jueves, 30 de abril de 2015

Elegía para mi padre, Arturo Morillo Quiñones. 1925-2015


Bogotá, 30 de abril de 2015.
Buenos días.
Las personas que acudieron hoy conocieron a mi papá, o, sin conocerlo, han querido acompañarnos, a mi mamá, a mí o a mis hermanos, como una muestra más de ese afecto que hemos recibido de todos ustedes y de muchas otras personas que se han manifestado como lo hacemos hoy en día, por teléfono, con mensajes de texto y por las redes sociales. En nombre mío y en el de mi familia, agradezco todas esas muestras de cariño y solidaridad. Muchos de ustedes saben que papá cumplía hoy 90 años; el que faltaran un par de días para este aniversario es quizá uno de los únicos retos que no cumplió en su vida.
Mi papá nació en Cereté, un diminuto pueblo del departamento de  Córdoba, lugar del que siempre se sintió orgulloso, y con el cual siempre mantuvo vínculos, como lo demuestran los amigos cordobeses que hoy nos acompañan. Puede que Cereté sea un municipio pequeño, pero no tanto como para que no aparezca en Wikipedia, donde, además de aludir a la importancia del cultivo del algodón, se nos recuerda que en esta tierra han nacido reconocidos médicos, además de músicos y poetas. 
Dice Wikipedia:
Cereté, conocida como “La Capital del Oro Blanco”, y más recientemente como el “Cerebro del Sinú”, recoge un gran número de expresiones culturales que identifican al costeño colombiano; desde su manera particular de expresarse, la informalidad en el trato y espontánea manera de ser, que se convierten en una riqueza casi pictórica del cereteano.
Mucho antes de que mi padre recibiera el reconocimiento como Cordobés Ilustre de parte de la gobernación de ese departamento, había manifestado su orgullo de haber nacido en esa región del país. Su origen humilde no fue impedimento para que pudiera tener una exitosa carrera ni para alcanzar todos los logros personales y profesionales por los que ha sido reconocido. Logros que, sin duda, no habría alcanzado sin el apoyo permanente de mamá.
Su larga carrera académica está mayormente identificada con la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, mi alma máter, la de mis dos hermanos mayores y la de muchos de quienes hoy nos acompañan. Después de haber sido profesor y director del Departamento de Ciencias Fisiológicas, alcanzó la máxima posición en la Facultad, la de Decano. En cada uno de esos pasos dejó huellas profundas e indelebles.
Recuerdo que hace muchos años, quizá en mi adolescencia tardía, mi padre me presentó una frase que no era suya, pero que quedó impresa en mi memoria: “siempre hay lugar en la cima”. Esa fue una de las lecciones vitales que nos impartió: la de que siempre es posible alcanzar lo que se quiere, lección que podemos llamar Perseverancia. En lo que se refiere a sus enseñanzas, papá y mamá tuvieron una misma voz. Ambos nos enseñaron lo mismo, y nos lo enseñaron bien. Sesenta y cinco años de matrimonio fueron, en sí mismos, una lección de vida para nosotros, sus hijos.
Papá siempre tuvo gran interés en la práctica de la medicina con los más altos estándares, de manera ética, y basada en los principios de la lógica. Esa fue la semilla que sembró en sus tres hijos mayores, que decidimos intentar seguir sus pasos al formarnos como médicos. Quizá por su formación en la ciencia de la experimentación, inculcó a sus alumnos la importancia y la necesidad de cuestionarse siempre, y de buscar la mejor evidencia (mucho antes de que se llamara así) para sustentar sus decisiones. De esa semilla surgieron seminarios y de esos seminarios surgió el fruto del interés por la investigación, que fue el punto de partida para el desarrollo de la epidemiología clínica en el Hospital Universitario de San Ignacio, con los alcances y el reconocimiento que esta disciplina tiene hoy en la Facultad de Medicina.  Papá también alcanzó el más alto punto en su interés por la investigación clínica cuando dirigió la red internacional de epidemiología clínica, INCLEN. A su regreso, la Universidad Javeriana lo acogió de nuevo y lo encargó, desde la Vicerrectoría Académica,  de la Oficina de Investigaciones de la Universidad, donde también contribuyó al fortalecimiento de esta disciplina en las diferentes facultades.
Por su larga carrera en la academia, la cantidad de los que fueron sus alumnos es enorme. Muchos lo recuerdan por su mirada intensa y severa, de ojos agigantados por sus lentes, que además de respeto, infundía cierto temor. A esa forma de observar, intensa y profunda,  la conocíamos en casa como “la mirada 33”. Algunos de sus hijos heredamos su mirada, aunque estoy seguro que no alcanza a tener los mismos efectos que la mirada de papá. No hacía falta que se retirara las gafas para reconocer en él a una persona estricta, pero justa, capaz de identificar en los demás una oportunidad de crecimiento mutuo. Eso lo saben muchos de sus más cercanos alumnos, quienes lo consideran como su profesor, su maestro, su mentor.  En el currículo Morillo, a esa lección la podemos llamar Ecuanimidad. Otra cátedra que dictó en casa, en conjunto con mi mamá.
Por su raza, motivo de orgullo para él y para nosotros, vivió en carne propia la discriminación, especialmente en los años sesenta, cuando completaba su formación en los Estados Unidos, en una época especialmente convulsionada y con grandes desigualdades sociales. Antes de su formación en el extranjero, vivió una época del país en la que la posición política podía interferir con el desarrollo personal. Sus ideas y convicciones liberales, como las de mamá, estuvieron siempre presentes, incluso si ellas significaban un obstáculo para ejercer su profesión. De ahí su interés en el respeto por los demás y por sus opiniones, y su certeza de que el bien común, la justicia y el progreso personal e institucional fueran su convicción. En esa línea se encontraba su idea de la importancia de ser capaz de expresarse libremente, y el derecho de todos a presentar sus ideas de manera coherente y respetuosa, aún si éstas fueran opuestas a las de los demás. El derecho a la expresión fue otra de sus lecciones vitales.
“El que sólo medicina sabe, ni medicina sabe”. Otra de esas frases que oí por vez primera de mi padre, y que resumía su interés por el desarrollo personal a través de las diversas manifestaciones culturales. La literatura y la música siempre estuvieron presentes en casa, y de él aprendimos además que es posible cruzar todas las fronteras si se deja un espacio para abrir nuestras mentes a través de la lectura.  
El buen humor de papá era legendario. Nada mejor que oírlo narrar sus historias, interrumpidas por sus propios espasmos de risa, o sus anécdotas fantásticas de esa realidad que para muchos parecía macondiana, pero que él vivió como experiencias cotidianas, como su trabajo en el Asilo de Locas, sus brigadas de salud por el río Sinú, los recuerdos de su infancia y los de sus viajes por el mundo. Todos sus alumnos recuerdan la clase de neurofisiología en la que él hablaba apasionadamente de su fascinación por ese espacio microscópico que existe entre las neuronas y que permite la transmisión de impulsos eléctricos gracias al paso de sustancias químicas entre una neurona y la siguiente, y de cómo su fascinación era tal que quiso darle a su hija el nombre de ese espacio: Sinapsis. Según él, ante la oposición de mi mamá, tuvo que contentarse con bautizarla con un nombre que comenzara con la misma letra del alfabeto: Sonia. Aunque parecía otro de sus cuentos inverosímiles, papá pudo comenzar su formación como neurofisiólogo en los Institutos Nacionales  de Salud en Bethesda, EE.UU., debido a una coincidencia fatal: se abrió un cupo cuando un estudiante japonés se ahogó en el río Potomac. Ese accidente permitió el viaje de papá, mamá, Luis y Carlos a la capital estadounidense, y explica que yo naciera allí.
Una noche, mi papá me enseñó algunos de los nombres de las estrellas que se veían en el cielo bogotano, que él había aprendido por tradición oral, de sus amigos y familiares pescadores. De ahí surgió mi afición por la astronomía y sus dimensiones magníficas. Papá también me introdujo a mi afición por el arte, y sé que mis hermanos terminamos con ese gusto por su influencia. Quienes conocen los bordados de mamá saben que no exagero al decir que en casa siempre estuvimos expuestos a la sensibilidad por el arte.  
Todos sus hijos somos aficionados a la música en sus diferentes manifestaciones, desde los gaiteros de San Jacinto a los cuartetos de Beethoven, pasando por el amplio espectro del Jazz. En sus viajes, nos sorprendía con sus regalos de discos de vinilo de nuestros grupos de rock progresivo británico favoritos, que él había aprendido a reconocer y disfrutar.  Algunos de sus hijos también terminamos siendo muy buenos fotógrafos, gracias a sus lecciones prácticas sobre el uso de los lentes y la exposición fotográfica. Muchos años después de esas primeras “salidas de campo” en las que mi padre me enseñaba trucos fotográficos, supe que él había tenido lecciones similares de uno de los grandes de la fotografía en Colombia, que resultó ser su vecino en uno de sus primeros consultorios en el centro de la ciudad, nada menos que  Leo Matiz. Nunca olvidaré las sesiones en el cuarto oscuro que teníamos en casa, ni la primera vez que vi la magia de la aparición de una imagen en una hoja sumergida en la bandeja de revelado. Mi afición por la fotografía influyó definitivamente en mi escogencia de la especialidad que es hoy mi forma de vida, la radiología.
Arturo Morillo deja un legado de sabiduría para la medicina del país, para las neurociencias y para la formación médica y el pensamiento científico. Su legado es también el de un hombre de bien, esposo, padre, amigo y ciudadano ejemplar, cuya memoria perdurará en las generaciones que fuimos tocados por él.
Mi padre también me dió el interés que tengo por las palabras. Los diccionarios en casa eran para mí libros mágicos, que contenían los más maravillosos secretos acerca de nuestra más elegante forma de comunicación. En un cumpleaños, papá me regaló una vez un libro sobre etimología, que ocupa un lugar muy especial en mi extensa colección de diccionarios y libros de lingüística. En su dedicatoria, escribió: “Para Anibacho, mi hijo de más vocabulario y menos palabras y quizá más sabiduría.”
Hoy no encuentro todas las palabras que quisiera decir, y que podría resumir en dos:
Gracias, papá.

lunes, 16 de marzo de 2015

versus


Hasta hace poco, el vocablo versus no se encontraba en el diccionario de la Real Academia Española. Y es que, para sorpresa de muchos, el término original en latín (adversus) significó siempre hacia, nunca contra. Al parecer, ingresó al idioma inglés medieval, adaptado equivocadamente al significado de contra.
Por calco directo de tan influyente idioma, su uso se popularizó en español, inicialmente en encuentros deportivos y también con la abreviatura a usanza del inglés, vs.
No sorprende que su uso erróneo se haya extendido al lenguaje científico, y, por supuesto, al lenguaje médico. En su divertido libro “Las 101 embarradas del español”, María Irazusta lo describe como un “anglicismo disfrazado de latinismo”. El encontrarlo en construcciones gramaticales como “neumonía vs. tumor”, indica que , además de su ignorancia en la etimología del latinajo, el médico puede estar un poco perdido en su aproximación diagnóstica.

Para beneplácito de quienes lo han usado rutinariamente en vez de las opciones en español como “o”, “frente a”, o el mismo “contra”, la vigésima tercera edición del DRAE lo incluye, cediendo al uso (en este caso al mal uso). A mí siempre me ha parecido innecesario. A pesar de su registro “oficial”, y del aparente triunfo de versus vs. RAE, yo seguiré evitándolo en mis informes.


domingo, 26 de octubre de 2014

¿Cuántas neuronas hay en mi cerebro?

¿Cuántas neuronas hay en mi cerebro?

No se sabe a ciencia cierta. De la misma manera en que se usan objetos conocidos como referencia para darse una idea del tamaño de algo gigantesco, se usan ejemplos de conteos muy grandes para aproximarse al número de células en el cerebro. Es así como un lago, o un cráter, pueden compararse con el tamaño de una cancha de fútbol, de la misma manera en que se compara el número de estrellas en la vía láctea con el número de neuronas en un cerebro humano. 

Contar estrellas no es un asunto fácil, especialmente cuando son tantas. Lo mejor que obtenemos es una técnica de aproximación, que ha estimado el número de estrellas similares a nuestro sol en 100,000 millones. Esto se presta a confusión, pues en la literatura en inglés se usa el término 100 billones, que no es lo mismo que cien millardos, la traducción correcta de este término. En español, un billón es igual a un millón de millones, mientras que para un norteamericano un billón representa 1000 millones, es decir mil veces menos que para nosotros los hispanohablantes. Una diferencia más que sutil, especialmente si de dólares hablamos…

De vuelta con las neuronas. El asegurar que tenemos tantas neuronas en nuestros cerebros como estrellas hay en la galaxia que habitamos no tiene fundamento científico. Los más recientes cálculos de la cantidad de neuronas en un cerebro adulto, con técnicas de conteo de núcleos que dan cuenta de las diferencias en el número o densidad de neuronas en diferentes partes del cerebro, sugieren que tenemos, en promedio, unos 86,000 millones de neuronas. La diferencia con 100,000 millones no parece muy grande, pero puede ser equivalente al número de neuronas en el cerebro de un primate inferior, como un babuino. 

Lo cierto es que cada neurona puede tener a su vez varios miles de conexiones, por lo que resulta importante cuidarlas todas. Cuando se presenta un ataque cerebral, es decir, una interrupción al flujo sanguíneo cerebral, se produce un infarto, que puede extenderse a medida que progresa la falta de oxigenación del cerebro. De ahí la famosa frase de “tiempo es cerebro”, en las campañas mundiales para el tratamiento oportuno del ataque cerebral. 

Casi cualquier persona trata de conseguir atención médica urgente cuando se sospecha un infarto cardiaco. Es igual de importante actuar rápidamente cuando se sospeche que hay un infarto cerebral. Cuando una arteria cerebral se obstruye, miles de neuronas mueren cada segundo, y sus efectos, cuando se sobrevive, pueden ser devastadores, especialmente si dejan secuelas que hacen que una persona no pueda valerse por sí misma. 

Los avances en las imágenes diagnósticas permiten detectar muy precozmente los infartos cerebrales y calcular su extensión para determinar si es posible tratarlos con medicamentos trombolíticos o con técnicas avanzadas de neurointervencionismo endovascular, con las que es posible recuperar parcial o completamente el flujo sanguíneo y disminuir o evitar la secuelas neurológicas del infarto cerebral. 




De la campaña educativa del Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe de Bogotá


El próximo 29 de octubre es el día mundial del ataque cerebral. Con esta conmemoración, se pretende crear conciencia en el público en general acerca de la importancia de reconocer los síntomas sospechosos de un ataque cerebral y de la necesidad de actuar rápido para recuperar el mayor número de neuronas y conexiones posible, con lo cual se pueden disminuir los efectos incapacitantes de esta enfermedad.

martes, 23 de septiembre de 2014

Un lustro de letras

Un lustro de letras
Cinco años de lectura son un logro que enorgullece, pero, por encima de todo, alegran el alma. Después de culminar el ciclo pasado con la intrigante historia contada por Jöel Dicker, comenzamos un nuevo año de pasar páginas con un narrador excelso, Javier Marías,  quien ya nos había deleitado un par de años atrás, con una obra que ha sido considerada como “emparentada” con  Los enamoramientos. Escogió a una mujer de voz fuerte y clara para narrar esta historia, que comienza con la descripción que ella hace de una pareja a la que observa a diario y de cuya interacción comienza a enamorarse, para encontrarse muy pronto con la muerte del marido de esa relación. Su curiosidad la lleva a descubrir que la muerte no fue casual. Sigue su enamoramiento hacia la viuda y hacia un amigo de ésta, para ir enredándose en una trama de intriga que refleja las posibilidades que se presentan en las relaciones entre las personas, sus parejas y sus supuestos amigos, así como también con algunos desconocidos que juegan un papel definitivo en la solución del misterio del enamoramiento.

Por la cercanía con el fallecimiento del gran hombre de letras colombiano, Álvaro Mutis, rendimos un pequeño homenaje a su memoria leyendo su breve relato  La muerte del estratega. Un cuento que narra la decaída de un jerarca de Bizancio, y que analiza minuciosamente su vida, su educación, sus amoríos y la importancia de la religiosidad en el momento histórico y político en que se enfrenta a su destino, sobre el cual no ejerce influencia alguna. Mientras cae abatido por las flechas musulmanas, al estratega se le presenta una reflexión acerca de la impotencia ante su destino, que le permite caer en paz: “Una gozosa confirmación de sus razones le vino de repente. En verdad, con el nacimiento caemos en una trampa sin salida.”

También volvimos a un autor que, si antes nos había cautivado con su narración, terminó de enamorarnos con El tango de la guardia vieja. Arturo Pérez-Reverte construye un relato de intriga que parece narrado por sus protagonistas, pues conocemos lo que sienten y lo que piensan a través de las descripciones del autor. Una apuesta entre músicos lleva a sus personajes de un continente a otro y de una pasión a la siguiente, en una historia creíble de espionaje, amistad y traición, que sigue los pasos de una pareja disímil que domina el tango, baile sensual y arrabalero, que constituye uno de los hilos conductores de este relato. Como es su costumbre, construye una historia  bien documentada y con detalles históricos verosímiles, aunque el mismo autor confiese después que en la primera versión de su libro cometió un error que representaba una inconsistencia para él imperdonable.  Una excelente historia que gira alrededor de la relación imposible entre la bella, adinerada e inteligente Mecha Inzunza y el canalla y seductor Max Costa,  de sus tres sorpresivos y apasionados encuentros en diferentes ciudades y momentos históricos, y de la consolidación de su apasionamiento mutuo.

Intrigados por el anuncio del nuevo premio Nobel de literatura, quisimos seguir con La vida de las mujeres, de Alice Munro. Un relato de la cotidianidad de una familia en el pequeño y apartado pueblo de Jubilee (Jubileo) en Ontario, Canadá, que podría ser cualquier pequeño y apartado pueblo en otro lugar del mundo. Una niña cuenta acerca del diario vivir de una familia común y corriente. Lo cotidiano resulta más importante que lo extraordinario, precisamente porque no hay nada fuera de lo común en esas vidas, en las que casi no aparecen descripciones de los hombres. Y es que ésa parece ser la intención de la autora, describir un paisaje vital que no representa grandes cambios ni tiene momentos especialmente emocionantes, una vida que puede ser la misma que se vive en tantos lugares y que para muchos no merece ser contada.

Después de disfrutar de esa muestra de literatura moderna, decidimos enfrentarnos a un escritor de corte más clásico, el maestro británico Lawrence Durrell, de quien leímos la primera entrega de su famoso cuarteto, Justine. Es la primera de cuatro versiones de la vida en la Alejandría de alrededor de la Segunda Guerra Mundial. En esta versión se describe el romance trágico entre el narrador y Justine, una intrigante mujer casada con el egipcio Nessim. Durrell pretende hacer de la ciudad la verdadera protagonista de esta historia y logra desarrollar sus personajes y su historia desde diferentes puntos de vista, precisamente los de cuatro personajes cuyas relaciones son cruciales para comprender un desenlace que será revelado en la última entrega de El Cuarteto de Alejandría. Descripciones detalladas, una narrativa poética y un profundo acercamiento a las relaciones afectivas en “la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría”. Habrá que considerar la lectura de las tres versiones siguientes del cuarteto, para entenderlo mejor.

De esta elaborada narración pasamos a una lectura ligera,  El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas Jonasson, que resultó mucho más ligera de lo que habíamos esperado. Es la historia inverosímil de un personaje centenario que no sólo ha vivido en momentos cruciales para la historia moderna, sino que, por coincidencias increíbles, ha estado muy cerca de esos momentos y ha conocido personalmente a Franco, Stalin, Churchill, Truman, Jiang Qing y otros. Descrita como una novela humorística, quizá resulte más divertida para los nórdicos que para quienes vivimos en otras latitudes. Ha sido comparada con la versión cinematográfica de Forrest Gump, otro personaje inverosímil que estuvo presente en diferentes momentos importantes de la historia, película que, sin ser una de las grandes obras del cine, sin duda es más divertida que el libro sobre el abuelo nórdico.

Descansamos de esta lectura ligera y quisimos retomar caminos conocidos. Volvimos con otro grande de las letras en Colombia, Evelio Rosero, con su Plegaria por un papa envenenado. Un homenaje personal a Juan Pablo I, cuyo pontificado duró un poco más de un mes, y cuya muerte ha sido motivo de grandes especulaciones. Con una prosa bellísima, nos cuenta la que parece ser la versión más aceptada de esa muerte, una conspiración que buscó poner fin a la lucha de este Papa contra la corrupción y la estafa perpetuada por los arzobispos y financieros de la Banca Vaticana. Con base en esa premisa, que, por supuesto, tiene detractores, Rosero no se centra en la descripción de la conspiración, sino en un perfil psicológico del condenado a muerte. Entra en la cabeza del pontífice y nos muestra su sufrimiento y sus reflexiones acerca de lo que pretendía hacer con el rumbo de la iglesia católica. Encuentra sus fantasmas y los muestra de manera sencilla y creíble. Una anotación al estilo, en general, impecable, de Rosero: en muchas de sus frases no usa el signo de apertura de exclamación (¡) que es norma en nuestro idioma. Una libertad inexplicable y quizá innecesaria, pero que llama la atención de quienes nos fijamos en esas minucias.

Como en años pasados, nuestro eclecticismo nos llevó a un cambio de estilo, y seguimos con Tres noches, del estadounidense Austin Wright. Curiosa traducción que no aporta mucho al lector que decida comprar un libro por su título. Aunque se entiende que en tres noches se cumple un plazo de lectura crucial para la narración, el título original Tony and Susan (que tampoco dice mucho al lector), da cuenta de la relación que se presenta entre dos personajes, uno real y otro ficticio. Susan lee una historia sobre Tony, personaje que ha inventado Edward, su exmarido, para su opera prima, la obra que nunca pudo escribir mientras estuvieron casados, y que ahora le presenta a ella para su lectura crítica. Wright entrelaza dos historias en su novela, y hace que Susan, quien lee “para dejar de pensar en sí misma” termine leyendo precisamente para lo contrario, para reflexionar sobre ella, su vida y su relación pasada con un novelista frustrado que sólo logra una obra decente (“Animales Nocturnos”) cuando ha podido librarse de su relación con Susan. Una interesante historia dentro de una historia, lo cual en sí mismo es un reto para cualquier autor. Wright logra captar la atención de las dos novelas por parte de sus lectores. Su protagonista logra interesarse por el protagonista de la novela, y el lector termina interesado en la relación entre ambos. Un ingenioso laberinto del que sale bien librado, con dos libros en uno con estilos muy diferentes pero igualmente elocuentes.

También como en otros años, dimos un salto transoceánico y en el tiempo, para llegar a la Inglaterra rural de comienzos  del siglo XIX. Del color de la leche, de Nell Leyshon, es el relato conmovedor de una niña analfabeta en un mundo carente de derechos para la mujer. Con su narración en primera persona, conocemos a Mary, una niña de una fortaleza extraordinaria, capaz de contar una historia reveladora con las palabras sencillas a su alcance, pero con la profundidad e inocencia que le permiten expresarse con una franqueza contundente. Nell Leyshon ha creado una pequeña obra maestra que describe claramente un período pasado, que, lamentablemente, podría seguir vigente en algunos lugares del mundo actual.

Regresamos a nuestro continente con una historia moderna, que también resultó cercana por ser la época en la que se disputó la copa mundial de fútbol en Brasil.
La pena máxima, del peruano Santiago Roncagliolo, es una historia bien contada acerca de un funcionario obsesionado por el cumplimiento de las normas, que descubre una inconsistencia, para él imperdonable, en un trámite interno  del juzgado donde trabaja. Félix Chacaltana Saldívar, un fiscal que lleva una vida mediocre, se interesa por un formato mal diligenciado y descubre una trama que involucra el asesinato de un amigo suyo y revela la participación del estado peruano en la Operación Cóndor de finales de los años setenta, mediante la cual fueron desaparecidos militantes izquierdistas en el cono sur. Alrededor del mundial de fútbol de 1978 en Argentina, los encuentros futbolísticos resultan ideales para distraer la atención y hacer que nadie se percate de los disparos en la calle, precisamente por estar viendo la transmisión de los partidos de la selección nacional, que paralizan a todo un país, tal y como sucede aún. La trama se enreda y el fiscal Chacaltana, inexperto y mediocre, descubre casi por casualidad los detalles de la conspiración que sucede bajo sus narices y que casi le cuestan la vida. Una historia intrigante y realista que mantiene el suspenso mientras acude al humor para describir la psicología de un personaje claramente afectado por su relación de dependencia con su madre. Roncagliolo usa a Félix Chacaltana, un personaje de su novela Abril Rojo, la cual se desarrolla en un momento futuro con respecto a La Pena Máxima, cuando el fiscal es una persona más madura, aunque con las mismas obsesiones y mediocridades. Sin embrago, el autor comete una inconsistencia, para mí imperdonable: en Abril Rojo explica en parte el perfil del mismo Chacaltana con base en la muerte de su madre cuando él era un niño; resulta absurdo que, en una historia que se desarrolla unos 20 años antes,  ¡el mismo personaje, siendo adulto, viva con su madre!.

Para cerrar el ciclo anual de letras, escogimos dos lecturas adicionales. Seda es un relato corto bellamente narrado por el italiano Alessandro Baricco. El mismo Baricco presentó Seta en su edición italiana así: “Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe.” Ambientada en el siglo XIX, es una narración precisa que muestra gran sensibilidad en los detalles, mientras presenta el anhelo por buscar muy lejos lo que siempre ha estado al lado, en este caso el amor. Pero no es sólo una historia de amor, sino de las relaciones y las esperanzas. En un estilo sucinto, que ha sido comparado con el Haiku, logra descripciones en prosa sólida y convincente, llena de simbolismos.

Por último, por lo menos por ahora, escogimos El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard, también conocido en nuestra tertulia. Como en la otra novela que leímos del autor, Bernhard crea biografías imaginadas a partir de datos y personajes históricos. Si bien es cierto que el filósofo tuvo un pariente de nombre Paul, éste no era su sobrino, sino su hermano.
A partir de una enfermedad pulmonar que lo consume y casi lo lleva a la muerte, el autor, que en la novela es él mismo, sin que realmente pueda dilucidarse cúanto de autobiográfico hay en su relato, describe una relación de amistad que también está matizada por las diferentes relaciones que existen entre los amigos y sus familias. Con un estilo que puede resultar difícil de leer por la ausencia de pausas, Bernhard comienza un hilo de palabras interminables que llevan por sus opiniones acerca de las personas, las ciudades, los cafés y la literatura. Muestra cómo puede ser más filosófico aquel que nunca promulga su filosofía de la vida que quien la describe en varios tomos. Cómo puede un novelista denigrarse al aceptar premios que halagan su técnica y su estilo y cómo es posible criticar severamente las posiciones que uno mismo asume y censura. Es así como establece una relación del abandono, cuando muestra cuán difícil es soportar la decadencia del otro, sin importar cúan cercano se haya sido del enfermo, del amigo, del loco o del filósofo, ni cuán parecidos sean los dos partícipes de una relación mutua. Un relato corto, pero lleno de palabras, que trata con obsesiva minuciosidad temas comunes desde una perspectiva casi insólita, que, sin duda, lleva a la reflexión acerca de la amistad, la enfermedad y la vida en sociedad.

Para terminar la relatoría de estos primeros cinco años de tertulia –que es también un quinquenio de camaradería–, y para no caer en el imperdonable error del olvido, pero sin pretender caer en el también imperdonable error del academicismo, cuando lo que se ha pretendido siempre ha sido encontrar un espacio lúdico, presento a continuación la lista de los viajes de este lustro de letras, con vínculos a sus respectivas reseñas anuales.

Una especie de bitácora de vuelo desde un sillón de lectura:
El diario de la guerra del cerdo de Adolfo Bioy Casares
Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi
Todos los nombres de José Saramago
Caín de José Saramago
Abril quebrado de Ismail Kadaré
Mi nombre es rojo de Ohran Pamuk
Bartleby de Herman Melville
El benefactor de Susan Sontag
El Vicecónsul de Marguerite Duras
La soledad de los números primos de Paolo Giordano
Una cuestión personal de Kenzaburo Oé
Monsieur Pain de Roberto Bolaño
Una habitación propia de Virginia Woolf
Trenes rigurosamente vigilados de Bohumil Hrabal
Los ejércitos de Evelio Rosero
Todo se desmorona de Chinue Achebe
La vida ante sí de Emil Ajar
Los informantes de Juan Gabriel Vásquez
Almas grises de Philippe Claudel
La sombra del águila de Arturo Pérez-Reverte
La nieta del señor Linh de Philippe Claudel
Nada de Janne Teller
La carretera de Cormac McCarthy
El rey del bosque de Pierre Michon
Abades de Pierre Michon
El último encuentro de Sándor Marai
El malogrado de Thomas Bernhardt
La elegancia del erizo de Muriel Barbery
Aura de Carlos Fuentes
La luz difícil de Tomás González
Mañana en la batalla piensa en mí de Javier Marías
Respiración artificial de Ricardo Piglia
Tres rosas amarillas de Raymond Carver
Pequeños equívocos sin importancia de Antonio Tabucchi
Los almuerzos de Evelio Rosero
La herencia de Eszter de Sándor Márai
Trilogía de Nueva York de Paul Auster
La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata
Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez
Waslala de Gioconda Belli
Entre brumas de Bernlef
Cuna de Gato de Kurt Vonnegut
Las baladas del ajo de Mo Yan
Noviembre de una capital de Ismail Kadaré
El informe de Brodeck de Philippe Claudel
Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan
Un final perfecto de John Kaztenbach
La verdad sobre el caso de Harry Quebert de Jöel Dicker
Los enamoramientos de Javier Marías
La muerte del estratega de Álvaro Mutis
El tango de la guardia vieja de Arturo Pérez-Reverte
La vida de las mujeres de Alice Munro
Justine de Lawrence Durrell
El abuelo que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson
Plegaria por un papa envenenado de Evelio Rosero
Tres noches de Austin Wright
Del color de la leche de Nell Leyshon
La pena máxima de Santiago Roncagliolo
Seda de Alessandro Baricco
El sobrino de Wittgenstein de Thomas Bernhard



Fotografía por Aníbal J. Morillo. Chicago, EE.UU.© 2014.