miércoles, 12 de septiembre de 2012

Para ¿qué?



Hace menos de una semana terminó la decimocuarta versión de las justas deportivas en las que compiten personas con diversas discapacidades y obtienen logros que, aunque no superen los registros de los juegos olímpicos, suponen un esfuerzo quizá mucho más heroico.

Con aparente interés académico, no faltaron las recomendaciones lingüísticas en favor del término «paralímpico» y sus variantes, para describir en forma correcta todo lo relacionado con este evento.

Sin embargo, incluso desde versiones previas, como la de Barcelona, en 1992, el académico  Fernando Lázaro Carreter, con su habitual puntería, había lanzado uno de sus dardos en contra del uso del término de marras. En la recopilación de artículos  sobre el buen uso de las palabras, de Valentín García Yebra, quien a su vez cita a Lázaro Carreter, se explica cómo, para formar una palabra compuesta a partir del formante griego pará, se pierde la letra a cuando se antepone a un vocablo que comienza con vocal. Así, paratiroides conserva la a, como lo hace la tristemente célebre paramilitar

En los casos de otós, de oído, de donde se forma parótida, y ode (oda), de donde proviene parodia, se pierde la a, como lo dicta la norma morfológica. Esta norma indica que el término correcto debe ser parolímpico, no paralímpico, como lo acuñaron, con clara discapacidad lingüística, quienes participaron en el Acuerdo de Lausana, donde parece haber obtenido su patente de corso el neologismo, con todo y su incorrección, gracias a que dicho acuerdo tenía un claro tinte político, totalmente alejado de lo académico, por lo menos en lo que se refiere al uso adecuado del idioma.

Aparentemente, y sin mayor fundamento, alguien sugirió que el término inglés paralympic  (y su equivalente francés paralympique), provenía de la unión de Paraplegic  y Olympic, afirmación absurda, teniendo en cuenta que son muchas más las discapacidades que sufren quienes participan en estas competencias. García Yebra dice que en el enciclopédico Oxford English Dictionary, por lo menos en su edición de 1989, no aparece registrado paralympic. Sin embargo, y de manera sorprendente, aunque en años anteriores la RAE y la agencia EFE se han pronunciado en favor de parolímpico, esas mismas entidades, y otras más, como la fundación del español urgente (Fundéu), han dictaminado ahora que el uso apropiado es el etimológicamente incorrecto, paralímpico. Curiosamente, la última versión electrónica del Oxford  también recoge paralympic.

Aunque el tema parezca trivial, creo que no lo es. Si bien es cierto que el lenguaje evoluciona, no entiendo con esto que deba evolucionar deformándose o adoptando incorrecciones obvias, basadas en el uso o en el capricho de unos pocos. Otro tema es el de la transformación gráfica o adaptación de palabras en otro idioma para poder usarlas en español «oficial». En algunos casos sigo prefiriendo el uso de las itálicas que estas adaptaciones, pero siempre prima mi escogencia de una traducción sobre una transformación. Según la Fundéu, el avance de la vigésima tercera edición del DRAE recogerá baipás, con plural baipases, como adaptación del término en inglés bypass, y como alternativa al uso de palabras ya existentes en español, como derivación, desvío, etc.  Cosa similar sucede con la adaptación estent de la prótesis endovascular, que en inglés es stent, y cuyo uso sugerido espero que sea igual en plural. Lo que me parece más grave –y triste–, es que los académicos caigan en la trampa lingüística y nos dejen a los aficionados a las palabras con la sensación de que nuestra confianza en ellos ha sido traicionada.

No me canso de repetir el ejemplo del nombre de la especialidad que he escogido como forma de vida, a la que prefiero llamar radiología, pero que cada vez más tiende a llamarse «imágenes diagnósticas», por calco, imitación o sumisión del inglés diagnostic imaging.

Aunque la norma dicta que la manera correcta de combinar el formante imago con el sufijo  logía es que se pierda la o para llegar a imaginología, ésta es mucho menos usada que su contraparte «imagenología». Lo peor es que la forma morfológicamente incorrecta termina con aval académico, al ser incluida en obras enciclopédicas de referencia, como los más prestigiosos diccionarios, que son consultados para resolver éstas y otras dudas.

Entonces, todo este rollo del para– y el paro–, ¿para qué?

domingo, 2 de septiembre de 2012

Mala ortografía culinaria


No supe bien si incluir esta fotografía en mi hoja negra, junto a la de la cocina revolucionaria. Por tratarse de un juego de letras, preferí dejarla aquí en la blanca. Lo que no me atreví fue a constatar si, pese a que el error parece adrede, el sabor era bueno, cosa que dudo.

Si el experto no sabe cómo se escribe la especialidad a la que se dedica, su experiencia me parece tan confiable como la del cirujano que se anuncia con ese, o la del radiólogo que tilda la palabra grave terminada en ene, imagen.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Otra vuelta de páginas


Completamos este mes una nueva vuelta de hoja, o de hojas, para ser más preciso. Mi último informe llegó tarde e incluyó un período de más de doce meses. Para intentar cumplir con el nuevo aniversario de lectura, reseño a continuación los libros leídos con los que cerramos un nuevo ciclo anual, que comenzamos hace ya tres años y que nos siguen manteniendo muy por encima del promedio de lectura en el país. Sin importar el número de páginas, y sin contar las otras lecturas que se hacen por fuera de la tertulia, lo más significativo sigue siendo la cohesión y el crecimiento que hemos logrado a través de tantos autores.
Comienzo este recuento desde el territorio francés, con La elegancia del erizo, la segunda novela de Muriel Barbery. Narra la relación entre Paloma, una muy lúcida niña de 10 años y Renée, la portera del edificio, cuya lucidez está a la par de la de la pequeña. Incluso antes de que se descubra el gusto de la portera por la música clásica y la filosofía, Paloma la describe como poseedora de la elegancia del erizo, una fortaleza externa que la cubre de púas, pero con un sencillo refinamiento interior. Una bella descripción de una amistad sincera entre dos personas que parecen diferentes pero que tienen la misma capacidad para analizar a las personas que las rodean. Curiosamente, aunque el nombre del animal  con el que se compara a Renée (erizo) es igual en la versión original en francés (hérisson), en inglés se ha traducido como «La elegancia de la rueda dentada» (The Elegance of the Sprocket Wheel). Cosas de las palabras…
Al terminar esta historia, cruzamos nuevamente el océano Atlántico, para desembarcar en México con Aura, una novela breve de Carlos Fuentes. Una historia fantástica que narra la relación entre Aura y Felipe. Ella es una misteriosa muchacha que parece personificar a la vez a la juventud y a la vejez y la decadencia, cuando por momentos aparece como Consuelo, su propia tía, una anciana que parece buscar la manera de perpetuarse a través de la búsqueda de su propia historia, que encarga a Felipe, un historiador acostumbrado a la objetividad. Llena de simbolismos y de referencias vitales y eróticas, el libro fue publicado en 1962 y se volvió lectura obligada para los estudiantes mexicanos de la escuela primaria. En 2001, la novela suscitó un escándalo, promovido por Carlos Abascal, entonces ministro del trabajo de ese país, quien consideró que el texto tenía partes inapropiadas para estudiantes de tercer año (como su hija Luz Carmen). Su censura fue agradecida por el autor, pues a partir del escándalo hubo un obvio aumento en sus ventas. No le fue tan bien a Georgina Rábago, la profesora que recomendó el libro a las alumnas del curso de la hija de Abascal, quien fue despedida.
Uno de los párrafos que fue reproducido en los medios, a la luz de la controversia:

«Felipe cae sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cristo Negro que cuelga del muro de su faldón de seda escarlata, sus rodillas abiertas, su costado herido, su corona de brezos montada sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada con lentejuela de plata. Aura se abrirá como un altar. Murmuras el nombre de Aura al oído de Aura, sientes los brazos llenos de la mujer contra tu espalda. Escuchas su voz tibia en tu oreja: ¿Me querrás siempre?»

Ajenos al escándalo, y luego de disfrutar a Carlos Fuentes, quien falleció en mayo de este año, volvimos a Colombia, para leer una aventura de Tomás González. Esta historia se desarrolla en los Estados Unidos, y se llama La luz difícil.
Hace referencia a la dificultad de un pintor para plasmar la luz del agua que rodea a la isla de Manhattan en uno de sus cuadros, dificultad que crece a medida que el pintor pierde progresiva e irremediablemente el sentido de la vista. A la vez, narra la desgarradora historia de la decisión de acogerse a la eutanasia como único medio para acabar con el sufrimiento de su hijo y cuenta, con profunda visión, protegido por la distancia en el tiempo, el descenso al infierno del dolor, pero también la forma cómo se redime, según palabras del autor. El relato se mantiene además alrededor de una historia de amor de gran sutileza.
De esta historia neoyorquina «made in Colombia» volvimos a Europa, con la prosa del español Javier Marías, en su obra Mañana en la batalla piensa en mí. Marías comenzó a escribir en su adolescencia y se interesó en la traducción de novelas del idioma inglés al español. Fue profesor en las universidades Complutense y Oxford. En 2008, fue elegido como miembro de la Real Academia Española, donde le correspondió la silla de la letra R. El mismo autor dice que su novela trata, entre otras cosas, del engaño. Con un estilo impecable, que recurre a la repetición como pretexto para renovar el contexto de una aventura cuyo desenlace es sorprendente, Javier Marías atrapa al lector desde el comienzo del libro: «Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda.» Y es que el lector muy pronto descubre que Víctor, el protagonista, se encuentra en casa de una mujer casada cuyo marido está ausente. Justo antes de consumar el adulterio, ella muere de repente en sus brazos. La búsqueda de respuestas que no tienen preguntas da inicio a la aventura de Víctor.
De España fuimos al cono sur, con la primera novela del argentino Ricardo Piglia, Respiración artificial. Una obra difícil, con una trama de misterio en la que se enredan los personajes de una familia involucrada en la política argentina, cuyas relaciones se van revelando a través de los escritos del abuelo de la familia. Publicada pocos años después del golpe militar, Piglia recurre a códigos difíciles de descifrar que le permiten escapar a la censura.
Después de esta obra, regresamos al territorio norteamericano, esta vez con una colección de cuentos de Raymond Carver recopilada bajo el título Tres rosas amarillas. Carver fue un profundo admirador de Anton Chéjov, a quien precisamente homenajea en el cuento que da el nombre a esta colección. En inglés, The Errand, que traduce «El encargo», es su versión imaginaria de la muerte del médico, dramaturgo y escritor ruso. Considerado como uno de los más influyentes escritores estadounidenses, Carver describe con precisión las relaciones entre sus personajes y muestra con claridad las tensiones que pueden existir en sus conversaciones o en sus vidas. A pesar de manejar con delicadeza el realismo, y de ser capaz de llevar al lector por los detalles de las tormentosas relaciones entre los personajes de sus relatos, Carver deja una puerta abierta al final de sus relatos. Sus historias parecen inconclusas, los personajes dejan de ser claramente mediocres o desadaptados para convertirse en interrogantes.
Para la siguiente vuelta de página, quisimos seguir con cuentos. Esta vez volvimos a un autor que conocimos hace un par de años en nuestra tertulia, Antonio Tabucchi. La colección lleva el título de uno de sus relatos breves, Pequeños equívocos sin importancia. En este caso, algunos relatos de viajes que emprenden sus personajes en busca de sí mismos. Como en muchos cuentos, los relatos parecen no concluir. En esta recopilación, el hilo conductor parece ser un equívoco, una coincidencia o un desenlace inesperado, incluso la ausencia de desenlace.
Acordamos entonces regresar a las novelas. Otro viejo conocido, el colombiano Evelio Rosero, de quien leímos con gusto Los almuerzos. Es la historia de una parroquia bogotana, donde se cuecen intrigas alrededor de los vínculos del cura con uno de sus benefactores, mientras la parroquia mantiene la tradición de alimentar cada día a diferentes comensales. El encargado de distribuir los Almuerzos de la Piedad es el necesario jorobado, quien mantiene una relación aparentemente clandestina con la ahijada del sacristán y lidia con las Lilias, tres solteronas víctimas de la violencia del país, que en su momento acudieron al cura Almida en busca de refugio, pero terminaron con la carga del trabajo rutinario que supone varios oficios, incluyendo la preparación de los almuerzos que se distribuyen los lunes para las putas, los martes para los ciegos, los miércoles para los mendigos y los jueves para los ancianos y miserables. Con un odio que se ha nutrido por años, las Lilias ponen en marcha un plan de venganza que incluye la búsqueda del remplazo del cura Almida por un cura alcohólico que estremece a los feligreses con su voz, con la que ofrece extraordinarias e inspiradoras misas cantadas. Un relato breve en el que uno se sorprende con los misterios revelados, que nada tienen que ver con los designios de la fe, sino que resultan ser todos terrenales y mundanos.
Luego de esta bien narrada historia parroquial, pasamos la página de vuelta a otro autor que también habíamos leído con fascinación, el húngaro Sándor Márai. Para volver a él, escogimos La herencia de Eszter. Una reseña de la inevitabilidad del destino, en este caso, del destino de la relación entre Lajos, un seductor y vividor que ha podido engañar una y otra vez a Eszter, quien a su vez asume su papel de proveer a Lajos de todo, incluyendo sus pertenencias y su amor propio. Acostumbrados a la preciosa descripción de Márai de los conflictos humanos, nos encontramos con otra historia de deudas y rencores, que sólo puede tener un desenlace, incluso si éste resulta decepcionante. Márai logra nuevamente una detallada descripción de las personalidades de los protagonistas, que van desde el cinismo a la resignación, pasando por la indignación, el rechazo y la aceptación.
El ciclo septembrino se cierra con una soprendente novela de Paul Auster,
Trilogía de Nueva York. Tres historias policíacas entrelazadas por los nombres y los juegos de palabras. Tres historias de personajes que pretenden ser quienes no son y juegan con las personalidades que adoptan hasta que se entrecruzan y llegan a cambiar de papeles entre sí. Perseguidores que resultan perseguidos, historias de vigilancia obsesiva de detectives improvisados que comienzan en el absurdo y resultan en búsquedas personales. La trilogía no es simplemente una novela policíaca. De hecho, la trama de seguimientos e investigaciones está lejos de las aventuras esperadas en una novela de este género. Los personajes investigados son complejos, y los que fungen como detectives merecen ser investigados a fondo. El lector es llevado por largos recorridos por el laberinto de la metrópolis por excelencia. A diferencia de las historias policiales, en la trilogía no son claros los delitos y no hay culpables, o todos son culpables de su destino. Los personajes se investigan entre sí y aparecen y desaparecen a lo largo de los tres relatos, sin que necesariamente haya un hilo conductor diferente a la confusión.
Este intento de reseña no pretende ser completo ni trata de ser erudito. Simplemente es un cuaderno de bitácora personal, una versión sesgada del recorrido navegado en los últimos meses por el fabuloso mundo de los mundos de las palabras. No todos los viajes se completan. A veces no hace falta sino ver una parte del panorama para decidir si nos gusta o si queremos seguir mirando. Lo que parece más importante es mantener la curiosidad por mirar. Mirar los paisajes de la literatura es lo que llamamos leer. Leer es lo que importa.


domingo, 6 de mayo de 2012

Axiomas y aforismos.


«Cambiar de idioma, para un escritor, es como escribir una carta de amor con diccionario.»
E. Cioran.

De una idea que supuestamente provino de Hipócrates, para hacer breves observaciones sobre las enfermedades y la manera de diagnosticarlas, los aforismos o máximas son sentencias que suelen resultar de la experiencia, mientras que los axiomas son propuestas claras e incontrovertibles que pueden revelar las verdades de la ciencia.

Los enunciados breves que contienen mensajes que llevan a la reflexión o son simplemente de carácter instructivo, como pueden serlo los refranes y proverbios, hacen parte de las proposiciones cortas que han tenido cientos de representantes en la cultura general, la filosofía, la ciencia y otras áreas del conocimiento, incluyendo a la cultura popular.

Cioran se refirió al aforismo como una expresión de la pereza de un autor. Por su gran producción de sentencias breves, se puede suponer que esa posición era debida a su habitual tono sarcástico.

Para algunos, la herramienta de comunicación conocida como twitter, en la que se limitan los mensajes a 140 caracteres, son una forma de renacimiento de las paremias como forma de expresión. 

¿Será el trino la versión electrónica del aforismo?
¿Literatura o pereza? 

Con sus diecisiete sílabas y tres líneas, considero al haiku como una versión poética del aforismo.

Hoy ví la que debe ser su versión mundana, un paremiólogo callejero. En la premura del tránsito, no alcancé a preguntarle los detalles de su oficio de promotor social de axiomas y aforismos.  Imagino que los regala a cambio de algunas monedas...

Aunque, a diferencia de mi hoja negra, ésta sea una página en la que predominan las palabras sobre las imágenes, en este caso puede ser incontrovertible la sentencia según la cual una imagen vale más que mil palabras:




viernes, 16 de marzo de 2012

¿Verraco o berraco?


Un buen amigo –y mentor–  me preguntó hace poco cuál era la forma correcta para elogiar algún artículo mío en el que era evidente mi verbofilia: ¿berraquera o verraquera?  Me presentó la situación  como si yo fuera algún erudito del lenguaje, así que no  podía responder acerca de la berraca duda ortográfica sino con suficiente altura y verraquera como para ser coherente con esa que yo llamo mi verbofilia.

Mi primera consulta fue con el diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el cual no registra la versión berraco, pero define verraco, del latín verres como «cerdo padre». El mismo diccionario incluye una segunda acepción de aparente uso en el lenguaje coloquial de Cuba, con el uso de «persona desaseada», también para describir a una persona que, por su mala conducta, resulta despreciable. Otro de los usos exclusivamente cubanos de verraco es el de una persona tonta, a quien se le puede engañar fácilmente. 

El DRAE recoge también verraquera, de verraquear, término que describe como adjetivo femenino que significa el llanto continuo y con rabia de los niños, pero también como un verbo intransitivo coloquial que significa gruñir o dar señales de enfado y enojo.

Mi siguiente consulta fue al Diccionario Panhispánico de Dudas, el cual no recoge ninguna de sus versiones, con b ni con v. De ahí pasé a mi Diccionario de colombianismos de la Academia Colombiana de la Lengua, donde tampoco aparece registrada ninguna de las versiones del término en cuestión. Al consultar en mi Cachacario, el divertido diccionario de cachaquismos recopilado por el muy cachaco Alberto Borda Carranza, encontré sin sorpresa  que éste tampoco incluye versión alguna de verraco, berraquera u otros términos afines.  Esto permite suponer que su origen, por lo menos en Colombia, no es del altiplano cundiboyacense. 

Tengo un ejemplar de un interesante lexicón llamado diccionario de colombiano actual, recopilado por Francisco Celis Albán. Copio algunas acepciones que dan luces:

berraco. Colérico. Furioso.// De gran valor o magnitud.//Que tiene vocación y empeño para un arte o actividad.

berraquera. Cólera. Furia.// Valor. // Obstinación. Terquedad. Que tiene grandes aptitudes para un arte o actividad.// En ciertas expresiones, maravilla. ¡Qué berraquera de partido!

Curiosamente, no aparece  con v, pero si está verraquillo, término que define a una bebida supuestamente afrodisíaca, mezcla de cangrejo, vino, kola granulada, borojó y otros aditivos...

Me llamó la atención que en el Diccionario del Insulto, recopilado por Juan de Dios Luque, Antonio Pamies y Francisco José Manjón, provenientes de la península ibérica, se incluyen dos acepciones del término, escrito con v:

verraco 1. Guarro, cerdo (del lat verres, «cerdo padre»). 2. Hombre de gran potencia sexual, salido.

Dejo para el final la más extensa investigación sobre los términos verraco, berraco y las variantes que nos interesan, que he encontrado en la magnífica obra de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que en 2010 presentó su Diccionario de Americanismos, del cual, como es de suponer, tengo mi propio ejemplar en mi biblioteca de diccionarios.

El término berraco resulta ser bastante diverso en su uso y en su aparición en el continente americano. Puede ser un verbo intransitivo, se usa también como sustantivo o como adjetivo; tiene aplicaciones en el lenguaje popular y en el culto, puede tener uso espontáneo, vulgar o despectivo. Algunas de sus acepciones son rurales.

En Panamá, Cuba, República Dominicana, Colombia y Ecuador, puede usarse para describir a una persona valiente. En Cuba, República Dominicana, y Ecuador, también describe a una persona bravucona o pendenciera.

Una persona o una cosa extraordinaria o magnífica se puede describir con este término en Honduras, Nicaragua, Panamá y Colombia. En estos dos últimos países también se usa en el lenguaje popular para referirse a una persona capaz de desempeñar bien una actividad u oficio.

En Colombia y Ecuador se usa como adjetivo para describir una actividad o un problema complejo, difícil de resolver.
Otra acepción de berraco es el adjetivo con el que se describe a una persona disgustada, muy enfadada, tanto en Nicaragua, como en  Panamá y Colombia.

El diccionario de americanismos también señala su connotación sexual en Colombia y Puerto Rico, donde se puede usar para describir a alguien que está excitado sexualmente. En Cuba tiene un uso despectivo adicional, tanto en el lenguaje culto como en el popular, cuando se refiere a una persona tonta o estúpida, o a una persona considerada inútil.   

En la región central de Panamá también hace alusión a una persona tramposa y embustera. La variante berraquera también tiene alguna variabilidad en el continente americano. El uso popular y vulgar hace referencia, en Puerto Rico y en Colombia, a la excitación sexual. En Panamá y Colombia, se refiere también a la ira o al mal genio. En Colombia sirve para describir la energía y entusiasmo que se aplican para realizar una acción. La berraquera es en Panamá la manera de describir a una persona o cosa excelente, admirable, muy buena.

La interjección  ¡qué berraquera!,  expresa en el lenguaje popular colombiano una emoción intensa de diversos estados de ánimo.

La siguiente variante, en orden alfabético, es berraquería, aparentemente de uso exclusivo en Cuba, donde significa tontería.

Pero la cosa no para allí. Más de mil quinientas páginas después de berraco, encontramos en el mismo diccionario su versión con v: verraco.

La mayoría  de sus acepciones son idénticas a las descritas en los mismos países en los que se usa con b inicial. Algunas variaciones incluyen el uso para referirse a una cosa fuerte, sólida o firme, común en el Oeste de Venezuela.

También en Venezuela, el Sureste de México y en Ecuador, se usa para referirse a un hombre mujeriego. En Cuba y en Perú, verraco también tiene la connotación de una persona grosera, soez.

Las acepciones de verraquera son iguales en las diferentes regiones en las que se escribe berraquera.

Verraquear, en cambio, aparece únicamente  en Cuba como un verbo intransitivo que significa comportarse con ingenuidad o falta de viveza.   

Así, resulta que verraquera o berraquera, como prefiera escribirla el berraco o la verraca que la use.  ¡Qué verraquera de vaina!, ¿No?

Y, como  punto final, ¿cómo traducirlo al inglés? Quizá para hacerse entender, en sus acepciones que hacen referencia a la descripción de las habilidades de una persona, o a las características de una cosa, podrían usarse términos como el informal  hotshot, también con las connotaciones de master, genius, expert, virtuoso, maestro o wonderful, magnificent, skillful, eminent, superb, awesome, fabulous... o quedarse con la versión facilista: ¡berracation!

sábado, 3 de diciembre de 2011

¿Qué leer?



En la página virtual de The New York Review of Books, sobre crítica literaria y otros comentarios tan interesantes como profundos, Tim Parks escribe en la «entrada» blógica del pasado 6 de octubre  «qué anda mal con el premio Nobel de literatura» (Para leer a Tim Parks, en esta misma página, a la izquierda, uno de los vínculos para cibernautas sin rumbo es precisamente el NYRB).

Parks hace una disquisición interesante que comienza con la referencia al premio de este año, entregado al poeta sueco Tomas Tranströmer, que Parks describe como un autor no muy prolífico ni muy conocido por fuera de Suecia. Parks duda de la idoneidad de la Academia Sueca, el grupo de docentes universitarios encargados de cumplir con la tarea de promover la «pureza, fortaleza y sublimidad del idioma sueco», cuyo cargo vitalicio ha demostrado que no siempre logran acertar a la hora de seleccionar al autor que será honrado con tan prestigioso galardón.  Así, Parks (como muchos otros) critican la decisión de haber escogido a Elfriede Jelinek, por ejemplo, y duda que ese jurado haya podido leer obras como Lujuria, que él califica como imposible de digerir.

Parks hace unos interesantes cálculos acerca de la tarea que deben completar los miembros de la Academia Sueca, y sugiere que en muchas oportunidades su decisión ha estado sesgada por cuestiones sociales o políticas, y que el premio ha sido entregado a naciones o movimientos políticos o de derechos humanos antes que a autores. Para Parks, es difícil creer que un grupo de suecos, por muy eruditos que sean, podrá percibir con suficiente claridad las minucias que puede tratar de descibir un autor indonesio o uno camerunés, a quien probablemente hayan leído sólo superficialmente y en una traducción a un idioma diferente al sueco. 

Tim Parks no parece estar en contra de este proceso, pero sugiere que no se tome tan en serio como muchos parecen hacerlo, y cree que la tarea que cumplen los miembros de la academia puede ser imposible de completar, como es la de leer cientos de libros al año, de autores tan diversos como enigmáticos o simplemente impenetrables, para tratar de aproximarse a una decisión sensata y no excluyente. Eso sí, aclara que, aparte de un par de poemas que han circulado en la red, él no ha leído a Tranströmer.  Creo que no hace falta aclarar que yo tampoco sé casi nada del sueco premiado este año con el Nobel de las letras.

Para mí es claro que Parks tiene razón en cuanto se refiere a la dificultad para escoger. No sería la primera vez que el Comité Nobel, en cualquiera de las disciplinas en las que emite sus galardones, cause controversia con sus decisiones. La clave es recordar que el «jurado» está compuesto por mortales, con las mismas tendencias, envidias y sesgos de los demás. Estoy de acuerdo en que no hay que tomárselo tan en serio, aunque el premio pretenda serlo, y, de hecho, siga siendo considerado como un ejemplo de lo serio. Sin duda alguna, los premios Nobel seguirán siendo controvertidos, tanto los de literatura como los de medicina, física o química, por mencionar sólo algunos.

Igual de interesante es el comentario que hace Per Wästberg, presidente del comité Nobel de literatura, también por vía electrónica, en la página Att vara ständig (Ser constante), en una especie de respuesta a Parks o a quienes piensen como él. Wästberg aclara que Tranströmer no sólo es muy bien conocido en Suecia, sino que ha sido traducido a sesenta idiomas (¿hay tantos?), y que en países tan diferentes como China y Eslovenia, hay cafés que llevan el nombre del poeta sueco.  De hecho, cuenta que en el año 2000, Susan Sontag le dijo que Tranströmer debía ser el sueco más conocido en los Estados Unidos. El comité Nobel tiene cinco miembros de la Academia Sueca, y hacia febrero de cada año recibe sugerencias o nominaciones de unos doscientos veinte autores de todo el mundo. Hacia el mes de abril, después de la lectura exhaustiva (en la Academia Sueca hay dominio de trece idiomas) y de consultas con traductores y expertos que actúan bajo juramento como colaboradores del Comité Nobel, la lista se reduce a unos veinte candidatos. A finales de mayo, suelen quedar unos cinco en la lista, autores cuyas obras leerán profusamente estos académcos en los siguientes cuatro meses.  Ningún autor recibe el premio Nobel sin haber estado por lo menos dos años en esta lista.  Wästberg cuenta que es un lector obsesivo desde su infancia, y que su promedio de lectura es de ¡un libro por día!

Wästberg asegura que ellos se fijan en el trabajo de la vida de los individuos, sin importar su nacionalidad, cuestiones de género o de religión. Insiste en que, si lo consideraran necesario, darían el premio a un portugués o a un estadounidense cinco años seguidos, pero que también lo entregarían a ensayistas, historiadores, o a autores de libros infantiles, y que no tienen criterios de derechos humanos, pero que es común que los premios sean interpretados políticamente luego de ser anunciados.

No me hacía falta la explicación, y posiblemente, aparte de resultar interesante, no cambie mi percepción de que estos galardones siempre tendrán el sesgo de ser escogidos por personas que a su vez puedan estar sesgadas, aunque intenten apartar sus decisiones de sus sentimientos.
¿Qué leer? No tengo una respuesta a esa pregunta. Algunos se guían por el éxito (casi siempre en ventas) de un autor. Muchos otros leen a quien haya sido galardonado con el Premio Nobel, o con otros premios de literatura de diferente alcurnia. No parece buena idea guiarse solamente por los elogios que se encuentran en las contraportadas de los libros, esos sí con frecuencia sesgados e incluso aparentemente malintencionados, pues buscan que un libro se venda con palabras que los aclaman sin criterios claros.

Nuestro Club de Lectura ha seguido creciendo, tanto en miembros como en lecturas (también en la columna de la izquierda, en el Archivo del Blog, septiembre de 2010, la reseña del primer año del Club). El dinamismo del grupo incluye pérdidas que quisiéramos considerar temporales, y seguramente seguirá vinculando a nuevos verbófilos, como, de hecho, ha pasado. Por estos días cumplimos el segundo aniversario de viajes por el mundo de las letras. La última entrada de nuestro cuaderno de bitácora literaria había tratado sobre el drama personal de un japonés, profesor de inglés, enfrentado a la llegada al mundo de su primer hijo, quien nace con una grave deformidad.

De manera coherente con la intención de usar las lecturas para darle la vuelta al mundo, el nuevo recorrido volvió al sur del continente americano. Como era de esperar, en los zapatos de los lectores también hay piedras que entorpecen el andar literario. El comienzo del camino fue algo tedioso, pues descubrimos, cuando ya era demasiado tarde, que Monsieur Pain, de Roberto Bolaño, fue considerada por la crítica como su «novela no bien lograda». La verdad, no quedaron muchas ganas de comprobarlo, así que preferimos quedarnos con la duda y evitar a ese autor, por lo menos en este nuevo año de páginas que ya completamos. Sin ínfulas de críticos literarios ni mucho menos de eruditos, sino simplemente con la convicción de que habíamos degustado un plato insípido, de cuyo chef no quisiéramos repetir sus obras.

Por pura coincidencia, y como el año pasado, la siguiente escala representó un cambio de continente, a la vez que un salto prodigioso que incluyó un cambio de estilo. El ensayo Una Habitación Propia, de Virginia Woolf, nos deslumbró por la pulcritud en el uso del idioma y por la profundidad de sus reflexiones. Aunque no la leímos en el idioma original, la belleza del texto habló muy bien de la traducción que se hizo del mismo al español. A pesar de que nuestro grupo es heterogéneo en cuanto a las disciplinas en que cada uno se mueve, desde tan diferentes ángulos coincidimos en el hecho de que habíamos disfrutado de una verdadera pieza literaria.

La siguiente obra en la lista de seleccionadas fue el maravilloso relato Trenes Rigurosamente Vigilados, de Bohumil Hrabal. Otra descripción magistral, en este caso la de los personajes sometidos de una pequeña ciudad checa en la época de la segunda guerra mundial, que tienen una manera particular de resistirse a la ocupación. Una historia muy bien contada acerca de hechos basados en aquellas realidades sufridas por los pueblos que vivieron esa guerra.

Trasladamos nuestra lectura a otras guerras, con Los Ejércitos, de Evelio Rosero, un relato humano del conflicto violento que tantos años se ha vivido en Colombia. A partir de un pequeño escenario, Rosero narra con gran propiedad la experiencia vital de un personaje rodeado por ejércitos regulares e irregulares, que secuestran, torturan y asesinan bajo el pretexto de un poder que sólo sirve para perpetuar ese mismo conflicto que parecería nunca acabar, excepto porque acaba con la vida y con las ganas de vivir a su paso por los pueblos. Una historia narrada con un lenguaje de una belleza impresionante, que hace que el contenido, el de la desgracia sufrida por Ismael al perder a su compañera y perderse él mismo en el abandono, llegue con un profundo mensaje de reflexión acerca de las injusticias que se viven a diario y que algunos terminan por asumir como una costumbre.

Seguimos con una historia de conflicto, Todo se Desmorona, de Chinue Achebe, un bello relato de la estructura social de un mundo ajeno para nosotros, el de una tribu nigeriana. De allí, algunos conocimos otras obras del contiente africano, como la de una admiradora de Achebe, la también nigeriana Chimananda Ngozi Adichie. De ella recomiendo su colección de relatos llamada La cosa alrededor de tu cuello, pero sobre todo su bellísimo, estremecedor e imperdible discurso, «El peligro de la historia única», aporte invaluable de una de nuestras mejores guías y consejeras del grupo: 



El siguiente libro fue una muy grata sorpresa: La Vida Ante Sí, de Emil Ajar, la estremecedora descripción de un mundo de sobrevivientes, narrada desde el punto de vista de un niño huérfano cuya visión resulta cruda y profunda. Momo, el niño musulmán que narra esta historia, vive y sobrevive en un prostíbulo que es dirigido por una judía sobreviviente a Auschwitz. Con esta obra es entendible  el reconocimiento de Ajar, un prolífico autor que se ha dado a conocer a través de por lo menos cinco seudónimos, gracias a los cuales ha obtenido premios que parecía imposible repetir, como el Prix Goncourt.

En contraste, Los Informantes, de Juan Gabriel Vásquez, resultó una decepción para la mayoría de nosotros. Una historia no muy bien contada, que resultó tediosa y poco interesante, a la vez que parece inconclusa. Para lo que pueda servir, y, teniendo en cuenta que no soy crítico literario, nada recomendable.

Almas Grises, de Philippe Claudel, nos volvió a reivindicar con las letras. Una linda historia narrada de manera sorprendente, sobre el asesinato de una bella mujer que llega a un pequeño pueblo francés en cuyas afueras se desarrollan batallas de la Primera Guerra Mundial. Sin tratarse de una novela policíaca, el interés por resolver el caso se convierte en el hilo conductor que ata las vidas de los protagonistas, inmersas en la soledad y en el tono grisáceo que describe sus almas.

Seguimos con La Sombra del Águila, de Arturo Pérez Reverté, un breve y divertido relato de un batallón de combatientes españoles bajo las órdenes de Napoleón, cuyo heroismo consiste en su interés por sobrevivir a una guerra ajena. Un relato que, a pesar de desarrollarse en medio de una batalla sangrienta, acude al humor como recurso para mostrar la naturaleza humana y sus alcances en momentos de exasperación y conflicto.

Volvimos a leer a Philippe Claudel, con su obra breve La Nieta del Señor Linh, un extraordinario relato de otro sobreviviente, esta vez un anciano asiático que termina exiliado en Francia, cuidando de lo único que ha podido salvar de la guerra en su país: su propia identidad.

Seguimos con Nada, de Janne Teller, la descripción de la reacción de un grupo de jóvenes de una sociedad actual a la aparente rebeldía de uno de ellos. Una historia de los alcances de la irresponsabilidad de la inmadurez.  Aunque proviene de Dinamarca, gracias a la globalización, este tipo de reacciones parece reproducible en otras sociedades modernas, que comparten algunos esquemas de ruptura familar y social. Afortunadamente, también parece probable que en muchos otros grupos sociales no sea concebible este tipo de situaciones, donde unos muchachos pueden tomar las riendas de sus vidas, sólo para permitir desbocarse en la irresponsabilidad.

De esta historia de la decepción de que es capaz la humanidad en contra de sí misma, saltamos a un relato no menos apocalíptico, La Carretera, de Cormac Mc Carthy. Una lectura difícil, sobre un mundo autodestruído en el que no parece haber esperanza, y en el cual la idea de un camino, que para algunos debe evitarse, resulta ser, para otros,  el único asidero posible. Una estrecha relación de padre e hijo en unas circunstancias que simplemente no pueden imaginarse, un fin del mundo como lo conocemos en el que se trata de buscar una salida que parece no existir...¿o sí?

Del apocalipsis dimos un salto a la crónica medieval francesa. Difícil acrobacia, que no resultó del todo bien. El Rey del Bosque y Abades, de Pierre Michon, dos ejemplos de narración que no me resultaron especialmente apasionantes, una de las cosas que quisiera encontrar cuando leo. Muy elogiado, precisamente por su narrativa, pero en este par de relatos no logré captar la intención ni la trama, ni siquiera esa supuesta pureza del lenguaje que para algunos permite que algunas de sus obras no sólo puedan leerse sino cantarse. Me imagino, con harto esfuerzo, aquellos cantos gregorianos, pero prefiero, sin dudarlo, la monocromía de esos sonidos a la monotonía de estos relatos. Esta es la fortuna de poder opinar sin la erudición de quienes han considerado a Michon como el «más grande escritor europeo vivo». Otro plato que pude degustar, aunque sin poder saborearlo.

El siguiente ejemplo de narrativa nos transporta a un castillo donde se va a desarrollar un encuentro entre dos viejos amigos, separados durante décadas por las circunstancias de sus propias vidas. La preparación del encuentro, la puesta en escena de la atmósfera donde se llevará a cabo ese encuentro necesario, revelador y predecible, hacen de El último Encuentro, de Sándor Márai, una obra maestra.

El círculo se cierra, para dar comienzo a uno nuevo en un engranaje que nos mantiene disfrutando de mundos diversos en el universo de las palabras. Si mencioné al comienzo que la obra de Elfriede Jelinek (que no me he aventurado a descubrir) ha sido considerada oscura, y, para algunos, inmerecidamente galardonada, puede resultar una coincidencia que ella, como su admirado Thomas Bernhard, haya estudiado música. Precisamente de Bernhard, leímos El malogrado, una obra que, como otras del autor, toma fragmentos de personajes reales para armar una historia oscura, la de la obsesión de unos músicos mediocres ante la aparente evidencia de su imposibilidad de alcanzar el virtuosismo de un pianista que realmente existió: Glenn Gould. En una especie de fuga, el arte de la reiteración que Johann Sebastian Bach logró llevar a su máxima expresión, la narración reiterativa de Bernhard logra crear la atmósfera de la obsesión alrededor de la relación entre los músicos que protagonizan este encuentro, dos compañeros de conservatorio que tienen formas muy diferentes de abordar el piano, la música en general y la vida en particular.

El segundo aniversario de nuestro club de lectura ya pasó, y hemos comenzado un nuevo año, de los que espero sean muchos más, con nuevas incursiones a lecturas sorpendentes. Seguimos leyendo un número de libros que está por encima del promedio, pero no lo hacemos para batir una estadística, sino por el disfrute que representa adentrarse en las páginas de un relato, y por la expectativa de encontrarnos, casi cada mes, alrededor de unos vinos, algo de música, mucha amistad y buena comida, para compartir nuestras impresiones acerca de los viajes que hemos hecho juntos, aunque cada uno haya hecho el recorrido por su cuenta. 

Por ello, la cuestión no es qué leer, lo importante no parece ser una pregunta, sino una acción: ¡a leer!