sábado, 16 de junio de 2007

I don't speak spanglish - and proudly so

En mi columna El poder de la palabra, también exploré el muy trillado tema de la adopción del inglés como idioma científico universal, hasta el punto de preferir algunos de los términos en ese idioma a los aceptados en el nuestro para describir objetos, partes o técnicas comunes:
En la ciencia, el idioma inglés ha tomado la posición preponderante que alguna vez tuvo el latín. Creemos más en las cosas escritas en inglés, y las publicaciones científicas (que muchos llaman «literatura» a secas, descalificando de un zarpazo toda una gama del género literario), en su gran mayoría, están escritas en ese idioma. Los motores de búsqueda de artículos científicos tienen una opción muy comúnmente usada, que limita dichas búsquedas para encontrar sólo aquellos cuyos resúmenes o textos completos están escritos en inglés. La literatura científica escrita en francés, alemán y español no es citada con tanta frecuencia en nuestro medio, mucho menos los artículos en otras lenguas.
Quizá por la cercanía geográfica con la cultura norteamericana, hemos adoptado terminología y hasta estilos semánticos que nada tienen que ver con el español. Esta no es una costumbre exclusiva de la medicina, y puede ser producto del subdesarrollo, más que de la pedantería. De hecho, uno de los más renombrados movimientos literarios en nuestro idioma, es conocido como «el boom latinoamericano», como si al bautizarlo en inglés su reconocimiento internacional fuera mayor.
En una columna previa mencioné el uso de varias siglas latinas o latinizadas, calcadas del inglés, para prescribir medicamentos al mejor estilo de los hospitales foráneos. La invasión anglosajona no para allí: del inglés adoptamos palabras mal traducidas, o simplemente usamos las palabras extranjeras sin preocuparnos por su equivalente en nuestro idioma. Mi interés por estos temas me llevó a ingresar a un foro internacional de traductores profesionales en medicina, donde he aprendido mucho acerca de los vericuetos del idioma y de las dificultades en la traducción y adaptación de términos foráneos a nuestra lengua, y, específicamente, a nuestra jerga. Yo llamo «disco fijo» a la alteración en la movilidad del disco de la articulación mandibular, y no cedo a la tentación de llamarlo «stuck disk», como fue descrito hace algunos años, ni utilizo su traducción literal de «disco atascado».
Siempre preferiré endoprótesis o implante sobre «stent». Como también me gusta la historia, no pretendo desconocer la importancia del invento del odontólogo inglés Charles Stent; pero claramente, nada tiene que ver la receta de una masa para hacer moldes dentales con los tubos expandibles, mallas y otros implantes con que se pretende corregir la función de diversas estructuras tubulares enfermas. En griego, la palabra prótesis significa «adición»; en el lenguaje médico, el término se ha asociado tanto a la sustitución anatómica como funcional de una estructura. Parecería entonces restrictivo sugerir que «prótesis» sólo puede aplicarse cuando se remplaza algo, como en el caso de las prótesis ortopédicas. Los elementos artificiales que se usan para restaurar la función de una estructura tubular pueden ser implantados por diferentes métodos, por lo cual parece correcto llamarlos implantes, quizá en ese caso con un término complementario, como «vascular», «biliar» o «recubierto», «medicado», etc., para evitar cualquier posible confusión con los implantes de tipo estético. Y si se tratara de castellanizar el nombre, entonces debería proponerse «estent», o «estén», en cuyo caso yo alzaría mi voz hasta niveles estentóreos a favor del uso de «prótesis» mencionado en el Diccionario de Burradas, recopilado por Xosé Castro: «La próstata dental es carísima.» (< http://xcastro.com/portera.html >) ¿Y el plural de «estén»? He oído «estenes» y «stents», cuando me parece más fácil decir que a un paciente dado se le pusieron dos o más implantes endovasculares.
De la ortopedia nos vienen términos que nos negamos a usar en español, como «brace». ¿Será que algunas lesiones de ligamentos no sanan igual cuando las inmovilizamos en una abrazadera? Un desplazamiento, que en algunos contextos se refiere a una distancia dada, se llama mejor «offset». A los platillos de los cuerpos vertebrales queremos cambiarle el nombre por una traducción literal del inglés «end plates», por lo cual preferimos decirles «placas terminales». Siendo así, resulta interesante la propuesta de Fernando Navarro, del Grupo de Medicina y Traducción MedTrad, quien alguna vez sugirió que, para «equilibrar la balanza de la influencia interlingüística», utilicemos algo así como «vertebral saucers» cuando la traducción sea del español al inglés.
Ni hablar de algunos aspectos administrativos que pueden afectar nuestra práctica diaria. Si quisiéramos iniciar una estrategia de difusión de los servicios que ofrecemos, hacemos «marketing» en vez de mercadeo. Una estrategia común en «márquetin», (mi propuesta en espanglish para mercadeo) es revisar a fondo lo que hace la competencia, y compararlo con las políticas de la empresa propia. Esta técnica, que es simplemente una comparación, se llama mejor «benchmarking», aunque la traducción no deja de ser compleja: «referenciación competitiva», quizá para darle mayor importancia de la que merece a un procedimiento tan sencillo como compararse con los demás. Si quisiéramos demostrar un alto nivel gerencial, no debemos pensar en subcontratar un servicio de auditoría externa para evaluar nuestra gestión, pues hoy en día no se subcontrata, se hace «outsourcing». Pero, si no tenemos presupuesto suficiente, podemos asignarle las funciones de auditoría a alguien que ya pertenece a nuestra nómina. Para algunas mentes pequeñas, suena más elegante llamar a esto «insourcing», aunque coloquialmente lo que estemos haciendo realmente sea «clavar» a alguien con un trabajo adicional.
Fosa es una traducción perfectamente adecuada para «pit». He leído informes radiológicos en los que, en vez de almohadilla grasa, reza «fat pad». «Spin Echo» es el nombre, en inglés, de la secuencia de resonancia magnética que en español se llama eco de espín. No existen «appendages» en español, ni usamos doble p en nuestro idioma; sólo se me ocurre una manera de describir el desconocimiento de la existencia de un término correcto en español, como apendicitis epiploica, para hacer referencia a la «appendagitis» que afecta a los angloparlantes: «pendejaditis».
El uso descuidado del idioma en los informes médicos ha llegado al extremo de enviar reportes automatizados escritos completamente en inglés, o, lo que puede ser peor, con algunos comentarios en espanglish.
La traducción no es sólo una ciencia, sino un arte. Del inglés «severe» traducimos erróneamente «severo», olvidando que quien es severo es estricto y no necesariamente está grave. Los dolores de cabeza no son severos sino pronunciados, importantes, marcados o graves. Si el traductor de Óscar Wilde hubiera sido más acucioso, habría tenido en cuenta que el autor quería jugar con las palabras al titular una de sus obras haciendo referencia a un hombre cuya personalidad y nombre resultaron homófonos, como es el caso del «earnest» Ernest. Traducir directamente Ernest a Ernesto sería apropiado en otros contextos, pero un título como «La importancia de llamarse Ernesto», carece de sentido cuando sabemos que «earnest» se refiere a la severidad y exigencia del personaje por el cumplimiento de las normas. Así, como lo ha dicho Emilio Bernal Labrada, una traducción más apropiada habría llamado Severo, y no Ernesto, al personaje central de dicha novela, cuyo título alterno podría haberse mejorado, a «La importancia de ser Severo», pues mantendría el sentido y el juego verbal que Wilde quería imprimirle a su personaje y a su obra.
A veces, con la intención de imprimirle el aire de levedad que se merece una nota como ésta, se prefiere el vocablo en inglés, light, para describir lo ligero. Sin embargo, maltratar el idioma, cualquier idioma, siempre será un desatino. Como es un desatino ignorar el orden correcto de las letras ght en ese vocablo: ¡cuántos no han caído en el error de escribir litgh en vez de light !
Si de verdad no han encontrado una palabra en español con una acepción que les describa satisfactoriamente lo vano, superfluo, veleidoso, vacío, hueco o insustancial, sugiero la forma LITE, aceptada por el uso y con menos probabilidades de ser víctima de una ligereza ortográfica de esas proporciones.
En el lenguaje diario, el espanglish ya se ha implantado en forma definitiva y hasta disparatada. Hemos conjugado nuevos verbos cibernaúticos, como «chatear», «forguardiar» y «deletear». Algunos equipos se «resetean» en vez de apagarlos y volverlos a encender; en nuestra especialidad, ya se ha difundido el verbo «taquear» que supera las fronteras linguísticas y cambia de categoría, pues ya no pertenece al espanglish sino a una nueva lengua, pues significa hacer un «TAC» o tomografía computarizada a un paciente dado (¿Y el paciente de la cama 4?, -pregunta el profesor, -Lo estamos taqueando, -responde el «fellow»). Los alcances de la lengua pueden ser inverosímiles: habría que saber diferenciar entre tacar, taquiar y taquear, y tendríamos que idearnos una manera de explicarle a un mexicano que «tacar burro» no es la manera colombiana de comer tortillas o a un radiólogo italiano que no estamos hablando de una técnica de tomografía axial computarizada de alta resolución pasada por mantequilla…
Para terminar, aclaro que no tengo nada en contra del inglés, ni contra otros idiomas. De hecho, hay algunas expresiones en inglés que me encantan y que uso cuando hablo o escribo en ese idioma, en cuyo caso, evito las palabras no inglesas, recurro a mis diccionarios en inglés y trato el idioma inglés con el mismo respeto que me merece el español. No me opongo a la modernización del idioma español, ni a la castellanización de algunos términos. Aún así, me niego a llamar al género musical que más me divierte con el término alguna vez sugerido por la Real Academia Española: siempre he disfrutado y disfrutaré del Jazz. Creo que el día que acepte escribirlo con ye y una ese, no me quedará más remedio que sedarme con un vaso de güisqui, aunque a dicho licor, escrito de esa manera, probablemente le encuentre un gusto tan amargo como insoportable…
C’est la vie.

miércoles, 6 de junio de 2007

Bizarro

Con frecuencia se utiliza equivocadamente el término «bizarro» para describir eventos o situaciones extrañas.
Una de las más conocidas historietas fantásticas contiene a un personaje ficticio llamado en inglés Bizarro, un doble imperfecto de Súperman que resulta de un error en un experimento. Bizarro vive en una especie de universo paralelo, un planeta cúbico llamado Htrae, que corresponde, en inglés, al nombre de nuestro planeta escrito al revés, el cual podría traducirse como Arreit.

En ese extraño mundo, la lógica es inversa. Bizarro fue creado como un enemigo del superhéroe por el escritor Otto Binder y el artista George Papp. Apareció por vez primera en Superboy No. 68, en octubre de 1958 y como adulto en julio de 1959.

El significado de la palabra francesa bizarre es: raro o curioso. En español, la palabra bizarro significa valiente. Se le conoce un origen italiano en la palabra «bizzarro», que hace referencia a una persona osada e iracunda; también se ha asociado a la palabra vasca «bizarra» que significa barba, quizá como referencia a los furiosos soldados barbudos.

Así, un cuadro clínico «bizarro» sería entonces uno muy «valiente», que podría ejemplificarse (con dificultad) con una herida por arma de fuego y no uno «raro», como podría serlo un fetus in fetu intracerebral (AJNR 1992; 13: 1326-1329).

El descubrimiento del conducto pancreático: un anecdotario de crímenes.

El descubrimiento del conducto pancreático está relacionado con tantos crímenes y delitos, que su historia puede compararse con el libreto de una de esas series televisivas que tanta acogida tienen en la actualidad. Para comenzar este relato, debemos retroceder casi cuatrocientos años: el 1º de marzo de 1642, un hombre llamado Zuane Viaro della Badia cumplió su condena a muerte: fue colgado en la Piazza del Vin, en la ciudad de Padua. Su cadáver fue trasladado al monasterio de San Francisco, donde al día siguiente sería preparado para su disección por los anatomistas de la Universidad de Padua. Es probable que della Badia no estuviera de acuerdo con la norma que permitía la disección anatómica en los condenados a muerte; sin duda, este asesino jamás habría imaginado la magnitud de su contribución a la ciencia médica.
La Universidad de Padua ocupa un importante lugar en la historia de la medicina: en ella se graduaron las primeras mujeres médicas del mundo. Después de las de Bolonia, en Italia, y Leuven, en Bélgica, ambas fundadas en 1214, la tercera universidad del mundo occidental fue la de Padua, inaugurada en 1222 por algunos «disidentes» de la Universidad de Bolonia. El nivel de la investigación en la Universidad de Padua era legendario. Tanto, que Andreas Vesalius quiso trasladarse allí, donde logró grandes avances médicos, refutando los dogmas centenarios proclamados por Galeno.
Vesalio revolucionó la enseñanza de la anatomía humana mediante las disecciones que él mismo efectuaba en cadáveres humanos, a diferencia de la costumbre del momento, donde el disector, o encargado de las disecciones, no requería de conocimientos médicos.
Otro de los renombrados profesores de anatomía de la Universidad de Padua, Johann Wesling, tuvo la oportunidad de nombrar a su Prosector, o asistente de disecciones. Para este cargo, seleccionó a su alumno más prometedor, Johann Georg Wirsung.
Cuando Wirsung se matriculó en la universidad católica de Padua, pudo incurrir en el delito de «falsedad en documento público», pues dijo dos mentiras, quizá para tener mejores posibilidades de ser aceptado: por una parte, a pesar de haber nacido en Augusta (no confundir con Augsburgo), en Bavaria, aseguró provenir de Múnich, por ser ésta una ciudad católica; por otro lado, mintió acerca de su edad, declarando menos años de los que tenía. De ahí pudo haber surgido la confusión en que han incurrido varios historiadores, al considerar que su fecha de nacimiento fue en el año de 1600, cuando en realidad nació en 1589.
Wirsung había estudiado anatomía con Kaspar Hoffman en Altdorf y con el profesor Jean Riolan, hijo, en París. Al día siguiente de la ejecución del asesino della Badia, es decir, el 2 de marzo de 1642, Wirsung efectuó la disección de su cadáver. Al examinar el páncreas, encontró un conducto que lo atravesaba de un extremo al otro, el cual nunca antes había sido descrito en los textos de anatomía. Sin haber reconocido su función, quiso consultar acerca de la naturaleza de dicho conducto, y elaboró un grabado con sus hallazgos en una placa de cobre. De ese detallado dibujo obtuvo siete copias, que envió a los siguientes anatomistas: Ole Worm, Kaspar Hoffmann, Jean Riolan, Severino, Paul Marquart Schlegel, Werner Rolfinck y Johan Georg Volckamer.
Durante la disección en la que Wirsung descubrió el conducto que hoy lleva su nombre, estuvieron presentes dos testigos: Thomas Bartholin y Moritz Hoffmann. Thomas Bartholin era el segundo hijo de Caspar Berthelsen Bartholin y Anna Fincke, y es conocido por sus trabajos sobre el sistema linfático. Las glándulas de Bartholin deben su nombre a Caspar Bartholin II, hijo de Thomas. Thomas Bartholin sufrió de cálculos urinarios; una hermana de Anna Fincke, es decir, tía de Thomas, se casó con Ole Worm, un prominente médico y anatomista danés. Ole Worm fue quien asumió el padrinazgo de Thomas cuando murió Caspar Berthelsen, su padre. Fue precisamente Thomas Bartholin quien envió a Ole Worm, su tío político, la primera de las copias del dibujo original del conducto de Wirsung.
Cinco años después de la muerte de Wirsung, Moritz Hoffmann, el segundo testigo de la famosa disección, mintió al asegurar haber sido el primero en observar el conducto en un pavo (aunque hay quienes aseguran que fue en un gallo de la India), descubrimiento del cual supuestamente informó a Wirsung. Moritz Hoffmann no tiene relación alguna con Kaspar Hoffmann, el profesor de Wirsung que recibió otra de las copias del grabado con el dibujo del conducto recién descubierto.
Los otros cinco destinatarios del dibujo de Wirsung ya fueron mencionados: Jean Riolan, su profesor en París, a quien Wirsung escribió dos veces, sin obtener respuesta; Severino, el famoso anatomista napolitano, quien recibió su copia a través del Dr. Carlo Avanzi; Paul Marquart Schlegel en la ciudad de Hamburgo; Werner Rolfinck en Jena y Johan Georg Volckamer en Nuremburgo. Las dificultades y demoras en la correspondencia internacional de la época (y la ausencia de correo electrónico) pueden explicar el hecho de que algunos profesores recibieran más de una copia de dicho grabado.
Wirsung describió la desembocadura duodenal del conducto, lo encontró en niños y adultos, además de disecarlo en micos, perros, gatos, cerdos y gallinas. Sin embargo, Johann Wirsung nunca supo cuál era su función, como puede dilucidarse de su carta a los profesores consultados: «Nunca encontré sangre en su interior, sólo un fluido turbio que mancha los instrumentos de plata. ¿Debo llamarlo arteria o vena? Solicito humildemente su opinión.»
El 22 de agosto de 1643, ocurrió el más grave de los delitos asociados al descubrimiento del conducto pancreático. Sucedió cerca de la medianoche, «a la hora del Ave María», mientras hablaba con sus vecinos frente a su casa. Uno de sus alumnos, el estudiante Belga Jacques (o Giacomo) Cambier, le disparó con un arcabuz o carabina. Mientras su asesino huía con sus dos cómplices, su pariente Nicasisus Cambier y un tercero desconocido, los testigos oyeron al agonizante Wirsung exclamar «¡Estoy muerto, Oh Cambier, Oh Cambier!»
Aunque nunca se supo a ciencia cierta el motivo del asesinato de Johann Wirsung, una de las teorías más aceptadas es la de que su alumno Cambier quiso robarle la autoría del descubrimiento del conducto pancreático. Sin embargo, esta puede ser una especulación infundada, pues no está claro cuál habría sido el beneficio que Cambier habría obtenido por su delito, crimen que ha pasado a la historia como irresoluto.

Aníbal J. Morillo, MD
Miembro Activo, Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina
Coordinador Académico, Programa de Posgrado en Radiología
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario Fundación Santa Fe de Bogotá

Lecturas recomendadas

Carter R. Assassination of Johann Georg Wirsung (1589-1643): mysterious medical murder in renaissance Padua. World J Surg 1998; 22: 324-326.

Howard JM, Hess W, Traverso W. Johann Georg Wirsung (1589-1643) and the
pancreatic duct: the prosecutor of Padua, Italy. J Am Coll Surg 1998;187(2):201-11.

Pai, S.A.: Death and the doctor. J Can Med Assoc 2002; 167(12) 1377-1378.

Nota Histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología 2006; 17(1): 1906-1907.

martes, 8 de mayo de 2007

Latinissimus

Otra entrega de El poder de la palabra, esta vez sobre el (mal) uso de los términos técnicos originados en el latín.

El idioma latín, considerado «lengua muerta» excepto en el Vaticano, en donde aún es oficial, fue en su tiempo el idioma científico por excelencia. Tanto, que durante siglos se latinizaron hasta los nombres de las personas, quizás en busca de un prestigio mayor del merecido. Al naturalista sueco Carl Von Linné, cuyo nombre latinizado es Carolus Linnaeus, se le atribuye la paternidad de la taxonomía moderna, ciencia que dicta las normas para clasificar los seres vivos de una manera jerarquizada y unificada. La nomenclatura binomial de Linneo (forma castellanizada del mismo nombre), que data del siglo XVIII, consta de dos términos descriptivos principales para cada organismo. El primero, que corresponde al género, se escribe siempre con mayúscula inicial. El segundo, un epíteto específico, siempre se escribe con minúscula inicial. Ambos se escriben en latín o con términos latinizados, y se usan para nombrar todas las especies de fauna y flora. Así, se escribe Staphylococcus aureus, nunca Aureus, y Proteus mirabilis, no Mirabilis. Puesto que los nombres de ambos microorganismos tienen equivalencias en español, ¿por qué no llamarlos estafilococo dorado y próteo, respectivamente? Sería más coherente que insistir en darles nombres híbridos o mal escritos, como «estafilococo albus», que no es sólo una combinación innecesaria de español y latín, sino que representa la nomenclatura antigua, siendo ahora el nombre oficial Staphylococcus epidermidis. Ocurrencia exclusiva de los Homo sapiens, ésta de mantener nombres científicos que la misma ciencia ha descartado, como en el clásico ejemplo del Macaca mulatta, nombre correcto para el pequeño y famoso primate que insistimos en seguir llamando Macacus rhesus (1). Otro ejemplo de confusión en la nomenclatura es el de algunos organismos del género Proteus, a los que se les considera hoy en día como miembros de un nuevo género, el Providencia, como en el caso de la especie Providencia alcalifaciens.
Aunque con frecuencia es mal utilizada, y puede parecer muy compleja, la nomenclatura taxonómica es sencilla, si se compara con la gramática latina. Los sustantivos, adjetivos y pronombres en latín tienen tres géneros (masculino, femenino y neutro), dos números (singular y plural) y seis casos: nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo y ablativo. Cinco declinaciones modifican a sustantivos y adjetivos. Ni qué decir de los verbos: tres personas del singular y otras tantas del plural, tres modos y dos voces. Los tiempos son el presente, imperfecto, perfecto, pluscuamperfecto, futuro imperfecto y futuro perfecto, los modos dependen de las voces: además del indicativo, subjuntivo e imperativo en ambas voces, para la voz activa están el infinitivo, participio, gerundio y supino, mientras que para la pasiva existen infinitivo y participio. Las conjunciones coordinantes son cinco: copulativas, disyuntivas, adversativas, causales y conclusivas, pero las subordinantes son siete: causales, consecutivas, finales, comparativas, condicionantes, concesivas y temporales. ¡Y el latín es considerado por algunos lingüistas como «fácil», si se compara, por ejemplo, con la gramática de la lengua indígena norteamericana navajo (2)!
Para su uso en español, se han castellanizado varios términos latinos, y se siguen usando, con dudosa propiedad, palabras y frases en el lenguaje original del extinto imperio romano. Es así como escribimos un memorándum (3), o estructuramos un currículo(4), aunque a veces no tengamos claro como decirlos en plural, sin perder el aire de importancia que les confiere el idioma latín.
Y aunque siempre hacemos los mismos cortes escanográficos en el cráneo, rara vez se dice que nuestro examen incluye desde el basis, aunque casi siempre se termina el estudio cerebral en el vertex. Digo yo, si comenzamos en la base, ¿no sería más congruente terminar en el vértice? Lo mismo aplica para cervix y hallux, como si sonaran menos científicos sus nombres en español, cuello uterino (que no cerviz), y dedo gordo (no pulgar). Y apex, varus, valgus, cor y lumen son todas palabras con equivalencias en español que se olvidan, dando paso a híbridos innecesarios como «genu valgo» o «cor anémico». El hueso sesamoideo que en latín se llama patella es el mismo que en español conocemos como rótula. Los intestinos y otras estructuras tubulares tienen luz en español, lumen en latín. En español, y en latín, versus significa «hacia» y no «contra», como en el inglés, idioma en el que es común usarlo para anunciar contiendas entre gladiadores, perdón, boxeadores. El que en inglés se haya sufrido del ataque de pereza mental que evitó el uso del término completo adversus, no significa que tengamos que trasladar el error al español, en una muestra de pedantería, que en este caso bien podría llamarse esnobismo, término aceptado —¿innecesariamente?— por la Real Academia Española desde 1970 (1). Foramen se dice agujero, omentum es epiplón, y, ¡por favor!, circunvolución, cir-cun-vo-lu-ción, nunca «giro», inaceptable «giro idiomático» de gyrus. El pecho no es «pectum», sino pectus, como en el pectus carinatum, al que llamamos en español «tórax en quilla». Helix significa hélice y «helical», adaptación del inglés, se traduce helicoidal.
La cosa se complica con los géneros y números: el pus, los nomina anatomica. Crura es el plural de crus, y es de género neutro: quien dice «la crura diafragmática derecha», cae en el ridículo cuando conoce la traducción de su balbuceo seudolatinizado: «la pilares diafragmática derecha». ¿Quiso decir crus derecho, aunque se trate de un sustantivo neutro? Yo recomiendo «pilar diafragmático», en español sencillo y sin riesgo de incongruencias. Pero, como en el inglés se adoptan los términos latinos, a algunos les parece necesario —y hasta congruente— que copiemos esta importante tradición, aunque sea ajena a nuestra cultura. Así, llegamos al extremo de usar siglas en latín cuyo significado real no siempre conocemos, y escribimos fórmulas de medicamentos que deben tomarse qd (quaque die) o cada día, y tid (tertie in die) en vez de «tres veces al día», o c/8h, sigla que no necesita aclaración, y resulta más precisa, si han de tenerse en cuenta algunos principios farmacocinéticos. Aunque he visto prescripciones que rezan qid (quater in die), me sorprendería ante la erudición de quien escriba su equivalente qds (quater die sumendum) (1). Claramente, qod es un híbrido anglolatino (quaque other day) que no es castizo ni en inglés, y que trasladamos a nuestras historias clínicas, quizás para dar la impresión de que no trabajamos en un hospital, sino en una serie televisada. Por razones que van más allá de mi comprensión, parece que no hace falta formular para la noche (bis in nocte)...
La cavidad que se forma entre los septos pelúcidos (un septum pellucidum, dos septi pellucidi) no se llama cavum septum pellucidum, como aparece erróneamente en algunos textos de anatomía, sino cavum septi pellucidi (5), y no por tratarse de un número plural de septos (septi), sino por ser un caso genitivo, es decir, posesivo, que traduce «cavidad de los septos pelúcidos», expresión que recomiendo para quienes hayan sobrevivido hasta este punctum.

Bibliografía
1.Navarro, FA.: Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina. McGraw-Hill Interamericana, Madrid, 2000.

2.Bernárdez, E.: ¿Qué son las lenguas? Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1999.

3.Agencia Efe, S.A.. Manual de Español Urgente. 13ª. Ed. Ediciones Cátedra, Madrid, 2000.

4.Sol, R. Palabras Mayores. Diccionario práctico de la lengua española. Ediciones Urano, Barcelona, 1996.

5.Ronai, P.M.: Nominal Dysphasia. AJR 1992; 159: 1198.

Publicada en: Boletin Imágenes, Asociación Colombiana de Radiología 2003; 9(4)

domingo, 22 de abril de 2007

Kurt Vonnegut Jr. 1982-2007.

Cualquiera que sepa a quién me refiero, encontrará que las fechas que siguen al nombre de este autor son, por decir lo menos, curiosas. Y habrá acertado, pues, aunque escribo esto cuando han pasado menos de quince días de su fallecimiento, Vonnegut nació en 1922.
Si, por el contrario, el potencial lector de estas líneas desconoce al personaje que las inspira, es posible que aún pueda resultarle interesante conocer algo sobre él.
Si ninguna de las dos opciones anteriores es correcta, y este intento de homenaje no parece interesarle, éste es el momento de cambiar de lectura. Muchas gracias por su atención.


«Schreiben ist geschäftiger Müssiggang»
(escribir es un ocio muy trabajoso). -Goethe.

Conocí a Kurt Vonnegut, Jr., a través de un buen amigo. En 1982, Miguel me prestó su ejemplar en inglés de «La Cruzada de los Niños», mejor conocida como «Matadero Cinco», novela que lo hizo subir al estrellato, y que había publicado diez años antes de yo conocerla.
¿Diez años muy tarde? No. Creo que, gracias a Miguel, la novela llegó a mis manos justo a tiempo. Descubrí entonces la que me pareció, y me parece aún, una manera ingeniosa, por decir lo menos, de escribir. Novedosa, quizá; drástica, sin duda. (Rompo aqui una de las recomendaciones de Vonnegut, el autor, para los futuros autores en su lengua inglesa, aquella en que los insta a nunca usar el punto y coma, recurso de puntuación que le parece que sirve únicamente para intentar demostrar erudición, pero que probablemente no sirva ni siquiera para sugerir competencia con las normas gramaticales. Pero Vonnegut escribía en inglés, y en inglés el punto y coma puede ser sólo eso. Por supuesto, Vonnegut también rompió su propia regla, por lo menos en una ocasión.)
En «Matadero Cinco», Vonnegut usa una experiencia personal para armar una historia de tinte pacifista, pero mucho más profunda que una superficial posición antiguerrerista. Por una coincidencia extraordinaria, mientras servía como soldado aliado contra Alemania, fue capturado junto con su equipo y hecho prisionero. Su celda fue precisamente un matadero subterráneo, el número cinco (Schlachthof-Fünf ), ubicado en la ciudad de Dresde, Alemania. En una de esas muestras de locura de las que suele ser capaz la humanidad, se produjo el bombardeo de Dresde, una joya arquitectónica y cultural que intencionalmente había sido mantenida al margen de los centros industriales, arsenales y tropas alemanas, para que nunca fuera considerada como un objetivo militar. El resultado, unos ciento treinta y cinco mil muertes, la inmensa mayoría civiles. Muertes que no tuvieron propósito alguno: no se liberó un prisionero de guerra luego del bombardeo, el ejército aliado no avanzó ni un centímetro luego de esa acción militar. Vonnegut sugirió que el único beneficiario de ese bombardeo había sido él mismo: además de haber sido condecorado con el Corazón Púrpura, las ganancias por «Matadero Cinco» podían equipararse aproximadamente a 5 dólares por cadáver. Las muertes civiles de Dresde superaron por muchos miles a las de bombardeos masivos como el de Hiroshima y Nagasaki. A partir de entonces, puede pensarse que los bombardeos más recientes pueden tener el mismo objetivo: ninguno, o uno que no parezca justificable.
Los sobrevivientes de la masacre de Dresde, entre los que estaba Vonnegut, tuvieron que ayudar a remover y enterrar los cuerpos que encontraron en las calles, en sus casas o en sus refugios fallidos. Al pasar los días, resultaba más eficiente incinerar los muertos o calcinarlos con lanzallamas, incluso en los sitios donde eran hallados. Según Vonnegut, toda gran ciudad, más que un tesoro nacional, representa un tesoro del mundo, así que la destrucción de cualquiera de ellas es una verdadera catástrofe planetaria. Esta historia de Kurt Vonnegut está ligada a una época en la cual, según sus palabras, todas las clases sociales compartían sacrificios y se arriesgaban en favor de la idea de la igualdad. Por ello, estaban convencidos de que no sólo era un deber, sino un honor matar o morir en tiempos de guerra. A «Matadero Cinco» le puso un segundo título, «La Cruzada de los Niños», haciendo referencia a los jóvenes que sirvieron de carne de cañón en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, como él mismo reflexionaría años más tarde, quizá en alguna conversación con su colega Heinrich Böll, el promedio de edad de los cadáveres combatientes en esa guerra fue de 26 años. Los cuerpos de los soldados norteamericanos muertos en Vietnam promediaban los 20 años de edad, comparativamente, una verdadera cruzada infantil. Qué bueno sería que las nuevas generaciones leyeran a Vonnegut. Sus historias sobre la autodestrucción humana siguen vigentes.
Leyendo a Vonnegut, se intuye que disfrutaba de la buena música (o que la música, en general, le parecía buena) y que le gustaba el arte. De hecho, Vonnegut cuenta que se inspiró en un reportaje que le fue comisionado sobre Jackson Pollock, para escribir su novela «Barba Azul». En su último libro, Vonnegut sugiere para su propio epitafio: «La única prueba que necesitó para la existencia de Dios fue la música.»
Su agudo sentido del humor es dominado por el tono sarcástico de su voz literaria. «Matadero Cinco» fue prohibida en varias instituciones educativas, pero fue de hecho alimento para una hoguera, por órdenes de Charles Mc Carthy, director de una escuela de Drake, en el estado de Dakota del Norte, Estados Unidos.
Un año después de conocer «Matadero Cinco», Miguel me obsequió «Desayuno de Campeones». Cualquiera que haya disfrutado de la idea de un personaje del cine que se sale de la pantalla, como fue bellamente lograda por el también genial Woody Allen en su «Rosa Púrpura del Cairo», debería disfrutar de esta novela llena de reflexiones sobre la vida, en la que uno de los personajes de un escritor escapa de su obra y termina por reclamarle a su autor el don de la juventud. En varios de mis libros de este autor, hay una advertencia para el lector, que dice, poco más o menos: «Asegúrese de tener una buena reserva de las novelas de Kurt Vonnegut, Jr. Como estarán de acuerdo todos los que conocen sus obras, Vonnegut es definitivamente enviciador.» Doy fe de este vicio llamado Vonnegut. Ni qué decir de sus cuentos y ensayos.
Como era de esperarse, Kurt Vonnegut (quien, por supuesto, nunca se enteró de mi existencia) encontró otro adepto en mí. Aún cuando yo todavía no sospechaba que compartía con él gustos triviales, como el de considerar al edificio Chrysler de la ciudad de Nueva York, esa aguja de acero que hiende el cielo de la gran metrópolis, como mi edificio favorito. O que teníamos otras coincidencias sorprendentes, como tener un hermano llamado Bernardo, o disfrutar de la fotografía. O tener una visión que, además de ser binocular, es agnóstica. En fin.
Gozar de sus juegos de palabras se da por sentado. Llamar «Jack the Dripper» (Jack el Desparramador) a Jackson Pollock es algo más que sorprendente. Inventar extraterrestres benévolos que sólo se comunican mediante pasos de tap-dance y pedos es más que un juego. Crear religiones cuyos líderes desdicen de su creador no es simplemente una burla. Ceder la autoría de sus relatos a sus propios personajes resulta, por lo menos, ingenioso. Considerar a la antropología como «una rama de la poesía», es sencillamente magistral.
Kurt Vonnegut opinaba que no se podía ser un buen escritor de narrativa seria si no se estaba deprimido. Vonnegut sabía que usualmente andaba pensando en la maldad humana, aunque se consideraba una persona que, en general, y por principio, creía en la bondad, idea que resumía su definición del humanismo.
Mi colección personal creció con su opera prima, «La Pianola»; sus obras ficticias, que él mismo atribuyó a su personaje Kilgore Trout; la novela que escribió su hijo luego de su propia experiencia con la esquizofrenia (al parecer, un desorden maníaco-depresivo mal diagnosticado).
Su descripción del hielo-9, una sustancia química capaz de congelar el agua de todo el planeta, nos presenta una visión apocalíptica del mundo. Es precisamente en «Cuna de Gato», otra novela premonitoria acerca de las grandes malas ideas de la humanidad, que termina destruyendo su propio planeta, donde se explora la condición humana desde una perspectiva humanista. El inventor de esa sustancia terrible, el hielo 9, que puede representar la analogía con el poder destructivo de la energía atómica, era el profesor Hoennikker. Alguna vez, leyendo sobre los descubrimientos de la física, me enteré que la materia no sólo tenía las conocidas formas de sólido, líquido, gas y plasma, sino que, a partir de los experimentos de Einstein y Bose, había un quinto estado llamado hielo cuántico; no tuve más remedio que pensar en el hielo-9. Como muchos genios, Hoennikker era asaltado por dudas que podían parecer irrelevantes. Por ejemplo, si los cuellos de las tortugas se doblaban o se telescopaban al esconderse en sus caparazones.
En otra inspiradora coincidencia, pude responder, por lo menos parcialmente, a esa duda. Una noche, durante mi formación como radiólogo, tuve la oportunidad de examinar algunos especímenes de la Podocnemis expansa, que, según la amiga bióloga que me las presentó, era la tortuga de agua dulce más grande del planeta. Inicialmente tomamos radiografías de unas pequeñas crías de estos reptiles, provenientes de la orinoquia colombiana, con la intención de poder estudiar con rayos X algún espécimen adulto, para determinar si era posible detectar los huevos en su interior, algo así como una prueba de embarazo para tortugas (o para biólogas y radiólogos).
A mi amiga, la bióloga, nunca la volví a ver. ¿Acaso regresó del Orinoco? De esta anécdota, que prefiero pensar que le habría causado gracia a Vonnegut, conservo aún el recuerdo imborrable de la columna cervical formando una S para ocultar la cabeza de su dueña, una pequeña Podocnemis que había sido víctima de un intento de cacería, como pudimos diagnosticar al descubrir un anzuelo en su garganta. El profesor Félix Hoennikker habría quedado satisfecho, con una prueba tan definitiva como una radiografía de una tortuga con su cabeza retraída dentro de su caparazón. Como nota al margen, con esas radiografías también aprendí que las tortugas tienen tres pares de clavículas.
«Abracadabra» fue una historia a pedazos, escrita en trozos de papel por otro autor ficticio, un convicto cuyas ideas fueron recopiladas para formar «Hocus Pocus», un recurso literario que más tarde sería usado por Héctor Abad Faciolince en su «Basura».
En «Domingo de Ramos», además de tratar temas autobiográficos diversos, Vonnegut hace una evaluación de sus obras publicadas hasta ese momento. Cualquiera que desee conocer a Vonnegut debería comenzar por las novelas que él mismo considera entre sus favoritas, además de las ya mencionadas: «Dios lo Bendiga, Señor Rosewater», «Las Sirenas de Titán», «Madre Noche» y «Jailbird», título que, según Vonnegut supo, había representado dificultades para sus traductores, pues no es fácil encontrar en idiomas diferentes al inglés una palabra que haga referencia a una persona que ha sido encarcelada varias veces. Más que un preso, se refiere a alguien que ha permanecido tras las rejas la mayor parte de su vida.
Su última novela fue «Timequake». Publicada en 1997, narra lo sucedido en el futuro: el 13 de febrero de 2001, el Universo sufre una crisis de auto confianza. ¿Debería seguir expandiéndose? ¿Con qué objeto? Un movimiento telúrico excepcional, que produce una especie de sismo temporal, un «terremoto de tiempo» que lleva a una regresión de diez años. Como sólo podría habérsele ocurrido a Vonnegut, la humanidad entera quedó condenada a vivir de nuevo cada instante de la última decada, pero sin la posibilidad de cambiar nada, es decir, reviviendo cada decisión, cometiendo los mismos errores, en lo que Vonnegut describe como una carrera de obstáculos de su propia invención. Es posible que Vonnegut haya escrito «Timequake» como reacción a la muerte de su hermano mayor, un científico fallecido unos días antes del 25 de abril de 1997, casi exactamente diez años de su propia muerte. El que el sismo temporal que él inventa sea de una década puede ser otra coincidencia sorprendente (y otra coincidencia sorprendente: uno de mis hermanos mayores cumple años el 25 de abril).
Pero, sin lugar a dudas, la obra de Vonnegut que más me impactó fue «Galápagos». En ella, el hijo de su personaje Kilgore Trout muere decapitado en el astillero en el que trabajaba durante la construcción del barco «Bahía de Darwin». (Yo he dicho que los radiólogos somos «voyeuristas de oficio».) En una muestra de «voyeurismo» insaciable, Trout decide no avanzar hacia el túnel azul que lleva a la otra vida, y escoje permancer como observador de la especie humana durante un millón de años. «Galápagos» es la narración de la evolución a partir del último viaje del «Bahía de Darwin», cuyo fantasma describe los eventos que llevan a la destrucción de la especie humana, y su transformación final en una especie de cerebros mucho más pequeños, una especie mucho más primordial y alegre que los humanos de 1986, los de un millón de años atrás.
El pasado viernes 13 de abril, recibí de Miguel la noticia de la muerte de Kurt Vonnegut. Una muerte que quizá a él mismo le habría causado gracia: rodó por las escaleras de su casa, y falleció como consecuencia de sus lesiones. Como radiólogo, imagino contusiones y hematomas. También imagino que Miguel, como neurólogo, habrá pensado igual. Qué oportuno, Miguel. Sé que nunca podré olvidar a ese autor ni al amigo que me lo presentó.
En su último libro, «Un hombre sin país», Vonnegut cierra con un «Requiem»:
El crucificado planeta Tierra
si encontrara una voz
y el sentido de la ironía
perfectamente diría
de nuestro permanente abuso
«Perdónalos Padre,
Pues no saben lo que hacen.»

La ironía sería
que supiéramos
lo que hacíamos.

Cuando el último ser viviente
haya muerto por nuestra cuenta
qué poético sería
si La Tierra pudiera decir
en una voz que flotara
quizá
desde el fondo
del Gran Cañón
«Está hecho.»
A la gente no le gustaba esto.

Para terminar, yo tendría que cerrar con algo que para Vonnegut sería el mejor chiste: «Kurt debe estar ahora arriba en el cielo».
(Y si llegué a conocerlo a través de sus escritos, me permito imaginar que estaría riendo. Y que habría elegido no caminar por el túnel, sino observarnos durante el siguiente millón de años. Hasta luego, Sr. Vonnegut. Amén.)

lunes, 16 de abril de 2007

¿Qué hay en un nombre?

Esta entrega de El poder de la palabra trató el tema del nombre de la especialidad médica a la cual me dedico.

Boletin Imágenes, Asociación Colombiana de Radiología 2003; 9(2):10. www.ACRonline.org

Tengo la certeza de que «soldado avisado» también muere en guerra, y no se salva, al contrario de lo que afirma el conocido refrán. Así, como lo anuncié en una columna previa, voy a explayarme acerca del nombre de nuestra especialidad. La reciente editorial de la Revista Colombiana de Radiología sobre el término imagenología (1) frente a imaginología, me ofrece la excusa perfecta para ocupar mi tiempo —y el de mis lectores— en una disertación sobre una palabra que intenta definir lo que escogimos como forma de vida. ¿Qué más podía pedir?
Estoy plenamente convencido de que un idioma crece como resultado de la evolución misma de las civilizaciones. Sin embargo, hay normas y reglas que evitan que esta evolución sea anárquica y que se adopten términos que lleven a la pérdida de la identidad de las comunidades que utilizan o pretenden utilizar un mismo lenguaje. Por ello estoy de acuerdo en que resulta exagerado afirmar que no existen aquellos términos que no aparecen en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2). De hecho, aunque sea el que representa la oficialidad, está claro que no es ése el único diccionario disponible. Algunos eruditos han hecho esfuerzos enormes por recopilar, en tomos independientes, y agrupadas por características comunes, las palabras que usamos en el español, desde los regionalismos (3) hasta los tecnicismos (4,5), pasando incluso por lo maligno (6). Justo antes de enviar al Boletín esta columna en su versión final, me recomendaron un divertido diccionario acerca del mal uso del español (7), cuya referencia incluyo para deleitar la mente.
El idioma ha evolucionado a tal punto que hay casi tantos diccionarios como áreas del conocimiento, e incluso se consiguen textos dedicados a aspectos tan cotidianos en el idioma como la ofensa verbal (8). El interés por la terminología no es un fenómeno nuevo en el idioma español: la «Sinonima delos nombres delas medeçinas griegos e latynos e aravigos », obra anónima del siglo XIV, es el primer ejemplo del esfuerzo de algunos eruditos por recopilar términos técnicos en diccionarios, glosarios y enciclopedias, para remplazar en nuestro idioma la nomenclatura en latín, o los términos latinizados de origen árabe o griego (9). Siempre que una palabra haya nacido conforme a las reglas y sirva para expresar un concepto para el cual no exista otro término, tendremos que aceptar que su uso es válido (2). Pero cuando existan términos aceptados por la academia, o normas que estipulen la manera de transformar las palabras desde sus étimos, debemos propender por el uso del español correcto.
Para hacer una prueba del uso de los términos en conflicto, acudí a tres motores de búsqueda en la «Tela Totius Terrae», nombre en latín para «World Wide Web»(10), con resultados interesantes: en Google, imagenología arrojó 5700 entradas (93 %), contra 386 para imaginología (7 %); en Altavista, imagenología apareció en 3243 entradas (94 %), mientras que imaginología lo hizo en 215 (6 %); en Vivísimo, imagenología tuvo 5220 entradas (93 %), e imaginología, 384 (7 %).
En promedio, imagenología aparece en estos tres motores de búsqueda 4631 veces (93 %), con una desviación estándar de 1013,63, mientras que el término oficialmente aceptado por la RAE, imaginología, lo hace sólo 324 veces (7 %), con una desviación estándar de 94,56. No parece necesario hacer estos cálculos estadísticos ni otros más complejos para dictaminar que la diferencia es significativa, a favor del término «incorrecto». Los dos términos han sido motivo de controversia y de posiciones extremas.En un grupo internacional de traductores profesionales de biomedicina, algunos han llegado a sugerir que ninguna de las dos opciones es válida, por cuanto combina étimos del latín y el griego(sic): «Ninguna de las dos formas es correcta. Nombres de especialidades formados con el sufijo griego -logía, exigen el uso de una raíz griega, nunca española ni latina. ¿Iconología?» (11). Sin embargo, no aceptar los híbridos grecolatinos en la terminología médica eliminaría de un tajo a cientos de términos técnicos.
Por otra parte, el uso no es el único criterio válido para aceptar un término. Si así fuera, tendríamos que aceptar como correctas las formas «líbido» (12) y «éstasis», simplemente porque muchas personas cometen el grave error de acentuarlas como esdrújulas, en vez de hacerlo como corresponde, es decir, con acento grave (que no es lo mismo que con grave acento): libido y estasis. Al surgir la especialidad de la radiología hubo cierta controversia alrededor del nombre con el que se conocería. En su primera presentación pública ante la comunidad científica, Wilhelm Conrad Röntgen sugirió el término «rayos X» para designar su descubrimiento. En esa misma reunión, el anatomista Albert von Kölliker propuso darles a estos rayos el nombre de su descubridor, recomendación aplaudida en forma entusiasta por los asistentes a la reunión de la Sociedad Físico-Médica de Wurzburgo, el 23 de enero de 1896 (13).
Usando sufijos griegos como «grama» (γραμμα, mensaje escrito) o «grafos» (γραφος, escribir), el ortopedista alemán Carl Thiem propuso el término Röntgographie. Arthur Goodspeed, profesor de física de la Universidad de Pensilvania, acuñó el término «radiografía» para las imágenes obtenidas mediante este método (13). El término ha sobrevivido al paso del tiempo, hasta convertirse, por el uso erróneo, en sinónimo del fenómeno físico con el que se producen las imágenes. Por lo tanto, cuando nos referimos al uso de rayos X para producir una imagen del tórax, no es correcto decir «rayos X del tórax», sino «radiografía del tórax». El término «radiología» se atribuye al padre de la especialidad en Francia, Antoine Béclère. El prefijo «radio» se aprovechó para la descripción del descubrimiento de los esposos Curie, la «activité radiante» o «radio-activité». Agregando el sufijo «grafía» surgieron varios nombres para describir la especialidad, en los que se combinan prefijos del mismo origen griego, como «skia» (σκια, sombra) «pykno» (πικνω, denso), «aktino» (ακτινω, rayo), «día» (δια, a través, penetrante), «skoto» (σκοτω, oscuro, tinieblas) y «krypto» (κριτω, oculto) (13).
A Tomás Edison le debemos el término «fluoroscopia», con el que describió el aparato que se basaba en el fenómeno de fluorescencia para la observación con rayos X. Pero el más original de los términos utilizados es un ejemplo de la literatura no médica, cuando en una edición de 1897 del periódico «London Globe» se denominó a la radiología como «El nuevo Ituriel». Esta descripción hacía referencia a un personaje del cuarto libro del «Paraíso perdido» de John Milton (1608-1674): el diablo, disfrazado de sapo, pretendía seducir a Eva durante el sueño. El ángel Ituriel, que había sido enviado para proteger a los dos mortales, descubrió esta treta y con su espada tocó al sapo que se encontraba hablando al oído de Eva. Inmediatamente, el sapo se reveló en su verdadera naturaleza, como Satanás. La analogía entre los rayos X y el ángel Ituriel resulta poética: ambos representaban la fuerza que «revela la verdadera naturaleza de las cosas»(13).
Entonces, ¿imaginología o imagenología? Lo cierto es que de los dos, el único término que hasta el momento de escribir estas letras ha sido oficialmente aceptado (14) es el que lleva la i, imaginología. Desde el Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo de la Universidad de Salamanca (15),me explicaron que la norma etimológica dice que las palabras latinas llegan al español desde su forma en acusativo. Para reconstruir todos los casos del latín al español, los diccionarios indican para los sustantivos las formas de nominativo y genitivo, como en «imago, imaginis». En algunas condiciones, la letra i breve evoluciona al español en la letra e, de donde se explica el paso del mismo étimo a «imagen, imaginología». Esto puede significar que al atribuirles a los dos términos el mismo origen, se esté desconociendo la norma evolutiva que transforma las palabras desde el latín al español. ¿Y por qué tenemos que acuñar un término que aclare que la especialidad abarca diferentes imágenes médicas, no sólo las producidas con rayos X? Me atrevo a pensar que es el resultado de la necesidad de traducir el término inglés «imaging». ¿Otra cesión a la dominación anglosajona?
Se ha estimado que la población crítica de usuarios que se requiere para poner en peligro de extinción a una lengua es de 100.000 personas (16). Claramente, el español está lejos de ese destino. Pero eso no significa que no resulten dañinos los ataques lesivos que a diario sufre nuestro idioma cada vez que pretendemos relajar las normas que lo rigen y que lo mantienen vivo.¿Era realmente necesario un mandato de la Sala Plena de la Corte Constitucional de Colombia para declarar exequible la expresión «e imágenes diagnósticas» al definir la radiología (17)?
Por eso insisto en que yo no soy imagenólogo, ni quiero que me llamen imaginólogo. Prefiero ser reconocido como radiólogo, aceptando lo que en el fondo eso pueda significar: que soy voyeurista de oficio.
Bibliografía
1.Bermúdez, S.: ¿De la imagen a la imagenología?... ¿O a la imaginología? Revista Col de Radiología 2002; 13(3): 1172-1173.

2.Hernández, A.: ¡Esa palabra no existe! [consulta: 07.17.2003].

3.Montes, J.J.: Estudios sobre el español de Colombia. Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo LXXIII, Bogotá, 1985.

4. Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales: Diccionario esencial de las ciencias. Espasa Calpe, S.A., Madrid, 2001.

5.Collazo, J.L.: Diccionario enciclopédico de términos técnicos inglés-español, español-inglés. Mc Graw-Hill, México,2001.

6.Bierce, A.: Diccionario del Diablo. Edimat Libros, S.A., Madrid, 1998.

7.Castro, X.: Diccionario de burradas.< http://xcastro.com/portera.html > [consulta: 07.27.2003]

8.Luque, J.D., Palies, A., Manjón, F.J.: Diccionario del Insulto. Ediciones Península, Barcelona, 2000.

9.Gutiérrez, B.M.: Evolución del lenguaje científico a través de los diccionarios: el caso de la medicina. Panace@ 2000: ; 1(2): 27-37. [consulta:17.06.2003]

10.García, I.: Lingva latina in interrete trivmphat (El latín triunfa en internet). [consulta:01.06.2003].

11.Medtradiario. . [Consulta 07.17.2003].

12.Noguerol, M.: Comunicación personal, a través del Foro de Traductores Profesionales de Biomedicina. [Consulta 07.04.2003].

13.Eisenberg, R.L.: Radiology: An Illustrated History. Mosby Year Book, St. Louis, 1992.

14.Departamento de español al día. Real Academia Española. [Consulta mayo 2003.]

15.Cortés, F.: (Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo, Universidad de Salamanca) Comunicación personal. [Consulta 07.17.2003].

16.Asociación Colombiana de Radiología: Sentencia C-038/03. Boletín Imágenes 2003; 9(1):6-8.

17.Bernárdez, E.: ¿Qué son las lenguas? Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1999.

domingo, 8 de abril de 2007

Éste(a), este(a) , ese(a), ése(a)

Cuando son adjetivos, no llevan tilde, cuando son pronombres pueden ser tildados, especialmente si pueden causar confusión. Son adjetivos cuando acompañan a un sustantivo.
Ejemplos de adjetivo (con sustantivo):
Este catéter.
Esta aguja.
Esta guía.
Esa radiografía.
Este examen.

En todos esos casos, preceden a un sustantivo: son adjetivos. Se puede pensar que nos están mostrando el objeto (o la persona a la que se hace referencia: Este catéter que le estoy mostrando, este catéter que tengo en la mano, esta señora que está parada junto a mí.

Si se eliminan los sustantivos, se convierten en pronombres. El sustantivo desaparece, ya no nos están mostrando nada ni nadie.
Éste me parece mejor (un catéter, por ejemplo).
A través de éste (un introductor vascular, por ejemplo).

Desde 1952, la Real Academia Española dijo que la norma no era obligatoria, excepto cuando puede haber confusión:
Este paciente con este catéter y este introductor solamente.

Este paciente: adjetivo (este) antes de sustantivo (paciente): no lleva tilde.
este catéter: adjetivo (este) antes de sustantivo (catéter): no lleva tilde.
este introductor: posible confusión:
¿este introductor que tengo aquí en mi mano es el que vamos a usar en el único paciente del que estamos hablando? Entonces, no lleva tilde.

¿Vamos a atender a dos pacientes? Uno, que usted me señala con un dedo (este paciente) con este catéter que me está mostrando en su mano derecha, y un segundo paciente, que me señala después, al que solamente vamos a ponerle un introductor vascular? En ese caso, el segundo lleva tilde:
Este paciente con este catéter y éste (pronombre que remplaza al sustantivo, otro paciente) con introductor solamente.

No es tan fácil como que las palabras graves terminadas en vocal, n o s no llevan tilde, de ser así, por supuesto que esta palabra (este, ese) no llevaría tilde nunca.

Para evitar confusiones, podría haber dicho: Don Carlos (este paciente) con el catéter azul, Don Pedro (éste) con el introductor solamente.
Este que está acá atrás no necesita tildes, pues no genera confusión, excepto si se dice muy rápido o se pronuncia con el típico acento costeño del caribe colombiano, en cuyo caso las tildes tampoco ayudarían:

Etequetacatrá