martes, 23 de septiembre de 2014
Un lustro de letras
Un lustro de letras
Cinco años de lectura son un logro que
enorgullece, pero, por encima de todo, alegran el alma. Después de culminar el
ciclo pasado con la intrigante historia contada por Jöel Dicker, comenzamos un
nuevo año de pasar páginas con un narrador excelso, Javier Marías, quien ya nos había deleitado un par de años
atrás, con una obra que ha sido considerada como “emparentada” con Los
enamoramientos. Escogió a una mujer de voz fuerte y clara para narrar esta
historia, que comienza con la descripción que ella hace de una pareja a la que
observa a diario y de cuya interacción comienza a enamorarse, para encontrarse
muy pronto con la muerte del marido de esa relación. Su curiosidad la lleva a
descubrir que la muerte no fue casual. Sigue su enamoramiento hacia la viuda y
hacia un amigo de ésta, para ir enredándose en una trama de intriga que refleja
las posibilidades que se presentan en las relaciones entre las personas, sus
parejas y sus supuestos amigos, así como también con algunos desconocidos que
juegan un papel definitivo en la solución del misterio del enamoramiento.
Por la cercanía con el fallecimiento del
gran hombre de letras colombiano, Álvaro Mutis, rendimos un pequeño homenaje a
su memoria leyendo su breve relato La muerte del estratega. Un cuento que
narra la decaída de un jerarca de Bizancio, y que analiza minuciosamente su
vida, su educación, sus amoríos y la importancia de la religiosidad en el
momento histórico y político en que se enfrenta a su destino, sobre el cual no ejerce
influencia alguna. Mientras cae abatido por las flechas musulmanas, al
estratega se le presenta una reflexión acerca de la impotencia ante su destino,
que le permite caer en paz: “Una gozosa confirmación de sus razones le vino de
repente. En verdad, con el nacimiento caemos en una trampa sin salida.”
También volvimos a un autor que, si antes
nos había cautivado con su narración, terminó de enamorarnos con El tango de la guardia vieja. Arturo
Pérez-Reverte construye un relato de intriga que parece narrado por sus
protagonistas, pues conocemos lo que sienten y lo que piensan a través de las
descripciones del autor. Una apuesta entre músicos lleva a sus personajes de un
continente a otro y de una pasión a la siguiente, en una historia creíble de
espionaje, amistad y traición, que sigue los pasos de una pareja disímil que domina
el tango, baile sensual y arrabalero, que constituye uno de los hilos
conductores de este relato. Como es su costumbre, construye una historia bien documentada y con detalles históricos
verosímiles, aunque el mismo autor confiese después que en la primera versión
de su libro cometió un error que representaba una inconsistencia para él imperdonable.
Una excelente historia que gira
alrededor de la relación imposible entre la bella, adinerada e inteligente
Mecha Inzunza y el canalla y seductor Max Costa, de sus tres sorpresivos y apasionados encuentros
en diferentes ciudades y momentos históricos, y de la consolidación de su
apasionamiento mutuo.
Intrigados por el anuncio del nuevo premio
Nobel de literatura, quisimos seguir con La
vida de las mujeres, de Alice Munro. Un relato de la cotidianidad de una
familia en el pequeño y apartado pueblo de Jubilee
(Jubileo) en Ontario, Canadá, que podría ser cualquier pequeño y apartado pueblo
en otro lugar del mundo. Una niña cuenta acerca del diario vivir de una familia
común y corriente. Lo cotidiano resulta más importante que lo extraordinario,
precisamente porque no hay nada fuera de lo común en esas vidas, en las que
casi no aparecen descripciones de los hombres. Y es que ésa parece ser la
intención de la autora, describir un paisaje vital que no representa grandes
cambios ni tiene momentos especialmente emocionantes, una vida que puede ser la
misma que se vive en tantos lugares y que para muchos no merece ser contada.
Después de disfrutar de esa muestra de
literatura moderna, decidimos enfrentarnos a un escritor de corte más clásico,
el maestro británico Lawrence Durrell, de quien leímos la primera entrega de su
famoso cuarteto, Justine. Es la
primera de cuatro versiones de la vida en la Alejandría de alrededor de la
Segunda Guerra Mundial. En esta versión se describe el romance trágico entre el
narrador y Justine, una intrigante mujer casada con el egipcio Nessim. Durrell
pretende hacer de la ciudad la verdadera protagonista de esta historia y logra
desarrollar sus personajes y su historia desde diferentes puntos de vista,
precisamente los de cuatro personajes cuyas relaciones son cruciales para
comprender un desenlace que será revelado en la última entrega de El Cuarteto
de Alejandría. Descripciones detalladas, una narrativa poética y un profundo
acercamiento a las relaciones afectivas en “la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió
en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada
Alejandría”. Habrá que considerar la lectura de las tres versiones siguientes
del cuarteto, para entenderlo mejor.
De esta elaborada narración pasamos a una
lectura ligera, El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas
Jonasson, que resultó mucho más ligera de lo que habíamos esperado. Es la
historia inverosímil de un personaje centenario que no sólo ha vivido en
momentos cruciales para la historia moderna, sino que, por coincidencias
increíbles, ha estado muy cerca de esos momentos y ha conocido personalmente a
Franco, Stalin, Churchill, Truman, Jiang Qing y otros. Descrita como una novela
humorística, quizá resulte más divertida para los nórdicos que para quienes
vivimos en otras latitudes. Ha sido comparada con la versión cinematográfica de
Forrest Gump, otro personaje inverosímil que estuvo presente en diferentes
momentos importantes de la historia, película que, sin ser una de las grandes
obras del cine, sin duda es más divertida que el libro sobre el abuelo nórdico.
Descansamos de esta lectura ligera y
quisimos retomar caminos conocidos. Volvimos con otro grande de las letras en
Colombia, Evelio Rosero, con su Plegaria por un
papa envenenado.
Un homenaje personal a Juan Pablo I, cuyo pontificado duró un poco más de un
mes, y cuya muerte ha sido motivo de grandes especulaciones. Con una prosa
bellísima, nos cuenta la que parece ser la versión más aceptada de esa muerte,
una conspiración que buscó poner fin a la lucha de este Papa contra la
corrupción y la estafa perpetuada por los arzobispos y financieros de la Banca
Vaticana. Con base en esa premisa, que, por supuesto, tiene detractores, Rosero
no se centra en la descripción de la conspiración, sino en un perfil psicológico
del condenado a muerte. Entra en la cabeza del pontífice y nos muestra su
sufrimiento y sus reflexiones acerca de lo que pretendía hacer con el rumbo de
la iglesia católica. Encuentra sus fantasmas y los muestra de manera sencilla y
creíble. Una anotación al estilo, en general, impecable, de Rosero: en muchas
de sus frases no usa el signo de apertura de exclamación (¡) que es norma en
nuestro idioma. Una libertad inexplicable y quizá innecesaria, pero que llama
la atención de quienes nos fijamos en esas minucias.
Como en años pasados, nuestro eclecticismo
nos llevó a un cambio de estilo, y seguimos con Tres noches, del estadounidense Austin Wright. Curiosa traducción
que no aporta mucho al lector que decida comprar un libro por su título. Aunque
se entiende que en tres noches se cumple un plazo de lectura crucial para la
narración, el título original Tony and
Susan (que tampoco dice mucho al lector), da cuenta de la relación que se
presenta entre dos personajes, uno real y otro ficticio. Susan lee una historia
sobre Tony, personaje que ha inventado Edward, su exmarido, para su opera prima, la obra que nunca pudo
escribir mientras estuvieron casados, y que ahora le presenta a ella para su
lectura crítica. Wright entrelaza dos historias en su novela, y hace que Susan,
quien lee “para dejar de pensar en sí misma” termine leyendo precisamente para
lo contrario, para reflexionar sobre ella, su vida y su relación pasada con un
novelista frustrado que sólo logra una obra decente (“Animales Nocturnos”)
cuando ha podido librarse de su relación con Susan. Una interesante historia
dentro de una historia, lo cual en sí mismo es un reto para cualquier autor.
Wright logra captar la atención de las dos novelas por parte de sus lectores.
Su protagonista logra interesarse por el protagonista de la novela, y el lector
termina interesado en la relación entre ambos. Un ingenioso laberinto del que
sale bien librado, con dos libros en uno con estilos muy diferentes pero igualmente
elocuentes.
También como en otros años, dimos un salto
transoceánico y en el tiempo, para llegar a la Inglaterra rural de
comienzos del siglo XIX. Del color de la leche, de Nell Leyshon,
es el relato conmovedor de una niña analfabeta en un mundo carente de derechos para
la mujer. Con su narración en primera persona, conocemos a Mary, una niña de
una fortaleza extraordinaria, capaz de contar una historia reveladora con las
palabras sencillas a su alcance, pero con la profundidad e inocencia que le
permiten expresarse con una franqueza contundente. Nell Leyshon ha creado una
pequeña obra maestra que describe claramente un período pasado, que,
lamentablemente, podría seguir vigente en algunos lugares del mundo actual.
Regresamos a nuestro continente con una
historia moderna, que también resultó cercana por ser la época en la que se disputó
la copa mundial de fútbol en Brasil.
La pena máxima, del peruano Santiago
Roncagliolo, es una historia bien contada acerca de un funcionario obsesionado
por el cumplimiento de las normas, que descubre una inconsistencia, para él
imperdonable, en un trámite interno del
juzgado donde trabaja. Félix Chacaltana Saldívar, un fiscal que lleva una vida
mediocre, se interesa por un formato mal diligenciado y descubre una trama que
involucra el asesinato de un amigo suyo y revela la participación del estado
peruano en la Operación Cóndor de finales de los años setenta, mediante la cual
fueron desaparecidos militantes izquierdistas en el cono sur. Alrededor del
mundial de fútbol de 1978 en Argentina, los encuentros futbolísticos resultan
ideales para distraer la atención y hacer que nadie se percate de los disparos
en la calle, precisamente por estar viendo la transmisión de los partidos de la
selección nacional, que paralizan a todo un país, tal y como sucede aún. La
trama se enreda y el fiscal Chacaltana, inexperto y mediocre, descubre casi por
casualidad los detalles de la conspiración que sucede bajo sus narices y que
casi le cuestan la vida. Una historia intrigante y realista que mantiene el
suspenso mientras acude al humor para describir la psicología de un personaje
claramente afectado por su relación de dependencia con su madre. Roncagliolo usa
a Félix Chacaltana, un personaje de su novela Abril Rojo, la cual se desarrolla
en un momento futuro con respecto a La Pena Máxima, cuando el fiscal es una
persona más madura, aunque con las mismas obsesiones y mediocridades. Sin
embrago, el autor comete una inconsistencia, para mí imperdonable: en Abril
Rojo explica en parte el perfil del mismo Chacaltana con base en la muerte de
su madre cuando él era un niño; resulta absurdo que, en una historia que se
desarrolla unos 20 años antes, ¡el mismo
personaje, siendo adulto, viva con su madre!.
Para
cerrar el ciclo anual de letras, escogimos dos lecturas adicionales. Seda es un relato corto bellamente
narrado por el italiano Alessandro Baricco. El mismo Baricco presentó Seta en su edición italiana así: “Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia.
Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece
inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago,
no se sabe.” Ambientada en el siglo XIX, es una narración precisa que muestra gran
sensibilidad en los detalles, mientras presenta el anhelo por buscar muy lejos
lo que siempre ha estado al lado, en este caso el amor. Pero no es sólo una
historia de amor, sino de las relaciones y las esperanzas. En un estilo
sucinto, que ha sido comparado con el Haiku, logra descripciones en prosa
sólida y convincente, llena de simbolismos.
Por último, por lo menos por
ahora, escogimos El sobrino de Wittgenstein, de Thomas
Bernhard, también conocido en nuestra tertulia. Como en la otra novela que
leímos del autor, Bernhard crea biografías imaginadas a partir de datos y
personajes históricos. Si bien es cierto que el filósofo tuvo un pariente de
nombre Paul, éste no era su sobrino, sino su hermano.
A
partir de una enfermedad pulmonar que lo consume y casi lo lleva a la muerte,
el autor, que en la novela es él mismo, sin que realmente pueda dilucidarse
cúanto de autobiográfico hay en su relato, describe una relación de amistad que
también está matizada por las diferentes relaciones que existen entre los
amigos y sus familias. Con un estilo que puede resultar difícil de leer por la
ausencia de pausas, Bernhard comienza un hilo de palabras interminables que
llevan por sus opiniones acerca de las personas, las ciudades, los cafés y la
literatura. Muestra cómo puede ser más filosófico aquel que nunca promulga su
filosofía de la vida que quien la describe en varios tomos. Cómo puede un
novelista denigrarse al aceptar premios que halagan su técnica y su estilo y
cómo es posible criticar severamente las posiciones que uno mismo asume y
censura. Es así como establece una relación del abandono, cuando muestra cuán
difícil es soportar la decadencia del otro, sin importar cúan cercano se haya
sido del enfermo, del amigo, del loco o del filósofo, ni cuán parecidos sean
los dos partícipes de una relación mutua. Un relato corto, pero lleno de
palabras, que trata con obsesiva minuciosidad temas comunes desde una
perspectiva casi insólita, que, sin duda, lleva a la reflexión acerca de la
amistad, la enfermedad y la vida en sociedad.
Para terminar la relatoría de estos primeros
cinco años de tertulia –que es también un quinquenio de camaradería–, y para no
caer en el imperdonable error del olvido, pero sin pretender caer en el también
imperdonable error del academicismo, cuando lo que se ha pretendido siempre ha
sido encontrar un espacio lúdico, presento a continuación la lista de los
viajes de este lustro de letras, con vínculos a sus respectivas reseñas anuales.
Una especie de bitácora de vuelo desde un
sillón de lectura:
El diario de la
guerra del cerdo
de Adolfo Bioy Casares
Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi
Todos los nombres de José Saramago
Caín de José Saramago
Abril quebrado de Ismail Kadaré
Mi nombre es rojo de Ohran Pamuk
Bartleby de Herman Melville
El benefactor de Susan Sontag
El Vicecónsul de Marguerite Duras
La soledad de los
números primos
de Paolo Giordano
Una cuestión
personal de
Kenzaburo Oé
Monsieur Pain de Roberto Bolaño
Una habitación
propia de
Virginia Woolf
Trenes
rigurosamente vigilados de Bohumil Hrabal
Los ejércitos de Evelio Rosero
Todo se desmorona de Chinue Achebe
La vida ante sí de Emil Ajar
Los informantes de Juan Gabriel Vásquez
Almas grises de Philippe Claudel
La sombra del
águila de
Arturo Pérez-Reverte
La nieta del
señor Linh de
Philippe Claudel
Nada de Janne Teller
La carretera de Cormac McCarthy
El rey del bosque de Pierre Michon
Abades de Pierre Michon
El último
encuentro de
Sándor Marai
El malogrado de Thomas Bernhardt
La elegancia del
erizo de
Muriel Barbery
Aura de Carlos Fuentes
La luz difícil de Tomás González
Mañana en la
batalla piensa en mí de Javier Marías
Respiración
artificial de
Ricardo Piglia
Tres rosas
amarillas de
Raymond Carver
Pequeños
equívocos sin importancia de Antonio Tabucchi
Los almuerzos de Evelio Rosero
La herencia de
Eszter de
Sándor Márai
Trilogía de Nueva
York de Paul
Auster
La casa de las
bellas durmientes de Yasunari Kawabata
Memoria de mis
putas tristes
de Gabriel García Márquez
Waslala de Gioconda Belli
Entre brumas de Bernlef
Cuna de Gato de Kurt Vonnegut
Las baladas del
ajo de Mo Yan
Noviembre de una
capital de
Ismail Kadaré
El informe de
Brodeck de
Philippe Claudel
Nada se opone a
la noche de
Delphine de Vigan
Un final perfecto de John Kaztenbach
La verdad sobre
el caso de Harry Quebert de Jöel Dicker
Los
enamoramientos
de Javier Marías
La muerte del
estratega de
Álvaro Mutis
El tango de la
guardia vieja
de Arturo Pérez-Reverte
La vida de las
mujeres de
Alice Munro
Justine de Lawrence Durrell
El abuelo que
saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson
Plegaria por un
papa envenenado
de Evelio Rosero
Tres noches de Austin Wright
Del color de la
leche de Nell
Leyshon
La pena máxima de Santiago Roncagliolo
Seda de Alessandro Baricco
El sobrino de
Wittgenstein
de Thomas Bernhard
Fotografía por Aníbal J. Morillo. Chicago, EE.UU.© 2014.
domingo, 8 de septiembre de 2013
Leer es lo que importa
Con esta consigna terminé la reseña del viaje por el mundo de las letras
del año pasado. Este mes completamos el cuarto año de estas tertulias
literarias, que nuevamente se caracterizaron por el eclecticismo.
Después de la trilogía policiaca de Auster, nos arriesgamos a establecer
un contraste entre dos obras que tratan de una visión de la vida desde la
perspectiva de la vejez. De Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes, una oscura historia de un anciano
que frecuenta un peculiar burdel, en el cual tiene la oportunidad de dormir
junto a jóvenes mujeres vírgenes que han sido narcotizadas para que no detecten
la presencia de los ancianos que duermen con ellas, sin que les sea permitido
tocarlas ni tener relaciones sexuales con ellas. De hecho, a los clientes de
esa casa les dan unos somníferos ligeros para inducirlos a dormir sin
quebrantar el sueño o la virginidad de las niñas consortes, las bellas
durmientes. En su primera visita, es advertido por la dueña del local de que
debe abstenerse de hacer cosas de mal gusto, como “poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni nada parecido” y
que por ningún motivo debe intentar despertar a las niñas que lo acompañen cada
vez. El protagonista de esta historia se sorprende con la belleza de estos
cuerpos dormidos, a la vez que encuentra que su propio cuerpo es el de un viejo
decrépito, que no podría aspirar a estar cerca de tanta belleza sino de esta
manera. En sus encuentros, recuerda su juventud perdida y evoca a las mujeres de su
vida, incluyendo a su madre, su esposa y sus hijas. Una profunda y perturbadora
manera de tratar el tema de la vejez, la soledad y la cercanía de la muerte. En palabras del viejo Eguchi, “parecía haber una tristeza en el cuerpo de
una muchacha que inspiraba a un anciano la nostalgia de la muerte”.
Se supone que esta novela inspiró a Gabriel García
Márquez a escribir dos historias, El
avión de la bella durmiente, un cuento en el que un pasajero disfruta de la
sorprendente belleza de la mujer que se sentó a su lado durante un viaje en el
que durmió profundamente sin llegar a interactuar con su vecino de asiento, y la
que leímos, Memoria de mis putas tristes, un supuesto homenaje a la obra de
Kawabata, que para muchos es simplemente un vulgar intento de plagio. García
Márquez recurre a estereotipos del machismo caribeño y usa como protagonista a
un anciano que quiere celebrar su nonagésimo cumpleaños con una virgen de
catorce, para lo cual recurre a una antigua conocida, la dueña de un prostíbulo
del que era asiduo cliente. La matrona decide sedar a la niña para que no tenga
miedo de este encuentro, y el viejo se dedica a contemplarla. Evocando la obra
japonesa, pero sin la belleza de sus descripciones ni la profundidad de sus
reflexiones, García Márquez resulta con un relato que no sólo no es original,
sino que no se compara con la novela de Kawabata en cuanto a su evocación de la
vejez, la soledad y el recuerdo de la juventud perdida. En palabras de este
anciano, mucho mayor que el japonés, "Aquella
noche, descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer
dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor". Dos
maneras bien distintas de admiración de la belleza y de las fantasías que se
tejen entre dos personas, sólo que una de ellas no sabe que está desnuda junto
al otro ni tiene intenciones de corresponderle a sus ilusiones. Por fortuna, el autor japonés se suicidó mucho antes de conocer el
supuesto homenaje del colombiano…
La siguiente parada en
este recorrido por las palabras la hicimos en un mundo utópico, Waslala, de la nicaragüense Gioconda Belli. Se
trata de la búsqueda de una ciudad creada por poetas y perdida en medio de la
selva, donde se practica la solidaridad y el respeto por la naturaleza. La mujer juega un papel protagónico y
redentor en esta novela, no sólo a través de Melissandra, la joven soñadora que
busca a la utópica ciudad que ya su madre había intentado encontrar, sino en la
personificación de otra mujer luchadora, Engracia, líder de un grupo de
recicladores de desechos tóxicos. Belli evoca el accidente nuclear de 1987 sucedido
en Goiânia, Brasil, donde una fuente
radioactiva de cloruro de cesio fue robada de un instituto de radioterapia
abandonado. Muchas personas manipularon esta fuente altamente radioactiva, lo
cual resultó en una contaminación de proporciones similares a las de accidentes
como el de Chernobyl, pero sin la difusión mediática de éste. En su novela, el
episodio de la contaminación nuclear es definitivo para el desenlace de esta
aventura en la que, además de los que están interesados en encontrar “la ciudad del río dorado” por lo que
representa como fin de un sueño humanista, está la violencia de un grupo de
traficantes interesados en la ruta escondida en la selva, que les puede ser muy
útil para transportar sus mercancías ilícitas. Una novela crítica, de denuncia,
matizada con la belleza de sus descripciones. Una combinación de aventura,
sensualidad y magia, en medio de un conflicto social común, en busca de un
mundo mejor y más justo.
De la selva tropical
pasamos a un escenario frío, donde el invierno septentrional resulta necesario para la puesta en escena de
Entre Brumas, del
holandés Hendrik Jan Marsman, quien firma con el seudónimo Bernlef. Una muy
bien lograda descripción de la demencia, a los ojos de un hombre que pierde
progresivamente la memoria, quizá por causa de una enfermedad de Alzheimer, que
confunde al protagonista y lo hace perderse entre la bruma de su propia incomprensión
del mundo. Revela, desde el punto de vista de quien sufre de este tipo de
enfermedad, la manera cómo se relaciona con el mundo una persona que cada vez
entiende menos acerca de lo que sucede en su entorno, y crea situaciones que
llegan a ser peligrosas para su bienestar, debido a la pérdida progresiva e
irreversible de su contacto con el mundo real. Una demencia que progresa en un
tiempo que no es posible determinar, pero que deja ver la progresión de la
desconexión de la mente con su entorno. El personaje central a veces se
encuentra con personas extrañas, a las que no reconoce, quienes lo confunden
aún más, aunque resulten ser su esposa, su vecino, o su propia imagen en un
espejo. Una profunda aproximación al sufrimiento, tanto de los que padecen de
la enfermedad, como de quienes tratan de cuidar de ellos. Es precisamente del
narrador de quien se vale Bernlef para darle mayor contundencia a su relato,
escrito en una primera persona que cada vez está más confundida, afectado por
una desconexión progresiva que le impide discernir entre los recuerdos y el
presente, con algunos momentos de aparente lucidez, en los cuales describe el
horror de la confusión y de su propia incapacidad para encontrar las palabras
para expresarse. Nuestro descubrimiento de Bernlef estuvo muy cerca de su
fallecimiento, a los 75 años, en octubre de 2012. Un prolífico autor cuyas
obras (excepto ésta) no parecen haber sido traducidas aún al español, curiosa paradoja para
quien fuera, además de novelista y autor de cuentos y ensayos, un reconocido
traductor.
Cuna de Gato es una historia apocalíptica en el mejor
estilo de Kurt Vonnegut, Jr, un estadounidense que logró plasmar en varias de sus
novelas la increíble capacidad de autodestrucción de la raza humana.
Seguramente bajo la influencia de su propia experiencia traumática en la
Segunda Guerra Mundial, Vonnegut nos cuenta, con su característico humor
sombrío, la historia de un científico desadaptado que es capaz de concebir una
forma de materia llamada hielo-9, una
sustancia que puede congelar toda la
superficie del planeta y sus formas vivientes en un instante. Cuando el
científico muere, sus tres hijos, tanto o más desadaptados que él, quedan en
posesión de este peligroso invento. Vonnegut junta a estos personajes con las intenciones
megalomaníacas de un dictador de una pequeña isla caribeña que pasa de ser un
olvidado rincón del subdesarrollo a una potencia mundial con la capacidad de
destruir al mundo entero. Vonnegut hace coincidir en la República de San
Lorenzo a los más disímiles personajes. Según las peculiares creencias
religiosas locales, no se trata de una coincidencia sino de un giro del
destino, una especie de grupo destinado a encontrarse, lo cual resulta
determinante para el futuro de la humanidad. Como lo he descrito antes, este es
uno de mis autores favoritos, por lo que cualquier intento de crítica de mi
parte está sesgado en su favor. De Kurt Vonnegut siempre se pueden esperar
agradables sorpresas, como las que nos revela en esta obra.
Del imaginario mundo de una república bananera donde se practica
clandestinamente la religión del bokononismo, pasamos a una tragedia que nos
adentra en el mundo de la China comunista, Las
baladas del Ajo, de Mo Yan.
La brutalidad y el sometimiento a políticas que sólo
pueden llevar a la sublevación y a una mayor represión gubernamental son
descritas con un realismo impresionante. Mo Yan describe la miseria con
sorprendente detalle alrededor de sus personajes, unos campesinos que dedican
su existencia a la siembra de cosechas que no podrán vender al estado que los
obligó a sembrarlas. El hedor del ajo que se pudre se impregna en la piel
mientras se lee, y las escenas de maltrato y podredumbre nos impresionan hasta
niveles casi insoportables. Mo Yan describe una realidad que puede ser distante
para el mundo occidental, pero que a la vez es cercana y realista.
De la violencia rural de China, nos trasladamos a otra
violencia, esta vez urbana, la que se genera en Tirana, capital de Albania,
alrededor de la invasión nazi y de los intentos de los guerrilleros comunistas
albaneses por su liberación. Se trata de un autor ya conocido por nuestro grupo
de lectura, Ismail Kadaré, esta vez con su historia Noviembre de una Capital. Más que una obra política, se trata de un
relato sangriento de un puñado de hombres
cuyos ideales los llevan a luchar por una liberación que parece no
interesar a todos. Al tiempo que se desarrollan batallas intensas por el avance
de unos pocos metros o la captura de edificios que no tienen verdadero interés
estratégico, gran parte de la población huye de la ciudad. La conquista del
edificio de la estación de Radio Tirana, desde donde se transmiten las
consignas propagandísticas de los
invasores alemanes, resulta sangrienta e inútil. Con la misión del grupo de
guerrilleros cumplida, la guerra, por supuesto, no termina. Una vez alcanzada
la pequeña pero costosa victoria, la emisora simplemente cambia de voz, y el
grupo debe abandonar el edificio recién capturado para seguir con otras misiones
igual de costosas en sangre y vidas. La lucha se desarrolla en una ciudad en
ruinas, que al final nadie podrá reclamar.
Kadaré nos
muestra un retrato humano que concluye con algo que ya sabemos: como en toda
guerra, al final no hay vencedores o vencidos, sino perdedores.
De otro viejo conocido, Philippe Claudel, seguimos con El
Informe de Brodeck. En un
pequeño pueblo francés cerca de la frontera con Alemania, sus habitantes
acuerdan financiar los estudios de quien podría ser el único del pueblo con ese
privilegio. La llegada de un extranjero cuyas intenciones se desconocen, pero
que son calificadas de sospechosas, termina en su asesinato por parte de los
habitantes del pueblo. Es entonces cuando acuden al estudiado Brodeck, para que
redacte un informe acerca de lo sucedido, que pueda exonerarlos. La víctima de
las sospechas del pueblo es un personaje que consideran extravagante, tanto en
sus costumbres como en su manera de vestir. Lo llamaban El Otro, para resaltar que era diferente. Tenía un extraordinario talento
para el dibujo, que molesta a los demás, pues hace unos retratos de los
pobladores en los que es capaz de plasmar los verdaderos sentimientos de las
personas. Todos en el pueblo tienen un pasado oculto, al parecer relacionado
con su colaboración con el régimen nazi. Claudel se acerca al lado oscuro de
los seres humanos que tratan de ocultar lo que realmente son y de justificar
sus más bajas acciones. Siendo el único inocente entre culpables, Brodeck no
escribe un informe, sino dos, al darse cuenta de que puede terminar igual que
el extranjero asesinado. El informe que leemos es su versión personal, en el
que indaga acerca de lo sucedido y revela, como en los retratos de El Otro, la verdadera naturaleza de sus
vecinos. Como en sus otras novelas, el pincel de Claudel resulta maravillosamente
hábil. Es capaz de retratar la
naturaleza humana en una forma que puede llegar a incomodar y nos plantea la
pregunta que Brodeck se puede hacer de manera tácita, acerca de si será posible
aceptar la verdad sobre sí mismo.
Seguimos con otra muestra de literatura francesa, esta vez
con Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan. Según la autora, el título de su obra lo tomó de
la letra de una canción (no muy buena, la verdad, del ya desaparecido rockero
francés Alain Bashung). Se trata de un relato íntimo, inspirado en la muerte de
la madre. La autora investiga acerca de la vida de su madre, Lucile. Gracias a
una colección de fotografías y vídeos, completa una crónica familiar a través
de entrevistas con su abuelo y otros familiares. La crónica resulta reveladora,
y muestra cómo una misma historia personal puede ser vivida de maneras muy
distintas por sus protagonistas. La historia de la madre resulta dolorosa, y su
investigadora parece tratar de exorcizar su dolor a través de su relato. En la
primera parte descubrimos la infancia de su madre y se comienzan a revelar
algunos de los detalles que explican su
desenlace y que llevan a la personalidad depresiva de su madre. La segunda
parte se centra en la infancia de la hija que ahora reseña la vida de la madre,
a veces terriblemente distante; la obra termina con la madurez de la autora,
quien, a través de esta dolorosa investigación termina comprendiendo a su
madre, aunque ya sea tarde para decírselo. "Escribo de Lucile
con mis ojos de niña que creció demasiado deprisa, escribo ese misterio que
siempre fue ella para mí, a la vez tan presente y tan lejana, ella, que, desde
que cumplí diez años, nunca más me cogió en brazos."
La novela
está escrita en primera persona, e intercala los resultados de su investigación
con sus reflexiones acerca del proceso de escribir sobre su madre y de la
manera como afrontó esta investigación y cómo se desarrolla el proceso creativo
de la escritura de un relato como éste.
Logra describir a los personajes, su familia, tratando de apartarse de su
visión personal, y basándose en la información que obtiene con su
investigación. Cada uno de sus familiares es retratado con sutileza y maestría.
Se enfrenta a sus recuerdos y confronta a los demás con su pasado mientras se
pregunta si de alguna manera hubiera podido evitar la muerte de su madre. A
pesar de que desde el comienzo sabemos el desenlace, sólo a través de la
lectura comprendemos la historia. El final, aunque conocido, resulta intensamente
conmovedor.
Al acercarse
el periodo de vacaciones, decidimos hacer una lectura “ligera”, de un éxito de
ventas de otro prolífico autor, conocido por sus novelas de suspenso. Escogimos
Un Final Perfecto, de John
Katzenbach. Quizá lo único rescatable de esta historia inverosímil sea el
final, y no precisamente el desenlace de la historia de las tres mujeres
perseguidas sin motivo aparente por un asesino, sino la posibilidad de que
surja un escritor nuevo a partir de esta historia. Tres mujeres que no parecen
tener nada en común, excepto que son pelirrojas, se convierten en el objetivo
de un criminal que quiere escribir acerca de su crimen para que sea realmente
perfecto: a pesar de ser un escritor mediocre que además es un asesino
mediocre, pretende una obra en la que no sólo quiere lograr la muerte sino el
reconocimiento de los demás a través de su relato. En una obra de éstas, se
espera que el perfil psicológico de un asesino sea tan profundo como
convincente. Katzenbach deja de lado esta opción, pero además hace una pobre
descripción de las víctimas escogidas por el asesino, que resulta tan mediocre
como su creador. Existe algo de suspenso, pero los giros de la historia
resultan, en su mayoría, difíciles de creer. La verosimilitud de estas
historias es lo que las puede hacer más impactantes. Si un asesino es descrito
con detalle y su creador logra que uno pueda adentrarse en su mente, quizá el
efecto del escrito sea mayor, en cuanto que sea factible que un personaje así
pueda existir. En el afán de descubrir el final, se trata de un libro de rápida
lectura. Tanto, que tuve tiempo de leer del mismo autor El psicoanalista. Aunque logra un nivel de suspenso mayor y con un
mejor perfil de sus personajes, también resulta en una historia inverosímil,
como los guiones de las películas malas, en las que lo más importante parece
ser la reivindicación de la víctima, el héroe que surge de la nada y que es
capaz de enfrentar y superar los elaborados planes en su contra.
Para seguir
en la onda de las historias de investigación, aunque no necesariamente
policial, optamos por otro fenómeno de ventas, La verdad sobre el caso de Harry Quebert, del joven autor suizo Jöel
Dicker. Aunque en otras ocasiones este tipo de libros resulte sospechoso, en
cuanto que no son tan buenos como nos los presentan, en este caso se trata de
una historia verosímil, muy bien contada y llena de sorpresas. Marcus Goldman,
un joven escritor que acaba de publicar su primera y muy exitosa novela, se
enfrenta a la peor pesadilla de los autores: el bloqueo, la crisis de la página
en blanco, ante la cual no es capaz de producir absolutamente nada. Acude a su
maestro y mentor, Harry Quebert, autor de la que ha sido considerada como una
obra maestra, que le ha supuesto un reconocimiento legendario. Lo visita en su
casa, en una pequeña población al norte de Nueva York. Al poco tiempo de reencontrarse con su posible
salvador, se descubre que en el jardín de la casa de Harry Quebert se encuentra
enterrado el cadáver de Nola Kellergan, una niña que había desaparecido hacía
más de treinta años. Harry Quebert es arrestado como principal sospechoso de
ese crimen. El alumno se empeña en demostrar la inocencia de su maestro, e
inicia una investigación que lo remonta a la vida del pueblo donde suceden
estos hechos. Transforma su deseo de encontrar inspiración para escribir una
novela en la energía necesaria para demostrar que su amigo y profesor no es el
responsable de la muerte de Nola Kellergan, aunque se revele que entre ellos
hubo una clandestina relación sentimental, matizada por la diferencia de edades
y por el hecho de que ella era menor de edad cuando conoció a Harry. El siguiente proyecto editorial de Goldman será
precisamente la revelación de esta verdad,
sin sospechar siquiera los retorcidos caminos que descubrirá en su
intento por limpiar el nombre de Quebert. Se trata de un rompecabezas complejo,
que el autor va armando de manera que parece encontrarse una solución que libra
al sospechoso. Sin embargo, nada resulta tan fácil. La rudimentaria
investigación, sesgada por el deseo de encontrar inocente a su amigo, y
matizada con descubrimientos sorprendentes que transfieren la culpa de un
personaje a otro a lo largo de la novela, resulta en la revelación de varias verdades
insospechadas. Hay momentos en que se descubren situaciones que permiten
asegurar que Harry Quebert es inocente,
pero también hay otros en los que no hay “duda razonable” que permita eximirlo
de su culpabilidad. Esta trama también se intercala con la descripción del
proceso creativo y de los temores del autor. Cada capítulo comienza con los
consejos del maestro a su alumno para lograr una buena novela, entreverados con
algunos detalles oscuros del mundo editorial y de su interés en las ventas, que
supera el interés por el contenido o la calidad de los libros que ofrecen al
mercado. El éxito de esta novela es que mantiene el interés del lector a medida
que se revelan los secretos de los personajes que conocieron a la víctima, pero
sobretodo, en que resulta en una historia creíble, en la cual no hay héroes
inverosímiles sino personas reales, que cometen errores y tienen culpas y
secretos.
Con el augurio de un nuevo año de aventuras
literarias, termino aquí la reseña del último año de lecturas, con la salvedad
de que no se trata de una crítica estructurada sino de una relatoría que
pretende transmitir y compartir las emociones que supone la lectura de un
libro, sin importar si al final a uno le gusta o no, porque lo que importa, al
final, es leer.
jueves, 27 de junio de 2013
Hipocampal, ¿un falso amigo?
Muchas de las terminaciones en –al que se traducen del inglés al español resultan poco afortunadas
o francamente erróneas.
Por supuesto, están frontal,
labial, temporal, ungueal, inguinal y tantas otras, pero no
decimos faringeal sino faríngeo(a),
ni debemos decir aneurismal sino
aneurismática(o), siempre que recordemos evitar la redundancia de acompañar
dicho término con el complemento innecesario dilatación, pues el vocablo aneurisma, en griego ἀνεύρυσμα, significa
dilatación anormal de un vaso, por lo cual dilatación
aneurismática sería algo así como una
dilatación dilatada.
La traducción de buccal no es bucal sino buccinador. Todo lo relacionado con el gancho o uncus, que en inglés se llama uncal, se dice en español uncinado. Y lo que tiene que ver con
esa pequeña pero fascinante región del cerebro que hace parte del lóbulo
límbico y que tiene nombre de serpiente marina mitológica, no se dice hipocampal, burda adaptación del inglés hippocampal, sino hipocámpico.
Ésa es una de las terminaciones en –al
que corresponde a un buen ejemplo de un falso amigo (palabra que se traduce por
su parecido ortográfico o fonético, sin tener en cuenta su etimología), y a la
vez a un buen ejemplo del mal uso del español, que infortunadamente se propaga
como una infección grave (no severa).
Gracias a la reciente publicidad de un curso interactivo de inglés, muchos
reconocen el falso amigo exit, que en
inglés significa salida, nunca éxito.
Un abstract no se refiere a algo abstracto sino a algo muy concreto: un resumen. Sympathy no significa simpatía
sino compasión.
Hay falsos amigos en varios idiomas, como el muy trillado bizarre del francés, que se debe
traducir como valiente al español, o
la tête del mismo idioma, que
significa cabeza, nunca teta.
Si un gallego dice que quiere almorzar
significa que se dispone a tomar su desayuno,
mientras que cuando un vasco usa el término euskera oso, está usando el adverbio superlativo muy, no haciendo referencia al mamífero carnívoro plantígrado que
algunos hemos visto en su hábitat natural (o en un zoológico).
Si un japonés dice te (手), no está hablando de una infusión (falso
amigo)
sino de la mano (traducción
correcta). Sé de una inmigrante polaca que llegó a Colombia con muy escaso
conocimiento del español, y se sorprendió en su primer viaje por las tortuosas carreteras
del país, dada la cantidad de veces que vio avisos que hacían referencia a la
peligrosidad de cada curva, pues en su idioma nativo, kurwa significa prostituta.
En alemán, die Ambulanz no
significa la ambulancia, sino la
consulta externa…
No conozco muchos arquitectos que usen los términos hipocámpico o parahipocámpico
en sus conversaciones habituales. Si tuvieran que hacerlo, probablemente consultarían
un diccionario para entenderlos y usarlos adecuadamente. Hipocampal
y parahipocampal no son falsos
amigos, simplemente son incorrecciones que revelan el descuido de quienes más atención deberían
prestar al hablar o escribir sobre las áreas que supuestamente les interesan.
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