jueves, 26 de agosto de 2010

serendipia

En una carta fechada el 28 de enero de 1754, que escribió Horace Walpole, conde de Orford, a su amigo diplomático Horace Mann, Walpole refiere haber leído un cuento de hadas de origen persa, llamado Los Tres Príncipes de Serendip, en el que se narran los viajes y aventuras de estos monarcas de la isla de Ceilán (transliteración del portugués Ceilão al inglés Ceylon), llamada por los antiguos geógrafos griegos Taprobane, hoy conocida como Sri Lanka (del sánscrito lanka (isla) y sri (sagrado), «isla venerable»), de cuyo nombre árabe (Serendib) se deriva serendip.

En sus viajes, los príncipes hicieron varios descubrimientos, muchos de ellos por accidente. Uno de los ejemplos citados por el conde Walpole en su carta a Mann es el haber «descubierto» que una mula tuerta del ojo derecho había pasado recientemente por un camino, pues sólo había comido del pasto del lado izquierdo, aunque el del otro lado estaba en mejores condiciones. Walpole se equivocó de cuadrúpedo, pues en la historia original el tuerto era un camello, no un cruce entre burro y yegua; lo que hicieron los príncipes fue, más que un descubrimiento, una deducción. Como nota curiosa, ellos fueron acusados de haber robado el animal, por lo cual terminaron en la cárcel, otro desenlace nunca buscado, y no muy afortunado.

El término en inglés serendipity fue acuñado por Walpole en su carta, haciendo referencia a un «regalo» recibido por encontrar cosas valiosas o agradables sin estar buscándolas. La palabra serendipity no fue muy usada antes del siglo veinte. En 1909, es registrada por primera vez en el Webster’s New International Dictionary, relacionada con descubrimientos accidentales. En medicina, hay varios ejemplos de descubrimientos encontrados por suerte, hallados sin ser buscados. La penicilina de Fleming, la vacunación de Jenner, los rayos X de Röntgen, la quinina para la malaria, las primeras benzodiacepinas, el uso cosmético de la toxina botulínica y el efecto eréctil del Viagra®, son sólo algunos de estos casos de hallazgos fortuitos.

Según la compañía de traducciones londinense Today Translations, una de las diez palabras en inglés considerada como de más difícil traducción es serendipity. Ese dato no parece tener mucho fundamento, pues varios idiomas han adoptado –oficial o extraoficialmente- alguna variación del término original. Así, en portugués se usa serendipidade; en francés es sérendipité , aunque también se usa en ese idioma heureux hasard, o «azar afortunado». En catalán se dice serendípia, en italiano existe serendipità; en holandés serendipiteit y los suecos, daneses y noruegos coinciden en serendipitet, mientras los alemanes dicen Serendipität y los rumanos serendipitate. En el alfabeto ruso se escribe Серендипити y en esperanto es serendipo.

Con base en su origen y en su uso, se podría justificar su castellanización a «serendipia», pero el término aún no es aceptado oficialmente por la Real Academia Española, aunque es frecuentemente usado por médicos que hacen alusión a hallazgos accidentales o a descubrimientos no intencionales de fenómenos diversos. Sus variantes «serendipidad» y «serendipitoso» resultan algo cacofónicas, pero no parece del todo necesario adoptar un término que fácilmente podría remplazarse por «suerte» o por algúna perífrasis que explique brevemente que un hallazgo o descubrimiento han sido de tipo casual, accidental, imprevisto o afortunado.

A propósito, el término «incidental» que se escribe igual en inglés y en español, no tiene el mismo uso en ambos idiomas. En los dos, puede usarse para describir lo que hace parte de algo, aunque no sea su principal componente, algo accesorio o de menor importancia. Sólo en inglés se encuentra la acepción de «accidental», como en el caso de un hallazgo imprevisto en una imagen diagnóstica, pero no necesariamente un hallazgo sin importancia. Ese uso no está aprobado en español, pero es frecuente encontrarlo en las descripciones radiográficas que hacen referencia a un hallazgo fortuito encontrado en un estudio, aunque no esté relacionado con el objeto del estudio, como puede ser un cuerpo extraño insospechado o no mencionado en la historia clínica, una variante anatómica significativa o una sinusitis detectada en un examen cerebral.

El diccionario de la RAE y el Breve Diccionario de Colombianismos de la Academia Colombiana de la Lengua registran chepa, definida como «suerte favorable», aunque estoy seguro de que en nuestros textos técnicos o científicos nunca veremos ese término, que me recuerda el dicho de que no hay que buscarle tres patas al gato, pues se le encontrarán cuatro...¿o eran cinco?
En la que parece ser su primera versión oficial, Sebastián de Covarrubias, en su magnífica obra lexicográfica de 1674, Tesoro de la Lengua Castellana, muestra que originalmente el dicho hablaba de cinco, no de tres patas:

«Buscar cinco pies al gato se dice de los que con sofisterías y embustes nos quieren hacer entender lo imposible; nació de uno que quiso probar que la cola del gato era pie.»

Manuel de Cervantes Saavedra recoge el dicho en El Quijote, donde el número de patas cambió a tres, versión que parece ser más común en la península ibérica y en algunos países latinoamericanos. Curiosamente, en el cono sur sigue prevaleciendo la forma original, de cinco patas, mientras que en países como Colombia y México, se sigue hablando de tres patas.

Dos populares cuartetas anónimas, encontradas por casualidad o «serendipia», ayudan a resolver este trivial dilema:

«El normal cuatro presenta,
tres si le falta una sola,
y cinco si quien las cuenta
toma la pata por cola.»

«Ahí te va la despedida
la que echó el gato a la gata
que al subir por la escalera
le metió la quinta pata.»


Columna publicada en la sección Sala de Redacción, Rev colomb radiol 2010; 21(1).

miércoles, 7 de julio de 2010

a nivel de

Cada vez es más frecuente encontrar la expresión a nivel de para hacer referencia a una posición o a la pertenencia o proximidad anatómica. Sin embargo, ninguna de las acepciones de nivel corresponde a ese uso, que no es exclusivo de la jerga médica. Así, los dirigentes hablan de políticas a nivel nacional, los abogados dicen a todos niveles, los comentaristas deportivos exigen cambios a nivel jugadores y los candidatos proponen mejoras a nivel país.

Las acepciones de nivel en español incluyen la característica de horizontalidad, la altura a la que llega una superficie de un líquido o la que alcanza o a la que ha sido puesto o colocado algo. Por ejemplo, las líneas de un ferrocarril representan un paso a nivel, una inundación puede alcanzar el nivel del techo de una casa, un cuadro puede colgarse al nivel o a la altura de una ventana. Se acepta para describir igualdad o equivalencia entre líneas o especies. También se usa correctamente para describir una medida con referencia a una escala o una categoría o rango, como el nivel de potasio o el nivel de ingresos.

El instrumento con el que un carpintero asegura que la superficie de la mesa que construye le quedará perfectamente plana se llama un nivel. Los rangos o categorías también pueden llamarse niveles, como cuando la OMS elevó la alerta por la gripa (regionalismo para gripe, aceptado en Colombia y en México) AH1N1 a nivel de pandemia, así como los grados que se alcanzan en ciertos aspectos sociales, como el nivel económico, el nivel académico o el nivel cultural.

En inglés, es común que un sustantivo cumpla la función de un adjetivo, mediante la simple anteposición a otro sustantivo, como en «heart disease» o en «liver cirrhosis». Según este principio sintáctico, pasar de dos a tres sustantivos seguidos en inglés es relativamente fácil: «lung cancer diagnosis». En español, nunca diríamos «enfermedad corazón», «cirrosis hígado» ni «diagnóstico cáncer pulmón», ni siquiera siguiendo el estilo telegráfico que es tan común en los informes radiográficos. Intuitivamente, utilizaríamos preposiciones o modificadores que darían mayor claridad, como enfermedad del corazón (o cardiaca), cirrosis («a secas») y «diagnóstico del cáncer de pulmón».

En español, también es posible que un sustantivo modifique a otro. Así, hombre orquesta y sofá cama son ejemplos de la función adjetival que ocasionalmente pueden adquirir los sustantivos en español. Por otra parte, una frase adverbial es aquella en la cual las palabras cumplen el oficio de adverbios, como en de repente o en la frase a caballo. La sintaxis de las frases adverbiales indica que éstas son de carácter fijo, por lo que no suelen admitir modificaciones adjetivales. Así, es incorrecto decir «voy a caballo veloz». La misma norma indica la incorrección en «a nivel nacional».

En los siguientes ejemplos, puede verificarse que resulta difícil encontrar casos en los cuales no es posible reemplazar a nivel de por preposiciones como en o de:

…se demuestra una lesión a nivel del mesencéfalo, hay una fractura a nivel de la tuberosidad mayor del húmero, una masa a nivel de la cola del páncreas, o a nivel del segmento VI del hígado.

Algo similar ocurre con a este nivel, muletilla que puede evitarse si se usan los recursos gramaticales existentes en nuestro idioma, como «en esta misma localización», «en dichos cuerpos vertebrales», «en el mismo lado», etc.

En una presentación audiovisual, he oído a muchos expositores señalar un hallazgo imaginológico dado en una diapositiva, mientras recitan una retahíla que comienza «a este nivel se demuestra…» en vez del más simple y correcto «aquí vemos»…

Un piso de una edificación no tendría que llamarse nivel, aunque no es raro que en algún centro comercial encontremos avisos que anuncian Nivel Calle o Nivel Plaza, al mejor estilo de los imitados malls cuya proliferación es sólo comparable a la de las incorrecciones en el lenguaje diario. Tampoco se justifica el que hayamos caído en la tentación de llamar niveles a los grupos de ganglios linfáticos en el cuello, propuesta de calco del inglés en la que quisimos unificar un concepto aceptable desde el punto de vista anatómico, sin tener en cuenta las cuestiones semánticas que se supone que tanto defendemos. Así, definimos varios espacios con base en referencias subjetivas o anatómicas para tratar de comprender los patrones de diseminación de las diferentes lesiones inflamatorias o neoplásicas en el cuello y no tuvimos cuidado de verificar el uso de nivel en español antes de proponer algo semejante. Una especie de nivelación sintáctica que nos recuerda que todos podemos cometer errores a la hora de hablar o escribir.

Columna aceptada para publicación en la sección ocasional «Sala de Redacción», de la Revista Colombiana de Radiología.

martes, 20 de abril de 2010

Explosión de letras

Para deleite de crucigramistas y verbófilos: palabra de 16 letras con 10 consonantes, cuatro de las cuales son eles, tiene tres jotas, una efe, una ka y una i griega.

Las seis vocales de esa palabra son 3 aes, una o y una u. Si le divierten los juegos de palabras cruzadas, como el famoso Scrabble, obtendrá cuarenta y siete puntos cuando logre armar esta palabra.

La palabra está de moda, pues, si no se ha adivinado aún, hace referencia a un nombre explosivo. Una verdadera explosión de letras y de ceniza, que también deleita a vulcanólogos, geólogos, periodistas y otros científicos. Por supuesto, me refiero al nombre del volcán islandés Eyjafjallajökull, que ha fascinado a unos y a otros, excepto quizá a los pilotos de aviones y a sus potenciales pasajeros, quienes han tenido que sufrir largas esperas por la expansión de la nube de ceniza volcánica, que ascendió más de cinco kilómetros y que ha llegado hasta el cielo del continente europeo. En algunos lugares de Islandia, puede parecer que es de noche, incluso cuando apenas ha pasado el mediodía.

Pero, si los aviones pueden volar por entre tormentas eléctricas y a través de la más densa neblina, ¿porqué hubo que cerrar el espacio aéreo en tantos aeropuertos? (Más de 65,000 vuelos cancelados, unos siete millones de pasajeros). El problema no es de visibilidad, sino precisamente por el hecho de que se trata de ceniza volcánica, capaz de aglomerarse en el interior de las turbinas de los aviones hasta obstruirlas por completo. De hecho, esto se sabe gracias a pruebas realizadas por expertos de la NASA en febrero de 2000, precisamente luego de la erupción de otro volcán islandés, el del monte Hekla.

La gran actividad volcánica de Islandia se debe a que esa isla se encuentra sobre la unión de dos grandes placas tectónicas, la de Eurasia y la de Norteamérica. Esta legendaria actividad volcánica pudo haber inspirado la fantástica historia escrita en 1864, según la cual unos aventureros, dirigidos por un científico alemán, siguieron las indicaciones de un alquimista Islandés de nombre Arne Saknussemm, e ingresaron por el cráter del volcán Snæfells Jökull, para continuar por un soprendente camino subterráneo hasta emerger por un volcán italiano. Por supuesto, me refiero al Viaje al Centro de la Tierra, escrita por Julio Verne, de la cual existen varias versiones: literarias, cinematográficas, y hasta una obra de rock sinfónico.

La actividad del monte Hekla es conocida desde el medioevo. La palabra Hekla hace referencia a una capa, y el volcán es conocido con los intimidantes nombres de «la puerta del infierno» o «la prisión de Judas». Junto con su vecino, el volcán Katla, estas dos montañas son llamadas en Islandia «las hermanas furiosas». Los vulcanólogos saben que cada vez que el Ejyafjallajökull ha hecho erupción, el volcán Katla lo imita. Por ser mucho más poderoso (unas diez veces), se ha estudiado de cerca la actividad del Katla, pero, hasta el momento de esta nota, no se han reportado indicios de probables erupciones de este último.

La reciente erupción está lejos de la ocurrida en 1991 en la isla Luzon de las Filipinas, no sólo por la distancia que separa a las dos islas, sino por la magnitud de las erupciones. Se calcula que la erupción del monte Pinatubo produjo diez kilómetros cúbicos de ceniza volcánica. La mayor explosión volcánica registrada hasta ahora ha sido la del volcán Tambora, en la isla de Sumbawa, en Indonesia. Se ha calculado que el material producido por el Tambora fue de 160 kilómetros cúbicos. Los recuentos históricos refieren que la explosión pudo oírse hasta la isla de Sumatra, ¡a unos 2000 kilómetros de distancia! Esa explosión fue responsable del fenómeno conocido como «invierno volcánico», ocurrido al año siguiente (1816), y explicado por el bloqueo de la luz solar producido por la gigantesca nube de cenizas, que logró disminuir en varios grados la temperatura global, con efectos desastrosos sobre las cosechas y la ganadería en todo el mundo. Para aquellos con ínfulas de grandeza, vale la pena imaginarse un cubo de material volcánico de 160 km en cada una de sus dimensiones, para comprender lo pequeños que somos ante la naturaleza.

El índice de explosividad volcánica es una medida que incluye aspectos como la altura de la columna de humo y la cantidad de material eyectado. A las más grandes erupciones de la historia se les asigna el número 7 u 8, en una escala logarítmica según la cual cada nivel es diez veces más potente que el anterior. La erupción de 1985 del volcán nevado del Ruiz en Colombia, cuya columna de humo pudo haber alcanzado los 30 kilómetros de altura, tuvo un índice de 3 en esta escala. El índice de explosividad volcánica para el Eyjafjallajökull no ha terminado de calcularse aún (pues sigue producendo material), pero no parece haber superado el 2.

Para los que no sabemos islandés, el nombre del volcán más nombrado en estos días es, por decir lo menos, misterioso. Sin embargo, su etimología es sorprendentemente sencilla. Eyja significa isla; fjalla viene de fjall o fyjöll, y significa montaña. Jökull significa glaciar.

«Isla montaña glaciar» es la traducción literal de Eyjafjallajökull. Su pronunciación es algo más difícil: «eyiafiatlayokut», según lo han dicho los islandeses en su propio idioma. (La ll final se pronuncia parecido a una t, aunque en realidad termina con un sonido entre palatal y apical, que podría escribirse fonéticamente como eyiafiatlayokutl –aunque quizá nunca podamos pronunciarlo correctamente).

Una verdadera explosión de sonidos – y con la probable excepción de los hablantes nativos-, también de saliva.

domingo, 28 de febrero de 2010

Un iceberg a la deriva

En un noticiero nocturno del fin de semana, me enteré de que un gigantesco trozo de hielo se desprendió de la Antártida y va a la deriva por el océano, con la posibilidad de afectar el clima en forma global.

Claro, un iceberg del tamaño de un país como Luxemburgo es un tremendo bloque de hielo, que tiene la posibilidad de alterar las corrientes marinas, los niveles de salinización y otros efectos sobre los sistemas ecológicos. Aunque algunos han sugerido, temerosos, que ésta es la confirmación del inicio de la profecía del fin del mundo (2012), éste no es el único trozo de hielo que se ha desprendido del continente congelado, ni siquiera es el más grande.

Para pasar una noche tranquila, y para olvidarse de estas amenazas planetarias apocalípticas, recomiendo un coctel llamado Martini Iceberg. Hay que hacer cubos de vermut extra seco congelado. En la porción deseada de ginebra, usualmente de unas 2 onzas (pero pueden ser más), luego de agitar en coctelera con hielo y filtrar en una copa apropiada, se deja caer el cubo de vermut (el iceberg) y se adorna con una aceituna verde con hueso.

Si su preferencia es por el martini con vodka, la receta es igual, algunos creen que no hace falta agitar vigorosamente la vodka, que puede removerse suavemente con hielo, mientras que la ginebra puede volverse un poco más aromática al sacudirla contra los hielos…lo cierto es que la vodka, como lo han escrito algunos famosos, siempre debe guardarse en el congelador, junto con el hielo. Su contenido alcohólico evitará que se convierta en hielo, fenómeno que sí le sucede al vermut.

Para los que gustan de su martini bien seco, la solución está en la velocidad de consumo: si se toma antes de que el iceberg de vermut se derrita, le parecerá bastante seco. No tanto como le gustaba a Churchill: su receta sugería que la cantidad de vermut ideal era simplemente poner la botella de vermut frente a la copa llena de ginebra.

Si lo toma suficientemente rápido, no sólo se parecerá a un martini idealmente seco, sino que comenzará a dejar de preocuparse por el iceberg gigante que se acaba de desprender de la Antártida.

Si toma dos de éstos, o incluso un tercero, dejará de importarle la colisión inminente con el iceberg gigante, aún si vive en Australia o en la Patagonia, destinos más probables para el amenazante bloque de hielo.

¡Salud!

jueves, 7 de enero de 2010

Manizaleños

En estos días de Feria de Manizales, oí en una sección de noticias triviales (1) a una modelo/periodista que hablaba reiteradamente de los «manizaleños» gozando de su fiesta.
Horrorizado, pensé que la presentadora había errado el gentilicio y que el apropiado era «manizalita». El equivocado era yo, como pude confirmar en mi diccionario de gentilicios (ver columna de fuentes de palabras a la izquierda). Pudo más la silicona que la verbofilia...


(1) En los noticieros locales es común que haya una sección de lo que yo llamo «noticias culas» (2), en las que se presentan reseñas de reinados de belleza, chismes de farándula y «notas patrocinadas» de claro tinte comercial (3). Algunas de las presentadoras de estas secciones han sido también modelos o reinas de belleza, por lo cual no sorprende que las mismas presentadoras hagan alusión a las decenas de reinados que se llevan a cabo en Colombia. Es tal la variedad que es fácil suponer que casi cualquier actividad puede convertirse en excusa para poner a desfilar a bellas mujeres de éste y otros países, pues algunos de estos reinados son internacionales.
Fuera del obvio reinado del café (aunque soy cafeinómano declarado, declaro que no tengo relación comercial ni conflicto de interés con la organización de este magno evento), hay otros reinados vegetales, como el del plátano, la ciruela, el millo, la palma amarga, el dividivi, el maíz, el mango, el chontaduro, la papa, la caña de azúcar, el arroz y el guandú; los hay minerales, como el de la sal, el carbón y la esmeralda; hay por lo menos tres ritmos musicales engalanados con reinas de belleza (joropo, merecumbé y bambuco), pero curiosamente escasean los relacionados con el reino animal, como el reinado de los flamingos, el de la mojarra lora y el de la ganadería, siendo este último una combinación infortunada de exhibiciones de ganado y mujeres.
Sin importar las características fenotípicas o los desaciertos de las candidatas, es común que logren reconocimiento por sus dimensiones (una revista local publicó recientemente un artículo sobre el orgullo de una candidata acerca de la controvertida talla de sus caderas), por su retórica (pocos colombianos se perdieron de la declaración de una representante de la belleza sobre su apreciación de si el hombre complementa a la mujer -¿o era al hombre?) o por su dominio de las lenguas extranjeras («ai am felicing de estar in cartageinin hilton» es la desfachatada versión de una de estas niñas que se jactaba de poder expresarse con fluidez en inglés). Aunque no lo justifica, mi prejuicio acerca del yerro de una presentadora puede explicarse por el nivel de profundidad de la sección de noticias que estaba viendo. Un prejuicio, al fin y al cabo, es siempre un exceso que tiene una connotación despreciativa.

(2) culera. Algo insignificante. Diccionario de Colombiano Actual de Francisco Celis Albán.

(3) Siempre me ha llamado la atención que los noticieros locales puedan tener secciones económicas, deportivas o de interés general que son patrocinadas por la empresa privada. No conozco las funciones de la controvertida Comisión Nacional de Televisión, pero imagino que regular la distribución de las transmisiones de los programas en los diferentes horarios y las tarifas publicitarias en esos mismos horarios sean algunas de ellas. No sé quién se beneficia de los espacios comerciales, si la programadora o el noticiero en el horario correspondiente, o ambos. Tampoco tengo idea de si el noticiero «dueño» de un horario pueda o deba cobrar además por esas notas patrocinadas, o si reparte esas tarifas con algún ente oficial. ¿Recibe la Comisión una comisión?

domingo, 8 de noviembre de 2009

gasoma o compresoma

Término usado para referirse a una compresa quirúrgica olvidada en el interior del cuerpo, luego de una intervención. Su terminación «oma» hace referencia al sufijo griego con el que se denominan las masas de diverso origen, y parece tener sentido semántico, dada su común presentación como un absceso o seudomasa. Se usa la variante gasoma para referirse a una gasa quirúrgica, usualmente de menor tamaño. Ninguno de los dos términos ha sido aprobado aún por la Real Academia Española, aunque he sabido de fuente directa que, desde hace unos cinco años, por iniciativa de la Real Academia Nacional de Medicina, en ese entonces bajo la dirección académica de Hipólito Durán, se conformó una comisión de expertos para elaborar un diccionario terminológico de medicina, empresa lexicográfica de gran magnitud, que seguramente permitirá tomar una posición «oficial» acerca de ésta y otras cuestiones semánticas.

Las gasas y compresas que se usan en los quirófanos deben estar marcadas con hilos opacos que permiten su detección radiográfica, siempre y cuando se cumpla con la norma sugerida de no usarlas en ningún vendaje externo. Sin embargo, como suele suceder con las normas que son dictadas por la lógica y no impuestas como obligatorias, no resulta raro encontrar gasas con hilos opacos en las radiografías de pacientes con vendajes ortopédicos y de otro tipo. En algunos casos, la presunción de que una gasa con marca opaca se encuentra en un vendaje puede posponer el diagnóstico de que se trata de un olvido quirúrgico.

En inglés, se ha acuñado el término gossypiboma, que algunos ingenuos consideran como relacionado con la palabra gossip o chisme, por los comentarios que pueden generarse luego de una complicación iatrogénica como ésta. Sin embargo, su etimología es más compleja: se basa en el nombre genérico del algodón (gossypium) y en el término suajili que significa escondite (boma). Con una etimología tan contundente, no sería descabellado considerar la castellanización a «gosipiboma», aunque probablemente no sería fácil diseminar su uso, y mucho menos remplazarlo por compresoma o gasoma, ampliamente difundidos en español. Estos últimos términos también superan en frecuencia al más genérico «textiloma», que incluye al algodón y otras fibras. Hay traductores y lexicógrafos que son de la opinión de que «gosipiboma» no es aceptable pues su etimología resulta demasiado oscura para cualquier hispanohablante.

Algunos de estos mismos expertos son los que han propuesto que un término de origen africano occidental, cuyo alfabeto no se parece al latino y que llegó al español a partir de una transliteración del inglés, pueda ser castellanizado sin mayores preocupaciones acerca de lo remoto de su etimología. Me refiero al término del idioma Ga de Ghana, que fue transcrito como kwashiorkor, cuya grafía propuesta en español es cuasiorcor.

(La transliteración es el proceso mediante el cual se pueden transformar los signos de un sistema de escritura a otro, para hacerlos entendibles por quienes desconozcan el idioma original. Por citar un ejemplo, del alfabeto cirílico ruso transformamos las letras Д y Л a nuestras D y L, respectivamente).

Como nota curiosa, se conocen como «retención» de gasa (o de otros materiales) a los casos de «compresoma», un eufemismo que para algunos sugiere un intento por trasladar la responsabilidad a la víctima, como si de alguna manera hubiera existido intencionalidad del paciente al «retener» el olvido médico. También se le ha llamado «granuloma» a «cuerpo extraño», por la reacción, no siempre granulomatosa, que conlleva dicho olvido, que no siempre resulta tan «extraño».

La Real Academia Española acepta el tecnicismo «oblito», del latín oblitus, ‘olvidado’, con la posibilidad de especificarlo como un oblito textil, como el «compresoma» o «gasoma» que inspiraron esta nota, o un oblito metálico, cuando el olvido tiene forma de pinza, tijera u otro instrumento. Por otra parte, «oblito quirúrgico» parece redundante, pues precisamente hace referencia a objetos «olvidados» (no retenidos a propósito) durante una intervención quirúrgica. El latín, considerado como una «lengua muerta», por cumplir con el requisito de no tener hablantes nativos, sigue siendo fuente de inspiración para acuñar términos médicos. Aunque no es común encontrar médicos que lo dominen, sigue pareciendo que un término creado a partir del idioma oficial de la iglesia católica sea «etimológicamente correcto».

Cuando accidentalmente (no necesariamente por olvido) se queda un fragmento de un catéter o de una guía en una estructura vascular, lo llamamos «cuerpo extraño». Para estos casos, los radiólogos tenemos codificado un procedimiento de «extracción percutánea de cuerpo extraño intravascular», término usado para describir un intento por corregir una iatrogenia o un error propio o de otros. Ojalá que una sección como ésta logre motivar a algunos a extraer los términos «extraños» de nuestro lenguaje.

Texto enviado a la Revista Colombiana de Radiología, para inaugurar una sección ocasional en dicha publicación, llamada Sala de redacción, en la cual se pretende incluir comentarios semánticos, gramaticales u ortográficos sobre algunos términos médicos o técnicos que encontramos comúnmente en la jerga médica oral o escrita en español. En Sala de redacción también se discutirán algunos problemas de traducción, el uso de neologismos, etimologías, usos indebidos y sugerencias para una mejor comunicación entre colegas y con nuestros pacientes.

jueves, 9 de julio de 2009

De la fauna y la flora en el mundo de las sombras (bestiario imaginológico).

El mundo médico ha sido infiltrado por los mitos, leyendas y relatos de diferentes culturas. Las descripciones semiológicas incluyen diversos personajes, animales, monstruos y embrujos, que hacen que las manifestaciones de las enfermedades resulten asociadas a historias pintorescas o fantásticas.
Algunas manifestaciones clínicas se basan en la descripción de recursos imaginarios o de oficios reales, originados en la literatura universal o en la cotidianidad. El lupus eritematoso hace alusión directa a un mamífero carnívoro (Canis lupus). El síndrome de Pickwick sugiere un cierto conocimiento de los escritos de Charles Dickens. El homúnculo de Penfield y Rasmussen, la rodilla del predicador (que en el mundo moderno es más común en un oficio menos elevado, el de instalador de alfombras), el árbol de la vida, el hocico de tenca y la maldición de Ondina parecen exigir al gremio médico un cierto grado de cultura, además de conocimientos de mitología (grecorromana y germánica, entre otras), biología y zoología.
El que estas denominaciones hayan logrado un lugar en la semiología indican un soprendente grado de libertad literaria, para una rama de la ciencia que predica el uso de la evidencia sobre el de la imaginación.
Sin embargo, no es cierto que sea necesario saber el origen de estos especímenes para reconocerlos en la práctica. Muchos colegas desconocen el hecho de que la definición de tenca es tan amplia, que hace alusión a especies tan disímiles como un pez o un ave. Así, sólo hace falta saber que el hocico de tenca parece guardar alguna similitud con el cuello uterino, aunque tengamos que imaginar cómo es el resto de ese animal. Tampoco es necesario conocer el mito de Medusa para reconocer su cabeza en el abdomen de un paciente cirrótico (caput medusæ). Ni hace falta saber que nadie nunca maldijo a Ondina (nombre francés de la sirena) o que el dios Amón se representa con la imagen de un carnero, de donde proviene la analogía del cuerno (Cornu Ammonis), pequeña pero muy importante región del cerebro, que además recibió, de parte del anatomista Giulio Cesare Aranzi, el nombre de otro animal, el hipocampo, que hoy asimilamos al pez disfrazado de caballo (Hippocampus ingens).
La imaginología, que no deriva su nombre de lo imaginario, sino de las imágenes, no es una excepción al uso de este recurso, hasta el punto de que se puede recopilar un verdadero bestiario, lleno de representantes de la flora y la fauna, así como otros ejemplos que, sin pertenecer a la biología o a la zoología, terminan siendo parte del mundo de las sombras, por donde deambulamos cómodamente los radiólogos. Por tratarse de seres u objetos que parecen tener vida propia, no es ilógico que esta costumbre trascienda las barreras idiomáticas. Así, encontramos analogías diversas para describir signos multilingües en las diferentes modalidades de imágenes.
Los árboles sirven de analogía perfecta para la descripción de estructuras vasculares y bronquiales. No importa si el árbol ha crecido tanto como para que sea necesario cortarlo (árbol podado), o si se trata de una alusión primaveral (árbol en gemación). Los conos o piñas de los pinos, así como el uso de estos árboles en las festividades navideñas, sirven para describir las trabeculaciones de la vejiga neurogénica, aunque su uso sea algo más común en inglés (pine cone bladder).
El alimento preferido de un interesante mamífero carnívoro convertido en vegetariano, se usa para describir la apariencia de las vértebras de los pacientes con avanzado compromiso por espondilitis anquilosante (columna de bambú). Por supuesto, me refiero al oso Panda (Ailuropoda melanoleuca), cuyo seudopulgar (realmente un sesamoideo radial más prominente que el encontrado en otras especies de la superfamilia Canoidea, que incluye a los osos (Ursidæ), perros (Canidæ), mapaches (Procyonidæ) y comadrejas (Mustelidæ)), ha sido objeto de extensas disertaciones por naturalistas.
El compromiso óseo de la enfermedad de Paget se ha comparado con una hoja de pasto; los tréboles se han usado para describir cráneos germánicos (Kleeblattschädel) y duodenos enfermos.
En algunas malformaciones craneocervicales, el cerebelo puede adoptar la forma de un fruto tropical (deformidad en banano). Los frutos del bosque, que en inglés se pueden recopilar en el término berry, sirven también para describir diferentes tipos de lesiones.
La apariencia de lirio marchito (drooping lily) es, por lo menos, bilingüe. Lo mismo pasa con el grano de café con el que se compara, en español y en inglés, el vólvulus del intestino grueso. En cambio, parece más común la descripción en inglés (incluso sin traducción al español) del abdomen arrugado que recuerda a una ciruela pasa (prune belly) en el síndrome descrito, entre otros, por los estadounidenses J.F. Eagle (águila-Aquila chrysætos) Jr. y G.S.Barrett.
El algodón puede producir «manchas» en los pulmones que representan la ocupación del espacio aéreo alveolar por líquido o secreciones variadas.
Un limón puede tener un matiz dramático, si se refiere a la forma que adquiere el cráneo en la ecografía del óbito fetal. El listado de plantas en este bestiario incluye pequeñas semillas (grano de millo), bulbos laminados (bulbo de cebolla- Allium cepa) o ramas (leño verde y corteza de arce, que, curiosamente, nada tiene que ver con la orina en miel de arce).

Los batracios no son el mejor ejemplo de belleza en el mundo animal. Así, un feto con aspecto de sapo anuncia una malformación incompatible con la vida, la anencefalia.
La mandíbula de un ave se ha usado para describir lesiones en tripas y rodillas (pico de loro-Amazona æstiva), aunque también le damos forma alada a la escápula. Un efecto secundario de la traducción, solo reconocido por los más avezados traductores, es que puede inducir a la transmogrificación de las especies: el edema pulmonar, que se distribuye en forma de alas, es descrito en inglés por su semejanza con las de un extraño mamífero volador (bat wing), mientras que en español se convierte en las de un insecto (alas de mariposa). Hay además una especie de metamorfosis a través de las especialidades, cuando la mariposa pasa de la neumología a la ortopedia (fragmento en mariposa, vértebra en mariposa). Algo similar ocurre con los cálculos no matemáticos, que en español llamamos coraliformes, aunque en inglés recuerdan la cornamenta de los ciervos (staghorn).
El término steinstrasse (calle de piedras) da cuenta del origen bávaro de la litrotripsia extracorpórea, precisamente la causante de esa calle, (que puede ser de tres tipos, de acuerdo al tamaño de las piedras). En inglés se ha conservado el término alemán, el cual resulta más poético que su traducción más técnica al español por calle litiásica (en cuyo caso prefiero calle o camino de piedras, que no es lo mismo que una piedra en el camino), divagación que me lleva por un camino empedrado, que podría pasar por el estómago en cascada, pero que al llegar al pulmón anglo parece perder la cordura, para llamarse crazy paving.
Al salirme del ámbito de la zoología, me encuentro en las imágenes con ingredientes o amuletos que bien podrían pertenecer a la culinaria o a la hechicería (artes que pueden ser consideradas hermanas): linguini, manzana mordida, cáscara de naranja, cáscara de huevo, panal de abejas, gota de lágrima, palomitas de maíz, herradura, tres invertido, sal y pimienta, tallo de apio, garras y dedos de araña (cómo no, la aracnodactilia). De ahí, es fácil el paso a los objetos comunes, como el bastón de pastor y el corbatín, el acordeón, el huso, los dedos de guante, el rosario, la rueda dentada, la diana, el collar de perlas, la pila de monedas, el asa de balde y el frasco de Erlenmeyer, interesante ejemplo de un doble epónimo, en el cual se hace alusión a la forma del recipiente de vidrio cuyo nombre honra a su inventor, el químico alemán Richard August Carl Emil Erlenmeyer, para describir la forma que adopta el fémur en varias enfermedades, como la descrita por el francés Philip Charles Ernest Gaucher.
Algunos objetos son menos comunes, y pueden tener significados mitológicos o históricos, como el arco de Cupido, el cáliz y el gorro frigio, mientras que otros nos regresan a lo cotidiano, lo comestible o lo armamentario: la caja de cartón, la bota, el muñeco de nieve, la dona o rosquilla, el huevo de costado, la cimitarra y el mango de revólver.
Hay signos cuyos nombres difícilmente podrían asociarse a monstruos o bestias, pero que conservan un cierto aire de misterio: del japonés viene la nube de humo (moya moya) y del inglés crescent cambiamos en español de fase lunar, pues no traducimos creciente (o menguante), sino media luna; también permitimos el uso de alusiones climáticas, como la tormenta de nieve y el sol naciente.
Hay analogías que resultan infortunadas para una especialidad que se basa en lo que percibimos con el sentido de la vista: el ciego, los puntos ciegos, los estudios doble-ciego…

Si los hongos pueden formar pelotas, las células pueden adoptar forma de hojuelas de avena y los huesos pueden ser apolillados.
La leyenda de Aquiles nos regresa al bestiario y nos recuerda las hazañas del héroe de la Guerra de Troya y su débil talón. Otra lesión de la extremidad inferior hace referencia a la anatomía del ganso (Anser anser), específicamente a su pata (pes anserinus), aunque también hay un signo que recuerda su cuello, así como uno que se refiere al cuello de otra ave, el cisne (Cygnus olor).
No podía faltar la fiel mascota: del perro (Canis lupus familiaris) imaginamos sus orejas en la pelvis o lo decapitamos para describir la espondilolistesis.
Y sigo con el reino animal: la corva, que no viene de cuervo (corvus), es en inglés una ternera (calf). Nuestra médula espinal termina en forma de cola de caballo (cauda equina). Un corte transversal del cono medular puede recordar a un cangrejo (Liocarcinus vernalis, entre otros) o a una marca comercial de automóviles provenientes de Alemania (Volkswagen).
Un esófago puede tener apariencia felina, mientras que la dilatación de los espacios perivasculares pueden darle a los cerebros un aspecto atigrado (Panthera tigris).
La característica fenotípica representativa de un mamífero del desierto puede ser la mejor forma de describir un riñón humano (giba de dromedario), pero el mismo riñón puede usarse para describir la apariencia que adoptan algunos órganos que no pertenecen al sistema genitourinario, cuando los describimos como reniformes. Mientras tanto, los úteros pueden tener cuernos o el aspecto de la cara de un ave rapaz (Tyto alba), los ojos de lechuza.
La temible víbora Naja naja puede hacer su aparición en la vejiga (cabeza de cobra), en forma de ureterocele.
La labor de tratar de completar la lista de este bestiario comienza a parecer tan divertida como interminable, lo cual me pone los pelos de punta (hair-on-end).
Los ojos de mapache (Procyon lotor) y el ratón cinematográfico (Mickey Mouse) se pasean libremente por el mundo de las sombras, como lo hace el codfish (Gadus morhua). Pero ¿qué es un codfish? ¿Se parece, acaso, al «pez teleóseo, de agua dulce, fisóstomo y de cuerpo fusiforme», que es como el DRAE describe a la tenca? No, simplemente se trata del bacalao.
Hay quienes hacen referencia al signo de las vértebras bicóncavas como boca de pescado, otros las llaman vértebras de pescado, mientras algunos más hacen referencia específica al bacalao. La silueta de ese pez no se parece al signo radiográfico. Entonces, ¿porqué se llama así? Algunos radiólogos han tomado radiografías de diferentes peces, como el atún (Thunnus maccoyii) y el salmón (Salmo salar): ambos tienen vértebras de forma bicóncava. De hecho, en una reciente navegación por el ciberespacio, me topé con un artículo que muestra diferentes lesiones vertebrales en el tiburón (Carcharhinus plumbeus, Odontaspis taurus). Cuando se enferman, las vértebras de los escualos pierden su forma bicóncava, mientras que las de los humanos adquieren la forma de las vértebras de los peces. ¿Metamorfosis o transmogrificación?
De animales más comunes, como la vaca, tenemos el corazón (cor bovinum) y su ojo (buftalmos), para no mencionar al ojo del buey, que para los poco entendidos es la manera de traducir bull’s eye…


Publicado en: Panace@ Boletín de Medicina y Traducción. vol X no. 29, 2009.