miércoles, 16 de enero de 2008
Propósitos para un mejor año, siglo, milenio...
Desde hace una semana, se encuentra en las carteleras del Departamento una versión impresa a dos columnas del siguiente texto:
Ahora que comienza un nuevo año, comparto un viejo listado, escrito con ánimo motivador, que desenterré de mi archivo personal. Con la libertad que ofrece la autoría, lo he adaptado ligeramente a nuestra realidad. Pese a que ha transcurrido una década de haberlo concebido, creo que algunos de los puntos pueden seguir vigentes.
Aníbal J. Morillo, MD.
Coordinador Académico
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe de Bogotá
Bogotá, Colombia
Propósitos para un mejor año, siglo, milenio…
Modificado de El Tiempo de Relajación, Vol 5. No1. (Febrero de 1998).
No me olvidaré de cambiar mi dosímetro personal oportunamente.
Identificaré todas y cada una de las películas radiográficas que yo haga y verificaré que el nombre de mi paciente esté bien escrito en ellas.
Seré amable y comprensivo con quienes soliciten mi ayuda.
Daré indicaciones claras a los pacientes para su preparación.
No haré que mis pacientes firmen la hoja de consentimiento informado para un procedimiento invasivo cuando ya estén bajo los efectos del protocolo de sedación.
Colaboraré con los trabajos de investigación de mis compañeros.
Atenderé respetuosamente a quienes soliciten mi ayuda, sin importar su cargo, labor u oficio.
Me enorgulleceré por los logros del Departamento y los consideraré como propios.
Seré amable y comprensivo con mis compañeros de trabajo.
Archivaré adecuadamente todos los estudios.
Respetaré el pudor de mis pacientes.
Atenderé cordialmente las llamadas telefónicas.
Si tengo que entrar a una sala donde se realiza un examen o procedimiento, saludaré cordialmente al paciente que esté siendo atendido.
Respetaré el temor de mis pacientes.
No haré que mis pacientes desfilen semidesnudos por el Departamento.
No haré comentarios discriminativos.
Me interesaré por el trabajo de los demás.
Cuidaré los elementos de trabajo.
Me interesaré por el orden y la limpieza.
Dejaré cada cosa en su lugar.
Apagaré las luces y negatoscopios que no esté utilizando.
Cuidaré los libros y revistas del Departamento.
Escribiré con letra legible.
Seré claro y conciso en mis descripciones.
Cumpliré con mi horario de trabajo.
Refunfuñaré menos.
Reiré más.
Me acordaré de guardar las precauciones mínimas de bioseguridad, y usaré guantes para manipular elementos que hayan estado en contacto con secreciones.
Regañaré menos.
No regañaré en público.
Recordaré con más frecuencia que mis residentes esperan que yo les enseñe.
Recordaré con más frecuencia que mis docentes sí se preocupan por mi formación.
Usaré la radiación en forma racional.
Usaré los elementos de radioprotección en forma racional.
Seré menos irracional.
No usaré más del tiempo asignado para una conferencia.
Trataré de no dormir en las conferencias de mis compañeros.
Trataré de no dormir en las conferencias de mis docentes.
No llegaré tarde a las reuniones académicas.
Seré discreto con la información confidencial.
Reportaré oportunamente los incidentes adversos.
Me identificaré más con el Departamento.
Seré un ejemplo para los demás.
Seré más paciente.
Seré más amable.
Recordaré que la historia clínica es un documento legal, en el que no debo escribir en forma pasional.
Dejaré caer menos chasises.
Golpearé menos los equipos.
Tiraré menos puertas.
Mantendré cerradas las puertas de las salas de examen.
Mantendré cerradas las puertas de las oficinas cuando las deje vacías.
Estudiaré más.
No tildaré las palabras examen ni abdomen.
Revisaré las carteleras con más frecuencia.
Me encargaré de actualizar oportunamente los datos para localizarme cuando me encuentre de turno.
Atenderé los consejos de mis superiores.
Atenderé los conseos de mis subalternos.
Atenderé los consejos de mis pacientes.
Atenderé los consejos de mis compañeros.
Atenderé los consejos de mi jefe.
Pagaré a tiempo mis deudas.
Cuidaré más del archivo docente.
Dejaré el baño como me gustaría encontrarlo.
Gritaré menos.
Atenderé oportunamente los llamados que me hagan durante mi turno.
Maltrataré menos los chalecos de plomo, y los dejaré en su sitio cuando termine de usarlos.
Usaré un protector de tiroides cuando me encuentre expuesto a radiaciones ionizantes.
Gastaré menos agua.
Gastaré menos gel para ecografía.
Gastaré menos tiempo.
Mandaré a repetir menos estudios.
Haré mejor los estudios para que no me toque repetirlos.
Como los teléfonos están temporizados, no tendré que recordar el ser breve en mis llamadas.
Pelearé menos.
Seré menos “sapo”.
Pondré más atención a lo que hago.
Me importará más mi trabajo.
Tendré más cuidado.
Seré más eficiente.
Respetaré a los no fumadores.
Respetaré a los fumadores.
Respetaré los semáforos.
Caminaré más.
Fumaré menos.
Recordaré con más frecuencia que todos somos del mismo equipo.
No culparé a los demás por mis errores.
Etc…
Uno no lo ha perdido todo mientras esté descontento de sí mismo. E.M. Cioran
Ahora que comienza un nuevo año, comparto un viejo listado, escrito con ánimo motivador, que desenterré de mi archivo personal. Con la libertad que ofrece la autoría, lo he adaptado ligeramente a nuestra realidad. Pese a que ha transcurrido una década de haberlo concebido, creo que algunos de los puntos pueden seguir vigentes.
Aníbal J. Morillo, MD.
Coordinador Académico
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe de Bogotá
Bogotá, Colombia
Propósitos para un mejor año, siglo, milenio…
Modificado de El Tiempo de Relajación, Vol 5. No1. (Febrero de 1998).
No me olvidaré de cambiar mi dosímetro personal oportunamente.
Identificaré todas y cada una de las películas radiográficas que yo haga y verificaré que el nombre de mi paciente esté bien escrito en ellas.
Seré amable y comprensivo con quienes soliciten mi ayuda.
Daré indicaciones claras a los pacientes para su preparación.
No haré que mis pacientes firmen la hoja de consentimiento informado para un procedimiento invasivo cuando ya estén bajo los efectos del protocolo de sedación.
Colaboraré con los trabajos de investigación de mis compañeros.
Atenderé respetuosamente a quienes soliciten mi ayuda, sin importar su cargo, labor u oficio.
Me enorgulleceré por los logros del Departamento y los consideraré como propios.
Seré amable y comprensivo con mis compañeros de trabajo.
Archivaré adecuadamente todos los estudios.
Respetaré el pudor de mis pacientes.
Atenderé cordialmente las llamadas telefónicas.
Si tengo que entrar a una sala donde se realiza un examen o procedimiento, saludaré cordialmente al paciente que esté siendo atendido.
Respetaré el temor de mis pacientes.
No haré que mis pacientes desfilen semidesnudos por el Departamento.
No haré comentarios discriminativos.
Me interesaré por el trabajo de los demás.
Cuidaré los elementos de trabajo.
Me interesaré por el orden y la limpieza.
Dejaré cada cosa en su lugar.
Apagaré las luces y negatoscopios que no esté utilizando.
Cuidaré los libros y revistas del Departamento.
Escribiré con letra legible.
Seré claro y conciso en mis descripciones.
Cumpliré con mi horario de trabajo.
Refunfuñaré menos.
Reiré más.
Me acordaré de guardar las precauciones mínimas de bioseguridad, y usaré guantes para manipular elementos que hayan estado en contacto con secreciones.
Regañaré menos.
No regañaré en público.
Recordaré con más frecuencia que mis residentes esperan que yo les enseñe.
Recordaré con más frecuencia que mis docentes sí se preocupan por mi formación.
Usaré la radiación en forma racional.
Usaré los elementos de radioprotección en forma racional.
Seré menos irracional.
No usaré más del tiempo asignado para una conferencia.
Trataré de no dormir en las conferencias de mis compañeros.
Trataré de no dormir en las conferencias de mis docentes.
No llegaré tarde a las reuniones académicas.
Seré discreto con la información confidencial.
Reportaré oportunamente los incidentes adversos.
Me identificaré más con el Departamento.
Seré un ejemplo para los demás.
Seré más paciente.
Seré más amable.
Recordaré que la historia clínica es un documento legal, en el que no debo escribir en forma pasional.
Dejaré caer menos chasises.
Golpearé menos los equipos.
Tiraré menos puertas.
Mantendré cerradas las puertas de las salas de examen.
Mantendré cerradas las puertas de las oficinas cuando las deje vacías.
Estudiaré más.
No tildaré las palabras examen ni abdomen.
Revisaré las carteleras con más frecuencia.
Me encargaré de actualizar oportunamente los datos para localizarme cuando me encuentre de turno.
Atenderé los consejos de mis superiores.
Atenderé los conseos de mis subalternos.
Atenderé los consejos de mis pacientes.
Atenderé los consejos de mis compañeros.
Atenderé los consejos de mi jefe.
Pagaré a tiempo mis deudas.
Cuidaré más del archivo docente.
Dejaré el baño como me gustaría encontrarlo.
Gritaré menos.
Atenderé oportunamente los llamados que me hagan durante mi turno.
Maltrataré menos los chalecos de plomo, y los dejaré en su sitio cuando termine de usarlos.
Usaré un protector de tiroides cuando me encuentre expuesto a radiaciones ionizantes.
Gastaré menos agua.
Gastaré menos gel para ecografía.
Gastaré menos tiempo.
Mandaré a repetir menos estudios.
Haré mejor los estudios para que no me toque repetirlos.
Como los teléfonos están temporizados, no tendré que recordar el ser breve en mis llamadas.
Pelearé menos.
Seré menos “sapo”.
Pondré más atención a lo que hago.
Me importará más mi trabajo.
Tendré más cuidado.
Seré más eficiente.
Respetaré a los no fumadores.
Respetaré a los fumadores.
Respetaré los semáforos.
Caminaré más.
Fumaré menos.
Recordaré con más frecuencia que todos somos del mismo equipo.
No culparé a los demás por mis errores.
Etc…
Uno no lo ha perdido todo mientras esté descontento de sí mismo. E.M. Cioran
martes, 4 de diciembre de 2007
Una bala, un presidente herido y un teléfono.
Eran las 9:20 de una mañana de julio de 1881. El presidente norteamericano James A. Garfield se dirigía al Williams College en el estado de Massachussets, de donde era exalumno, para recibir un grado honorífico de su alma mater. Mientras esperaba en la estación del tren en Washington, D.C., un hombre barbado le disparó dos veces.
El Dr. Smith Townsend fue el primero en atender al presidente Garfield. En el mismo sitio del atentado, cortó el traje del presidente e introdujo su dedo índice a través de la herida en su espalda. Dictaminó que la bala había dado un giro a la altura del riñón y se había dirigido a la derecha, para alojarse en la región lumbar. El presidente mantuvo la calma y pidió ser trasladado a la Casa Blanca.
El clima de verano de la capital era malsano; en las siguientes tres semanas, por lo menos cuatro miembros del personal de la Casa Blanca contrajeron malaria. Para alivio del presidente, los ingenieros navales, guiados por Simon Newcomb, en ese entonces director del Observatorio Naval, construyeron un complicado equipo de enfriamiento.
Este precursor de los sistemas de aire acondicionado, con el que lograron disminuir la temperatura ambiental en unos veinte grados, funcionaba forzando aire sobre unas seis toneladas de bloques de hielo que fueron ubicados en el sótano de la Casa Blanca, aire que luego era llevado al dormitorio norte de la casa presidencial.
En contra de las predicciones del Dr. Townsend, el presidente se recuperó y a los pocos días se encontraba en buenas condiciones, tomando champaña helada para refrescarse. Sin embargo, esta recuperación fue breve. La frustración de los médicos era grande: sin conocer la localización de la bala, no se podía tomar la decisión de dejarla o de buscarla para extraerla. Los medios reflejaban las inquietudes del público general: era difícil entender cómo, en la era de grandes inventos como el telégrafo y el teléfono, no existía un método científico para encontrar el proyectil.
«¿Dónde está la bala?», exigían los titulares de la prensa, pero nadie pensaba que fuera posible «ver» la bala, pues faltaba más de una década para el descubrimiento de los rayos X; el común de la gente se imaginaba algún tipo de detector de metales para encontrarla. El precario estado de salud del presidente sólo se podía monitorizar con la tecnología médica más avanzada del momento: estetoscopios y termómetros.
Desde Boston, el escocés Alexander Bell (1847-1922) envió un mensaje a Simon Newcomb, asegurando que podría construir una máquina que combinara la inducción eléctrica con algunas piezas de su invento del teléfono para ayudar a detectar la bala del presidente. Una semana después del atentado, llegó a la capital en compañía de su asistente Sumner Tainter, con quien construyó un aparato capaz de generar un campo eléctrico alrededor del presidente. Usando bobinas de exploración que desplazaría por encima del cuerpo, casi literalmente «recibiría una llamada» del proyectil cuando pasara sobre éste. Antes de probarlo en su paciente, Bell y Tainter hicieron pruebas que resultaron exitosas, empuñando balas u ocultándolas en sus axilas o en sus bocas. Más adelante, Bell dispararía algunos proyectiles a unos trozos de carne de res fresca; la prueba final fue sobre un cadáver abaleado, cuya constitución física era similar a la del presidente. El 26 de julio de 1881, el inventor del teléfono trasladó su equipo a la habitación del presidente Garfield. Bajo la mirada escrutadora del equipo médico, desplazó lentamente la bobina de exploración sobre el cuerpo del presidente, hasta que, ante la incrédula emoción de los presentes, se oyó una tenue señal; sin embargo, pronto se descubrió que ésta provenía de uno de los resortes del colchón de la cama presidencial.
Aunque Bell logró desarrollar un detector de metales, en ese momento, la idea resultó un fracaso: se necesitaron otros treinta años para que alguien pudiera localizar objetos mediante ondas de sonido, aunque este desarrollo tecnológico también se logró con el fin de evitar tragedias después de que fuera demasiado tarde. Por supuesto, estos objetos fueron de tamaño mucho mayor que el de una bala. Para evitar desastres como el del transatlántico Titanic, fue posible detectar icebergs, otra técnica en la que Bell es hoy en día considerado pionero. Faltaban aún cerca de cincuenta años para que se pudieran lograr imágenes del cuerpo humano con ondas de sonido.
El 19 de septiembre de 1881, ochenta días después del atentado, el presidente Garfield falleció. La autopsia confirmó que la bala había hecho un giro, pero diametralmente opuesto al dictaminado por el Dr. Townsend, es decir, hacia la izquierda, alojándose cerca al páncreas. Como puede suponerse, la reputación del equipo médico se fue a pique. Nunca fue posible localizar la bala presidencial mediante las bobinas del inventor del teléfono.
En los años setenta, el grupo de rock británico Sweet logró altas ventas por su canción Alexander Graham Bell, en la que presentan una versión ficticia según la cual el inventor produce el teléfono para comunicarse con su novia. Por supuesto, Alexander Bell, quien adoptó su segundo nombre de Alexander Graham, un amigo de la familia, nunca conocería semejante interpretación de la historia de su invento. A pesar de su fracaso, en su momento, la Corte Suprema le concedió a Alexander Graham Bell la ciudadanía norteamericana, dado su patriótico interés en resolver el caso del presidente James Garfield. Muchos de los presidentes de Estados Unidos han sobrevivido a atentados, como fuera el caso de Roosevelt, Truman, Nixon y Ford. Excepto por Ronald Reagan, todos los presidentes de ese país que sufrieron heridas de proyectil de arma de fuego fallecieron: Lincoln, Garfield, Mc Kinley y Kennedy. El de Garfield fue el último atentado presidencial antes del descubrimiento de los rayos X.
Lecturas recomendadas
1. Aaron BL, Rockoff SD: The attempted assassination of President Reagan. Medical implications and historical perspective. JAMA. 1994 Dec 7; 272(21):1689-93.
2. http://bell.uccb.ns.ca/agbi_docs_frm.asp [Consulta 08.02.2006].
3. http://www.pbs.org/wgbh/amex/telephone/peopleevents/mabell.html [Consulta 08.02.2006].
4. Levy, ML, Sullivan D, Faccio R, Grossman RG: A neuroforensic analysis of the wounds of President John F Kennedy: -part 2: a study of the available evidence, eye witness correlations, analysis, and conclusions. Neurosurgery 2004; 54(6): 1298 - 1312.
5. Kevles BH: Naked to the Bone. Medical Imaging in the Twentieth Century. Helix Books. Addison-Wesley, Reading, 1998.
6. Rockoff SD, Aaron BL: The shooting of President Reagan: a radiologic chronology of his medical care. Radiographics. 1995 Mar;15(2):407-18.
7. Sullivan D, Faccio R, Levy ML, Grossman RG: The assassination of President John F Kennedy: a neuroforensic analysis--part 1: a neurosurgeon's previously undocumented eyewitness account of the events of November 22, 1963. Neurosurgery 2003; 53(5): 1019-25.
Nota histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología, Vol 17, No. 3
El Dr. Smith Townsend fue el primero en atender al presidente Garfield. En el mismo sitio del atentado, cortó el traje del presidente e introdujo su dedo índice a través de la herida en su espalda. Dictaminó que la bala había dado un giro a la altura del riñón y se había dirigido a la derecha, para alojarse en la región lumbar. El presidente mantuvo la calma y pidió ser trasladado a la Casa Blanca.
El clima de verano de la capital era malsano; en las siguientes tres semanas, por lo menos cuatro miembros del personal de la Casa Blanca contrajeron malaria. Para alivio del presidente, los ingenieros navales, guiados por Simon Newcomb, en ese entonces director del Observatorio Naval, construyeron un complicado equipo de enfriamiento.
Este precursor de los sistemas de aire acondicionado, con el que lograron disminuir la temperatura ambiental en unos veinte grados, funcionaba forzando aire sobre unas seis toneladas de bloques de hielo que fueron ubicados en el sótano de la Casa Blanca, aire que luego era llevado al dormitorio norte de la casa presidencial.
En contra de las predicciones del Dr. Townsend, el presidente se recuperó y a los pocos días se encontraba en buenas condiciones, tomando champaña helada para refrescarse. Sin embargo, esta recuperación fue breve. La frustración de los médicos era grande: sin conocer la localización de la bala, no se podía tomar la decisión de dejarla o de buscarla para extraerla. Los medios reflejaban las inquietudes del público general: era difícil entender cómo, en la era de grandes inventos como el telégrafo y el teléfono, no existía un método científico para encontrar el proyectil.
«¿Dónde está la bala?», exigían los titulares de la prensa, pero nadie pensaba que fuera posible «ver» la bala, pues faltaba más de una década para el descubrimiento de los rayos X; el común de la gente se imaginaba algún tipo de detector de metales para encontrarla. El precario estado de salud del presidente sólo se podía monitorizar con la tecnología médica más avanzada del momento: estetoscopios y termómetros.
Desde Boston, el escocés Alexander Bell (1847-1922) envió un mensaje a Simon Newcomb, asegurando que podría construir una máquina que combinara la inducción eléctrica con algunas piezas de su invento del teléfono para ayudar a detectar la bala del presidente. Una semana después del atentado, llegó a la capital en compañía de su asistente Sumner Tainter, con quien construyó un aparato capaz de generar un campo eléctrico alrededor del presidente. Usando bobinas de exploración que desplazaría por encima del cuerpo, casi literalmente «recibiría una llamada» del proyectil cuando pasara sobre éste. Antes de probarlo en su paciente, Bell y Tainter hicieron pruebas que resultaron exitosas, empuñando balas u ocultándolas en sus axilas o en sus bocas. Más adelante, Bell dispararía algunos proyectiles a unos trozos de carne de res fresca; la prueba final fue sobre un cadáver abaleado, cuya constitución física era similar a la del presidente. El 26 de julio de 1881, el inventor del teléfono trasladó su equipo a la habitación del presidente Garfield. Bajo la mirada escrutadora del equipo médico, desplazó lentamente la bobina de exploración sobre el cuerpo del presidente, hasta que, ante la incrédula emoción de los presentes, se oyó una tenue señal; sin embargo, pronto se descubrió que ésta provenía de uno de los resortes del colchón de la cama presidencial.
Aunque Bell logró desarrollar un detector de metales, en ese momento, la idea resultó un fracaso: se necesitaron otros treinta años para que alguien pudiera localizar objetos mediante ondas de sonido, aunque este desarrollo tecnológico también se logró con el fin de evitar tragedias después de que fuera demasiado tarde. Por supuesto, estos objetos fueron de tamaño mucho mayor que el de una bala. Para evitar desastres como el del transatlántico Titanic, fue posible detectar icebergs, otra técnica en la que Bell es hoy en día considerado pionero. Faltaban aún cerca de cincuenta años para que se pudieran lograr imágenes del cuerpo humano con ondas de sonido.
El 19 de septiembre de 1881, ochenta días después del atentado, el presidente Garfield falleció. La autopsia confirmó que la bala había hecho un giro, pero diametralmente opuesto al dictaminado por el Dr. Townsend, es decir, hacia la izquierda, alojándose cerca al páncreas. Como puede suponerse, la reputación del equipo médico se fue a pique. Nunca fue posible localizar la bala presidencial mediante las bobinas del inventor del teléfono.
En los años setenta, el grupo de rock británico Sweet logró altas ventas por su canción Alexander Graham Bell, en la que presentan una versión ficticia según la cual el inventor produce el teléfono para comunicarse con su novia. Por supuesto, Alexander Bell, quien adoptó su segundo nombre de Alexander Graham, un amigo de la familia, nunca conocería semejante interpretación de la historia de su invento. A pesar de su fracaso, en su momento, la Corte Suprema le concedió a Alexander Graham Bell la ciudadanía norteamericana, dado su patriótico interés en resolver el caso del presidente James Garfield. Muchos de los presidentes de Estados Unidos han sobrevivido a atentados, como fuera el caso de Roosevelt, Truman, Nixon y Ford. Excepto por Ronald Reagan, todos los presidentes de ese país que sufrieron heridas de proyectil de arma de fuego fallecieron: Lincoln, Garfield, Mc Kinley y Kennedy. El de Garfield fue el último atentado presidencial antes del descubrimiento de los rayos X.
Lecturas recomendadas
1. Aaron BL, Rockoff SD: The attempted assassination of President Reagan. Medical implications and historical perspective. JAMA. 1994 Dec 7; 272(21):1689-93.
2. http://bell.uccb.ns.ca/agbi_docs_frm.asp [Consulta 08.02.2006].
3. http://www.pbs.org/wgbh/amex/telephone/peopleevents/mabell.html [Consulta 08.02.2006].
4. Levy, ML, Sullivan D, Faccio R, Grossman RG: A neuroforensic analysis of the wounds of President John F Kennedy: -part 2: a study of the available evidence, eye witness correlations, analysis, and conclusions. Neurosurgery 2004; 54(6): 1298 - 1312.
5. Kevles BH: Naked to the Bone. Medical Imaging in the Twentieth Century. Helix Books. Addison-Wesley, Reading, 1998.
6. Rockoff SD, Aaron BL: The shooting of President Reagan: a radiologic chronology of his medical care. Radiographics. 1995 Mar;15(2):407-18.
7. Sullivan D, Faccio R, Levy ML, Grossman RG: The assassination of President John F Kennedy: a neuroforensic analysis--part 1: a neurosurgeon's previously undocumented eyewitness account of the events of November 22, 1963. Neurosurgery 2003; 53(5): 1019-25.
Nota histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología, Vol 17, No. 3
martes, 30 de octubre de 2007
Halloween
HALLOWEEN
Aunque ni la palabra Halloween ni su versión castellanizada jalouín han sido incluidas en la última edición del diccionario de la Real Academia Española, cada vez es más conocida en nuestro idioma, y cada año encontramos mayores manifestaciones de esta influencia cultural foránea. Ante la presencia casi inevitable de brujas, calabazas y disfraces, vale la pena conocer algo del origen de esta antiquísima festividad:
Según la creencia, en la Antigüedad, en Bretaña, Escocia e Irlanda, en el último día del calendario celta y anglosajón, el 31 de octubre, las almas de los muertos visitaban sus casas, en compañía de brujas y espíritus. Para ahuyentar a los más malignos espíritus, se encendían grandes hogueras en lo alto de las colinas. El cristianismo dictaminó que el 1º de noviembre fuera el día de Todos los Santos; por supuesto, el 31 de octubre pasó a ser la víspera de todos los santos (All Saints’eve). En inglés antiguo, hallow (que, como el vocablo holy, proviene del germánico khailag) significaba «santo» o «sagrado»; la fiesta se conoció como hallowe’en, que derivó de All Hallow’s eve.
Según la Enciclopedia de las Cosas que Nunca Existieron:
«La multitud de espíritus errantes crea una atmósfera ideal para toda clase de actividades ocultistas. Los gritos y risas de las brujas llenan el aire de la noche, bandadas de ellas vuelan al último Sabbat del año. Las hadas raptan a las esposas jóvenes y se llevan a los niños de de sus cunas; toda clase de fantasmas murmuran y gimen junto a las puertas y ventanas. Manos esqueléticas salen de antiguas tumbas.
Todas estas tensiones sobrenaturales crean un espléndido ambiente para la adivinación y la predicción del futuro. Los lectores de bolas de cristal tienen más trabajo que en cualquier otra época del año. Las mejores predicciones son las que hacen las gitanas en las puertas de las iglesias. Los mortales deben hacer celebraciones muy ruidosas y bailar alrededor de las casas y graneros; deben apedrear las casas de las brujas y dar alimento y bebida abundante a los niños y a los pobres. Para alejar a los acechantes nocturnos, el Hallowe’en debe ser muy estruendoso.»
Las tradiciones de halloween se fueron transformando en juegos infantiles, que llegaron a los Estados Unidos en el siglo XIX a través de los inmigrantes irlandeses. Para algunos, la diseminación de la celebración celta llamada Samhain entre los países hispanohablantes, se agudizó en 1978, gracias a la película Halloween, escrita y dirigida por John Carpenter, y protagonizada por Donald Pleasance y Jamie Lee Curtis.
No hace falta comentar acerca de la calidad de esta película, ni acerca de todas las versiones que le han seguido: Halloween II (1981), dirigida por Rick Rosenthal; Halloween 3 - Temporada de Brujas (1982), dirigida por Tommy Lee Wallace; Halloween 4 - El regreso de Michael Myers (1988), dirigida por Dwight H. Little; Halloween 5 - La Venganza de Michael Myers (1989), dirigida por Dominique Othenin-Girard; Halloween 6 - La maldición de Michael Myers (1995), dirigida por Joe Chappelle; Halloween 7 (H20)- Veinte años después o La venganza de Laurie (1998), dirigida por Steve Miner; Halloween 8 Resurrección (2002), dirigida por Rick Rosenthal, Halloween 9 - Retribución (2006), dirigida por Takahashi Miike. Y como para no perdérsela, la última versión, recientemente estrenada en los Estados Unidos: Halloween – El Destino del Mal (2007), dirigida por Rob Zombie.
Lecturas Recomendadas
Soca R. La fascinante historia de las palabras. Associação Cultural Antonio de Nebrija, Rio de Janeiro, 2004.
Page M, Ingpen R: La Enciclopedia de las Cosas que Nunca Existieron. E.G. Anaya, Madrid, 1988.
Del Hoyo A: Diccionario de palabras y frases extranjeras. 3ª Edición, Santillana Ediciones Generales, S.L., Suma de Letras, S.L., Madrid, 2000.
The internet movie database
Aunque ni la palabra Halloween ni su versión castellanizada jalouín han sido incluidas en la última edición del diccionario de la Real Academia Española, cada vez es más conocida en nuestro idioma, y cada año encontramos mayores manifestaciones de esta influencia cultural foránea. Ante la presencia casi inevitable de brujas, calabazas y disfraces, vale la pena conocer algo del origen de esta antiquísima festividad:
Según la creencia, en la Antigüedad, en Bretaña, Escocia e Irlanda, en el último día del calendario celta y anglosajón, el 31 de octubre, las almas de los muertos visitaban sus casas, en compañía de brujas y espíritus. Para ahuyentar a los más malignos espíritus, se encendían grandes hogueras en lo alto de las colinas. El cristianismo dictaminó que el 1º de noviembre fuera el día de Todos los Santos; por supuesto, el 31 de octubre pasó a ser la víspera de todos los santos (All Saints’eve). En inglés antiguo, hallow (que, como el vocablo holy, proviene del germánico khailag) significaba «santo» o «sagrado»; la fiesta se conoció como hallowe’en, que derivó de All Hallow’s eve.
Según la Enciclopedia de las Cosas que Nunca Existieron:
«La multitud de espíritus errantes crea una atmósfera ideal para toda clase de actividades ocultistas. Los gritos y risas de las brujas llenan el aire de la noche, bandadas de ellas vuelan al último Sabbat del año. Las hadas raptan a las esposas jóvenes y se llevan a los niños de de sus cunas; toda clase de fantasmas murmuran y gimen junto a las puertas y ventanas. Manos esqueléticas salen de antiguas tumbas.
Todas estas tensiones sobrenaturales crean un espléndido ambiente para la adivinación y la predicción del futuro. Los lectores de bolas de cristal tienen más trabajo que en cualquier otra época del año. Las mejores predicciones son las que hacen las gitanas en las puertas de las iglesias. Los mortales deben hacer celebraciones muy ruidosas y bailar alrededor de las casas y graneros; deben apedrear las casas de las brujas y dar alimento y bebida abundante a los niños y a los pobres. Para alejar a los acechantes nocturnos, el Hallowe’en debe ser muy estruendoso.»
Las tradiciones de halloween se fueron transformando en juegos infantiles, que llegaron a los Estados Unidos en el siglo XIX a través de los inmigrantes irlandeses. Para algunos, la diseminación de la celebración celta llamada Samhain entre los países hispanohablantes, se agudizó en 1978, gracias a la película Halloween, escrita y dirigida por John Carpenter, y protagonizada por Donald Pleasance y Jamie Lee Curtis.
No hace falta comentar acerca de la calidad de esta película, ni acerca de todas las versiones que le han seguido: Halloween II (1981), dirigida por Rick Rosenthal; Halloween 3 - Temporada de Brujas (1982), dirigida por Tommy Lee Wallace; Halloween 4 - El regreso de Michael Myers (1988), dirigida por Dwight H. Little; Halloween 5 - La Venganza de Michael Myers (1989), dirigida por Dominique Othenin-Girard; Halloween 6 - La maldición de Michael Myers (1995), dirigida por Joe Chappelle; Halloween 7 (H20)- Veinte años después o La venganza de Laurie (1998), dirigida por Steve Miner; Halloween 8 Resurrección (2002), dirigida por Rick Rosenthal, Halloween 9 - Retribución (2006), dirigida por Takahashi Miike. Y como para no perdérsela, la última versión, recientemente estrenada en los Estados Unidos: Halloween – El Destino del Mal (2007), dirigida por Rob Zombie.
Lecturas Recomendadas
Soca R. La fascinante historia de las palabras. Associação Cultural Antonio de Nebrija, Rio de Janeiro, 2004.
Page M, Ingpen R: La Enciclopedia de las Cosas que Nunca Existieron. E.G. Anaya, Madrid, 1988.
Del Hoyo A: Diccionario de palabras y frases extranjeras. 3ª Edición, Santillana Ediciones Generales, S.L., Suma de Letras, S.L., Madrid, 2000.
The internet movie database
miércoles, 3 de octubre de 2007
La radiografía convencional, la radiación dispersa y la teoría de la relatividad: un punto de encuentro poco conocido.
Desde los inicios de la radiología, se encontraron dificultades para el registro fotográfico de las imágenes de rayos X. El paso de los rayos a través del cuerpo producía un «velo» sobre las películas fotográficas, debido a que el choque de los rayos X con las estructuras corporales llevaba a la emisión de nuevos rayos, llamados secundarios.
Una de las maneras más ingeniosas de resolver el problema de la radiación secundaria fue la interposición de unas rejillas metálicas entre el paciente y la película radiográfica, invento presentado en 1913 por el Dr. Gustav Bucky en Berlín. El Dr. Bucky logró así mejorar considerablemente la calidad de las imágenes de radiografía convencional, aunque su método producía unas muy visibles marcas cuadriculadas sobre las imágenes diagnósticas obtenidas con la técnica convencional.
El inventor norteamericano Hollis Potter fue quien hizo la más importante modificación a la rejilla de Bucky, modificación que sigue en uso hasta nuestros días: diseñó un mecanismo que le imprimía movimiento a la rejilla, para hacerla desaparecer de la radiografía, manteniendo la mejora en la calidad fotográfica de las radiografías.
El aporte de Potter fue tanto o más significativo que el de Bucky, hasta el punto de que al mecanismo se le llama «rejilla de Potter-Bucky». Sin embargo, el personal que trabaja en radiología parece haber olvidado la importante contribución de Potter al trabajo radiográfico diario, pues hoy es más común que a este invento se le llame «Rejilla de Bucky», o simplemente «Bucky». También es posible encontrar aún rejillas fijas, que pueden interponerse entre el portaplacas o «chasis», y que constan de un gran número de laminillas muy delgadas, como mecanismo para disminuir los efectos de la radiación secundaria sobre las radiografías. Las laminillas pueden ser paralelas entre sí, en las rejillas «no enfocadas», o estar ligeramente anguladas, desde el centro hacia la periferia, en un patrón simétrico o «enfocado», denominación que simplemente se refiere al hecho de que tiene un estrecho rango de distancia foco-placa para su uso, pues la angulación entre las laminillas metálicas que conforman la rejilla (que por ser fija sería más correctamente denominada solamente «Bucky») está calculada para permitir el paso preferencial de los haces de radiación primaria. Como puede parecer obvio por esta disposición geométrica, las rejillas «enfocadas» tienen un frente y un revés, que no son intercambiables libremente, como sí ocurre en las rejillas Bucky «no enfocadas». Este sencillo invento puede ser muy útil a la hora de hacer radiografías con equipo portátil, especialmente en regiones anatómicas con mayor posibilidad de radiación secundaria, como el abdomen. (Doy fe de un truco que puede resultar útil para mejorar la calidad de las radiografías de abdomen simple portátiles, cuando no se tiene disponibilidad de rejillas, originalmente descrito para los portaplacas o chasis de la marca Kodak®, pero probablemente aplicable en otros casos: use el portaplacas «al revés», es decir, ¡con la tapa amarilla dirigida al tubo de rayos X! Su fabricación en baquelita puede servir para absorber parte de la radiación secundaria, sin mayor impedimento para el paso de la radiación primaria.)
Cuando Gustav Bucky llegó a los Estados Unidos en 1923, las leyes impuestas por ese gobierno en contra de los ciudadanos alemanes le hicieron perder los derechos a su patente. El Dr. Bucky tuvo que enfrentar varios litigios relacionados con sus patentes, para los cuales siempre recibió apoyo de un buen amigo suyo, quien tenía gran experiencia en el tema, pues había trabajado en la oficina de patentes de Suiza: Albert Einstein.
Como amigo y médico personal de Einstein, Gustav Bucky acompañó al creador de la teoría de la relatividad a la hora de su muerte.
Lecturas recomendadas
Kevles BH: Naked to the Bone. Medical Imaging in the Twentieth Century. Helix Books. Addison-Wesley, Reading, 1998.
Cullinan JE, Cullinam AM. Illustrated Guide to X-Ray Technics. 2nd Ed. J.B. Lippincott Co. Philadelphia, 1980.
Nota Histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología, Vol 17 No.2.
Una de las maneras más ingeniosas de resolver el problema de la radiación secundaria fue la interposición de unas rejillas metálicas entre el paciente y la película radiográfica, invento presentado en 1913 por el Dr. Gustav Bucky en Berlín. El Dr. Bucky logró así mejorar considerablemente la calidad de las imágenes de radiografía convencional, aunque su método producía unas muy visibles marcas cuadriculadas sobre las imágenes diagnósticas obtenidas con la técnica convencional.
El inventor norteamericano Hollis Potter fue quien hizo la más importante modificación a la rejilla de Bucky, modificación que sigue en uso hasta nuestros días: diseñó un mecanismo que le imprimía movimiento a la rejilla, para hacerla desaparecer de la radiografía, manteniendo la mejora en la calidad fotográfica de las radiografías.
El aporte de Potter fue tanto o más significativo que el de Bucky, hasta el punto de que al mecanismo se le llama «rejilla de Potter-Bucky». Sin embargo, el personal que trabaja en radiología parece haber olvidado la importante contribución de Potter al trabajo radiográfico diario, pues hoy es más común que a este invento se le llame «Rejilla de Bucky», o simplemente «Bucky». También es posible encontrar aún rejillas fijas, que pueden interponerse entre el portaplacas o «chasis», y que constan de un gran número de laminillas muy delgadas, como mecanismo para disminuir los efectos de la radiación secundaria sobre las radiografías. Las laminillas pueden ser paralelas entre sí, en las rejillas «no enfocadas», o estar ligeramente anguladas, desde el centro hacia la periferia, en un patrón simétrico o «enfocado», denominación que simplemente se refiere al hecho de que tiene un estrecho rango de distancia foco-placa para su uso, pues la angulación entre las laminillas metálicas que conforman la rejilla (que por ser fija sería más correctamente denominada solamente «Bucky») está calculada para permitir el paso preferencial de los haces de radiación primaria. Como puede parecer obvio por esta disposición geométrica, las rejillas «enfocadas» tienen un frente y un revés, que no son intercambiables libremente, como sí ocurre en las rejillas Bucky «no enfocadas». Este sencillo invento puede ser muy útil a la hora de hacer radiografías con equipo portátil, especialmente en regiones anatómicas con mayor posibilidad de radiación secundaria, como el abdomen. (Doy fe de un truco que puede resultar útil para mejorar la calidad de las radiografías de abdomen simple portátiles, cuando no se tiene disponibilidad de rejillas, originalmente descrito para los portaplacas o chasis de la marca Kodak®, pero probablemente aplicable en otros casos: use el portaplacas «al revés», es decir, ¡con la tapa amarilla dirigida al tubo de rayos X! Su fabricación en baquelita puede servir para absorber parte de la radiación secundaria, sin mayor impedimento para el paso de la radiación primaria.)
Cuando Gustav Bucky llegó a los Estados Unidos en 1923, las leyes impuestas por ese gobierno en contra de los ciudadanos alemanes le hicieron perder los derechos a su patente. El Dr. Bucky tuvo que enfrentar varios litigios relacionados con sus patentes, para los cuales siempre recibió apoyo de un buen amigo suyo, quien tenía gran experiencia en el tema, pues había trabajado en la oficina de patentes de Suiza: Albert Einstein.
Como amigo y médico personal de Einstein, Gustav Bucky acompañó al creador de la teoría de la relatividad a la hora de su muerte.
Lecturas recomendadas
Kevles BH: Naked to the Bone. Medical Imaging in the Twentieth Century. Helix Books. Addison-Wesley, Reading, 1998.
Cullinan JE, Cullinam AM. Illustrated Guide to X-Ray Technics. 2nd Ed. J.B. Lippincott Co. Philadelphia, 1980.
Nota Histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología, Vol 17 No.2.
sábado, 16 de junio de 2007
I don't speak spanglish - and proudly so
En mi columna El poder de la palabra, también exploré el muy trillado tema de la adopción del inglés como idioma científico universal, hasta el punto de preferir algunos de los términos en ese idioma a los aceptados en el nuestro para describir objetos, partes o técnicas comunes:
En la ciencia, el idioma inglés ha tomado la posición preponderante que alguna vez tuvo el latín. Creemos más en las cosas escritas en inglés, y las publicaciones científicas (que muchos llaman «literatura» a secas, descalificando de un zarpazo toda una gama del género literario), en su gran mayoría, están escritas en ese idioma. Los motores de búsqueda de artículos científicos tienen una opción muy comúnmente usada, que limita dichas búsquedas para encontrar sólo aquellos cuyos resúmenes o textos completos están escritos en inglés. La literatura científica escrita en francés, alemán y español no es citada con tanta frecuencia en nuestro medio, mucho menos los artículos en otras lenguas.
Quizá por la cercanía geográfica con la cultura norteamericana, hemos adoptado terminología y hasta estilos semánticos que nada tienen que ver con el español. Esta no es una costumbre exclusiva de la medicina, y puede ser producto del subdesarrollo, más que de la pedantería. De hecho, uno de los más renombrados movimientos literarios en nuestro idioma, es conocido como «el boom latinoamericano», como si al bautizarlo en inglés su reconocimiento internacional fuera mayor.
En una columna previa mencioné el uso de varias siglas latinas o latinizadas, calcadas del inglés, para prescribir medicamentos al mejor estilo de los hospitales foráneos. La invasión anglosajona no para allí: del inglés adoptamos palabras mal traducidas, o simplemente usamos las palabras extranjeras sin preocuparnos por su equivalente en nuestro idioma. Mi interés por estos temas me llevó a ingresar a un foro internacional de traductores profesionales en medicina, donde he aprendido mucho acerca de los vericuetos del idioma y de las dificultades en la traducción y adaptación de términos foráneos a nuestra lengua, y, específicamente, a nuestra jerga. Yo llamo «disco fijo» a la alteración en la movilidad del disco de la articulación mandibular, y no cedo a la tentación de llamarlo «stuck disk», como fue descrito hace algunos años, ni utilizo su traducción literal de «disco atascado».
Siempre preferiré endoprótesis o implante sobre «stent». Como también me gusta la historia, no pretendo desconocer la importancia del invento del odontólogo inglés Charles Stent; pero claramente, nada tiene que ver la receta de una masa para hacer moldes dentales con los tubos expandibles, mallas y otros implantes con que se pretende corregir la función de diversas estructuras tubulares enfermas. En griego, la palabra prótesis significa «adición»; en el lenguaje médico, el término se ha asociado tanto a la sustitución anatómica como funcional de una estructura. Parecería entonces restrictivo sugerir que «prótesis» sólo puede aplicarse cuando se remplaza algo, como en el caso de las prótesis ortopédicas. Los elementos artificiales que se usan para restaurar la función de una estructura tubular pueden ser implantados por diferentes métodos, por lo cual parece correcto llamarlos implantes, quizá en ese caso con un término complementario, como «vascular», «biliar» o «recubierto», «medicado», etc., para evitar cualquier posible confusión con los implantes de tipo estético. Y si se tratara de castellanizar el nombre, entonces debería proponerse «estent», o «estén», en cuyo caso yo alzaría mi voz hasta niveles estentóreos a favor del uso de «prótesis» mencionado en el Diccionario de Burradas, recopilado por Xosé Castro: «La próstata dental es carísima.» (< http://xcastro.com/portera.html >) ¿Y el plural de «estén»? He oído «estenes» y «stents», cuando me parece más fácil decir que a un paciente dado se le pusieron dos o más implantes endovasculares.
De la ortopedia nos vienen términos que nos negamos a usar en español, como «brace». ¿Será que algunas lesiones de ligamentos no sanan igual cuando las inmovilizamos en una abrazadera? Un desplazamiento, que en algunos contextos se refiere a una distancia dada, se llama mejor «offset». A los platillos de los cuerpos vertebrales queremos cambiarle el nombre por una traducción literal del inglés «end plates», por lo cual preferimos decirles «placas terminales». Siendo así, resulta interesante la propuesta de Fernando Navarro, del Grupo de Medicina y Traducción MedTrad, quien alguna vez sugirió que, para «equilibrar la balanza de la influencia interlingüística», utilicemos algo así como «vertebral saucers» cuando la traducción sea del español al inglés.
Ni hablar de algunos aspectos administrativos que pueden afectar nuestra práctica diaria. Si quisiéramos iniciar una estrategia de difusión de los servicios que ofrecemos, hacemos «marketing» en vez de mercadeo. Una estrategia común en «márquetin», (mi propuesta en espanglish para mercadeo) es revisar a fondo lo que hace la competencia, y compararlo con las políticas de la empresa propia. Esta técnica, que es simplemente una comparación, se llama mejor «benchmarking», aunque la traducción no deja de ser compleja: «referenciación competitiva», quizá para darle mayor importancia de la que merece a un procedimiento tan sencillo como compararse con los demás. Si quisiéramos demostrar un alto nivel gerencial, no debemos pensar en subcontratar un servicio de auditoría externa para evaluar nuestra gestión, pues hoy en día no se subcontrata, se hace «outsourcing». Pero, si no tenemos presupuesto suficiente, podemos asignarle las funciones de auditoría a alguien que ya pertenece a nuestra nómina. Para algunas mentes pequeñas, suena más elegante llamar a esto «insourcing», aunque coloquialmente lo que estemos haciendo realmente sea «clavar» a alguien con un trabajo adicional.
Fosa es una traducción perfectamente adecuada para «pit». He leído informes radiológicos en los que, en vez de almohadilla grasa, reza «fat pad». «Spin Echo» es el nombre, en inglés, de la secuencia de resonancia magnética que en español se llama eco de espín. No existen «appendages» en español, ni usamos doble p en nuestro idioma; sólo se me ocurre una manera de describir el desconocimiento de la existencia de un término correcto en español, como apendicitis epiploica, para hacer referencia a la «appendagitis» que afecta a los angloparlantes: «pendejaditis».
El uso descuidado del idioma en los informes médicos ha llegado al extremo de enviar reportes automatizados escritos completamente en inglés, o, lo que puede ser peor, con algunos comentarios en espanglish.
La traducción no es sólo una ciencia, sino un arte. Del inglés «severe» traducimos erróneamente «severo», olvidando que quien es severo es estricto y no necesariamente está grave. Los dolores de cabeza no son severos sino pronunciados, importantes, marcados o graves. Si el traductor de Óscar Wilde hubiera sido más acucioso, habría tenido en cuenta que el autor quería jugar con las palabras al titular una de sus obras haciendo referencia a un hombre cuya personalidad y nombre resultaron homófonos, como es el caso del «earnest» Ernest. Traducir directamente Ernest a Ernesto sería apropiado en otros contextos, pero un título como «La importancia de llamarse Ernesto», carece de sentido cuando sabemos que «earnest» se refiere a la severidad y exigencia del personaje por el cumplimiento de las normas. Así, como lo ha dicho Emilio Bernal Labrada, una traducción más apropiada habría llamado Severo, y no Ernesto, al personaje central de dicha novela, cuyo título alterno podría haberse mejorado, a «La importancia de ser Severo», pues mantendría el sentido y el juego verbal que Wilde quería imprimirle a su personaje y a su obra.
A veces, con la intención de imprimirle el aire de levedad que se merece una nota como ésta, se prefiere el vocablo en inglés, light, para describir lo ligero. Sin embargo, maltratar el idioma, cualquier idioma, siempre será un desatino. Como es un desatino ignorar el orden correcto de las letras ght en ese vocablo: ¡cuántos no han caído en el error de escribir litgh en vez de light !
Si de verdad no han encontrado una palabra en español con una acepción que les describa satisfactoriamente lo vano, superfluo, veleidoso, vacío, hueco o insustancial, sugiero la forma LITE, aceptada por el uso y con menos probabilidades de ser víctima de una ligereza ortográfica de esas proporciones.
En el lenguaje diario, el espanglish ya se ha implantado en forma definitiva y hasta disparatada. Hemos conjugado nuevos verbos cibernaúticos, como «chatear», «forguardiar» y «deletear». Algunos equipos se «resetean» en vez de apagarlos y volverlos a encender; en nuestra especialidad, ya se ha difundido el verbo «taquear» que supera las fronteras linguísticas y cambia de categoría, pues ya no pertenece al espanglish sino a una nueva lengua, pues significa hacer un «TAC» o tomografía computarizada a un paciente dado (¿Y el paciente de la cama 4?, -pregunta el profesor, -Lo estamos taqueando, -responde el «fellow»). Los alcances de la lengua pueden ser inverosímiles: habría que saber diferenciar entre tacar, taquiar y taquear, y tendríamos que idearnos una manera de explicarle a un mexicano que «tacar burro» no es la manera colombiana de comer tortillas o a un radiólogo italiano que no estamos hablando de una técnica de tomografía axial computarizada de alta resolución pasada por mantequilla…
Para terminar, aclaro que no tengo nada en contra del inglés, ni contra otros idiomas. De hecho, hay algunas expresiones en inglés que me encantan y que uso cuando hablo o escribo en ese idioma, en cuyo caso, evito las palabras no inglesas, recurro a mis diccionarios en inglés y trato el idioma inglés con el mismo respeto que me merece el español. No me opongo a la modernización del idioma español, ni a la castellanización de algunos términos. Aún así, me niego a llamar al género musical que más me divierte con el término alguna vez sugerido por la Real Academia Española: siempre he disfrutado y disfrutaré del Jazz. Creo que el día que acepte escribirlo con ye y una ese, no me quedará más remedio que sedarme con un vaso de güisqui, aunque a dicho licor, escrito de esa manera, probablemente le encuentre un gusto tan amargo como insoportable…
C’est la vie.
En la ciencia, el idioma inglés ha tomado la posición preponderante que alguna vez tuvo el latín. Creemos más en las cosas escritas en inglés, y las publicaciones científicas (que muchos llaman «literatura» a secas, descalificando de un zarpazo toda una gama del género literario), en su gran mayoría, están escritas en ese idioma. Los motores de búsqueda de artículos científicos tienen una opción muy comúnmente usada, que limita dichas búsquedas para encontrar sólo aquellos cuyos resúmenes o textos completos están escritos en inglés. La literatura científica escrita en francés, alemán y español no es citada con tanta frecuencia en nuestro medio, mucho menos los artículos en otras lenguas.
Quizá por la cercanía geográfica con la cultura norteamericana, hemos adoptado terminología y hasta estilos semánticos que nada tienen que ver con el español. Esta no es una costumbre exclusiva de la medicina, y puede ser producto del subdesarrollo, más que de la pedantería. De hecho, uno de los más renombrados movimientos literarios en nuestro idioma, es conocido como «el boom latinoamericano», como si al bautizarlo en inglés su reconocimiento internacional fuera mayor.
En una columna previa mencioné el uso de varias siglas latinas o latinizadas, calcadas del inglés, para prescribir medicamentos al mejor estilo de los hospitales foráneos. La invasión anglosajona no para allí: del inglés adoptamos palabras mal traducidas, o simplemente usamos las palabras extranjeras sin preocuparnos por su equivalente en nuestro idioma. Mi interés por estos temas me llevó a ingresar a un foro internacional de traductores profesionales en medicina, donde he aprendido mucho acerca de los vericuetos del idioma y de las dificultades en la traducción y adaptación de términos foráneos a nuestra lengua, y, específicamente, a nuestra jerga. Yo llamo «disco fijo» a la alteración en la movilidad del disco de la articulación mandibular, y no cedo a la tentación de llamarlo «stuck disk», como fue descrito hace algunos años, ni utilizo su traducción literal de «disco atascado».
Siempre preferiré endoprótesis o implante sobre «stent». Como también me gusta la historia, no pretendo desconocer la importancia del invento del odontólogo inglés Charles Stent; pero claramente, nada tiene que ver la receta de una masa para hacer moldes dentales con los tubos expandibles, mallas y otros implantes con que se pretende corregir la función de diversas estructuras tubulares enfermas. En griego, la palabra prótesis significa «adición»; en el lenguaje médico, el término se ha asociado tanto a la sustitución anatómica como funcional de una estructura. Parecería entonces restrictivo sugerir que «prótesis» sólo puede aplicarse cuando se remplaza algo, como en el caso de las prótesis ortopédicas. Los elementos artificiales que se usan para restaurar la función de una estructura tubular pueden ser implantados por diferentes métodos, por lo cual parece correcto llamarlos implantes, quizá en ese caso con un término complementario, como «vascular», «biliar» o «recubierto», «medicado», etc., para evitar cualquier posible confusión con los implantes de tipo estético. Y si se tratara de castellanizar el nombre, entonces debería proponerse «estent», o «estén», en cuyo caso yo alzaría mi voz hasta niveles estentóreos a favor del uso de «prótesis» mencionado en el Diccionario de Burradas, recopilado por Xosé Castro: «La próstata dental es carísima.» (< http://xcastro.com/portera.html >) ¿Y el plural de «estén»? He oído «estenes» y «stents», cuando me parece más fácil decir que a un paciente dado se le pusieron dos o más implantes endovasculares.
De la ortopedia nos vienen términos que nos negamos a usar en español, como «brace». ¿Será que algunas lesiones de ligamentos no sanan igual cuando las inmovilizamos en una abrazadera? Un desplazamiento, que en algunos contextos se refiere a una distancia dada, se llama mejor «offset». A los platillos de los cuerpos vertebrales queremos cambiarle el nombre por una traducción literal del inglés «end plates», por lo cual preferimos decirles «placas terminales». Siendo así, resulta interesante la propuesta de Fernando Navarro, del Grupo de Medicina y Traducción MedTrad, quien alguna vez sugirió que, para «equilibrar la balanza de la influencia interlingüística», utilicemos algo así como «vertebral saucers» cuando la traducción sea del español al inglés.
Ni hablar de algunos aspectos administrativos que pueden afectar nuestra práctica diaria. Si quisiéramos iniciar una estrategia de difusión de los servicios que ofrecemos, hacemos «marketing» en vez de mercadeo. Una estrategia común en «márquetin», (mi propuesta en espanglish para mercadeo) es revisar a fondo lo que hace la competencia, y compararlo con las políticas de la empresa propia. Esta técnica, que es simplemente una comparación, se llama mejor «benchmarking», aunque la traducción no deja de ser compleja: «referenciación competitiva», quizá para darle mayor importancia de la que merece a un procedimiento tan sencillo como compararse con los demás. Si quisiéramos demostrar un alto nivel gerencial, no debemos pensar en subcontratar un servicio de auditoría externa para evaluar nuestra gestión, pues hoy en día no se subcontrata, se hace «outsourcing». Pero, si no tenemos presupuesto suficiente, podemos asignarle las funciones de auditoría a alguien que ya pertenece a nuestra nómina. Para algunas mentes pequeñas, suena más elegante llamar a esto «insourcing», aunque coloquialmente lo que estemos haciendo realmente sea «clavar» a alguien con un trabajo adicional.
Fosa es una traducción perfectamente adecuada para «pit». He leído informes radiológicos en los que, en vez de almohadilla grasa, reza «fat pad». «Spin Echo» es el nombre, en inglés, de la secuencia de resonancia magnética que en español se llama eco de espín. No existen «appendages» en español, ni usamos doble p en nuestro idioma; sólo se me ocurre una manera de describir el desconocimiento de la existencia de un término correcto en español, como apendicitis epiploica, para hacer referencia a la «appendagitis» que afecta a los angloparlantes: «pendejaditis».
El uso descuidado del idioma en los informes médicos ha llegado al extremo de enviar reportes automatizados escritos completamente en inglés, o, lo que puede ser peor, con algunos comentarios en espanglish.
La traducción no es sólo una ciencia, sino un arte. Del inglés «severe» traducimos erróneamente «severo», olvidando que quien es severo es estricto y no necesariamente está grave. Los dolores de cabeza no son severos sino pronunciados, importantes, marcados o graves. Si el traductor de Óscar Wilde hubiera sido más acucioso, habría tenido en cuenta que el autor quería jugar con las palabras al titular una de sus obras haciendo referencia a un hombre cuya personalidad y nombre resultaron homófonos, como es el caso del «earnest» Ernest. Traducir directamente Ernest a Ernesto sería apropiado en otros contextos, pero un título como «La importancia de llamarse Ernesto», carece de sentido cuando sabemos que «earnest» se refiere a la severidad y exigencia del personaje por el cumplimiento de las normas. Así, como lo ha dicho Emilio Bernal Labrada, una traducción más apropiada habría llamado Severo, y no Ernesto, al personaje central de dicha novela, cuyo título alterno podría haberse mejorado, a «La importancia de ser Severo», pues mantendría el sentido y el juego verbal que Wilde quería imprimirle a su personaje y a su obra.
A veces, con la intención de imprimirle el aire de levedad que se merece una nota como ésta, se prefiere el vocablo en inglés, light, para describir lo ligero. Sin embargo, maltratar el idioma, cualquier idioma, siempre será un desatino. Como es un desatino ignorar el orden correcto de las letras ght en ese vocablo: ¡cuántos no han caído en el error de escribir litgh en vez de light !
Si de verdad no han encontrado una palabra en español con una acepción que les describa satisfactoriamente lo vano, superfluo, veleidoso, vacío, hueco o insustancial, sugiero la forma LITE, aceptada por el uso y con menos probabilidades de ser víctima de una ligereza ortográfica de esas proporciones.
En el lenguaje diario, el espanglish ya se ha implantado en forma definitiva y hasta disparatada. Hemos conjugado nuevos verbos cibernaúticos, como «chatear», «forguardiar» y «deletear». Algunos equipos se «resetean» en vez de apagarlos y volverlos a encender; en nuestra especialidad, ya se ha difundido el verbo «taquear» que supera las fronteras linguísticas y cambia de categoría, pues ya no pertenece al espanglish sino a una nueva lengua, pues significa hacer un «TAC» o tomografía computarizada a un paciente dado (¿Y el paciente de la cama 4?, -pregunta el profesor, -Lo estamos taqueando, -responde el «fellow»). Los alcances de la lengua pueden ser inverosímiles: habría que saber diferenciar entre tacar, taquiar y taquear, y tendríamos que idearnos una manera de explicarle a un mexicano que «tacar burro» no es la manera colombiana de comer tortillas o a un radiólogo italiano que no estamos hablando de una técnica de tomografía axial computarizada de alta resolución pasada por mantequilla…
Para terminar, aclaro que no tengo nada en contra del inglés, ni contra otros idiomas. De hecho, hay algunas expresiones en inglés que me encantan y que uso cuando hablo o escribo en ese idioma, en cuyo caso, evito las palabras no inglesas, recurro a mis diccionarios en inglés y trato el idioma inglés con el mismo respeto que me merece el español. No me opongo a la modernización del idioma español, ni a la castellanización de algunos términos. Aún así, me niego a llamar al género musical que más me divierte con el término alguna vez sugerido por la Real Academia Española: siempre he disfrutado y disfrutaré del Jazz. Creo que el día que acepte escribirlo con ye y una ese, no me quedará más remedio que sedarme con un vaso de güisqui, aunque a dicho licor, escrito de esa manera, probablemente le encuentre un gusto tan amargo como insoportable…
C’est la vie.
miércoles, 6 de junio de 2007
Bizarro
Con frecuencia se utiliza equivocadamente el término «bizarro» para describir eventos o situaciones extrañas.
Una de las más conocidas historietas fantásticas contiene a un personaje ficticio llamado en inglés Bizarro, un doble imperfecto de Súperman que resulta de un error en un experimento. Bizarro vive en una especie de universo paralelo, un planeta cúbico llamado Htrae, que corresponde, en inglés, al nombre de nuestro planeta escrito al revés, el cual podría traducirse como Arreit.
En ese extraño mundo, la lógica es inversa. Bizarro fue creado como un enemigo del superhéroe por el escritor Otto Binder y el artista George Papp. Apareció por vez primera en Superboy No. 68, en octubre de 1958 y como adulto en julio de 1959.
El significado de la palabra francesa bizarre es: raro o curioso. En español, la palabra bizarro significa valiente. Se le conoce un origen italiano en la palabra «bizzarro», que hace referencia a una persona osada e iracunda; también se ha asociado a la palabra vasca «bizarra» que significa barba, quizá como referencia a los furiosos soldados barbudos.
Así, un cuadro clínico «bizarro» sería entonces uno muy «valiente», que podría ejemplificarse (con dificultad) con una herida por arma de fuego y no uno «raro», como podría serlo un fetus in fetu intracerebral (AJNR 1992; 13: 1326-1329).
Una de las más conocidas historietas fantásticas contiene a un personaje ficticio llamado en inglés Bizarro, un doble imperfecto de Súperman que resulta de un error en un experimento. Bizarro vive en una especie de universo paralelo, un planeta cúbico llamado Htrae, que corresponde, en inglés, al nombre de nuestro planeta escrito al revés, el cual podría traducirse como Arreit.
En ese extraño mundo, la lógica es inversa. Bizarro fue creado como un enemigo del superhéroe por el escritor Otto Binder y el artista George Papp. Apareció por vez primera en Superboy No. 68, en octubre de 1958 y como adulto en julio de 1959.
El significado de la palabra francesa bizarre es: raro o curioso. En español, la palabra bizarro significa valiente. Se le conoce un origen italiano en la palabra «bizzarro», que hace referencia a una persona osada e iracunda; también se ha asociado a la palabra vasca «bizarra» que significa barba, quizá como referencia a los furiosos soldados barbudos.
Así, un cuadro clínico «bizarro» sería entonces uno muy «valiente», que podría ejemplificarse (con dificultad) con una herida por arma de fuego y no uno «raro», como podría serlo un fetus in fetu intracerebral (AJNR 1992; 13: 1326-1329).
El descubrimiento del conducto pancreático: un anecdotario de crímenes.
El descubrimiento del conducto pancreático está relacionado con tantos crímenes y delitos, que su historia puede compararse con el libreto de una de esas series televisivas que tanta acogida tienen en la actualidad. Para comenzar este relato, debemos retroceder casi cuatrocientos años: el 1º de marzo de 1642, un hombre llamado Zuane Viaro della Badia cumplió su condena a muerte: fue colgado en la Piazza del Vin, en la ciudad de Padua. Su cadáver fue trasladado al monasterio de San Francisco, donde al día siguiente sería preparado para su disección por los anatomistas de la Universidad de Padua. Es probable que della Badia no estuviera de acuerdo con la norma que permitía la disección anatómica en los condenados a muerte; sin duda, este asesino jamás habría imaginado la magnitud de su contribución a la ciencia médica.
La Universidad de Padua ocupa un importante lugar en la historia de la medicina: en ella se graduaron las primeras mujeres médicas del mundo. Después de las de Bolonia, en Italia, y Leuven, en Bélgica, ambas fundadas en 1214, la tercera universidad del mundo occidental fue la de Padua, inaugurada en 1222 por algunos «disidentes» de la Universidad de Bolonia. El nivel de la investigación en la Universidad de Padua era legendario. Tanto, que Andreas Vesalius quiso trasladarse allí, donde logró grandes avances médicos, refutando los dogmas centenarios proclamados por Galeno.
Vesalio revolucionó la enseñanza de la anatomía humana mediante las disecciones que él mismo efectuaba en cadáveres humanos, a diferencia de la costumbre del momento, donde el disector, o encargado de las disecciones, no requería de conocimientos médicos.
Otro de los renombrados profesores de anatomía de la Universidad de Padua, Johann Wesling, tuvo la oportunidad de nombrar a su Prosector, o asistente de disecciones. Para este cargo, seleccionó a su alumno más prometedor, Johann Georg Wirsung.
Cuando Wirsung se matriculó en la universidad católica de Padua, pudo incurrir en el delito de «falsedad en documento público», pues dijo dos mentiras, quizá para tener mejores posibilidades de ser aceptado: por una parte, a pesar de haber nacido en Augusta (no confundir con Augsburgo), en Bavaria, aseguró provenir de Múnich, por ser ésta una ciudad católica; por otro lado, mintió acerca de su edad, declarando menos años de los que tenía. De ahí pudo haber surgido la confusión en que han incurrido varios historiadores, al considerar que su fecha de nacimiento fue en el año de 1600, cuando en realidad nació en 1589.
Wirsung había estudiado anatomía con Kaspar Hoffman en Altdorf y con el profesor Jean Riolan, hijo, en París. Al día siguiente de la ejecución del asesino della Badia, es decir, el 2 de marzo de 1642, Wirsung efectuó la disección de su cadáver. Al examinar el páncreas, encontró un conducto que lo atravesaba de un extremo al otro, el cual nunca antes había sido descrito en los textos de anatomía. Sin haber reconocido su función, quiso consultar acerca de la naturaleza de dicho conducto, y elaboró un grabado con sus hallazgos en una placa de cobre. De ese detallado dibujo obtuvo siete copias, que envió a los siguientes anatomistas: Ole Worm, Kaspar Hoffmann, Jean Riolan, Severino, Paul Marquart Schlegel, Werner Rolfinck y Johan Georg Volckamer.
Durante la disección en la que Wirsung descubrió el conducto que hoy lleva su nombre, estuvieron presentes dos testigos: Thomas Bartholin y Moritz Hoffmann. Thomas Bartholin era el segundo hijo de Caspar Berthelsen Bartholin y Anna Fincke, y es conocido por sus trabajos sobre el sistema linfático. Las glándulas de Bartholin deben su nombre a Caspar Bartholin II, hijo de Thomas. Thomas Bartholin sufrió de cálculos urinarios; una hermana de Anna Fincke, es decir, tía de Thomas, se casó con Ole Worm, un prominente médico y anatomista danés. Ole Worm fue quien asumió el padrinazgo de Thomas cuando murió Caspar Berthelsen, su padre. Fue precisamente Thomas Bartholin quien envió a Ole Worm, su tío político, la primera de las copias del dibujo original del conducto de Wirsung.
Cinco años después de la muerte de Wirsung, Moritz Hoffmann, el segundo testigo de la famosa disección, mintió al asegurar haber sido el primero en observar el conducto en un pavo (aunque hay quienes aseguran que fue en un gallo de la India), descubrimiento del cual supuestamente informó a Wirsung. Moritz Hoffmann no tiene relación alguna con Kaspar Hoffmann, el profesor de Wirsung que recibió otra de las copias del grabado con el dibujo del conducto recién descubierto.
Los otros cinco destinatarios del dibujo de Wirsung ya fueron mencionados: Jean Riolan, su profesor en París, a quien Wirsung escribió dos veces, sin obtener respuesta; Severino, el famoso anatomista napolitano, quien recibió su copia a través del Dr. Carlo Avanzi; Paul Marquart Schlegel en la ciudad de Hamburgo; Werner Rolfinck en Jena y Johan Georg Volckamer en Nuremburgo. Las dificultades y demoras en la correspondencia internacional de la época (y la ausencia de correo electrónico) pueden explicar el hecho de que algunos profesores recibieran más de una copia de dicho grabado.
Wirsung describió la desembocadura duodenal del conducto, lo encontró en niños y adultos, además de disecarlo en micos, perros, gatos, cerdos y gallinas. Sin embargo, Johann Wirsung nunca supo cuál era su función, como puede dilucidarse de su carta a los profesores consultados: «Nunca encontré sangre en su interior, sólo un fluido turbio que mancha los instrumentos de plata. ¿Debo llamarlo arteria o vena? Solicito humildemente su opinión.»
El 22 de agosto de 1643, ocurrió el más grave de los delitos asociados al descubrimiento del conducto pancreático. Sucedió cerca de la medianoche, «a la hora del Ave María», mientras hablaba con sus vecinos frente a su casa. Uno de sus alumnos, el estudiante Belga Jacques (o Giacomo) Cambier, le disparó con un arcabuz o carabina. Mientras su asesino huía con sus dos cómplices, su pariente Nicasisus Cambier y un tercero desconocido, los testigos oyeron al agonizante Wirsung exclamar «¡Estoy muerto, Oh Cambier, Oh Cambier!»
Aunque nunca se supo a ciencia cierta el motivo del asesinato de Johann Wirsung, una de las teorías más aceptadas es la de que su alumno Cambier quiso robarle la autoría del descubrimiento del conducto pancreático. Sin embargo, esta puede ser una especulación infundada, pues no está claro cuál habría sido el beneficio que Cambier habría obtenido por su delito, crimen que ha pasado a la historia como irresoluto.
Aníbal J. Morillo, MD
Miembro Activo, Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina
Coordinador Académico, Programa de Posgrado en Radiología
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario Fundación Santa Fe de Bogotá
Lecturas recomendadas
Carter R. Assassination of Johann Georg Wirsung (1589-1643): mysterious medical murder in renaissance Padua. World J Surg 1998; 22: 324-326.
Howard JM, Hess W, Traverso W. Johann Georg Wirsung (1589-1643) and the
pancreatic duct: the prosecutor of Padua, Italy. J Am Coll Surg 1998;187(2):201-11.
Pai, S.A.: Death and the doctor. J Can Med Assoc 2002; 167(12) 1377-1378.
Nota Histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología 2006; 17(1): 1906-1907.
La Universidad de Padua ocupa un importante lugar en la historia de la medicina: en ella se graduaron las primeras mujeres médicas del mundo. Después de las de Bolonia, en Italia, y Leuven, en Bélgica, ambas fundadas en 1214, la tercera universidad del mundo occidental fue la de Padua, inaugurada en 1222 por algunos «disidentes» de la Universidad de Bolonia. El nivel de la investigación en la Universidad de Padua era legendario. Tanto, que Andreas Vesalius quiso trasladarse allí, donde logró grandes avances médicos, refutando los dogmas centenarios proclamados por Galeno.
Vesalio revolucionó la enseñanza de la anatomía humana mediante las disecciones que él mismo efectuaba en cadáveres humanos, a diferencia de la costumbre del momento, donde el disector, o encargado de las disecciones, no requería de conocimientos médicos.
Otro de los renombrados profesores de anatomía de la Universidad de Padua, Johann Wesling, tuvo la oportunidad de nombrar a su Prosector, o asistente de disecciones. Para este cargo, seleccionó a su alumno más prometedor, Johann Georg Wirsung.
Cuando Wirsung se matriculó en la universidad católica de Padua, pudo incurrir en el delito de «falsedad en documento público», pues dijo dos mentiras, quizá para tener mejores posibilidades de ser aceptado: por una parte, a pesar de haber nacido en Augusta (no confundir con Augsburgo), en Bavaria, aseguró provenir de Múnich, por ser ésta una ciudad católica; por otro lado, mintió acerca de su edad, declarando menos años de los que tenía. De ahí pudo haber surgido la confusión en que han incurrido varios historiadores, al considerar que su fecha de nacimiento fue en el año de 1600, cuando en realidad nació en 1589.
Wirsung había estudiado anatomía con Kaspar Hoffman en Altdorf y con el profesor Jean Riolan, hijo, en París. Al día siguiente de la ejecución del asesino della Badia, es decir, el 2 de marzo de 1642, Wirsung efectuó la disección de su cadáver. Al examinar el páncreas, encontró un conducto que lo atravesaba de un extremo al otro, el cual nunca antes había sido descrito en los textos de anatomía. Sin haber reconocido su función, quiso consultar acerca de la naturaleza de dicho conducto, y elaboró un grabado con sus hallazgos en una placa de cobre. De ese detallado dibujo obtuvo siete copias, que envió a los siguientes anatomistas: Ole Worm, Kaspar Hoffmann, Jean Riolan, Severino, Paul Marquart Schlegel, Werner Rolfinck y Johan Georg Volckamer.
Durante la disección en la que Wirsung descubrió el conducto que hoy lleva su nombre, estuvieron presentes dos testigos: Thomas Bartholin y Moritz Hoffmann. Thomas Bartholin era el segundo hijo de Caspar Berthelsen Bartholin y Anna Fincke, y es conocido por sus trabajos sobre el sistema linfático. Las glándulas de Bartholin deben su nombre a Caspar Bartholin II, hijo de Thomas. Thomas Bartholin sufrió de cálculos urinarios; una hermana de Anna Fincke, es decir, tía de Thomas, se casó con Ole Worm, un prominente médico y anatomista danés. Ole Worm fue quien asumió el padrinazgo de Thomas cuando murió Caspar Berthelsen, su padre. Fue precisamente Thomas Bartholin quien envió a Ole Worm, su tío político, la primera de las copias del dibujo original del conducto de Wirsung.
Cinco años después de la muerte de Wirsung, Moritz Hoffmann, el segundo testigo de la famosa disección, mintió al asegurar haber sido el primero en observar el conducto en un pavo (aunque hay quienes aseguran que fue en un gallo de la India), descubrimiento del cual supuestamente informó a Wirsung. Moritz Hoffmann no tiene relación alguna con Kaspar Hoffmann, el profesor de Wirsung que recibió otra de las copias del grabado con el dibujo del conducto recién descubierto.
Los otros cinco destinatarios del dibujo de Wirsung ya fueron mencionados: Jean Riolan, su profesor en París, a quien Wirsung escribió dos veces, sin obtener respuesta; Severino, el famoso anatomista napolitano, quien recibió su copia a través del Dr. Carlo Avanzi; Paul Marquart Schlegel en la ciudad de Hamburgo; Werner Rolfinck en Jena y Johan Georg Volckamer en Nuremburgo. Las dificultades y demoras en la correspondencia internacional de la época (y la ausencia de correo electrónico) pueden explicar el hecho de que algunos profesores recibieran más de una copia de dicho grabado.
Wirsung describió la desembocadura duodenal del conducto, lo encontró en niños y adultos, además de disecarlo en micos, perros, gatos, cerdos y gallinas. Sin embargo, Johann Wirsung nunca supo cuál era su función, como puede dilucidarse de su carta a los profesores consultados: «Nunca encontré sangre en su interior, sólo un fluido turbio que mancha los instrumentos de plata. ¿Debo llamarlo arteria o vena? Solicito humildemente su opinión.»
El 22 de agosto de 1643, ocurrió el más grave de los delitos asociados al descubrimiento del conducto pancreático. Sucedió cerca de la medianoche, «a la hora del Ave María», mientras hablaba con sus vecinos frente a su casa. Uno de sus alumnos, el estudiante Belga Jacques (o Giacomo) Cambier, le disparó con un arcabuz o carabina. Mientras su asesino huía con sus dos cómplices, su pariente Nicasisus Cambier y un tercero desconocido, los testigos oyeron al agonizante Wirsung exclamar «¡Estoy muerto, Oh Cambier, Oh Cambier!»
Aunque nunca se supo a ciencia cierta el motivo del asesinato de Johann Wirsung, una de las teorías más aceptadas es la de que su alumno Cambier quiso robarle la autoría del descubrimiento del conducto pancreático. Sin embargo, esta puede ser una especulación infundada, pues no está claro cuál habría sido el beneficio que Cambier habría obtenido por su delito, crimen que ha pasado a la historia como irresoluto.
Aníbal J. Morillo, MD
Miembro Activo, Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina
Coordinador Académico, Programa de Posgrado en Radiología
Departamento de Imágenes Diagnósticas
Hospital Universitario Fundación Santa Fe de Bogotá
Lecturas recomendadas
Carter R. Assassination of Johann Georg Wirsung (1589-1643): mysterious medical murder in renaissance Padua. World J Surg 1998; 22: 324-326.
Howard JM, Hess W, Traverso W. Johann Georg Wirsung (1589-1643) and the
pancreatic duct: the prosecutor of Padua, Italy. J Am Coll Surg 1998;187(2):201-11.
Pai, S.A.: Death and the doctor. J Can Med Assoc 2002; 167(12) 1377-1378.
Nota Histórica publicada en la Revista Colombiana de Radiología 2006; 17(1): 1906-1907.
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