentra la constelación Tauro,
que es de gran importancia para los astrónomos y de gran belleza para los
aficionados. Por su transcurrir aparente a lo largo de la línea conocida como
la eclíptica, es común que puedan verse los planetas en este vecindario celeste,
el mismo por donde también se mueven las demás constelaciones del bestiario
imaginario conocido como zodíaco. En esa región del cielo se encuentra una de
mis constelaciones favoritas, la de Orión, el cazador. Por su condición
mitológica, también parece carecer de sentido cualquier atribución o supuesta
capacidad de influir sobre nosotros que se haga a los gigantescos acúmulos de
gases que corresponden a las estrellas que sólo desde nuestro punto de vista
adquieren formas diversas.
La historia de las mujeres que escapan de la persecución es común a
diferentes culturas. Así, para la tribu indígena norteamericana Kiowa, Las
Pléyades (constelación que para los japoneses se llama Subaru, lo que explica
el logotipo estrellado de esos automóviles) escapaban de un oso, y fue la Tierra
la que ayudó a elevarlas al cielo. Los vestigios de esta leyenda corresponden a
una montaña conocida por esos indígenas como Mateo Tepe, que hoy parece corresponder a La Torre del Diablo en el estado de Wyoming. Algunos especulan que
los aztecas alinearon su Pirámide del Sol con Las Pléyades. Como podría
esperarse, los egipcios también observaron con interés este acúmulo de
estrellas.
Diana, la diosa cazadora de la mitología romana, fue quien ayudó a
estas mujeres a escapar de su cazador, Orión, conviertiéndolas en palomas. Al
centro de la diana o blanco usado para practicar la puntería, se le conoce en
inglés como bull’s eye, mientras que
en francés hace referencia a un buey, oeil
de boeuf. Se ha relacionado el uso de esta expresión con la arquería, con
la supuesta práctica de usar cráneos de vacunos para tratar de dar en el ojo de
los mismos, como señal de buena puntería. En inglés se usa también para
denominar otros objetos cuya forma
semiesférica podría recordar a la del ojo de ese animal. En inglés
parece encontrarse desde el siglo XIX en referencia a piezas de vidrio usadas
en lentes y lámparas, así como a algunas claraboyas y ventanas circulares de
los barcos, que también conocemos en español como «ojos de buey».
La expresión bulls’eye o bullseye, escrita como una sola palabra,
se usa en inglés para significar que se ha «dado en el blanco», no solamente en
forma literal, como en los polígonos de tiro, sino como sinónimo de atinar o
como analogía de un objetivo que se logra tal y como se había planeado, cuando
se ha resuelto un problema, o con el significado de algo exitoso. Sin embargo,
como es obvio, en español nunca se dice «ojo de toro» como alternativa a diana,
blanco u objetivo, o como sustituto para la expresión «dar en el blanco» o sus
variantes.
En el argot de las imágenes diagnósticas, a veces nos encontramos con
lesiones cuya apariencia es la de estructuras concéntricas de diferente tono en
una escala de grises, que recuerdan, precisamente, a un tiro al blanco o una
diana.
En inglés y en español, se refieren a lo mismo, sólo que no se dicen
igual, ni se deben traducir literalmente. Del español blanco, diana o tiro al
blanco, podemos decir target o bullseye en inglés; del inglés bullseye no se puede llegar, sino como
muestra de ignorancia idiomática, al ojo del toro.
Lecturas recomendadas
Hewitt-White, K: Patterns in the Sky. An introduction to stargazing.
New Track Media LLC. Sky Publishing, Cambridge 2006.
Hewitt-White, K. The Pleiades: a star cluster for everyone. Nightsky
2004; 1:30-34.
Flanders, T: The Bull of Heaven. Nightsky 2004; 1:20-22.
Kunitzsch P, Smart T: A Dictionary of Modern Star Names. New Track
Media LLC. Sky Publishing, Cambridge 2006.
McDonald M: Tales of the Constellations. The myths and legends of the
night sky. Michael Friedman Publishing Group, New York, 1986.
http://www.
domingo, 24 de abril de 2016
Fe y ciencia
Reflexiones desde una postura agnóstica sobre la relación entre ciencia
y creencia.
«Los
problemas a los que nos enfrentamos no pueden ser resueltos con el mismo nivel
de inteligencia o de imaginación que los crearon». - Albert Einstein.
La fe y la ciencia requieren de niveles de imaginación superior y
mutuamente excluyente. No es imaginativo ni original cambiar de idea o
convicción; de hecho, para algunos puede parecer ridículo que un creyente de la
fe cristiana termine eliminando un concepto mesiánico al convertirse en un
convencido de la religión judía. Con el estado de las relaciones entre musulmanes,
cristianos y judíos (por mencionar sólo algunos grupos de fe), resulta casi
humorístico descubrir miembros de esas creencias que se trasladan impunemente
de una fe a la otra, incluso con fervor.
Tampoco es necesariamente contradictorio tomar porciones de distintas
creencias para satisfacer una necesidad religiosa o científica. Sin embargo, me
resulta sorprendente que existan científicos que sugieren que la fe no excluye
la ciencia y que se puede ser científico y religioso a la vez. A pesar de
trabajar con base en evidencias reproducibles, hay científicos para quienes las
apariciones y milagros tienen la misma validez que las observaciones juiciosas
en ambientes que pretenden ser estrictamente controlados, como los de un
laboratorio.
Los textos que rigen a las creencias no fueron escritos con fuego ni
sobre piedra y fueron creados por personas. Sugerir que no se pueden tomar como
analogías, ejemplos o parábolas, puede imprimirles una connotación de
inverosimilitud que puede ser contraproducente, al hacer más difícil separar la
mitología de la religión. Que un dictamen no se pueda controvertir puede hacer
más fácil que se dude de él. Por otra parte, si una prueba resiste la
controversia, puede hacerse más fuerte su veracidad. Los textos que fundamentan
los hechos tampoco son definitivos, y fueron creados por personas. Sugerir que
la ciencia no ha tenido fallas y que sus teorías siempre son incontrovertibles es
también inverosímil. ¿Se pueden entonces, tomar principios y creencias para
sustentar hechos y convicciones?
La ciencia es prejuicio. No es posible sino lo que se demuestra o se
prueba. Ver para creer no siempre
aplica, pues hay fenómenos reproducibles que no vemos. El corolario es la
demostración teórica, que puede confudirse con la premonición. Hay mentes que
han sugerido teorías que en su momento fueron descartadas por extravagantes o
imposibles, pero que luego fueron verificadas, cuando la tecnología lo ha
permitido. En esos casos, no ha hecho falta recurrir al ilusionismo o a los
trucos de magia; el tiempo ha sido el que ha ayudado a determinar que algo sorprendente
o inverosímil pueda resultar obvio.
La fe es prejuicio. Ver para creer
resulta una necedad. No hay necesidad de argumentos reales, aunque
ocasionalmente se presenten posturas teóricas que parezcan abiertas o
reflexivas, o instancias donde parecería haber espacio para la duda. Todo es
posible.
La ciencia es ciega, la fe reveladora. Un científico no religioso puede
estar cerrando sus ojos para evitar ver la luz. No es original, ni parece muy
imaginativo.
La fe es ciega; la ciencia reveladora. Un científico religioso es como
un voyerista ciego. Tampoco es muy original, pero ciertamente es imaginativo.
lunes, 21 de marzo de 2016
Día de la poesía
El 21 de marzo es el día mundial de la
poesía. Desde tempranas horas, circulan ejemplos de cientos y miles de poemas
que dan cuenta de la relevancia de este género literario. De Jaime Sabines:
El Peatón
Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las
fiestas,
alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un
gran poeta.
O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente,
valioso.
O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla!
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla!
¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran
poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido.
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido.
Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se
da cuenta
de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una
estrella
en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que
les salga
de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar
en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como
cualquiera,
de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.
Hay poemas para toda ocasión. En el
calendario, como en la vida, hay un día para cada cosa. Y, también como en la
vida, hay muchas cosas para cada día. En el santoral católico, el 21 de marzo
corresponde por lo menos a nueve personajes, cuyas historias pueden encontrarse
en la red, para los interesados: San Nicolás de Flüe, San Serapión el
Escolástico, San Jacobo el Confesor, San Endeo, San Juan de Valence, San
Agustín Zhao Rong, los Beatos Tomás Pilchard y Mateo Flathers, y la Beata
Benita Cambiagio Frassinello, según una de muchas fuentes al respecto.
Por ello, algunos días se conmemoran,
celebran o recuerdan varios eventos, enfermedades, profesiones o personajes. Algunos
son mundiales, otros cambian de país a país. Por ejemplo, en Colombia, se
agrupan el 4 de octubre las celebraciones de dos oficios que pueden tener
puntos en común o ser diametralmente opuestos, según como se miren: el día del
mesero y el del poeta. Se celebran los oficios comunes, como el de la secretaria,
el del locutor y el del maestro, pero también otros, quizá olvidados, excepto
en su día: el del vendedor, el del cronista deportivo, el del vigilante, el del
profesional funerario, el del fotógrafo y el día del negociador internacional.
Los hay para casi todos los diagnósticos,
sin importar si son comunes o no, como el cáncer, el glaucoma, la salud prostática,
el linfoma, la rabia y la depresión. También hay un día mundial del celíaco, y
uno de la retinosis pigmentaria, así como uno de las personas sordas y hasta
hay un día mundial del enfermo, que me imagino que acoge a quienes no tengan su
propio día, quizá para darle una nueva oportunidad a los sobrevivientes al día
de su dolencia para volver a congregarse para celebrar o hacer que los demás
tomen conciencia de su enfermedad.
Curiosamente, se escogió la misma fecha
para el día de la salud mental y el día contra la pena de muerte…
Cada miembro de la familia, comenzando
por la madre, tiene su día: el padre, el niño, la niña, pero también el de la
mujer y el del hombre, así como el de la juventud, el del soltero, el del niño
africano, y, por supuesto, el día de las familias. Casi no hay profesión u
oficio que no celebre su día, aunque muchos tengan visos de comercio y sean
sólo una excusa para comprar o repartir regalos. Para los casos de consumismo
exagerado, tenemos el día de los derechos del consumidor, así como el día de no
comprar nada o Buy Nothing Day –BND,
este último en contra de mis principios y creencias…
Tenemos días puramente lúdicos, como el
del tango, el de los museos, el de la danza, el de la felicidad y el de la
diversión en el trabajo, pero también el día del beso, el día internacional del
Jazz, que se celebra el 30 de abril, el de la amistad y el del orgasmo femenino,
entre otros.
Hay varios días relacionados con la
tecnología de las comunicaciones, como el día de internet, pero también el de
internet seguro y el día de la protección de datos. En una categoría de días
tecnológicos debe incluirse, sin duda, el de los vuelos espaciales tripulados.
Algunos días podrían clasificarse en la
categoría ecológica, como el día de los océanos, el de las montañas, el del
sol, el de las tortugas marinas, el del árbol, el de la Tierra y el día mundial de
la nieve. No estoy seguro de cómo clasificar el día del sushi, probablemnte en
una categoría gastronómica, junto al día del Chef. Otro día para mí
inclasificable es el del orgullo zombie (?).
La palabra tiene varios días dedicados
a exaltarla, tanto en el día del idioma, como en el de las lenguas, el de la
lengua materna, el de la lengua inglesa, y el de la voz. En el día de la
poesía, hoy 21 de marzo, parece conveniente recordar las palabras sobre la
palabra:
Palabra
Leyendo el diccionario
he encontrado una palabra nueva:
con gusto, con sarcasmo la pronuncio;
la palpo, la apalabro, la manto, la calco, la pulso,
la digo, la encierro, la amo, la toco con la yema de los dedos,
le tomo el peso, la mojo, la entibio entre las manos,
la acaricio, le cuento cosas, la cerco, la acorralo,
le clavo un alfiler, la lleno de espuma,
después, como a una puta,
la echo de casa.
he encontrado una palabra nueva:
con gusto, con sarcasmo la pronuncio;
la palpo, la apalabro, la manto, la calco, la pulso,
la digo, la encierro, la amo, la toco con la yema de los dedos,
le tomo el peso, la mojo, la entibio entre las manos,
la acaricio, le cuento cosas, la cerco, la acorralo,
le clavo un alfiler, la lleno de espuma,
después, como a una puta,
la echo de casa.
Cristina Peri Rossi
Quiero definirlos en una sola palabra:
¿Cómo son?
Tomo las palabras corrientes, robo de
los diccionarios,
mido, peso e investigo.
Ninguna responde
La más valiente – cobarde,
La más desdeñosa – aún santa
La más cruel – demasiado
misericordiosa,
La más odiosa - poco porfiada.
Esta palabra debe ser como un volcán,
que pegue, arrastre y derribe,
como la temerosa ira de Dios,
como el hervor del odio.
Quiero que ésta una sola palabra
esté impregnada de sangre,
que como los muros del calabozo
encierre en sí cada tumba colectiva.
Que describa precisa y claramente
quienes eran - todo lo que pasó.
Porque lo que oigo,
lo que se escribe,
resulta poco,
siempre poco.
Nuestra habla es endeble,
sus sonidos de pronto - pobres.
Con empeño busco ideas,
busco esta palabra -
y no la encuentro.
No la encuentro.
Wislawa Szymborska
Las Palabras
"…Todo lo que usted
quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan…
Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las
derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan,
se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de
colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo
algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las
agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me
preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales,
aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las
revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo,
las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera
bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en
la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio,
o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba
y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de
todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar
de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el
féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, que
buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas
por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas,
butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel
apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones,
pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes
bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se
les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como
piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el
idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el
oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras."
Pablo Neruda
Hay días que conmemoran hechos
violentos o criminales que no deberían repetirse, como el que protesta contra
las minas antipersonales, los dos días
de la no violencia y el día contra la falsificación.
En literatura,
existe una modalidad de transferencia de
autoría que he denominado «plagio apócrifo». Lo defino como la falsa
atribución de una obra a un autor. La cultura popular, la tradición oral u
otros medios, asignan equivocadamente un texto a un autor reconocido, sin que
sea necesario que dicho autor parezca haber intervenido en la falsa atribución.
Curiosamente, algunos autores apócrifos nunca rectifican la autoría errada. Uno
de los más famosos ejemplos lo constituyen las siguientes líneas, atribuídas
erróneamente a Bertolt Brecht:
Primero vinieron por los socialistas
Pero callé porque yo no era socialista.
Después vinieron por los sindicalistas
Pero callé porque yo no era sindicalista.
Después vinieron por los judíos
Pero callé porque yo no era judío.
Después vinieron por mí
Y nadie quedaba para defenderme.
Su verdadero autor fue Martin Niemoller. El escrito
«Instantes», atribuido a Jorge Luis Borges («…si pudiera vivir
nuevamente…trataría de cometer más errores…») fue realmente escrito por la
octogenaria Nadine Stair, quien lo publicó en
la revista Family Circle con el
título If I had to live my life over.
Hace unos años, se divulgó un poema de despedida
titulado «La Marioneta», que se atribuyó erróneamente a Gabriel García Márquez:
Si por un instante Dios se olvidara de que soy
una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría
todo lo que pienso pero, en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen,
sino por lo que significan.
Dormiría poco y soñaría más, entiendo que por
cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen,
despertaría cuando los demás duermen, escucharía mientras los demás hablan, y
cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate...
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría
sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando al descubierto no solamente mi
cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón...
Escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a
que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las
estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que
ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir
el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...
No dejaría pasar un solo día sin decirle a la
gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer de que ella es mi
favorita y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados
están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que
envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas, pero dejaría que el
solo aprendiese a volar.
A los viejos, a mis viejos les enseñaría que la
muerte no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas les he aprendido a ustedes los
hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en
la cima de la montaña sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de
subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta
con su puño por vez primera el dedo de su padre, lo tiene atrapado para
siempre.
He aprendido que un hombre únicamente tiene
derecho de mirar a otro hombre hacia abajo, cuando ha de ayudarlo a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de
ustedes, pero finalmente de mucho no habrán de servir porque cuando me guarden
dentro de esta maleta, infelizmente me estaré muriendo...
En este caso, el Nobel colombiano expresó
públicamente sentirse ofendido por
habérsele atribuido dicho poema. Ante esta rectificación, resultó ofendido su verdadero autor, el ventrílocuo
Johnny Welch, quien lo había escrito para su marioneta «El Mofles». Luego
de una breve y cordial reunión,
patrocinada por la revista periodística
Cambio, y matizada con una dosis de
«mamagallismo» (término que para algunos ingenuos es una mezcla de movimiento, filosofía o estilo de vida cuyos orígenes se
han atribuído de manera apócrifa al colombiano), los dos acordaron que se podía
seguir atribuyendo «La Marioneta» a García Márquez, siempre y cuando a Welch se le permitiera la autoría de
«El amor en los tiempos del coléra».
En el día de la
poesía y de la marioneta, busque un verso, regale una palabra.
En el día lúdico, tecnológico, ecológico o en el que se sienta identificado:
En el día lúdico, tecnológico, ecológico o en el que se sienta identificado:
celebre su día.
En tu
mano comí la sal de tu silencio.
Como
una dócil bestia dispuesta al sacrificio.
Mi
sed durará siglos.
Piedad
Bonnet.
viernes, 25 de septiembre de 2015
Superluna roja eclipsada del 27 de septiembre de 2015
No es difícil encontrar la luna llena
en una noche cualquiera. Como su órbita alrededor de nuestro planeta no es
perfectamente circular, hay momentos en que la luna se acerca un poco más a
nosotros. En su recorrido, el punto más cercano entre la luna y la tierra se
llama perigeo, el más distante es el apogeo.
Este fin de semana, la luna
alcanza el perigeo, por lo cual puede verse un poco más grande que de
costumbre. Es común que a la luna llena en el perigeo se le conozca como
"superluna", aunque el 5% a 10% de diferencia en su tamaño no sea fácil de detectar
o especialmente notorio a simple vista. Sin embargo, definitivamente son las
condiciones más propicias para observar la luna.
Este fin de semana se presenta otro
fenómeno sideral, y el hecho de que coincida con el perigeo hace que el espectáculo sea especialmente interesante. Ese fenómeno es un eclipse
total de luna. Sucede cuando la tierra se superpone entre la órbita de la luna
y la del sol. El hecho de que estas órbitas no se encuentren exactamente
en el mismo plano, hace que los eclipses lunares no sucedan más frecuentemente.
Un eclipse de superluna es mucho más raro, el próximo puede tardar unos treinta
años en aparecer.
El tamaño de la fuente de luz (el sol) es
mucho mayor que el objeto (la tierra) cuya sombra se va a proyectar sobre la
luna. Por ello, la sombra tiene una zona central mucho más oscura, llamada
umbra, y un anillo periférico muy tenue,
la penumbra. En la primera hora del eclipse, es posible que no se note
que la luna disminuye su brillo cuando es ocultada por la penumbra.
El universo
es muy puntual: exactamente a las 21 horas, 11 minutos y 12 segundos del
domingo 27 de septiembre de 2015, la sombra central hará contacto con uno de los bordes del disco lunar. Si las
condiciones lo permiten, esa sombra se verá como un “mordisco” muy pequeño que
irá creciendo, hasta absorber completamente al disco lunar. Algunos supondrán
que en el punto máximo del eclipse, a las 21:47:09, la luna desaparecerá por
completo, pero esto no sucede, debido a que tenemos atmósfera. Los rayos del
extremo más azul de la luz solar son absorbidos por nuestra atmósfera, y quedan
los rayos del extremo rojo, por lo cual la luna, una vez quede completamente
cubierta por la umbra, se tornará de un color cobrizo. Diversas condiciones
atmosféricas, como la presencia de polvo volcánico, hacen que cada eclipse
lunar pueda tener un color ligeramente diferente, dentro de ese espectro
rojizo.
La luna estará oculta tras la umbra
hasta las 22:23:05, cuando volverá a aparecer el “mordisco”, en otro de los
bordes de la luna, para ir revelando la luna en forma progresiva, hasta que
vuelva a quedar en la penumbra, entre las 23:27:05 y los 22 minutos y 31
segundos del lunes 28 de septiembre, cuando el espectáculo celeste habrá
terminado.
Salga un poco antes del inicio de la
ocultación tras la umbra (el eclipse parcial, en la penumbra, comienza en Bogotá a las
20:07:13. Consulte en la red los horarios para su ciudad, puede verse desde casi cualquier lugar del continente americano). No requiere equipo ni protección especial para sus ojos para gozar
del espectáculo, pero un par de buenos binoculares pueden ayudar.
En estos
días, en Bogotá, la luna estará casi en su cenit. Es decir, sólo hace falta
mirar directamente hacia arriba para encontrarla. Si su columna se lo impide, recuéstese en
el suelo, sobre una cobija o en una silla playera, aunque este modelo de silla
no es fácil de encontrar en Bogotá.
Abríguese bien, el frío puede causar
estragos en su salud. Muchos observadores novatos recuerdan usar capas, como
una camiseta, camisa, saco y chaqueta, pero se olvidan de proteger sus piernas.
La importante superficie de los muslos y piernas puede llevarlo a una
hipotermia, si no toma la precaución de cubrirlas. Aunque la tierra viaja
alrededor del sol a unos cien mil kilómetros por hora, un eclipse lunar da
tiempo, y uno puede descansar del frío y refugiarse por momentos si la
temperatura baja demasiado. Abróchese el cinturón para este viaje por el
espacio. Es gratis, una buena compañía
puede ser la a excusa perfecta para “calentarse” con una copa…
domingo, 13 de septiembre de 2015
Otro año de lecturas
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El año pasado terminamos
con la lectura de otra biografía imaginada de Bernhard. Este nuevo ciclo
comenzó con La pequeña ciudad donde el
tiempo se detuvo del genio de Bohumil Hrabal, oriundo de una nación que
cambió de nombre y sufrió los estragos de las guerras mundiales. Aunque nació
en una ciudad de Moravia, su país cambió durante su niñez a ser Checoslovaquia,
que luego se convirtió en la república Checa. Como en otras de sus novelas, el
conflicto, que estuvo siempre presente en su vida, está también en esta obra, que es narrada
desde el punto de vista de un niño, quizá el mismo autor, que presencia el paso
del tiempo en una ciudad donde éste parece no pasar. Según Hrabal: “Allí donde fallo yo como hombre, fallan también mis personajes
literarios. Por otro lado, ellos sienten orgullo por las mismas cosas que yo,
es decir, por los pormenores cotidianos de la vida.”
Pero Hrabal no falla.
Describe personajes que parecen irreales, en medio de la invasión nazi, que
hace parte de la cotidianidad. Con humor, y con el punto de vista inocente y
sincero del narrador, una voz infantil describe ese tiempo que cambia las
cosas, así como cambió al país del escritor, sin necesidad de moverse, casi
como si el tiempo no surtiera efecto sobre sus personajes, su ciudad y sus
problemas.
Seguimos
con una novela de misterio, que se desarrolla alrededor de una historia de
amor, La sombra del viento, de Carlos
Ruiz Zafón. Tiene personajes pintorescos, muy bien descritos, que narran el
transcurrir de la vida de unos adolescentes hasta que llegan a la adultez, en
medio de una trama llena de sorpresas y de secretos revelados, con
intrigas que se mantienen a lo largo del
relato. Es también una historia del apasionamiento por la lectura y de los
secretos encontrados en los libros, que es paralela a la historia de vida de unos
muchachos que crecen en una Barcelona impregnada por el conflicto civil. Este
relato es el primero de una saga de novelas que en conjunto hacen parte de El
Cementerio de los Libros Olvidados. La historia comienza con el niño que
encuentra un libro que lo atrapa, precisamente “La Sombra del Viento”, y se
entrelaza con la del autor de esa obra. El tejido de los dos relatos resulta
convincente, lleno de sorpresas y con muy detalladas descripciones de los
personajes de las dos historias.
Una novela en la que el
gusto por la lectura hace parte imprescindible de la narración: “Me crié entre libros, haciendo amigos
invisibles en páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las
manos”. La manera de incluir historias dentro de las historias se ha comparado
con las matrioskas o mamushkas, esas muñecas
rusas que se guardan una dentro de la otra.
De Patrick Modiano, recientemente galardonado con el premio Nobel
de literatura, seguimos con La calle de
las tiendas oscuras. Otra novela de tinte misterioso, esta vez por un
personaje que ha perdido la memoria de su origen y que emprende un viaje en
busca de su propia historia. “Un amnésico que se hace pasar por
detective privado inicia la investigación más importante de su vida: averiguar
quién es.” Es la pesquisa de una identidad perdida,
emprendida por un personaje cuya frágil memoria
lo hace el peor candidato para reconstruirla. Algunos de sus recuerdos parecen
ajenos, ya que él no se identifica en las imágenes que guarda en su memoria,
algunas de las cuales son prestadas, obtenidas de fotografías o de momentos
escuchados o vividos por otros. Un relato
que puede confundir con los fragmentos que el mismo protagonista no logra
descifrar y que lleva al lector a participar del enigma para ayudar al
personaje principal a encontrarse a sí mismo.
La siguiente lectura
resultó decepcionante. Regresos, de
Luis Fayad, es el relato de un antropólogo que regresa al país luego de varios
años de exilio académico, y se encuentra con que las promesas de trabajo resultan
ser obstáculos que debe tratar de superar para mantener su cargo. El desarrollo
de sus personajes es pobre, y el protagonista es pusilánime, incapaz de
resolver su situación de vida o de encontrar respuestas para salir del
laberinto burocrático. Una historia que parecía tener futuro en las primeras páginas
resulta aburridora y lleva a detestar al protagonista de un relato sin mayores
sorpresas y con un desenlace igual al personaje, conformista y banal. Quizá sea
una obra autobiográfica, en cuanto que el autor había franquista, con personajes e la españa de historiastoria y a
encontrar un punto comcontinuar hasta el final para resolver lo smiaaadejado
de producir, en una historia que podría asimilarse a la de la ausencia del personaje,
quien al final tampoco es capaz de obtener el resultado esperado. Otra vez
vuelve a ser claro que la industria literaria puede caer en la trampa del
mercadeo, sin que parezca importarle conseguir elogios, quizá autofinanciados,
para que un lector desprevenido quiera comprar algo que realmente no vale la
pena. En ese caso, prefiero que la contraportada contenga una somera
descripción de la trama, que una sarta de elogios sin fundamento, excepto el de
un interés comercial.
De regreso a la
península ibérica, con una escritora de Bilbao, Marian Izaguirre, con La vida cuando era nuestra. De nuevo,
varias historias entrelazadas, la de la amistad de dos mujeres, y la historia
de cada una, así como la historia que es el libro que ambas leen juntas. Otra narración
tejida a partir de la fascinación por los libros, también atravesada por el
conflicto, en este caso el de la guerra civil española. Tiene ingredientes de
suspenso y de sorpresa, con un relato efectivo que lleva a continuar hasta el
final para resolver los misterios de cada historia y a resolver el presente y
el pasado de cada una y a encontrar un punto común, con un buen desenlace.
Enmarcada en el contexto de la España franquista, con personajes que están en
contra del régimen y que han sufrido y han tenido que esconderse por sus
convicciones. Un libro dentro de un libro, con personajes bien
caracterizados que requieren de por lo
menos dos narradores y dos tiempos, con un tercer tiempo donde confluyen las tres
-¿o dos? historias paralelas. Otro homenaje a la lectura, que a la vez es un
homenaje a la amistad.
Las partículas elementales, de Michel Houellebecq,
se constituye en una fuerte crítica a quienes se creyeron protagonistas de la
revolución política, literaria y vital del 68. Se basa en dos hermanastros que
comparten el abandono de su madre, quien prefirió una comuna hippie a su
crianza, pero que terminan en áreas disímiles. Uno es un científico renombrado,
que sufre una crisis vital, el otro es un “virtuoso del resentimiento”, un
profesor de literatura obsesionado por el sexo y la pornografía. Aunque parecen
distantes, los hermanastros tienen mucho en común. Houellebecq tiene un humor
negro y hace sus críticas con sarcasmo.
Describe detalladamente la búsqueda de cada hermano por una vida mejor,
en medio de sus crisis ideológicas. Trata con cinismo temas conflictivos como
las relaciones entre hombres y mujeres, la religión, el sexo, la felicidad, el
bien y el mal. Su relato transcurre por todos los tiempos, desde el pasado
hasta el futuro, donde los hombres, casi como consecuencia de los aportes del
biólogo, se convierten en una raza superior, feliz, que ha llevado a algunos
críticos a comparar este relato con el de Aldous Huxley.
¿Quién mató a Cristián Kustermann?, de Roberto Ampuero, es
otro
relato que parecía
prometedor al principio, dado el misterio de un asesinato que el padre de la
víctima pretende esclarecer para resarcir el nombre de su hijo, pero acudiendo
a un detective que parece debutar en esta novela, para seguir siendo
protagonista en otras obras de Ampuero, obras que, la verdad, no dan muchas
ganas de conocer después de ésta. Tiene suspenso e intriga, el detective es un
personaje interesante, y la novela tiene unos apartes que sorprenden y atrapan,
pero que al final, cuando se trata de resolver un enredado conflicto que
incluye increíbles conexiones internacionales, la solución parece poco
convincente, casi como si la trama no hubiera sido resuelta por las capacidades
deductivas del detective, sino como por arte de magia.
De un relato simple y
poco convincente, pasamos a la erudición de Umberto Eco, con su novela Número cero. En lugar de una trama
gótica, escoge un escenario moderno, dentro del mundo periodístico. Un proyecto
que parece inverosímil, un periódico que no sirve para ser publicado sino para
chantajear a los grupos de poder, pero que es dirigido según la ética del
propietario, amoldada a sus preferencias y necesidades. Para este singular
periódico, son reclutados los personajes de esta historia, cada uno con grandes
capacidades, que sirven para el propósito de construir noticias con intenciones
perversas. ¿Fue un doble realmente quien fue linchado en lugar de Mussolini?
¿Son realmente teorías las conspiraciones, o son historias creadas para que el
público suponga que son invenciones?
Con una incisiva crítica
política y con una muestra de cómo la historia puede ser manipulada, los
personajes de este periódico se enredan en una trama de suspenso y persecución,
donde hay muertes y paranoias que parecen un reflejo convincente de lo que
sucede en los círculos de poder.
El ciclo se cierra con Tríptico de la infamia, de Pablo
Montoya, obra con la cual el colombiano ha sido galardonado con el premio
Rómulo Gallegos. Es un homenaje al arte, que en algún momento recuerda obras
que son hitos del arte pictórico flamenco, pero que realmente se centra en tres artistas que
relatan en sus obras los horrores cometidos en nombre de la religión en el
siglo XVI, tanto en Europa como en la recién descubierta América. Una narración
de tinte histórico, con tres narradores distintos, cada uno correspondiente a
uno de los artistas que plasmó la muerte y la masacre en sus obras. El cuarto
narrador es el mismo autor, que en momentos se inmiscuye en el relato y se nos
presenta como un personaje que logra meterse tanto en su investigación de esta
faceta macabra del arte, que llega al punto de ver y seguir uno de estos
artistas por las calles de una ciudad alemana, a pesar de los siglos que los
separan.
El primer pintor es
Jacques Le Moyne, quien viaja a América y es conmovido por el arte indígena, y sufre
en carne propia las heridas de una guerra de conquista en la que los
conquistadores terminan combatiendo entre ellos, hasta que logra escapar, con
una pequeña muestra de sus obras, para volver a Europa. El segundo pintor es
François Dubois, quien dedica su talento a una obra que revela los
desgarradores detalles de la masacre de San Bartolomé, por la persecución de
los protestantes de parte de los fanáticos católicos, ocurrida en París en
1572. El último artista de este tríptico es el grabador Théodore de Bry, quien
conoce y copia la obra de Le Moyne y es profundamente afectado al conocer la
pintura de Dubois. Aunque De Bry nunca viaja a América, se inspira en la Brevísima relación de la destrucción de
Indias, de Fray Bartolomé de Las Casas, para ilustrar la infamia de la conquista
española. Sus grabados muestran los detalles de las torturas y matanzas de los
españoles católicos, que él nunca vió. Un relato intenso y conmovedor, tanto
por los sentimientos que inspira hacia el arte, como por la detallada
descripción de las obras que los tres artistas elaboran como crítica a los
tiempos de horror. El tríptico es una crítica a los poderes religioso y
político cuyos intereses llevaron al genocidio de millones de nativos,
pobladores originales de este continente. Una obra especialmente fascinante
para quienes gusten del arte y de la historia. Una muestra de una profunda
investigación acerca de las vidas de estos tres personajes, que tienen en común
su protestantismo y que confluyen en la obra del tercero de ellos. Una novela
histórica muy bien fundamentada y descrita con gran elocuencia.
jueves, 30 de abril de 2015
Elegía para mi padre, Arturo Morillo Quiñones. 1925-2015
Bogotá, 30 de abril de 2015.
Buenos días.
Las personas que acudieron hoy conocieron a mi papá, o, sin conocerlo,
han querido acompañarnos, a mi mamá, a mí o a mis hermanos, como una muestra
más de ese afecto que hemos recibido de todos ustedes y de muchas otras
personas que se han manifestado como lo hacemos hoy en día, por teléfono, con mensajes
de texto y por las redes sociales. En nombre mío y en el de mi familia, agradezco todas
esas muestras de cariño y solidaridad. Muchos de ustedes saben que papá cumplía
hoy 90 años; el que faltaran un par de días para este aniversario es quizá uno
de los únicos retos que no cumplió en su vida.
Mi papá nació en Cereté, un diminuto pueblo del departamento de Córdoba, lugar del que siempre se sintió
orgulloso, y con el cual siempre mantuvo vínculos, como lo demuestran los
amigos cordobeses que hoy nos acompañan. Puede que Cereté sea un municipio
pequeño, pero no tanto como para que no aparezca en Wikipedia, donde, además de
aludir a la importancia del cultivo del algodón, se nos recuerda que en esta
tierra han nacido reconocidos médicos, además de músicos y poetas.
Dice Wikipedia:
Dice Wikipedia:
Cereté, conocida como
“La Capital del Oro Blanco”, y más recientemente como el “Cerebro
del Sinú”, recoge un gran número de expresiones
culturales que identifican al costeño colombiano; desde su
manera particular de expresarse, la informalidad en el trato
y espontánea manera de ser, que se convierten en una
riqueza casi pictórica del cereteano.
Mucho antes de que mi padre recibiera el reconocimiento como Cordobés Ilustre de parte de la gobernación de ese departamento, había
manifestado su orgullo de haber nacido en esa región del país. Su origen
humilde no fue impedimento para que pudiera tener una exitosa carrera ni para
alcanzar todos los logros personales y profesionales por los que ha sido
reconocido. Logros que, sin duda, no habría alcanzado sin el apoyo permanente
de mamá.
Su larga carrera académica está mayormente identificada con la Facultad
de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, mi alma máter, la de mis
dos hermanos mayores y la de muchos de quienes hoy nos acompañan. Después de
haber sido profesor y director del Departamento de Ciencias Fisiológicas,
alcanzó la máxima posición en la Facultad, la de Decano. En cada uno de esos
pasos dejó huellas profundas e indelebles.
Recuerdo que hace muchos años, quizá en mi adolescencia tardía, mi padre
me presentó una frase que no era suya, pero que quedó impresa en mi memoria:
“siempre hay lugar en la cima”. Esa fue una de las lecciones vitales que nos
impartió: la de que siempre es posible alcanzar lo que se quiere, lección que
podemos llamar Perseverancia. En lo que se refiere a sus enseñanzas, papá y
mamá tuvieron una misma voz. Ambos nos enseñaron lo mismo, y nos lo enseñaron
bien. Sesenta y cinco años de matrimonio fueron, en sí mismos, una lección de
vida para nosotros, sus hijos.
Papá siempre tuvo gran interés en la práctica de la medicina con los más
altos estándares, de manera ética, y basada en los principios de la lógica. Esa
fue la semilla que sembró en sus tres hijos mayores, que decidimos intentar
seguir sus pasos al formarnos como médicos. Quizá por su formación en la
ciencia de la experimentación, inculcó a sus alumnos la importancia y la
necesidad de cuestionarse siempre, y de buscar la mejor evidencia (mucho antes
de que se llamara así) para sustentar sus decisiones. De esa semilla surgieron
seminarios y de esos seminarios surgió el fruto del interés por la
investigación, que fue el punto de partida para el desarrollo de la
epidemiología clínica en el Hospital Universitario de San Ignacio, con los
alcances y el reconocimiento que esta disciplina tiene hoy en la Facultad de
Medicina. Papá también alcanzó el más
alto punto en su interés por la investigación clínica cuando dirigió la red
internacional de epidemiología clínica, INCLEN. A su regreso, la Universidad
Javeriana lo acogió de nuevo y lo encargó, desde la Vicerrectoría
Académica, de la Oficina de
Investigaciones de la Universidad, donde también contribuyó al fortalecimiento de
esta disciplina en las diferentes facultades.
Por su larga carrera en la academia, la cantidad de los que fueron sus
alumnos es enorme. Muchos lo recuerdan por su mirada intensa y severa, de ojos
agigantados por sus lentes, que además de respeto, infundía cierto temor. A esa
forma de observar, intensa y profunda, la conocíamos en casa como “la mirada 33”.
Algunos de sus hijos heredamos su mirada, aunque estoy seguro que no alcanza a
tener los mismos efectos que la mirada de papá. No hacía falta que se retirara
las gafas para reconocer en él a una persona estricta, pero justa, capaz de identificar
en los demás una oportunidad de crecimiento mutuo. Eso lo saben muchos de sus
más cercanos alumnos, quienes lo consideran como su profesor, su maestro, su
mentor. En el currículo Morillo, a esa
lección la podemos llamar Ecuanimidad. Otra cátedra que dictó en casa, en conjunto
con mi mamá.
Por su raza, motivo de orgullo para él y para nosotros, vivió en carne
propia la discriminación, especialmente en los años sesenta, cuando completaba
su formación en los Estados Unidos, en una época especialmente convulsionada y
con grandes desigualdades sociales. Antes de su formación en el extranjero,
vivió una época del país en la que la posición política podía interferir con el
desarrollo personal. Sus ideas y convicciones liberales, como las de mamá, estuvieron
siempre presentes, incluso si ellas significaban un obstáculo para ejercer su
profesión. De ahí su interés en el respeto por los demás y por sus opiniones, y
su certeza de que el bien común, la justicia y el progreso personal e
institucional fueran su convicción. En esa línea se encontraba su idea de la
importancia de ser capaz de expresarse libremente, y el derecho de todos a
presentar sus ideas de manera coherente y respetuosa, aún si éstas fueran
opuestas a las de los demás. El derecho a la expresión fue otra de sus
lecciones vitales.
“El que sólo medicina sabe, ni medicina sabe”. Otra de esas frases que oí
por vez primera de mi padre, y que resumía su interés por el desarrollo
personal a través de las diversas manifestaciones culturales. La literatura y
la música siempre estuvieron presentes en casa, y de él aprendimos además que
es posible cruzar todas las fronteras si se deja un espacio para abrir nuestras
mentes a través de la lectura.
El buen humor de papá era legendario. Nada mejor que oírlo narrar sus
historias, interrumpidas por sus propios espasmos de risa, o sus anécdotas
fantásticas de esa realidad que para muchos parecía macondiana, pero que él
vivió como experiencias cotidianas, como su trabajo en el Asilo de Locas, sus
brigadas de salud por el río Sinú, los recuerdos de su infancia y los de sus
viajes por el mundo. Todos sus alumnos recuerdan la clase de neurofisiología en
la que él hablaba apasionadamente de su fascinación por ese espacio
microscópico que existe entre las neuronas y que permite la transmisión de
impulsos eléctricos gracias al paso de sustancias químicas entre una neurona y
la siguiente, y de cómo su fascinación era tal que quiso darle a su hija el
nombre de ese espacio: Sinapsis. Según él, ante la oposición de mi mamá, tuvo
que contentarse con bautizarla con un nombre que comenzara con la misma letra
del alfabeto: Sonia. Aunque parecía otro de sus cuentos inverosímiles, papá pudo comenzar
su formación como neurofisiólogo en los Institutos Nacionales de Salud en Bethesda, EE.UU., debido a una
coincidencia fatal: se abrió un cupo cuando un estudiante japonés se ahogó en
el río Potomac. Ese accidente permitió el viaje de papá, mamá, Luis y Carlos a
la capital estadounidense, y explica que yo naciera allí.
Una noche, mi papá me enseñó algunos de los nombres de las estrellas que
se veían en el cielo bogotano, que él había aprendido por tradición oral, de
sus amigos y familiares pescadores. De ahí surgió mi afición por la astronomía
y sus dimensiones magníficas. Papá también me introdujo a mi afición por el
arte, y sé que mis hermanos terminamos con ese gusto por su influencia. Quienes
conocen los bordados de mamá saben que no exagero al decir que en casa siempre
estuvimos expuestos a la sensibilidad por el arte.
Todos sus hijos somos aficionados a la música en sus diferentes
manifestaciones, desde los gaiteros de San Jacinto a los cuartetos de
Beethoven, pasando por el amplio espectro del Jazz. En sus viajes, nos
sorprendía con sus regalos de discos de vinilo de nuestros grupos de rock
progresivo británico favoritos, que él había aprendido a reconocer y
disfrutar. Algunos de sus hijos también
terminamos siendo muy buenos fotógrafos, gracias a sus lecciones prácticas sobre
el uso de los lentes y la exposición fotográfica. Muchos años después de esas
primeras “salidas de campo” en las que mi padre me enseñaba trucos
fotográficos, supe que él había tenido lecciones similares de uno de los
grandes de la fotografía en Colombia, que resultó ser su vecino en uno de sus
primeros consultorios en el centro de la ciudad, nada menos que Leo Matiz. Nunca olvidaré las sesiones en el
cuarto oscuro que teníamos en casa, ni la primera vez que vi la magia de la
aparición de una imagen en una hoja sumergida en la bandeja de revelado. Mi
afición por la fotografía influyó definitivamente en mi escogencia de la
especialidad que es hoy mi forma de vida, la radiología.
Arturo Morillo deja un legado de sabiduría para la medicina del país,
para las neurociencias y para la formación médica y el pensamiento científico.
Su legado es también el de un hombre de bien, esposo, padre, amigo y ciudadano
ejemplar, cuya memoria perdurará en las generaciones que fuimos tocados por él.
Mi padre también me dió el interés que tengo por las palabras. Los
diccionarios en casa eran para mí libros mágicos, que contenían los más
maravillosos secretos acerca de nuestra más elegante forma de comunicación. En
un cumpleaños, papá me regaló una vez un libro sobre etimología, que ocupa un
lugar muy especial en mi extensa colección de diccionarios y libros de
lingüística. En su dedicatoria, escribió: “Para Anibacho, mi hijo de más
vocabulario y menos palabras y quizá más sabiduría.”
Hoy no encuentro todas las palabras que quisiera decir, y que podría
resumir en dos:
Gracias, papá.
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