lunes, 19 de agosto de 2019
Una década de viajes por las letras
Un año más de lecturas, pero
en este caso uno que representa un motivo de celebración. Celebramos el
hecho de que comenzamos estos viajes hace diez años. Diez años de
camaradería, dos lustros de amistad, mas de un centenar de libros, aparte
de las lecturas que cada cual haya querido o tenido que enfrentar por su
cuenta. En esta ocasión, completamos diez años con este club de lectura,
un espacio atesorado al que siempre miramos con anhelo.
Este último año de lecturas
lo comenzamos con Las noches, de Gerard Reve. Se trata de un
monólogo que puede resultar difícil de seguir, especialmente por el tono
del narrador, un joven que lleva una vida monótona y tediosa. Publicada en
1947, sabemos que está ambientada en la Holanda de la posguerra, aunque no
hay muchas referencias directas a ese conflicto bélico. Frits, el
protagonista, trabaja en una oficina, sin que parezca importarle su trabajo,
del cual no sabemos nada. Vive con sus padres, hecho que no le satisface,
y tiene algunos amigos, con quienes tampoco disfruta de una vida que se
hace aún mas aburrida en los diez últimos días del año, tiempo en el que
se centra la historia. La novela describe sus momentos de ocio, lo agobiante
que le resulta la compañía de otros y el poco o ningún interés que le suscita
el paso del tiempo. Si los días carecen de emociones, en las noches se
encuentra con sus amigos, con quienes entabla conversaciones insulsas que
tampoco llevan a ningún lado. Frits es un personaje que me recordó al indigerible
protagonista de La conjura de los necios. Reve deconstruye el sentido
de una vida sin entusiasmo ni esperanza, que parece ser la vida común de
muchos de los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial. El tiempo pasa
de manera lenta y agobiante, y el autor logra plasmar esa desesperanza con su
narración de una cotidianidad asfixiante. Los días son cortos, las noches
las pasa con amigos igual de aburridos. Tedio parece ser la palabra clave para
este libro.
Nuestro siguiente salto fue
hacia una novela que marcó un hito en la narrativa contemporánea: Rayuela,
de Julio Cortázar. Descrita como un artefacto literario, sin duda se trata de
una muestra de ingenio y erudición, en la cual el lector es presentado con un
texto que puede leerse de varias maneras. Una opción es la mas «natural»,
seguir el orden de las páginas según su numeración hasta el punto en que se
anuncia, con asteriscos, que el resto del libro está compuesto por
capítulos «prescindibles», los que simplemente no hace falta leer, lo
cual parece extraño, pero no deja de ser una idea novedosa. La otra opción
de lectura es un juego de saltos, precisamente como la rayuela, donde el
autor sugiere un orden distinto, de acuerdo a un manual de instrucciones o
«tablero de dirección», según el cual el libro comienza en el capítulo 73 y
sigue una secuencia que da cuenta del dominio del escritor sobre su texto, el
cual también tiene sentido cuando se sigue la hoja de ruta «alterna». En este
juego de lectura, como en la rayuela, se salta y se cae en todos los cuadros,
excepto en uno, seguramente el capítulo donde ha caído la piedra o tejo
que da sentido al juego mismo. Como muchos autores que hemos leído,
Cortázar cae en temas personales, que elabora sin que necesariamente se entienda
a dónde van. La novela narra una historia de amor de una pareja incompatible
que convive en la ciudad de París. Como otros narradores, Cortázar también
hace que esta ciudad sea a la vez entorno y protagonista de su narración,
en la cual se destaca la pulcritud del lenguaje, además de la posibilidad de
inventar un lenguaje propio, sin que haga falta un diccionario español –
gíglico, aunque en ocasiones los retruécanos parecen excesivos. Incluso en la tabla
de dirección hay «paradas» que simplemente son notas de pie de página,
como las que se esperan en textos académicos más que en las obras de
ficción. Cortázar domina la palabra y presenta un «modelo para armar» en
el que involucra al lector, mucho antes de que se pensara siquiera en que
habría sistemas completos de interacción entre un lector y una lectura. En
palabras de Gabriel García Márquez, Cortázar poseía un «humor peligroso, una
erudición viva, una memoria milimétrica, lo que hizo de él un intelectual de
los grandes». Un juego infantil convertido en una obra maestra de la
literatura.
Nuestra siguiente parada fue
una crónica novelada y bien narrada de los poderes ocultos – y de aquellos no
tan ocultos – que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Se trata de El
orden del día, de Éric Vuillard. Sin duda, parece más un texto
histórico que una novela, en la que se describen crudamente algunos secretos de
esa guerra. Cuenta cómo los industriales mas poderosos participaron en el
ascenso de Hitler y financiaron su campaña electoral, por supuesto, a cambio de
beneficios como el acceso a mano de obra barata para sus fábricas. Es
impresionante la descripción de la «conciencia colectiva» de quienes se dieron
cuenta de lo que venía y terminó en una ola de suicidios de personas comunes y
corrientes, las mismas a quienes se dirigían los productos cotidianos de
estos empresarios. En medio de esta crudeza, Vuillard mantiene un toque de
humor, al describir episodios como la esperada entrada triunfal de Hitler
a Austria, opacada por las averías de su caravana de lujosos coches y
poderosos tanques. Una interesante manera de presentar la historia.
De allí pasamos a una impecable narración, La lluvia antes de caer, del
escritor inglés Jonathan Coe. La trama comienza con la muerte de Rosamund, y
con una herencia que debe repartirse en tres partes iguales. Dos tercios serán
para una sobrina de la fallecida y su hermano, el otro tercio para una chica
ciega llamada Imogen, de quien sólo quedaba el recuerdo de haberla conocido
vagamente muchos años atrás. En casa de Rosamund aparecen unas cintas de
casete dirigidas a esta tercera heredera, con una nota en la que autoriza a su
sobrina a escuchar las grabaciones si no encuentra a Imogen, su
destinataria original. El hilo conductor es entonces la voz de la fallecida Rosamund. En un
original giro de los acontecimientos, Rosamund describe detalladamente
veinte fotografías que escogió para Imogen. Al dirigir su narración a una
joven invidente, Rosamund hace más que describir unas imágenes: cuenta
la historia de su familia, a la vez que revela secretos poderosos que
encajan como las piezas de un rompecabezas cuyo desenlace resulta
sorprendente. Jonathan Coe asume la voz femenina para construir una
historia de tres generaciones de madres e hijas, una verdadera saga familiar
con ingredientes de misterio y de afecto ambivalente. Una narración intrigante
e impecable.
Cambiamos entonces de tercio
y de continente, con la opera prima de una argentina octogenaria, Aurora
Venturini. Su novela Las primas es, sin
duda, una narración poderosa y original. Su protagonista es Yuna, una
mujer que sufre de un retardo mental limítrofe, pero que muestra mayor
capacidad de introspección que los demás personajes de la historia. Yuna es una
joven de mirada infantil pero muy perceptiva. A medida que cuenta su historia,
Yuna adquiere cada vez mayor dominio y comprensión del lenguaje que usa para
expresarse y para comprender a los demás. Tiene además un talento
especial para las artes plásticas. Sus obras pictóricas y su mirada de las
relaciones personales y familiares hacen sospechar que más que tener una
condición mental desventajosa, ha sido encasillada en una condición de
supuesta discapacidad. De las cuatro primas subnormales, la protagonista
sobresale en medio de una familia disfuncional y rencorosa. El recurso de la
autora de usar la construcción gramatical para demostrar la limitación de
la protagonista para comunicarse es sencillamente genial. Me hizo recordar a
personajes ya leídos, como Mary, narradora y protagonista de El color de la
leche, de Nell Lyshon. La historia es cruda, pero mantiene un tomo de
humor negro que atrapa al lector.
El siguiente libro es
descrito en su contraportada como «un manual de antipsiquiatría para aquellos
que sienten de verdad y que viven con pasión». Setecientos millones de
rinocerontes, de Manuel Vilas, no es nada de eso. Se trata de una
narración ecléctica, en la que un supuesto psicoterapeuta, llamado
Cristóbal Colón (aparentemente, esta es una muestra del elevado sentido
del humor del autor), describe las historias variopintas de algunos de sus
pacientes. A falta de un hilo conductor que pueda darle un sentido de
continuidad a esta obra, el autor se inventa una analogía ingenua,
reiterativa y nada convincente: todos somos rinocerontes, la vida es un
rinoceronte, la condición humana es un cuadrúpedo acorazado unicorne o bicorne.
La metáfora es floja, y no tiene mayor significado, a la vez que puede
significar cualquier cosa, cualquier vida, cualquier tipo de relación. En un
momento dado, después de haber leído hasta el cansancio la referencia a
los «setecientos millones de rinocerontes», que somos todos o ninguno, quise
prometerme que arrojaría el libro al fuego a la siguiente mención de ese
número, también sin fundamento (¿setecientos millones de rinocerontes
resplandecientes?). Un par de páginas después decidí no quemar el libro,
principalmente porque la mayoría de mis lecturas las completo en formato
electrónico en mi tableta, que no merecía esa suerte. Incinerarla habría
sido un desperdicio, ¿un rinoceronte? Confieso que escogí y propuse esta
lectura con base en la descripción engañosa
de la contraportada, y en
el hecho de que este extraño mamífero me resulta especialmente fascinante.
Sospecho que es el mismo Vilas quien escribe la reseña que dice «Manuel Vilas retrata en este libro la excepcionalidad de la mente
del hombre moderno y transmite, con acrobacias imposibles, plenas de fantasía,
que la elección más sugerente siempre es el trastorno.» Baso mi suposición en el frecuente uso de parte del autor
del recurso de automencionarse con cambios ingenuos en su nombre. Aunque
para algunos esta puede ser una muestra de cómo Vilas «hace gala de su
humor del absurdo», para mí resultó una muestra de excesivo narcisismo. Rescato
el hecho de que algunas historias tienen giros interesantes y descripciones
bien logradas y con pulcritud en el uso del idioma, y otros relatos usan
personajes de la historia del rock, por ejemplo, con buenos resultados.
Pero también desembocan en ese lugar común, un animal magnífico, que aparece de
la nada, como una explicación traída de los cabellos para un fenómeno
cualquiera, para todos los setecientos millones de cosas resplandecientes que a
uno se le ocurran.
Seguimos con La intrusa, de Éric Faye. Una muy
interesante historia de una huésped inesperada en casa de un hombre solitario.
El autor francés logra describir muy bien el estoicismo japonés y la soledad de
los personajes. Se supone que la historia se basa en un hecho real, en el
que un hombre descubre que hay una intrusa que vive en un armario en su
casa. En el relato, el dueño de casa confirma que ella lleva un año
viviendo allí, pero solo la descubre cuando comienza a notar pequeños
detalles que le sugieren su presencia. Además de las dos narraciones que
se hacen desde el punto de vista de cada uno de los dos implicados, hay
momentos en que aparece un tercer narrador, omnisciente, para enmarcar el
contexto. Este recurso literario funciona bien para Faye, la trama fluye
sin que estos narradores interfieran con la historia. Es curioso que el
título original de la obra, Nagasaki, que no permite inferir nada acerca
de la obra, haya sido traducido al español como La Intrusa, un
título que revela parte de esta historia. La novela es breve e ingeniosa, y la
relación entre los dos personajes es también breve, pero intensa, a pesar de
que en realidad no llegan a compartir sus vidas, sino un espacio común. Hay
aspectos que quedan en la intriga: el intervalo de ocho años que corresponde a
la diferencia de edad entre ellos dos y al tiempo que para ella fue
importante esa misma casa cuando era niña; cuánto de esta intrusión fue un plan
premeditado, o si ambos podrían finalmente reencontrarse.
Cerramos este año, y este
ciclo de una década de tertulias, con una novela que también ha sido
considerada icónica para la literatura moderna, Cien años de
soledad, de Gabriel García Márquez. Trata de la épica narración de la familia Buendía a través de
todas sus generaciones, hasta el fin de la estirpe. Enmarcada en el
contexto del llamado realismo mágico, y citada como uno de sus mejores
ejemplos, la narración es, sin duda, muy interesante, llena de
descripciones adjetivadas que en ocasiones parecen exageradas. En medio de
estas descripciones, se entrelazan aspectos de la violenta realidad nacional,
así como aventuras y situaciones inverosímiles, magias, hechizos, apariciones
fantasmales, historias de gitanos o, simplemente, hechos cotidianos pero
sorprendentes, como pudo serlo la primera visión de un bloque de hielo en
ese pueblo recóndito, Macondo, cuyo nombre se ha usado como adjetivo que puede
ser sinónimo de lo inverosímil y lo fantástico. En palabras de Julio
Cortázar, «Hacía mucho tiempo que no encontraba una prosa tan viva, tan
fabulosamente inventiva.» Como hemos descubierto en tantas otras novelas,
puede ser difícil seguir el hilo de los saltos en el tiempo
que caracterizan a este
relato. El autor escoge las palabras y los rumbos que quiere, así, cada
novela es una expresión personal, y cada narración puede ser entendida o
no por sus interlocutores. Para algunos, el realismo mágico es de una
dificultad insostenible, pero para otros, es un juego divertidísimo. Para el
crítico literario chileno Hernán Díaz Arrieta, la frase con que comienza la
novela de García Márquez «junta en una misma frase un pretérito desconocido,
después de un presente incógnito y frente a un futuro que mas tarde se
recordará.» Se acerca el
final de esta reseña, pero sin que haya ningún asomo de nostalgia. Como en mis
otros intentos de relatoría, sé que habrá muchas otras páginas para leer
juntos. En nuestro grupo de amigos lectores, en cada nueva reunión encontraremos
nuevos mundos e iniciaremos nuevos viajes. Algunos más tendrán que irse,
otros llegarán, y otros más regresarán a este club de puertas –y hojas–
abiertas. Esta certeza es la que nos ha sostenido todo este tiempo, y la que
nos servirá de sustento para enfrentarnos con pasión a los nuevos rumbos
literarios que nos esperan.
P.S.: Recopilé las
reseñas de estos diez años en un documento con el que pretendo rendir
homenaje a la amistad a través de las letras:
martes, 16 de octubre de 2018
Tiempo de nuevas lecturas
Un nuevo año de lecturas, algunas de
ellas, para mi gusto, no tan afortunadas como en años anteriores, pero
lecturas, al fin y al cabo, que nos permiten viajar por mundos distintos y
abrir las puertas de la imaginación.
En una lectura de las tertulias del
año anterior, La biblioteca de los libros
rechazados, encontramos la referencia al primer libro que abordamos en esta
ocasión, pues parecía una obra muy interesante. Se trata de La conjura de los necios, del
estadounidense John Kennedy Toole. Según aprendimos, el autor no logró que su
libro fuera publicado mientras vivió. Se suicidó a sus 32 años; al parecer, el
sentirse un escritor frustrado contribuyó a su fin. Fue la madre del autor
quien, luego de mas 20 años de perseverante insistencia, convenció a una
editorial universitaria para que lo editara. El libro alcanzó un gran éxito y
fue galardonado con un premio Pulitzer. El autor fue comparado con grandes
escritores, de la talla de Cervantes, Dickens, Swift y otros. Una trama que se
centra en un desagradable personaje, que es un vividor, un vago oportunista y
un abusador que se aprovecha de cualquier persona o situación, quien vive en un
mundo de excéntricos con quienes también resulta difícil lograr empatía.
Difícil también entender porqué el protagonista fue elevado a la categoría de
héroe, comparando su despreciable personalidad con la genialidad de El Quijote.
Quizá su carácter autobiográfico hizo que nadie quisiera publicar su obra y
quizá su éxito refleje algún lado sórdido de la sociedad que lo acepta y
enaltece. Para algunos, una obra maestra, imprescindible, inevitable. En mi
caso, no causó esa impresión. Ni de lejos.
La siguiente lectura fue Bajo el árbol
de los toraya,
del francés Philip Claudel, un autor ya conocido en nuestra tertulia, quien no
nos defraudó con su relato alrededor del afecto y de la historia de la pérdida
de un ser querido. El protagonista es un cineasta anónimo, lo que sugiere un
carácter autobiográfico de esta obra, al ser Claudel mismo un cineasta. En la
novela, su mejor amigo y productor enferma de cáncer y muere en el curso de un
año. Los ritos funerarios del pueblo indonesio al que hace referencia el título
pueden durar varios años. El libro parece ser un homenaje póstumo a la pérdida
de su amigo, con una reflexión profunda sobre la vida, los intentos vanos por
prolongarla o por aparentar que no la perdemos día a día, y sobre el amor, el
fraternal, el de pareja y el que está implícito en la amistad. Un breve e
intimista relato que aborda los misterios de la vida y la muerte a través de la
mitología de un pueblo lejano y los recuerdos de las muertes de algunos
conocidos, así como de las esperanzas que se tejen alrededor de una nueva
relación.
Nuestra siguiente lectura nos atrajo
porque fue vendida como una historia reveladora acerca de la vida del último
presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Se trata de La decadencia de Nerón Golden, del
autor de origen indio Salman Rushdie. Una historia larga, algo tediosa, en la
que no es fácil encontrar una relación entre el personaje principal, un magnate
de oscuro pasado (y de origen indio) y la vida del actual presidente. El
narrador, además de omnisapiente, en ocasiones parece prepotente. El patriarca
de la historia es un personaje difícil de asimilar, y hay muchos personajes que
no parecen bien desarrollados o cuyo papel en la trama no es claro. Aunque hay
una crítica tangencial al resultado de la elección del presidente de marras,
tratar de vender esta novela como una revelación importante acerca de la vida
de ese presidente parece ser un truco de publicidad engañosa. El «ascenso del Joker» luego de la presidencia de Barack
Obama tampoco es un tema que sea tratado con suficiente profundidad como para
considerarlo como una revelación sobre el presidente Trump. Hay duras críticas
a la sociedad norteamericana y a algunos de los valores de la sociedad moderna,
sean o no de ese país. En su extenso relato, Rushdie también reflexiona sobre
temas diversos, como los intereses económicos de las personas y sus posibles
consecuencias, personificados en Vasilisa, la nueva esposa-bruja del
multimillonario y septuagenario Nerón Golden (Baba Yaga es una bruja del folclor ruso, una anciana que vive en el
bosque y engaña a sus visitantes para comérselos. Una de las más famosas
historias de Baba Yaga es el relato
de Vasilisa la Hermosa, quien logra
superar las pruebas de la anciana para librarse de su abusadora familia
adoptiva y terminar casándose con el Zar). Los tres hijos de Nerón son tres
ejemplos de crisis existenciales distintas, incluyendo la de identidad de
género, que desembocan en diferentes catástrofes familiares o personales, con
un final incendiario que recuerda al del emperador romano, con algunos matices
poco creíbles en esta historia llena de referentes que no son del todo claros.
Seguimos con una colección de relatos
breves, Pájaros en la Boca, de
Samanta Schweblin. La autora es una joven argentina radicada en Alemania, que
ha surgido recientemente por haber obtenido diversos reconocimientos en su
género preferido, el cuento. Precisamente,
esta es una recopilación de cuentos, la mayoría de los cuales están ambientados
en Argentina, tanto en los pueblos del interior del país como en la ciudad de
Buenos Aires. Sus relatos son acerca de la extrañeza, manejada en forma tan
natural, que sus personajes no parecen afectarse por las situaciones irreales a
las que se enfrentan. Schweblin camina en una cuerda floja tendida entre lo
real y lo fantástico. En ocasiones se balancea hacia lo imposible, y regresa
pendularmente hacia una vida que parece común y corriente, a pesar de las
escenas casi surrealistas que enfrentan sus personajes. La dimensión de la
incertidumbre en su narración es tal, que en algunos de sus relatos es difícil
seguirla. Tanto, que a veces parece excesiva su fascinación por lo inverosímil.
Aunque es una cuentista sorprendente y detallista, esa tendencia a mantenerse cerca
de la frontera entre lo aceptable y lo que no lo es, puede hacer que algunos de
sus lectores desistan en su intento por seguirla.
De Kader Abdollah, un físico iraní
exiliado en Holanda y también conocido de nuestras tertulias, El reflejo de las palabras, un relato centrado
en la historia reciente de Irán en la época del dominio del tirano Shah, quien
a la postre tuvo que exiliarse para dar paso a otro régimen caracterizado por
los excesos contra la población, el del líder religioso ayatola Jomeini. La
novela cuenta de las dificultades para la comunicación que hay en las
relaciones humanas. En este caso, entre un padre sordomudo y su hijo. Cuando
niño, su tío tuvo la idea de que la mejor manera de hacerle pasar el tiempo fue
llevarlo a unas cuevas antiguas cuyas paredes estaban llenas de una de las
primeras formas de comunicación escrita, la cuneiforme. Se supone que el niño
sordomudo aprendió y descifró ese lenguaje e hizo extensas anotaciones en un cuaderno,
anotaciones que solo él puede comprender. Este interesante hilo resulta al
final algo inverosímil, pues muchos años después, su hijo, cuando ya no cuenta
con su padre para intentar comunicarse con él, emprende la tarea de traducir el
diario del padre, plasmado en un cuaderno en su versión de escritura cuneiforme.
Evidentemente, una tarea que solo puede funcionar como recurso literario, pues
sin su padre cualquier interpretación sería personal, como la que su padre hizo
de esa escritura cuneiforme cuando era joven. El momento histórico narrado
presenta algunas interesantes revelaciones acerca de un país distante para
nosotros. El complejo asunto de la comunicación, agravado por la limitación del
padre para comprender un mundo que no oye y con el que no puede hablar, es
tratado con sutileza e imaginación, mientras los personajes discurren en los
enredos de una situación política que afecta a toda la familia, hasta el punto
en que el hijo debe huir de su país. Es el hijo quien debe dejar atrás a su
padre, y es el padre quien decide quedarse en el único mundo que alcanza a
comprender a pesar de sus limitaciones para comunicarse con él. En este caso
«él» es su país, su entorno, su familia, su hijo. A partir de un lenguaje
indescifrable, que carece de interlocutores, como lo es la escritura
cuneiforme, el padre inventa un lenguaje con el que tampoco encuentra
interlocutores. Esas palabras escritas por el padre llegan a su vez al hijo,
que intenta interpretar las palabras que nunca oyó a su padre. La difícil tarea
del hijo es conseguir que el libro hable y descifrar el secreto de esas
palabras.
La siguiente lectura fue El gigante enterrado, del británico de
ascendencia japonesa Kasuo Ishiguro. En esta obra, el tema principal y
recurrente es el olvido. Los recuerdos, que son imprescindibles para todos, se
borran ante la presencia de una neblina fantástica que proviene del aliento de
un dragón hembra. Ambientada en la Inglaterra medieval, donde son posibles los
caballeros, los ogros y otros monstruos que habitan los bosques, la pareja
protagonista emprende un viaje por el olvido, en un intento por recuperar la
memoria de su hijo extraviado, cuya desaparición y aparente exilio fue causado
por eventos que ellos tampoco recuerdan. Su larga travesía en busca de su
propio pasado enfrenta sus miedos y se acompaña de encuentros con personajes de
fábula, algunos de ellos también viajeros, que caminan juntos a lo largo de
partes de los tramos de su búsqueda. Estos personajes disímiles tienen en común
el guardar secretos y cargar con culpas. Según su costumbre de involucrar a sus
lectores, Ishiguro parece dejar algunos espacios para que esos vacíos de la
memoria sean llenados por el lector. Al final, la épica búsqueda es también es
una especie de encuentro consigo mismos.
La siguiente lectura fue una especie
de historia novelada, Hermanos de tinta,
del colombiano Nahum Monnt. Quizá se
pueda describir mejor como un intento de historia de época, que aprovecha un
momento histórico en el cual habría sido posible hacer coincidir a dos grandes
de la literatura, William Shakespeare y Miguel de Cervantes. La obra es
ambientada en Valladolid en el año de 1605, cuando se va a ratificar un tratado
de paz entre los países de estos dos hombres de letras.
Sin embargo, el autor no desarrolla
muy bien a sus personajes, y utiliza recursos poco creíbles para tejer su
historia. Aunque algunos pasajes están bien escritos, muchas de sus
descripciones parecen excesivamente detallistas, sin una clara justificación
para semejante minuciosidad. Al final, no parece necesario que estos dos
personajes tengan que conocerse para el desarrollo de esta historia. Algunas de
las ideas parecen no coincidir con la época y algunos de los aspectos «policíacos»
de la trama resultan tan confusos que el autor parece desaprovechar el intento
de usar las historias paralelas de Cervantes y Shakespeare y no logra hacerlos
«hermanos de tinta» de manera convincente. Así, la contraportada del libro
resulta engañosa, pues describe una historia mejor que la que uno lee.
Con la coincidencia de haber culminado
un proceso electoral en el país, escogimos el Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago, para cerrar nuestro
ciclo anual de lecturas. Después de la frustración que para algunos representó
el resultado de los comicios locales, resultó refrescante leer una novela
políticamente «incorrecta», donde el resultado de unas elecciones resulta en la
prevalencia mayoritaria del voto en blanco.
Es una fantasía sobre el enfrentamiento entre la ciudadanía y el
gobierno, que usa como referente a una epidemia previa sufrida por el mismo
pueblo, la de la ceguera. Dicha epidemia también fue una creación magistral de
Saramago, una década antes de la epidemia de lucidez que afecta a las mismas
personas. De hecho, algunos de los personajes principales son los mismos de la
aventura pasada; en esta ocasión se enfrentan a una maraña burocrática y de
represión policial originada en la imposibilidad de aceptar que toda una
población reacciona en contra del gobierno de turno, manifestando su
inconformidad en masa, sin acuerdos previos ni conspiraciones, que serían la
única explicación posible para los gobernantes, quienes no parecen haber
superado la ceguera. Una dura crítica al estado, a los medios y a la represión
oficial, que se muestra como una protesta en la que todos, o la inmensa
mayoría, están de acuerdo en la necesidad de un cambio que el poder no deja
llegar.
P.S.: Al final de este año de viajes
literarios, dos de nuestros queridos contertulios han emprendido un viaje real
al exterior, que esperamos sea temporal, lleno de éxitos y con feliz regreso. Ya
tendremos ocasión de compartir sus crónicas.
domingo, 10 de septiembre de 2017
Tiempo de lecturas
A un año (casi)
desde la última reseña de libros leídos en el grupo de tertulianos, una nueva
recopilación de los viajes literarios en los que confluimos, y que sirvieron de
excusa para reunirnos.
Comenzamos con
un viejo conocido, el autor colombiano Evelio Rosero, de quien quisimos leer su
primera novela, llamada Juliana los mira. Se trata de la
reedición de un interesante monólogo que parte de la postura de una niña de 10
años y su despertar sexual, enmarcado en un ambiente social que puede
equipararse al de varios países latinoamericanos –quizá otros también– donde hay temas recurrentes como la
infidelidad y la corrupción política y moral. En algunos pasajes, la lectura no
es muy fácil, pues se describe desde la perspectiva infantil, en una forma
creíble de mostrar, a ritmo acelerado,
los vericuetos de la inocencia de la mente de la niña protagonista, que
vive en un entorno privilegiado, que no necesariamente representa al de la
mayoría de las niñas de su edad en un país como el nuestro.
Seguimos con El ruido del tiempo, de Julian
Barnes, que nos trasladó a la rusia de
Stalin. Su presencia en un concierto de Shostakovich intimida al artista, cuya vida
es precisamente la protagonista de la obra. Shostakovich es presentado como un
personaje pusilánime, dominado por el poder estatal, severamente criticado en
la novela. En ocasiones, las descripciones parecen sesgadas hacia el
estereotipo de la rusia stalinista de la guerra fría, vista desde su contraparte
cultural occidental anticomunista.
Para algunos, el
ritmo de la novela imita al de las composiciones de Shostakovich, lo que podría
explicar las dificultades que algunos pueden encontrar en su lectura,
equiparables, quizá, a las que se puedan tener para seguir la música de este
compositor. Según este concepto, es posible que quienes puedan lograr una
lectura más fluída de la novela de Barnes sean aquellos que comprenden o
disfrutan de la música de Shostakovich. Algunos de los tópicos del libro incluyen
el poder y la ironía, así como las posturas, como las de Shostakovich, que no
encuentran forma de luchar en contra de ese poder y se vuelven complacientes y
pasivas, por lo menos en apariencia («la línea de la cobardía era la única que
avanzaba recta y segura en su vida»). Sin embargo, el autor hace explícita su
intención de mostrar a Shostakovich como un personaje, sin que necesariamente
sus reflexiones estén ceñidas a la precisión histórica. De hecho, Barnes
sugiere que, si se quieren conocer los aspectos biográficos del compositor, se
lea a otros autores.
La siguiente
lectura fue una recopilación de relatos de una autora anunciada como
«redescubierta», Lucia Berlin, nacida en el estado de Alaska, con una vida que
la hizo recorrer lugares tan disímiles como México, Chile, los estados de
Arizona y Nuevo México y la ciudad de Nueva York, entre otros. Presentada como
una figura olvidada de la literatura, en parte como treta mercadotécnica, pero
en parte como un hecho cierto, Berlin escribe desde su postura como mujer trabajadora,
quien, a lo largo de su vida ejerció oficios variopintos, como enfermera,
profesora, operadora telefónica y mujer de la limpieza, entre otros.
Precisamente, el título de uno de sus cuentos, y el que se escogió para esta
recopilación, es Manual para mujeres de
la limpieza. Sus relatos son crudos, considerados de autoficción, por
tratarse de eventos que pudieron ser reales o con tinte autobiográfico.
Contienen detalles que a veces parecen sobrar, pero que corresponden a las minucias
personales que ella considera cruciales, con algunos finales que resultan
contundentes y sorpresivos. La autora sufrió de alcoholismo, y sus
descripciones de la cotidianidad son lúgubres, de gran potencia narrativa y de
hechos extraordinarios que hacen difícil discernir la frontera con la ficción.
Se parecen tanto a su realidad, que incluso alguno de sus hijos sugirió que,
por momentos, no le resultaba fácil recordar si lo narrado había sucedido o no.
Después leímos una
reflexión de Maylis de Kerangal, cuyo título fue traducido al español como Lampedusa, pues hace referencia a las
divagaciones de una noche de insomnio alrededor de un hecho trágico, la noticia
del naufragio de unos inmigrantes ilegales africanos cerca de esa isla
italiana. Pero también es el recuerdo de la obra cinematográfica de Luchino
Visconti, la evocación de esa isla en otro contexto político y temporal, y el
recuerdo del protagonista de la película, Burt Lancaster, precisamente un
inmigrante. Usa estos ingredientes tan distintos para hacer símiles acerca de
la escritura y del naufragio personal que representa el hecho de que la
narradora también es extranjera en esta isla. El título original de la obra es
una frase recurrente: en este punto de la
noche, frase que usa para comenzar casi cada capítulo a lo largo del insomnio
que le produce la crisis del naufragio de los inmigrantes que aspiraban a un
futuro en un viaje que termina en lo menos esperanzador: la muerte. El dolor de saber que hay más de trescientos
anónimos cerca de las playas de la isla a donde ella logró emigrar, lo resalta
con la importancia que le da el ponerle nombres, no números, a las cosas y a
las personas.
La siguiente
novela también ha sido considerada semiautobiográfica, pues el padre del autor,
Hisham Matar, un millonario activista en contra del régimen de Muamar al Gadafi
en Libia, desapareció en El Cairo y fue apresado, sin que se supiera, por
muchos años, si estaba vivo o no. Historia
de una desaparición narra una situación similar, de unos exiliados iraquíes
en París, que luego se trasladan a Egipto, en una situación política que no es
muy clara, pero cuyos detalles no son estrictamente necesarios para la
narración. La ausencia es el tema central, contado por un niño cuya madre ha
fallecido en medio de una melancolía cuya causa no es descrita claramente, en
circunstancias que resultan confusas para el narrador, pero que lo marcan
definitivamente. Nuri, el niño, ha sido cuidado fervorosamente por una
sirvienta mucho mas cercana a él de lo que alcanza a imaginar. Él describe la
sensación de sentirse traicionado, tanto por su padre, como por su nueva
esposa, de quien Nuri se había enamorado desde que la vió por primera vez. En
un giro inesperado de la historia, Nuri
se entera de la desaparición de su padre, y él y su madrastra descubren
que llevaba una vida paralela, y que tenía una amante, con quien estaba en el
momento de ser secuestrado en Suiza. La historia de una familia y sus
sufrimientos se convierte entonces en una historia con visos detectivescos. Un
relato de pérdidas y de desesperanza, así como de ausencias que modelan las
vidas de los que quedan.
La siguiente
lectura fue La séptima función del
lenguaje de Laurent Binet. Alrededor
del hecho cierto de la muerte del crítico y teórico Roland Barthes, quien fuera
atropellado por una camioneta en las calles de París después de un encuentro de
matíz político entre él y François Mitterrand, Binet propone una teoría de
conspiración, según la cual esa muerte pudo no ser accidental. Se trata de un texto
de gran profundidad literaria, que puede parecer pretencioso, pero cuyo hilo se puede seguir,
aún sin conocer los detalles políticos del momento o las profundidades
lingüísticas y filosóficas de los personajes involucrados. Se encuentran en el
mismo texto diferentes niveles de lectura, que permiten a los conocedores y a
los legos disfrutarlo, a pesar de que, por momentos, los recursos retóricos
puedan parecer excesivos, como claramente le parecen al detective Bayard,
encargado de investigar la posible conspiración. El detective, a quien los
lingüistas y filósofos le parecen megalómanos inalcanzables e insoportables, se
asocia para esta investigación con un académico, en una trama matizada con
humor -cotidiano y elevado- que revela las profundidades de una teoría del
lenguaje, según la cual se puede lograr un poder inimaginable a través de las
palabras, con las que se puede convencer a las masas «de cualquier cosa en
cualquier circunstancia».
De Ignacio Gómez
Dávila, leímos Viernes 9, un relato
de tinte histórico y costumbrista que describe el ambiente de El Bogotazo, nombre con el que se conoce
a la revuelta popular del 9 de abril de 1948, como consecuencia del asesinato
del líder político liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán. La historia se teje
alrededor de un comerciante pudiente, inconforme con su vida familiar, a la que
piensa dejar para huír en compañía de su amante. La circunstancia especial e
impredecible es que el día planeado para su escape coincide con el de la
violencia surgida a partir de la muerte del político. La historia no está muy
bien lograda. El estilo literario es pobre, las dudas filosóficas del
protagonista no son convincentes y su cambio de actitud frente a los hechos
tampoco parece muy creíble. Los personajes no son bien caracterizados y la
historia de amor resulta superflua. Quizá se rescata únicamente lo interesante
de la descripción del recorrido por las calles en llamas en medio de una
multitud enardecida, aunque incluso en esta narración se encuentren situaciones
que parecen inverosímiles.
De la Bogotá de
1948 volvimos al admirado y conocido autor colombiano Evelio Rosero, de quien
pudimos conocer el avance del primer capitulo de su última novela, que nos motivó
a leer Toño Ciruelo.
Se trata de la
historia de un personaje que para muchos lectores puede parecerse a alguien
conocido, hasta el punto de que, por momentos, puede corresponder a la
descripción de algún criminal reseñado en las noticias locales o tener asidero
en hechos reales. La narración es creíble, aunque tiene fragmentos difíciles de
seguir, especialmente cuando entra en la mente del sicópata, o en aquellos
momentos en los que el amigo es más un enemigo y se entrecruzan los momentos de
admiración y repulsión por Toño Ciruelo. El personaje que da el título a la
obra es también presentado como una duplicidad, ya que su voz sólo se oye a
través de la del narrador, quien también tiene dudas divergentes acerca de sus
sentimientos. Contiene algunos apartes que, para algunos, evocan al realismo
mágico por su exageración, pero, en general, la narración es intensa y obliga a
seguir adelante. Sorprende, eso sí, que un escritor tan prolijo haya dejado
errores de puntuación que no aportan al texto, como el hecho de no usar los
signos de interrogación de apertura, lo cual además fue permitido por la
editorial que los publica.
De otro viejo
conocido, el español Arturo Pérez
Reverte, leímos El francotirador
paciente, una obra que ha sido
criticada negativamente y que ha
sido considerada superflua y distante de la erudición y profundidad a la que
nos ha acostumbrado el autor. Llama la atención su capacidad de cambiar de voz
y de estilo, pero también el hecho de presentar una historia interesante, que,
como en otras de sus novelas, tiene visos detectivescos y de aventura. Se trata
de un relato acerca de la tradición de los grafiteros, que muestra aspectos,
probablemente desconocidos para la mayoría de lectores, acerca de esta manifestación cultural urbana.
Sin embargo, la voz femenina de la narradora no es convincente, como tampoco lo
es el hecho de que ella parece superdotada y de que logra su cometido a pesar
de enfrentarse a antagonistas que, en una versión más realista, difícilmente habrían sido vencidos, así como
otros que, en un mundo veraz, quizá no la hubiesen acogido como lo hicieron.
Otro autor que sorprende, pues después de leer obras suyas centradas en la
precisión y elegancia del lenguaje, usa un estilo pobre, con anglicismos y
giros que no parecen suyos. Algunos de los personajes de esta historia no
quedaron bien desarrollados. Aunque hay momentos
en los que la narración es ágil y vertiginosa, algunos de estos momentos
corresponden a hechos inverosímiles, de aquellos que sólo parecen funcionar en
algunas producciones cinematográficas de héroes poco convincentes. Hay muchos
estereotipos que parecen sesgados y el fin último de la periodista que
investiga y persigue al grafitero más famoso y escurridizo de Europa tampoco es
convincente, tanto por lo sorprendente como por su desenlace.
Por último,
cerramos el ciclo con La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos, un libro sobre
libros, en el cual sorprenden gratamente las alusiones a lecturas previas,
propias o del grupo. Es la historia de varios
personajes interesantes, que resultan coprotagonistas de una trama en la que se
trata de descubrir el verdadero autor de una novela muy exitosa que aparece
enterrada en una pequeña biblioteca destinada a contener volúmenes que no
merecen ser leídos. Esa biblioteca, ubicada geográficamente en la bretaña
francesa, se inspiró en una biblioteca real, que a su vez se basó en una
biblioteca ficticia. El escritor norteamericano Richard Brautigan escribió en
1971 una novela en la que hizo referencia a una biblioteca donde los autores que nunca habían sido
publicados podían llevar sus manuscritos y dejarlos en estantes que nunca serían
visitados. Unos veinte años después, inspirada en esa historia, sería creada la
Biblioteca Brautigan, en el estado de Vermont, en EE.UU., la cual promovía la
remisión de manuscritos inéditos, pero, en
este caso, permitía el acceso del público a esos manuscritos. Por cuestiones
financieras, la Biblioteca Brautigan fue cerrada en 2005, y los manuscritos
fueron almacenados durante cinco años, cuando fue trasladada al estado de
Washington, EE.UU., donde aún funciona. Los libros de la Biblioteca Brautigan
eran sostenidos en los estantes por frascos de mayonesa (según se dice, una de las palabras favoritas
de Brautigan) y eran clasificados por
temas como Amor, Aventura, Guerra y Paz, Humor, Vida Callejera, Significado de
la Vida, Futuro, y otros, en un sistema arbirario de archivo conocido como el
Sistema Mayonesa.
La historia
presentada por Foenkinos es original y divertida, en ella se teje un misterio
literario que evoca obras que hemos leído y que han sido encumbradas por las
tretas del mercadeo…
domingo, 3 de septiembre de 2017
De lo salvaje, silvestre o común y corriente y otros amigos que no lo son tanto.
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La expresión española «común y silvestre»
hace referencia a algo común y corriente, algo que no se sale de lo habitual y
que, en el caso de describir una enfermedad, se refiere a una presentación
clásica de la misma.
Podría equipararse a la expresión inglesa
garden variety, que se usa para
describir enfermedades que nada tienen que ver con los jardines, ni en su
origen ni en su fisiopatología. Una garden
variety pneumonia, entonces, no sería una neumonía adquirida en un jardín,
ni relacionada de ninguna manera con el polen o con las plantas, ni con la
ocupación del enfermo que la adquiere, sino, simplemente, una neumonía clásica,
común, o «común y silvestre», aunque esta última expresión sería demasiado
coloquial como para anotarla en un informe médico.
Caso similar es el de las formas
fenotípicas habituales, que resultan en la manifestación de la expresión de un
gen, que se describen en inglés como wild-type,
en contraposición a una mutación genética, o a una variación en un gen. Estas
expresiones no son «salvajes», sino naturales, sin mutaciones. Así, un wild-type gen sería un gen natural, o un gen sin mutaciones, tal y como
existen cepas «naturales» o «de referencia», que no tienen nada de salvaje.
Es un ejemplo clásico, común y silvestre,
de lo que se conoce en traducción como un falso amigo, una expresión en una
lengua extranjera que se parece mucho a otra de la lengua propia, pero que no
son intercambiables. En esta página he mencionado el ejemplo del francés bizarre, que no se traduce al español
como «raro», o el del inglés severe,
que también es erróneo traducir como «severo».
Más recientemente, una reseña del «ojo del toro» como una traducción errónea de la diana...
sábado, 8 de octubre de 2016
Lo leído, ¿quién nos lo quita?
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Lo leído, ¿quién nos lo quita?
Lo leído:
Intimidad de Hanif Kureishi
Los Niños de Carolina Sanín
La Carroza de Bolívar de Evelio Rosero
La Pasión Según G.H. de Clarice Lispector
El Libro de las Ilusiones de Paul Auster
La Guerra Perdida del Indio Lorenzo de Rafael Baena
Así Empieza lo Malo de Javier Marías
La Cena de Herman Koch
La Amiga Estupenda de Elena Ferrante
Hombres Buenos de Arturo Pérez Reverte
Homero, Ilíada de Alessandro Baricco
El Viaje de las Botellas Vacías de Kader Abdollah
Lo que no nos pueden quitar:
Comenzamos con una obra de un inglés de ascendencia pakistaní, Hanif
Kureishi, titulada Intimidad. Kureishi nos ofrece ofrece un relato crudo,
incorrecto, realista y sin disimulos ni cuidado con lo que se expresa,
alrededor de la idea de un abandono. Un personaje inmaduro, escritor y
guionista cinematográfico, decide abandonar una relación familiar en busca de
un supuesto progreso personal. El relato llega a ser reiterativo, quizá como el
reflejo de las vueltas que el personaje le da en su cabeza a la dudosa convicción
de que debe abandonar a su esposa e hijos. Comienza de manera intensa, pero a
medida que el personaje reflexiona acerca de su impulso, quizá con los matices
de la culpa y la inmadurez de su decisión, el narrador comienza a enredarse en
detalles innecesarios o irrelevantes para la historia. Como su nombre lo
indica, se trata de un relato íntimo cuyo desarrollo es lento, reflejo de la
insatisfacción y la rutina agobiante en que supone que se ha convertido su
propia vida.
Pasamos a la lectura de Los
Niños, de la escritora, columnista y profesora de literatura bogotana, Carolina
Sanín. Sanín nos presenta una historia extraña, a la que es difícil seguirle el
hilo, quizá porque no lo tiene. Nos muestra la soledad de una mujer mezclada
con la soledad de un niño que aparece de manera misteriosa y poco creíble en su
vida, con los esfuerzos de ella por imponer una relación sin que parezca tener
las herramientas para entablarla. En algunos aspectos parece tener sustento en
una investigación superficial acerca de los procesos burocráticos relacionados
con la adopción en Colombia, pero en otros aspectos la escritura resulta pobre
y sin adecuado desarrollo. Hace una referencia a Moby Dick que parece, a lo sumo, tangencial, pero a la vez parece suponer
que sus lectores deben haber estudiado a Melville en profundidad. Sorprenden
las reseñas tan elogiosas para un relato que a veces se pierde en sueños o
alucinaciones personales que en nada aportan a la historia, y que haya sido
comparada con un cuadro de Hopper por su supuesta representación de la
contemplación personal. Aunque se espera que todo libro tenga sesgos personales
del autor, cuando proliferan los detalles que no parecen necesarios o creíbles,
la historia pierde rumbo e interés. El libro puede ser el reflejo de los
momentos de lucidez o confusión de la autora. En él se encuentran pasajes de
difícil comprensión, mezclados con algunos fragmentos bien contados, pero que
resultan en una historia que no satisface ni deja mucho en este lector.
Seguimos con otro bogotano, el reconocido escritor Evelio Rosero, con
la obra que fue galardonada con el Premio Nacional de Novela del Ministerio de
Cultura en el año 2014, La Carroza de
Bolívar. Se trata de una arriesgada y profunda investigación que, a través
de una elaborada narración, resulta en un paralelismo entre el momento político
vigente en el país y algunos apartes no muy conocidos de la historia del paso
de Bolívar por Pasto. Una «desmitificación» de Simón Bolívar que causa
controversia entre los historiadores y promotores de la imagen del Libertador
como héroe. En esta novela también hay un paralelismo entre el ambiente de
carnaval y la farsa de la memoria histórica.
Se revela el desengaño con la versión histórica que presenta a Simón
Bolívar como un héroe, y la intención de revelar públicamente, en el marco de un
carnaval burlesco, los resultados de una investigación acerca del verdadero
papel de este personaje en la historia del país. La imagen de ese libertador es
defendida desde diferentes perspectivas, tanto la oficial, representada por la
alcaldía, como la subversiva, representada por los guerrilleros. En medio del
carnaval con que comienza el año, aparecen los disfraces de la estupidez, en
forma de asnos que finalmente terminan a patadas con el autor de la carroza de
la discordia, con la que se pretendía revelar a Bolívar y a sus actitudes
abusivas y poco heroicas con la gente de Pasto. Una muy interesante, poco
conocida y bien contada faceta de la historia nacional.
La brasileña de origen ucraniano Clarice Lispector es la autora de La pasión según GH.
Un relato que carece de hilo conductor, quizá demasiado íntimo y
probablemente tan personal que no parece haber sido pensado para el público
sino como una especie de diario. La advertencia de la autora al comenzar el
libro hace suponer que no era de su interés que muchos lo leyeran: «Este libro
es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente
personas de alma ya formada». A lo cual cabe añadir que es un libro para unos
pocos, para los que se atreven a contemplar el abismo de un ser que se encierra
en sí mismo para reconocer su propia repugnancia, a través de una serie de
reflexiones personales de difícil comprensión.
La referencia de la cucaracha y el líquido blanquecino que se revela al
aplastarla le ha dado un matiz kafkiano a este relato que, como la impresión que
suele asociarse al insecto, termina en las ganas de no tener nada que ver con
él.
Del norteamericano Paul Auster leímos El Libro de las Ilusiones. Una trama de finales de los años ochenta
en la que narra la depresión en la que cae un profesor universitario luego de
perder a su esposa e hijos en un absurdo accidente. En medio de su tristeza,
descubre la película de cine mudo de un desaparecido actor, que además de ser
el primer momento de risa luego de varios meses de tristeza y desolación, logra
despertar su interés por investigar acerca de su biografía, hasta el punto de
convertirse en experto en la vida y obra este actor, un tal Thomas Mann. Como en otras de sus obras, Auster desarrolla
extensamente a un personaje ficticio, y usa personajes que se aíslan del mundo
para reaparecer luego de muchos años. Se trata del relato de varias vidas en
busca de ilusiones. Cada personaje tiene una dura historia y una historia de la
ilusión de una reivindicación consigo mismo. Los personajes principales son
ampliamente desarrollados y las descripciones a las que nos ha acostumbrado
Auster son muy detalladas. Como el actor de cine cuya biografía es el hilo
conductor de la novela, la trama resulta de tinte cinematográfico, para que al
final, como las historias dentro de la historia que abundan en la novela, el
hilo conductor se entrelace con uno de esperanza o de ilusión.
Rafael Baena fue un escritor, periodista y fotógrafo sincelejano, de
quien leímos La guerra perdida del indio
Lorenzo. Centrada en el momento histórico de la separación de Panamá de
Colombia, la narración comienza con una carta donde se revela el papel de un
poco conocido personaje de la historia nacional, Victoriano Lorenzo, un general
indígena panameño y su importante participación en la Guerra de los Mil Días.
Un relato detallado en la que resalta el excelente uso del lenguaje por parte
del autor, además de su profundo conocimiento de la historia del país. Como
suele suceder con las reseñas históricas –o con las novelas de tinte histórico-
se revela cómo se repiten los errores que han llevado a las guerras y cómo no
parece que quede lección alguna de esos conflictos, que resultan en un parecido
sorprendente con la actualidad nacional, donde se hace evidente la torpeza de
la clase política para dirigir a una nación.
Pasamos a la lectura de Así
empieza lo malo, de un viejo conocido de nuestra tertulia, el madrileño Javier
Marías, quien ocupa el sillón de la «R» como miembro de número de la Real
Academia Española, lo que da cuenta de la prolijidad con la que escribe. Otra
historia llena de detalles y de personajes extensamente desarrollados, con
historias entrelazadas alrededor del misterio acerca de una relación de pareja
que se ha dañado por un secreto mal guardado, o revelado de manera tardía e
inoportuna. El título hace referencia a una frase de Shakespeare «Así empieza
lo malo y lo peor queda detrás» (Thus bad
begins and worse remains behind), que a su vez se refleja en que siempre, a
pesar de los malos momentos, hay esperanza de mejorar. Otra historia en la que
uno de los personajes centrales tiene que ver con la industria del cine, quizá
como analogía del manejo de las ilusiones representadas en el séptimo arte. Este
director de cine no puede verlo todo con la claridad que supone su oficio, pues
lleva un parche en un ojo que, como mínimo, compromete su visión binocular, sin
hablar de los puntos de vista que se ha perdido a lo largo de su vida. Un relato que está relacionado con la historia
de España, en la que hubo momentos en que fue necesario callar para sobrevivir,
callar lo que se sabe y vivir una verdad individual e íntima que puede ser muy
distinta a la vida que se muestra. En un mismo entorno familiar, las historias
personales pueden tener versiones muy distintas según lo vivido por cada cual y
según las necesidades de cada uno, con matices y secretos que pueden conocerse,
pero de los cuales no se habla. Al final, luego de la aparente necesidad de
usar tantas palabras, lo más importante puede ser no usar las palabras,
mantener un tácito silencio que hace que no sea necesario revelar lo que se sabe
ni explorar cuánto se sabe.
Como en otros años, saltamos de un país a otro con nuestras lecturas,
que además nos han llevado a viajar por el tiempo. De Holanda, el autor y actor
Herman Koch, con su éxito de ventas La
cena, que ha sido traducida a una veintena de idiomas. Una oscura historia de
los tiempos modernos, basada en un hecho real ocurrido en España, donde unos
muchachos prendieron fuego a una indigente que dormía en un cajero automático.
Muestra la sociopatía como una mezcla de factores externos e internos que
forjan este tipo de personalidades. Sugiere un factor biológico predominante,
casi como una excusa para no asumir la responsabilidad por la violencia de un
padre que al principio se muestra preocupado por los actos de su hijo, pero que
poco a poco se revela como un personaje violento e intolerante. Ambientada en
un restaurante lujoso, que además es criticado severamente por uno de los protagonistas,
la novela muestra una reunión de dos hermanos con sus esposas, que discuten
acerca del futuro de sus hijos. Es una crítica a la ética de creciente vigencia,
a algunos modelos educativos y a la postura que justifica los medios para
alcanzar cualquier fin, a la vez que critica al resurgimiento del racismo en
Europa. Aunque es poco creíble que se haya escogido un restaurante como
escenario para tratar temas privados y de gran trascendencia, es precisamente
ese escenario el que permite presentar la idea de una supuesta familia feliz,
pero claramente disfuncional, que enmarca la discusión de un asunto de gran importancia
en un contexto artificial. Aunque por momentos la narración se pierde entre
saltos temporales, es capaz de describir con detalle la frialdad de sus
personajes y su postura calculadora, que lleva a una violencia que, a lo largo
de la narración, pasa de ser soterrada a convertirse en una manifestación
explícita y cotidiana.
Recientemente se reveló que Anita Raja es la supuesta verdadera
identidad de Elena Ferrante, de quien leímos la primera de una larga tetralogía
de relatos de dudoso interés, aunque de indudable éxito en ventas. La amiga estupenda es una historia
inconclusa de costumbrismo napolitano, una muy extensa narración que no se
resuelve en este tomo, y muy probablemente tampoco llegue a un cierre en el
segundo ni en el tercer volumen de esta larga historia de la amistad entre dos
mujeres, que comienza en su niñez. Dos amigas con una aparente relación de
dependencia mutua en un ambiente relativamente violento, el del Nápoles de
mediados del siglo veinte, pero más precisamente el de uno de los barrios
pobres de esa ciudad. La autora es cuidadosa en sus extensas descripciones y «atrapa»
con la idea de que una de las protagonistas, ya adulta, ha desaparecido,
oportunidad que sirve para que la otra cuente la historia de su amistad y se
remonte a la época de su niñez. El extenso relato muestra unos pocos años de la
niñez tardía y adolescencia de estas dos amigas, que tienen en común su
espíritu competitivo y su ilusión, a veces compartida, de poder salir de su
barrio hacia un mundo mejor. Pero la narración también parece una trampa
comercial, en la que se obliga al lector a comprar el siguiente volumen si
quiere conocer el desenlace de la historia de estas niñas. Tanto es así, que al
final del primer tomo, hay un adelanto del siguiente, como en las «sagas» de
las películas recientes, que incluso recurren a contar sus historias en
desorden, donde la siguiente película pueda ser situada antes de la historia ya
revelada, con el único fin de conseguir ingenuos que puedan estar interesados
en los hechos que supuestamente
ocurrieron antes, truco conocido como «precuela». No se puede negar que
la prosa tiene puntos de interés, pero tampoco que tiene apartes cuyos detalles
y extensión resultan agobiantes y probablemente innecesarios. Digo
probablemente, pues queda la sospecha de que algunos de ellos sean aprovechados
en los siguientes tomos, lo cual no me causa el interés suficiente como para
averiguarlo.
Seguimos con otro español, el periodista y novelista Arturo Pérez
Reverte, también conocido en nuestro grupo de amigos lectores y reconocido por
su prolífica obra y también por el cuidadoso uso del idioma. Otro miembro de la
Real Academia Española, que ocupa el sillón de la «T» en esa antigua institución
dedicada al cuidado del idioma español, cuyo lema, que da cuenta de su interés por
proteger la lengua, reza: «Limpia, fija y da esplendor». Precisamente, Hombres buenos es un relato hábilmente
construido para darle verosimilitud a un episodio histórico relacionado con la
Real Academia Española. Con detalles que tienen sustento en documentos reales,
Pérez Reverte fabrica una historia en la cual sus protagonistas resultan
completamente creíbles, dos personajes disímiles a quienes se les asigna la curiosa
misión académica de conseguir en París un ejemplar completo de los veintiocho
tomos de la Enciclopedia de D’Alembert, obra de la razón considerada prohibida
en ese momento. La trama consiste en creer que los personajes realmente
existieron y que la novela se basa en hechos y no en la ficción. Con alguna escasa
información cierta, el autor crea una obra que parece tener el peso de la
documentación –también inventada- que es coherente con el momento histórico en
que se desarrolla. Pérez Reverte utiliza con maestría el recurso de recordar al
lector que está leyendo una obra de ficción, y acude a la técnica de la
metanovela, en la que el autor revela algunos de los detalles de su propio
proceso creativo para lograr contar esta historia, donde también inventa obras
suyas que no ha escrito, con títulos sugerentes que invitan a buscarlas o a
esperarlas, al encontrar que no existen. Esto hace que la novela pueda ejecutar
saltos temporales acrobáticos entre el supuesto momento histórico de 1781, y
los tiempos modernos, en los cuales el mismo Pérez Reverte (o quienquiera que
sea el narrador) cuenta de sus viajes en busca de los caminos españoles y
franceses que pudieron recorrer estos supuestos personajes históricos en su
misión bibliográfica. La técnica de las historias paralelas evoca a aquella
película de 1981, La esposa del teniente
francés, que muestra una relación tormentosa de la época victoriana,
entremezclada con el drama que surge durante la filmación de esta misma
película entre los actores modernos que la protagonizan. Con la habitual
pulcritud de su prosa, no sorprende que Pérez Reverte haya logrado una
convincente estampa de la época, ni que sus personajes, también académicos de
la lengua, se expresen con tanto gusto y con tanto cuidado por el idioma español.
En la novela hay varias historias dentro de la historia principal, cada una
bellamente elaborada, con las que el autor logra una mezcla balanceada entre
ficción y realidad que resulta en una obra muy entretenida.
Alessandro Baricco, el novelista, dramaturgo y periodista italiano que
también hemos leído antes, se embarcó en la idea de hacer una lectura pública
de La Ilíada de Homero. Pero la épica
obra original no fue escrita en un lenguaje sencillo o que sea fácil de
comprender para todos. Baricco emprende una tarea titánica y loable, la de
llevar esta epopeya griega del siglo séptimo antes de Cristo a una versión moderna,
en la que conserva los personajes principales y les da voz propia, con un
lenguaje que remplaza la técnica poética del verso hexámetro por una prosa
centrada en el histórico conflicto. Homero,
Ilíada es una historia necesaria, que muestra lo que ya sabemos: que la
historia se repite. Esta narración bélica muestra cómo la violencia hace parte
de la naturaleza humana. En un momento en el que se viven en el país
diferencias de opinión entre la pertinencia de un proceso de paz y la necesidad
de obstaculizarlo, parece oportuna la lectura de esta historia de una larga
guerra, de las trampas y engaños que la perpetuaron y de las caprichosas
posiciones personales que la alimentaron.
Este ciclo anual de páginas se cierra con la obra de un exiliado político
persa en Holanda, el físico y escritor Hossein Ghaemmaghami Farahani, quien
adoptó el seudónimo Kader Abdollah, el cual corresponde a los nombres de dos de
sus amigos en Irán que fueron ejecutados por oponerse al régimen de los
ayatolas. Su primera novela en idioma
holandés, El viaje de las botellas vacías,
narra la experiencia de un joven iraní que emigra a Holanda y sufre las mismas
dificultades que tuvo el autor al enfrentarse a la cultura occidental y a una
lengua muy distinta a la suya, que lucha por aprender para ser entendido en el
idioma que ahora es local. Es la historia de un exilio personal, obligado, con
su consecuente desubicación. Es un viaje que no tiene sentido ni tiene clara
explicación, y que se parece a la colección de botellas del abuelo, que, a
pesar de contar con una anotación en su etiqueta que trata de reseñar el motivo
para haberlas vaciado, la ocasión para haberlas bebido, después de mucho tiempo
de estar almacenadas –como los
recuerdos– dejan de tener sentido y resulta imposible leer sus etiquetas o reconstruir
su importancia. El joven iraní llegó a
una cultura que no logra comprender, y, a la vez que pierde gradualmente su
relación con la única persona de su mismo origen en el pequeño pueblo holandés
donde vive, que es su esposa, entabla una relación que quiere considerar como
una amistad. Cuando cree haber encontrado esa amistad, también la pierde. Los
problemas de comunicación no son solo transculturales, como lo ejemplifica el
hecho de que otro de sus «amigos» prefiere comunicarse por radio con anónimos
distantes que con quien se encuentra en su casa. El exiliado termina por
olvidar el origen de su viaje y de su vida, y queda atrapado en un mundo
extraño, donde encuentra que hasta la luz del sol es distinta a la de su país
natal, con una vida vacía, como las botellas del abuelo.
Este viaje anual de páginas leídas comienza de nuevo, con el ánimo
renovado por la curiosidad hacia los mundos nuevos por conocer…
martes, 12 de julio de 2016
El ojo del toro
Divagaciones lingüístico-mitológico-astronómico-literario-musicales alrededor de un término descriptivo en inglés (bull’s eye), con frecuencia traducido erróneamente como «ojo de toro».
Aldebarán es uno de los más antiguos nombres de origen árabe usado en
occidente para llamar a una estrella, utilizado aproximadamente desde el siglo X. Al-dabarān,
que posiblemente significa «el perseguidor»
(no confundir con el cuento del mismo nombre, escrito por Julio Cortázar, en el
que su personaje principal, Johnny Carter, persigue el sentido de su existencia
a través de su música, en una clara alusión al insigne saxofonista Charlie
Parker), hace referencia a su aparente seguimiento del grupo estelar conocido
como Las Híades.
Hay cierta confusión alrededor de los mitos que explican algunos de
los personajes que llegaron a ocupar un digno lugar en la esfera celeste. Así,
las Híades, hijas de Atlas y Etra, son medio hermanas de las Pléyades, también
hijas de Atlas, pero esta vez con Pléyone, y se encuentran todas en la misma
región del cielo nocturno, junto con
Aldebarán, que corresponde a la estrella principal de la constelación
del toro, y equivale, para algunos, al ojo enrojecido de este furioso animal,
el ojo del toro. Este animal logró su lugar en el cielo gracias a que el dios
Zeus, en una de sus muchas salidas amorosas, se disfrazó como un toro blanco y
manso, con el único fin de acercarse y raptar, con intenciones no muy mansas, a
la bella princesa Europa. Otra leyenda cretense hace referencia al monstruo
mitad toro y mitad hombre, supuestamente hijo de Minos, el minotauro, a quien
Teseo dio muerte.
En dimensiones astronómicas, el que algunas estrellas estén «juntas»,
no significa que sean vecinas. La estrella Aldebarán está a unos 65 años luz de
Las Híades, aunque desde nuestro punto de vista parezca posible que una persiga
a las otras.
A propósito, años luz es una
medida de distancia, no de tiempo. Se refiere a la distancia que es capaz de
recorrer la luz, a sus casi 300,000 km por segundo, en un año. Por ello,
referirse a un retraso tecnológico en «años luz» no tiene mucho sentido, pues
significaría algo distante (más de unos cientos de miles de millones de
kilómetros), no algo para lo que hace falta esperar un tiempo.
Pero volvamos a la región donde se encuentra la constelación Tauro,
que es de gran importancia para los astrónomos y de gran belleza para los
aficionados. Por su transcurrir aparente a lo largo de la línea conocida como
la eclíptica, es común que puedan verse los planetas en este vecindario celeste,
el mismo por donde también se mueven las demás constelaciones del bestiario
imaginario conocido como zodíaco. En esa región del cielo se encuentra una de
mis constelaciones favoritas, la de Orión, el cazador. Por su condición
mitológica, también parece carecer de sentido cualquier atribución o supuesta
capacidad de influir sobre nosotros que se haga a los gigantescos acúmulos de
gases que corresponden a las estrellas que sólo desde nuestro punto de vista
adquieren formas diversas.
La historia de las mujeres que escapan de la persecución es común a
diferentes culturas. Así, para la tribu indígena norteamericana Kiowa, Las
Pléyades (constelación que para los japoneses se llama Subaru, lo que explica
el logotipo estrellado de esos automóviles) escapaban de un oso, y fue la Tierra
la que ayudó a elevarlas al cielo. Los vestigios de esta leyenda corresponden a
una montaña conocida por esos indígenas como Mateo Tepe, que hoy parece corresponder a La Torre del Diablo en el estado de Wyoming. Algunos especulan que
los aztecas alinearon su Pirámide del Sol con Las Pléyades. Como podría
esperarse, los egipcios también observaron con interés este acúmulo de
estrellas.
Diana, la diosa cazadora de la mitología romana, fue quien ayudó a
estas mujeres a escapar de su cazador, Orión, conviertiéndolas en palomas. Al
centro de la diana o blanco usado para practicar la puntería, se le conoce en
inglés como bull’s eye, mientras que
en francés hace referencia a un buey, oeil
de boeuf. Se ha relacionado el uso de esta expresión con la arquería, con
la supuesta práctica de usar cráneos de vacunos para tratar de dar en el ojo de
los mismos, como señal de buena puntería. En inglés se usa también para
denominar otros objetos cuya forma
semiesférica podría recordar a la del ojo de ese animal. En inglés
parece encontrarse desde el siglo XIX en referencia a piezas de vidrio usadas
en lentes y lámparas, así como a algunas claraboyas y ventanas circulares de
los barcos, que también conocemos en español como «ojos de buey».
La expresión bulls’eye o bullseye, escrita como una sola palabra,
se usa en inglés para significar que se ha «dado en el blanco», no solamente en
forma literal, como en los polígonos de tiro, sino como sinónimo de atinar o
como analogía de un objetivo que se logra tal y como se había planeado, cuando
se ha resuelto un problema, o con el significado de algo exitoso. Sin embargo,
como es obvio, en español nunca se dice «ojo de toro» como alternativa a diana,
blanco u objetivo, o como sustituto para la expresión «dar en el blanco» o sus
variantes.
En el argot de las imágenes diagnósticas, a veces nos encontramos con
lesiones cuya apariencia es la de estructuras concéntricas de diferente tono en
una escala de grises, que recuerdan, precisamente, a un tiro al blanco o una
diana.
En inglés y en español, se refieren a lo mismo, sólo que no se dicen
igual, ni se deben traducir literalmente. Del español blanco, diana o tiro al
blanco, podemos decir target o bullseye en inglés; del inglés bullseye no se puede llegar, sino como
muestra de ignorancia idiomática, al ojo del toro.
Lecturas recomendadas
Hewitt-White, K: Patterns in the Sky. An introduction to stargazing.
New Track Media LLC. Sky Publishing, Cambridge 2006.
Hewitt-White, K. The Pleiades: a star cluster for everyone. Nightsky
2004; 1:30-34.
Flanders, T: The Bull of Heaven. Nightsky 2004; 1:20-22.
Kunitzsch P, Smart T: A Dictionary of Modern Star Names. New Track
Media LLC. Sky Publishing, Cambridge 2006.
McDonald M: Tales of the Constellations. The myths and legends of the
night sky. Michael Friedman Publishing Group, New York, 1986.
http://www.
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