Dice Wikipedia:
jueves, 30 de abril de 2015
Elegía para mi padre, Arturo Morillo Quiñones. 1925-2015
Bogotá, 30 de abril de 2015.
Buenos días.
Las personas que acudieron hoy conocieron a mi papá, o, sin conocerlo,
han querido acompañarnos, a mi mamá, a mí o a mis hermanos, como una muestra
más de ese afecto que hemos recibido de todos ustedes y de muchas otras
personas que se han manifestado como lo hacemos hoy en día, por teléfono, con mensajes
de texto y por las redes sociales. En nombre mío y en el de mi familia, agradezco todas
esas muestras de cariño y solidaridad. Muchos de ustedes saben que papá cumplía
hoy 90 años; el que faltaran un par de días para este aniversario es quizá uno
de los únicos retos que no cumplió en su vida.
Mi papá nació en Cereté, un diminuto pueblo del departamento de Córdoba, lugar del que siempre se sintió
orgulloso, y con el cual siempre mantuvo vínculos, como lo demuestran los
amigos cordobeses que hoy nos acompañan. Puede que Cereté sea un municipio
pequeño, pero no tanto como para que no aparezca en Wikipedia, donde, además de
aludir a la importancia del cultivo del algodón, se nos recuerda que en esta
tierra han nacido reconocidos médicos, además de músicos y poetas.
Dice Wikipedia:
Dice Wikipedia:
Cereté, conocida como
“La Capital del Oro Blanco”, y más recientemente como el “Cerebro
del Sinú”, recoge un gran número de expresiones
culturales que identifican al costeño colombiano; desde su
manera particular de expresarse, la informalidad en el trato
y espontánea manera de ser, que se convierten en una
riqueza casi pictórica del cereteano.
Mucho antes de que mi padre recibiera el reconocimiento como Cordobés Ilustre de parte de la gobernación de ese departamento, había
manifestado su orgullo de haber nacido en esa región del país. Su origen
humilde no fue impedimento para que pudiera tener una exitosa carrera ni para
alcanzar todos los logros personales y profesionales por los que ha sido
reconocido. Logros que, sin duda, no habría alcanzado sin el apoyo permanente
de mamá.
Su larga carrera académica está mayormente identificada con la Facultad
de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, mi alma máter, la de mis
dos hermanos mayores y la de muchos de quienes hoy nos acompañan. Después de
haber sido profesor y director del Departamento de Ciencias Fisiológicas,
alcanzó la máxima posición en la Facultad, la de Decano. En cada uno de esos
pasos dejó huellas profundas e indelebles.
Recuerdo que hace muchos años, quizá en mi adolescencia tardía, mi padre
me presentó una frase que no era suya, pero que quedó impresa en mi memoria:
“siempre hay lugar en la cima”. Esa fue una de las lecciones vitales que nos
impartió: la de que siempre es posible alcanzar lo que se quiere, lección que
podemos llamar Perseverancia. En lo que se refiere a sus enseñanzas, papá y
mamá tuvieron una misma voz. Ambos nos enseñaron lo mismo, y nos lo enseñaron
bien. Sesenta y cinco años de matrimonio fueron, en sí mismos, una lección de
vida para nosotros, sus hijos.
Papá siempre tuvo gran interés en la práctica de la medicina con los más
altos estándares, de manera ética, y basada en los principios de la lógica. Esa
fue la semilla que sembró en sus tres hijos mayores, que decidimos intentar
seguir sus pasos al formarnos como médicos. Quizá por su formación en la
ciencia de la experimentación, inculcó a sus alumnos la importancia y la
necesidad de cuestionarse siempre, y de buscar la mejor evidencia (mucho antes
de que se llamara así) para sustentar sus decisiones. De esa semilla surgieron
seminarios y de esos seminarios surgió el fruto del interés por la
investigación, que fue el punto de partida para el desarrollo de la
epidemiología clínica en el Hospital Universitario de San Ignacio, con los
alcances y el reconocimiento que esta disciplina tiene hoy en la Facultad de
Medicina. Papá también alcanzó el más
alto punto en su interés por la investigación clínica cuando dirigió la red
internacional de epidemiología clínica, INCLEN. A su regreso, la Universidad
Javeriana lo acogió de nuevo y lo encargó, desde la Vicerrectoría
Académica, de la Oficina de
Investigaciones de la Universidad, donde también contribuyó al fortalecimiento de
esta disciplina en las diferentes facultades.
Por su larga carrera en la academia, la cantidad de los que fueron sus
alumnos es enorme. Muchos lo recuerdan por su mirada intensa y severa, de ojos
agigantados por sus lentes, que además de respeto, infundía cierto temor. A esa
forma de observar, intensa y profunda, la conocíamos en casa como “la mirada 33”.
Algunos de sus hijos heredamos su mirada, aunque estoy seguro que no alcanza a
tener los mismos efectos que la mirada de papá. No hacía falta que se retirara
las gafas para reconocer en él a una persona estricta, pero justa, capaz de identificar
en los demás una oportunidad de crecimiento mutuo. Eso lo saben muchos de sus
más cercanos alumnos, quienes lo consideran como su profesor, su maestro, su
mentor. En el currículo Morillo, a esa
lección la podemos llamar Ecuanimidad. Otra cátedra que dictó en casa, en conjunto
con mi mamá.
Por su raza, motivo de orgullo para él y para nosotros, vivió en carne
propia la discriminación, especialmente en los años sesenta, cuando completaba
su formación en los Estados Unidos, en una época especialmente convulsionada y
con grandes desigualdades sociales. Antes de su formación en el extranjero,
vivió una época del país en la que la posición política podía interferir con el
desarrollo personal. Sus ideas y convicciones liberales, como las de mamá, estuvieron
siempre presentes, incluso si ellas significaban un obstáculo para ejercer su
profesión. De ahí su interés en el respeto por los demás y por sus opiniones, y
su certeza de que el bien común, la justicia y el progreso personal e
institucional fueran su convicción. En esa línea se encontraba su idea de la
importancia de ser capaz de expresarse libremente, y el derecho de todos a
presentar sus ideas de manera coherente y respetuosa, aún si éstas fueran
opuestas a las de los demás. El derecho a la expresión fue otra de sus
lecciones vitales.
“El que sólo medicina sabe, ni medicina sabe”. Otra de esas frases que oí
por vez primera de mi padre, y que resumía su interés por el desarrollo
personal a través de las diversas manifestaciones culturales. La literatura y
la música siempre estuvieron presentes en casa, y de él aprendimos además que
es posible cruzar todas las fronteras si se deja un espacio para abrir nuestras
mentes a través de la lectura.
El buen humor de papá era legendario. Nada mejor que oírlo narrar sus
historias, interrumpidas por sus propios espasmos de risa, o sus anécdotas
fantásticas de esa realidad que para muchos parecía macondiana, pero que él
vivió como experiencias cotidianas, como su trabajo en el Asilo de Locas, sus
brigadas de salud por el río Sinú, los recuerdos de su infancia y los de sus
viajes por el mundo. Todos sus alumnos recuerdan la clase de neurofisiología en
la que él hablaba apasionadamente de su fascinación por ese espacio
microscópico que existe entre las neuronas y que permite la transmisión de
impulsos eléctricos gracias al paso de sustancias químicas entre una neurona y
la siguiente, y de cómo su fascinación era tal que quiso darle a su hija el
nombre de ese espacio: Sinapsis. Según él, ante la oposición de mi mamá, tuvo
que contentarse con bautizarla con un nombre que comenzara con la misma letra
del alfabeto: Sonia. Aunque parecía otro de sus cuentos inverosímiles, papá pudo comenzar
su formación como neurofisiólogo en los Institutos Nacionales de Salud en Bethesda, EE.UU., debido a una
coincidencia fatal: se abrió un cupo cuando un estudiante japonés se ahogó en
el río Potomac. Ese accidente permitió el viaje de papá, mamá, Luis y Carlos a
la capital estadounidense, y explica que yo naciera allí.
Una noche, mi papá me enseñó algunos de los nombres de las estrellas que
se veían en el cielo bogotano, que él había aprendido por tradición oral, de
sus amigos y familiares pescadores. De ahí surgió mi afición por la astronomía
y sus dimensiones magníficas. Papá también me introdujo a mi afición por el
arte, y sé que mis hermanos terminamos con ese gusto por su influencia. Quienes
conocen los bordados de mamá saben que no exagero al decir que en casa siempre
estuvimos expuestos a la sensibilidad por el arte.
Todos sus hijos somos aficionados a la música en sus diferentes
manifestaciones, desde los gaiteros de San Jacinto a los cuartetos de
Beethoven, pasando por el amplio espectro del Jazz. En sus viajes, nos
sorprendía con sus regalos de discos de vinilo de nuestros grupos de rock
progresivo británico favoritos, que él había aprendido a reconocer y
disfrutar. Algunos de sus hijos también
terminamos siendo muy buenos fotógrafos, gracias a sus lecciones prácticas sobre
el uso de los lentes y la exposición fotográfica. Muchos años después de esas
primeras “salidas de campo” en las que mi padre me enseñaba trucos
fotográficos, supe que él había tenido lecciones similares de uno de los
grandes de la fotografía en Colombia, que resultó ser su vecino en uno de sus
primeros consultorios en el centro de la ciudad, nada menos que Leo Matiz. Nunca olvidaré las sesiones en el
cuarto oscuro que teníamos en casa, ni la primera vez que vi la magia de la
aparición de una imagen en una hoja sumergida en la bandeja de revelado. Mi
afición por la fotografía influyó definitivamente en mi escogencia de la
especialidad que es hoy mi forma de vida, la radiología.
Arturo Morillo deja un legado de sabiduría para la medicina del país,
para las neurociencias y para la formación médica y el pensamiento científico.
Su legado es también el de un hombre de bien, esposo, padre, amigo y ciudadano
ejemplar, cuya memoria perdurará en las generaciones que fuimos tocados por él.
Mi padre también me dió el interés que tengo por las palabras. Los
diccionarios en casa eran para mí libros mágicos, que contenían los más
maravillosos secretos acerca de nuestra más elegante forma de comunicación. En
un cumpleaños, papá me regaló una vez un libro sobre etimología, que ocupa un
lugar muy especial en mi extensa colección de diccionarios y libros de
lingüística. En su dedicatoria, escribió: “Para Anibacho, mi hijo de más
vocabulario y menos palabras y quizá más sabiduría.”
Hoy no encuentro todas las palabras que quisiera decir, y que podría
resumir en dos:
Gracias, papá.
lunes, 16 de marzo de 2015
versus
Hasta hace
poco, el vocablo versus no se
encontraba en el diccionario de la Real Academia Española. Y es que, para
sorpresa de muchos, el término original en latín (adversus) significó siempre hacia,
nunca contra. Al parecer, ingresó al
idioma inglés medieval, adaptado equivocadamente al significado de contra.
Por calco
directo de tan influyente idioma, su uso se popularizó en español, inicialmente
en encuentros deportivos y también con la abreviatura a usanza del inglés, vs.
No sorprende
que su uso erróneo se haya extendido al lenguaje científico, y, por supuesto,
al lenguaje médico. En su divertido libro “Las 101 embarradas del español”,
María Irazusta lo describe como un “anglicismo disfrazado de latinismo”. El
encontrarlo en construcciones gramaticales como “neumonía vs. tumor”, indica
que , además de su ignorancia en la etimología del latinajo, el médico puede
estar un poco perdido en su aproximación diagnóstica.
Para
beneplácito de quienes lo han usado rutinariamente en vez de las opciones en
español como “o”, “frente a”, o el mismo “contra”, la vigésima tercera edición
del DRAE lo incluye, cediendo al uso (en este caso al mal uso). A mí siempre me
ha parecido innecesario. A pesar de su registro “oficial”, y del aparente
triunfo de versus vs. RAE, yo seguiré
evitándolo en mis informes.
domingo, 26 de octubre de 2014
¿Cuántas neuronas hay en mi cerebro?
¿Cuántas neuronas hay en mi cerebro?
No se sabe a ciencia cierta. De la misma manera en que se usan objetos conocidos como referencia para darse una idea del tamaño de algo gigantesco, se usan ejemplos de conteos muy grandes para aproximarse al número de células en el cerebro. Es así como un lago, o un cráter, pueden compararse con el tamaño de una cancha de fútbol, de la misma manera en que se compara el número de estrellas en la vía láctea con el número de neuronas en un cerebro humano.
Contar estrellas no es un asunto fácil, especialmente cuando son tantas. Lo mejor que obtenemos es una técnica de aproximación, que ha estimado el número de estrellas similares a nuestro sol en 100,000 millones. Esto se presta a confusión, pues en la literatura en inglés se usa el término 100 billones, que no es lo mismo que cien millardos, la traducción correcta de este término. En español, un billón es igual a un millón de millones, mientras que para un norteamericano un billón representa 1000 millones, es decir mil veces menos que para nosotros los hispanohablantes. Una diferencia más que sutil, especialmente si de dólares hablamos…
De vuelta con las neuronas. El asegurar que tenemos tantas neuronas en nuestros cerebros como estrellas hay en la galaxia que habitamos no tiene fundamento científico. Los más recientes cálculos de la cantidad de neuronas en un cerebro adulto, con técnicas de conteo de núcleos que dan cuenta de las diferencias en el número o densidad de neuronas en diferentes partes del cerebro, sugieren que tenemos, en promedio, unos 86,000 millones de neuronas. La diferencia con 100,000 millones no parece muy grande, pero puede ser equivalente al número de neuronas en el cerebro de un primate inferior, como un babuino.
Lo cierto es que cada neurona puede tener a su vez varios miles de conexiones, por lo que resulta importante cuidarlas todas. Cuando se presenta un ataque cerebral, es decir, una interrupción al flujo sanguíneo cerebral, se produce un infarto, que puede extenderse a medida que progresa la falta de oxigenación del cerebro. De ahí la famosa frase de “tiempo es cerebro”, en las campañas mundiales para el tratamiento oportuno del ataque cerebral.
Casi cualquier persona trata de conseguir atención médica urgente cuando se sospecha un infarto cardiaco. Es igual de importante actuar rápidamente cuando se sospeche que hay un infarto cerebral. Cuando una arteria cerebral se obstruye, miles de neuronas mueren cada segundo, y sus efectos, cuando se sobrevive, pueden ser devastadores, especialmente si dejan secuelas que hacen que una persona no pueda valerse por sí misma.
Los avances en las imágenes diagnósticas permiten detectar muy precozmente los infartos cerebrales y calcular su extensión para determinar si es posible tratarlos con medicamentos trombolíticos o con técnicas avanzadas de neurointervencionismo endovascular, con las que es posible recuperar parcial o completamente el flujo sanguíneo y disminuir o evitar la secuelas neurológicas del infarto cerebral.
De la campaña educativa del Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe de Bogotá
El próximo 29 de octubre es el día mundial del ataque cerebral. Con esta conmemoración, se pretende crear conciencia en el público en general acerca de la importancia de reconocer los síntomas sospechosos de un ataque cerebral y de la necesidad de actuar rápido para recuperar el mayor número de neuronas y conexiones posible, con lo cual se pueden disminuir los efectos incapacitantes de esta enfermedad.
martes, 23 de septiembre de 2014
Un lustro de letras
Un lustro de letras
Cinco años de lectura son un logro que
enorgullece, pero, por encima de todo, alegran el alma. Después de culminar el
ciclo pasado con la intrigante historia contada por Jöel Dicker, comenzamos un
nuevo año de pasar páginas con un narrador excelso, Javier Marías, quien ya nos había deleitado un par de años
atrás, con una obra que ha sido considerada como “emparentada” con Los
enamoramientos. Escogió a una mujer de voz fuerte y clara para narrar esta
historia, que comienza con la descripción que ella hace de una pareja a la que
observa a diario y de cuya interacción comienza a enamorarse, para encontrarse
muy pronto con la muerte del marido de esa relación. Su curiosidad la lleva a
descubrir que la muerte no fue casual. Sigue su enamoramiento hacia la viuda y
hacia un amigo de ésta, para ir enredándose en una trama de intriga que refleja
las posibilidades que se presentan en las relaciones entre las personas, sus
parejas y sus supuestos amigos, así como también con algunos desconocidos que
juegan un papel definitivo en la solución del misterio del enamoramiento.
Por la cercanía con el fallecimiento del
gran hombre de letras colombiano, Álvaro Mutis, rendimos un pequeño homenaje a
su memoria leyendo su breve relato La muerte del estratega. Un cuento que
narra la decaída de un jerarca de Bizancio, y que analiza minuciosamente su
vida, su educación, sus amoríos y la importancia de la religiosidad en el
momento histórico y político en que se enfrenta a su destino, sobre el cual no ejerce
influencia alguna. Mientras cae abatido por las flechas musulmanas, al
estratega se le presenta una reflexión acerca de la impotencia ante su destino,
que le permite caer en paz: “Una gozosa confirmación de sus razones le vino de
repente. En verdad, con el nacimiento caemos en una trampa sin salida.”
También volvimos a un autor que, si antes
nos había cautivado con su narración, terminó de enamorarnos con El tango de la guardia vieja. Arturo
Pérez-Reverte construye un relato de intriga que parece narrado por sus
protagonistas, pues conocemos lo que sienten y lo que piensan a través de las
descripciones del autor. Una apuesta entre músicos lleva a sus personajes de un
continente a otro y de una pasión a la siguiente, en una historia creíble de
espionaje, amistad y traición, que sigue los pasos de una pareja disímil que domina
el tango, baile sensual y arrabalero, que constituye uno de los hilos
conductores de este relato. Como es su costumbre, construye una historia bien documentada y con detalles históricos
verosímiles, aunque el mismo autor confiese después que en la primera versión
de su libro cometió un error que representaba una inconsistencia para él imperdonable.
Una excelente historia que gira
alrededor de la relación imposible entre la bella, adinerada e inteligente
Mecha Inzunza y el canalla y seductor Max Costa, de sus tres sorpresivos y apasionados encuentros
en diferentes ciudades y momentos históricos, y de la consolidación de su
apasionamiento mutuo.
Intrigados por el anuncio del nuevo premio
Nobel de literatura, quisimos seguir con La
vida de las mujeres, de Alice Munro. Un relato de la cotidianidad de una
familia en el pequeño y apartado pueblo de Jubilee
(Jubileo) en Ontario, Canadá, que podría ser cualquier pequeño y apartado pueblo
en otro lugar del mundo. Una niña cuenta acerca del diario vivir de una familia
común y corriente. Lo cotidiano resulta más importante que lo extraordinario,
precisamente porque no hay nada fuera de lo común en esas vidas, en las que
casi no aparecen descripciones de los hombres. Y es que ésa parece ser la
intención de la autora, describir un paisaje vital que no representa grandes
cambios ni tiene momentos especialmente emocionantes, una vida que puede ser la
misma que se vive en tantos lugares y que para muchos no merece ser contada.
Después de disfrutar de esa muestra de
literatura moderna, decidimos enfrentarnos a un escritor de corte más clásico,
el maestro británico Lawrence Durrell, de quien leímos la primera entrega de su
famoso cuarteto, Justine. Es la
primera de cuatro versiones de la vida en la Alejandría de alrededor de la
Segunda Guerra Mundial. En esta versión se describe el romance trágico entre el
narrador y Justine, una intrigante mujer casada con el egipcio Nessim. Durrell
pretende hacer de la ciudad la verdadera protagonista de esta historia y logra
desarrollar sus personajes y su historia desde diferentes puntos de vista,
precisamente los de cuatro personajes cuyas relaciones son cruciales para
comprender un desenlace que será revelado en la última entrega de El Cuarteto
de Alejandría. Descripciones detalladas, una narrativa poética y un profundo
acercamiento a las relaciones afectivas en “la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió
en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada
Alejandría”. Habrá que considerar la lectura de las tres versiones siguientes
del cuarteto, para entenderlo mejor.
De esta elaborada narración pasamos a una
lectura ligera, El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas
Jonasson, que resultó mucho más ligera de lo que habíamos esperado. Es la
historia inverosímil de un personaje centenario que no sólo ha vivido en
momentos cruciales para la historia moderna, sino que, por coincidencias
increíbles, ha estado muy cerca de esos momentos y ha conocido personalmente a
Franco, Stalin, Churchill, Truman, Jiang Qing y otros. Descrita como una novela
humorística, quizá resulte más divertida para los nórdicos que para quienes
vivimos en otras latitudes. Ha sido comparada con la versión cinematográfica de
Forrest Gump, otro personaje inverosímil que estuvo presente en diferentes
momentos importantes de la historia, película que, sin ser una de las grandes
obras del cine, sin duda es más divertida que el libro sobre el abuelo nórdico.
Descansamos de esta lectura ligera y
quisimos retomar caminos conocidos. Volvimos con otro grande de las letras en
Colombia, Evelio Rosero, con su Plegaria por un
papa envenenado.
Un homenaje personal a Juan Pablo I, cuyo pontificado duró un poco más de un
mes, y cuya muerte ha sido motivo de grandes especulaciones. Con una prosa
bellísima, nos cuenta la que parece ser la versión más aceptada de esa muerte,
una conspiración que buscó poner fin a la lucha de este Papa contra la
corrupción y la estafa perpetuada por los arzobispos y financieros de la Banca
Vaticana. Con base en esa premisa, que, por supuesto, tiene detractores, Rosero
no se centra en la descripción de la conspiración, sino en un perfil psicológico
del condenado a muerte. Entra en la cabeza del pontífice y nos muestra su
sufrimiento y sus reflexiones acerca de lo que pretendía hacer con el rumbo de
la iglesia católica. Encuentra sus fantasmas y los muestra de manera sencilla y
creíble. Una anotación al estilo, en general, impecable, de Rosero: en muchas
de sus frases no usa el signo de apertura de exclamación (¡) que es norma en
nuestro idioma. Una libertad inexplicable y quizá innecesaria, pero que llama
la atención de quienes nos fijamos en esas minucias.
Como en años pasados, nuestro eclecticismo
nos llevó a un cambio de estilo, y seguimos con Tres noches, del estadounidense Austin Wright. Curiosa traducción
que no aporta mucho al lector que decida comprar un libro por su título. Aunque
se entiende que en tres noches se cumple un plazo de lectura crucial para la
narración, el título original Tony and
Susan (que tampoco dice mucho al lector), da cuenta de la relación que se
presenta entre dos personajes, uno real y otro ficticio. Susan lee una historia
sobre Tony, personaje que ha inventado Edward, su exmarido, para su opera prima, la obra que nunca pudo
escribir mientras estuvieron casados, y que ahora le presenta a ella para su
lectura crítica. Wright entrelaza dos historias en su novela, y hace que Susan,
quien lee “para dejar de pensar en sí misma” termine leyendo precisamente para
lo contrario, para reflexionar sobre ella, su vida y su relación pasada con un
novelista frustrado que sólo logra una obra decente (“Animales Nocturnos”)
cuando ha podido librarse de su relación con Susan. Una interesante historia
dentro de una historia, lo cual en sí mismo es un reto para cualquier autor.
Wright logra captar la atención de las dos novelas por parte de sus lectores.
Su protagonista logra interesarse por el protagonista de la novela, y el lector
termina interesado en la relación entre ambos. Un ingenioso laberinto del que
sale bien librado, con dos libros en uno con estilos muy diferentes pero igualmente
elocuentes.
También como en otros años, dimos un salto
transoceánico y en el tiempo, para llegar a la Inglaterra rural de
comienzos del siglo XIX. Del color de la leche, de Nell Leyshon,
es el relato conmovedor de una niña analfabeta en un mundo carente de derechos para
la mujer. Con su narración en primera persona, conocemos a Mary, una niña de
una fortaleza extraordinaria, capaz de contar una historia reveladora con las
palabras sencillas a su alcance, pero con la profundidad e inocencia que le
permiten expresarse con una franqueza contundente. Nell Leyshon ha creado una
pequeña obra maestra que describe claramente un período pasado, que,
lamentablemente, podría seguir vigente en algunos lugares del mundo actual.
Regresamos a nuestro continente con una
historia moderna, que también resultó cercana por ser la época en la que se disputó
la copa mundial de fútbol en Brasil.
La pena máxima, del peruano Santiago
Roncagliolo, es una historia bien contada acerca de un funcionario obsesionado
por el cumplimiento de las normas, que descubre una inconsistencia, para él
imperdonable, en un trámite interno del
juzgado donde trabaja. Félix Chacaltana Saldívar, un fiscal que lleva una vida
mediocre, se interesa por un formato mal diligenciado y descubre una trama que
involucra el asesinato de un amigo suyo y revela la participación del estado
peruano en la Operación Cóndor de finales de los años setenta, mediante la cual
fueron desaparecidos militantes izquierdistas en el cono sur. Alrededor del
mundial de fútbol de 1978 en Argentina, los encuentros futbolísticos resultan
ideales para distraer la atención y hacer que nadie se percate de los disparos
en la calle, precisamente por estar viendo la transmisión de los partidos de la
selección nacional, que paralizan a todo un país, tal y como sucede aún. La
trama se enreda y el fiscal Chacaltana, inexperto y mediocre, descubre casi por
casualidad los detalles de la conspiración que sucede bajo sus narices y que
casi le cuestan la vida. Una historia intrigante y realista que mantiene el
suspenso mientras acude al humor para describir la psicología de un personaje
claramente afectado por su relación de dependencia con su madre. Roncagliolo usa
a Félix Chacaltana, un personaje de su novela Abril Rojo, la cual se desarrolla
en un momento futuro con respecto a La Pena Máxima, cuando el fiscal es una
persona más madura, aunque con las mismas obsesiones y mediocridades. Sin
embrago, el autor comete una inconsistencia, para mí imperdonable: en Abril
Rojo explica en parte el perfil del mismo Chacaltana con base en la muerte de
su madre cuando él era un niño; resulta absurdo que, en una historia que se
desarrolla unos 20 años antes, ¡el mismo
personaje, siendo adulto, viva con su madre!.
Para
cerrar el ciclo anual de letras, escogimos dos lecturas adicionales. Seda es un relato corto bellamente
narrado por el italiano Alessandro Baricco. El mismo Baricco presentó Seta en su edición italiana así: “Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia.
Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece
inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago,
no se sabe.” Ambientada en el siglo XIX, es una narración precisa que muestra gran
sensibilidad en los detalles, mientras presenta el anhelo por buscar muy lejos
lo que siempre ha estado al lado, en este caso el amor. Pero no es sólo una
historia de amor, sino de las relaciones y las esperanzas. En un estilo
sucinto, que ha sido comparado con el Haiku, logra descripciones en prosa
sólida y convincente, llena de simbolismos.
Por último, por lo menos por
ahora, escogimos El sobrino de Wittgenstein, de Thomas
Bernhard, también conocido en nuestra tertulia. Como en la otra novela que
leímos del autor, Bernhard crea biografías imaginadas a partir de datos y
personajes históricos. Si bien es cierto que el filósofo tuvo un pariente de
nombre Paul, éste no era su sobrino, sino su hermano.
A
partir de una enfermedad pulmonar que lo consume y casi lo lleva a la muerte,
el autor, que en la novela es él mismo, sin que realmente pueda dilucidarse
cúanto de autobiográfico hay en su relato, describe una relación de amistad que
también está matizada por las diferentes relaciones que existen entre los
amigos y sus familias. Con un estilo que puede resultar difícil de leer por la
ausencia de pausas, Bernhard comienza un hilo de palabras interminables que
llevan por sus opiniones acerca de las personas, las ciudades, los cafés y la
literatura. Muestra cómo puede ser más filosófico aquel que nunca promulga su
filosofía de la vida que quien la describe en varios tomos. Cómo puede un
novelista denigrarse al aceptar premios que halagan su técnica y su estilo y
cómo es posible criticar severamente las posiciones que uno mismo asume y
censura. Es así como establece una relación del abandono, cuando muestra cuán
difícil es soportar la decadencia del otro, sin importar cúan cercano se haya
sido del enfermo, del amigo, del loco o del filósofo, ni cuán parecidos sean
los dos partícipes de una relación mutua. Un relato corto, pero lleno de
palabras, que trata con obsesiva minuciosidad temas comunes desde una
perspectiva casi insólita, que, sin duda, lleva a la reflexión acerca de la
amistad, la enfermedad y la vida en sociedad.
Para terminar la relatoría de estos primeros
cinco años de tertulia –que es también un quinquenio de camaradería–, y para no
caer en el imperdonable error del olvido, pero sin pretender caer en el también
imperdonable error del academicismo, cuando lo que se ha pretendido siempre ha
sido encontrar un espacio lúdico, presento a continuación la lista de los
viajes de este lustro de letras, con vínculos a sus respectivas reseñas anuales.
Una especie de bitácora de vuelo desde un
sillón de lectura:
El diario de la
guerra del cerdo
de Adolfo Bioy Casares
Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi
Todos los nombres de José Saramago
Caín de José Saramago
Abril quebrado de Ismail Kadaré
Mi nombre es rojo de Ohran Pamuk
Bartleby de Herman Melville
El benefactor de Susan Sontag
El Vicecónsul de Marguerite Duras
La soledad de los
números primos
de Paolo Giordano
Una cuestión
personal de
Kenzaburo Oé
Monsieur Pain de Roberto Bolaño
Una habitación
propia de
Virginia Woolf
Trenes
rigurosamente vigilados de Bohumil Hrabal
Los ejércitos de Evelio Rosero
Todo se desmorona de Chinue Achebe
La vida ante sí de Emil Ajar
Los informantes de Juan Gabriel Vásquez
Almas grises de Philippe Claudel
La sombra del
águila de
Arturo Pérez-Reverte
La nieta del
señor Linh de
Philippe Claudel
Nada de Janne Teller
La carretera de Cormac McCarthy
El rey del bosque de Pierre Michon
Abades de Pierre Michon
El último
encuentro de
Sándor Marai
El malogrado de Thomas Bernhardt
La elegancia del
erizo de
Muriel Barbery
Aura de Carlos Fuentes
La luz difícil de Tomás González
Mañana en la
batalla piensa en mí de Javier Marías
Respiración
artificial de
Ricardo Piglia
Tres rosas
amarillas de
Raymond Carver
Pequeños
equívocos sin importancia de Antonio Tabucchi
Los almuerzos de Evelio Rosero
La herencia de
Eszter de
Sándor Márai
Trilogía de Nueva
York de Paul
Auster
La casa de las
bellas durmientes de Yasunari Kawabata
Memoria de mis
putas tristes
de Gabriel García Márquez
Waslala de Gioconda Belli
Entre brumas de Bernlef
Cuna de Gato de Kurt Vonnegut
Las baladas del
ajo de Mo Yan
Noviembre de una
capital de
Ismail Kadaré
El informe de
Brodeck de
Philippe Claudel
Nada se opone a
la noche de
Delphine de Vigan
Un final perfecto de John Kaztenbach
La verdad sobre
el caso de Harry Quebert de Jöel Dicker
Los
enamoramientos
de Javier Marías
La muerte del
estratega de
Álvaro Mutis
El tango de la
guardia vieja
de Arturo Pérez-Reverte
La vida de las
mujeres de
Alice Munro
Justine de Lawrence Durrell
El abuelo que
saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson
Plegaria por un
papa envenenado
de Evelio Rosero
Tres noches de Austin Wright
Del color de la
leche de Nell
Leyshon
La pena máxima de Santiago Roncagliolo
Seda de Alessandro Baricco
El sobrino de
Wittgenstein
de Thomas Bernhard
Fotografía por Aníbal J. Morillo. Chicago, EE.UU.© 2014.
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